La hoja nueva sale roja, se mantiene así entre una y tres semanas y después se vuelve verde como todas las demás. Ese es el espectáculo completo de Chambeyronia macrocarpa, y conviene saberlo antes de comprarla, porque quien espera una palmera de copa roja permanente se lleva un chasco a las tres semanas de plantarla.

Es una palmera endémica de Nueva Caledonia, del archipiélago del Pacífico sur, donde vive en el sotobosque de la selva húmeda entre los 100 y los 900 metros de altitud. En el comercio aparece como palmera roja, flamethrower palm o palmera lanzallamas, y también con el nombre de Chambeyronia hookeri, que hoy se considera parte de la misma especie. Pertenece a la subfamilia Arecoideae y está emparentada de cerca con el género Kentiopsis, también neocaledonio.

Ejemplar de Chambeyronia macrocarpa con su corona de hojas pinnadas

Cómo es la planta y cuánto ocupa

Desarrolla un tronco único, sin hijuelos, de 15 a 20 cm de diámetro, gris claro y con anillos bien marcados que son las cicatrices de las hojas caídas. En su hábitat alcanza de 8 a 12 metros; en un jardín del litoral español, con crecimiento más lento, es raro pasar de 5 o 6 metros en dos décadas.

Por encima del tronco tiene un capitel (o corona foliar): ese cilindro liso y abultado, verde o teñido de ocre según el ejemplar, formado por las bases de las hojas que envuelven el tallo. El capitel tiene una consecuencia práctica agradable: la palmera se autolimpia. Cuando una hoja envejece, la base se desprende sola y la hoja cae entera. No hay que subir a podar ni queda faldón seco, al revés que en una Washingtonia o una Phoenix.

Las hojas son pinnadas, enteras y poco divididas en el ápice, de 2 a 3 metros, con foliolos anchos y rígidos que le dan un aspecto más macizo que el de una palmera de folíolos finos. La corona rara vez pasa de 8 a 10 hojas abiertas a la vez. Los frutos, ovoides y de color rojo intenso, miden alrededor de 5 cm: de ahí el epíteto macrocarpa, fruto grande.

Por qué la hoja sale roja

El color no es un signo de enfermedad ni de estrés, y no se puede provocar ni prolongar. La hoja emerge sin la clorofila desarrollada y con una carga alta de antocianinas, pigmentos rojos que actúan como pantalla frente a la luz mientras el tejido tierno termina de formar el aparato fotosintético. Cuando la clorofila se completa, el rojo se degrada y el verde se impone. El fenómeno se llama coloración foliar juvenil y aparece también, con menos aparato, en muchos árboles tropicales.

Hoja nueva de color rojo emergiendo en el capitel de la palmera

La intensidad varía mucho entre individuos: hay ejemplares de rojo cereza saturado y otros que apenas sacan un tono bronce cobrizo. Como se propaga por semilla y no hay clones, esto es una lotería genética. Si el color importa, hay que comprar la planta con una hoja saliendo o con fotos del ejemplar concreto, no del catálogo.

La frecuencia también decepciona a quien no está avisado: en clima peninsular emite entre dos y cuatro hojas al año, así que hay dos o tres episodios rojos por temporada, concentrados de mayo a septiembre, cuando el suelo está caliente. En invierno la palmera se para y no saca nada.

Dónde se puede plantar en España

Aguanta el frío bastante mejor que otras palmeras de capitel de origen tropical, pero sigue siendo una planta de clima suave. Un ejemplar adulto y bien asentado soporta heladas breves de 0 a -2 °C con quemaduras en las puntas de los folíolos. Por debajo de -4 °C, o con varias noches seguidas bajo cero, el riesgo pasa a ser el ápice vegetativo, y ahí no hay recuperación posible: al ser una palmera de un solo tronco tiene un único meristemo de crecimiento, y si se pudre, la planta muere aunque el tronco siga verde meses.

Traducido a mapa: va bien al aire libre en las Islas Canarias, en la costa de Málaga, Granada y Almería, en el litoral alicantino y murciano, en la costa valenciana y catalana resguardada, y en la franja atlántica de Galicia y la cornisa cantábrica, donde la humedad alta la favorece. En Madrid, Castilla, Aragón o el interior de Andalucía no es planta de jardín: allí es cultivo en maceta con invernadero o galería en invierno.

El otro factor limitante es el aire seco. Con poniente de 38 °C y 15 % de humedad los folíolos se queman por los bordes aunque el riego sea correcto. Necesita sombra ligera y abrigo de viento, sobre todo de joven; bajo la copa alta de otro árbol o en un patio orientado a levante está en su sitio. A pleno sol solo funciona en zonas costeras húmedas, y siempre a partir de que tenga tronco visible.

Suelo, riego y abonado

Quiere suelo profundo, rico en materia orgánica y con drenaje real, de pH ligeramente ácido a neutro. En los suelos calizos del levante y del sur peninsular, y con aguas de riego duras, aparece con facilidad clorosis férrica: hojas nuevas amarillentas con los nervios verdes. Se corrige con quelato de hierro EDDHA aplicado en primavera al agua de riego, y se previene enmendando con turba, compost y una capa de acolchado que acidifique poco a poco el horizonte superficial.

El riego debe ser regular y abundante en verano, dejando que la capa superior de sustrato pierda humedad entre aportes, pero sin llegar a secarse del todo. Encharcamiento no: en suelo asfixiado la raíz entra en anoxia y detrás llega Phytophthora. En invierno se espacia mucho, porque una planta parada por el frío no consume agua y el sustrato frío y saturado es lo que precede a la podredumbre del cogollo.

Para el abonado sirve un fertilizante específico de palmeras de liberación lenta, con relación aproximada 8-2-12 y un 4 % de magnesio, más micronutrientes. Dos o tres aportes entre abril y septiembre bastan. Los abonos universales altos en nitrógeno y bajos en potasio y magnesio provocan lo contrario de lo que se busca: hojas viejas con moteado necrótico anaranjado (falta de potasio) o bandas amarillas en los márgenes (falta de magnesio). Si en algún momento la hoja nueva sale arrugada, retorcida y con aspecto de haber sido quemada —el llamado cogollo rizado—, sospecha de carencia de manganeso, frecuente en suelos calizos y fríos, y trátala con sulfato de manganeso al suelo.

Errores que le cuestan la vida

Podar hojas verdes es el más gratuito. La palmera no tiene reservas en madera; recicla potasio y magnesio desde las hojas viejas hacia las nuevas. Cortarlas antes de que amarilleen del todo la descapitaliza, y en una especie de crecimiento lento se nota durante años. Además, en esta el capitel ya se encarga de tirarlas solo.

El segundo tropiezo llega después de una helada, cuando parece que la cosa ha quedado en un susto. Tras un episodio de frío húmedo, aplicar un fungicida cúprico en el cogollo reduce mucho el riesgo de Thielaviopsis y Phytophthora, que son las que rematan la faena semanas después, con la palmera aparentemente entera.

Y una advertencia sanitaria que en España no es teórica: el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) tiene preferencia por Phoenix canariensis, pero es polífago y se han descrito ataques en numerosos géneros. Si vives en zona declarada, revisa el cogollo, no dejes heridas frescas sin cicatrizar en verano —el olor de la savia atrae a los adultos— y consulta el régimen de tratamientos obligatorios de tu comunidad autónoma antes de aplicar nada, porque las materias activas autorizadas cambian.

Multiplicación y compra

Solo por semilla. Al no emitir hijuelos no se puede dividir, y las palmeras no arraigan de esqueje. La semilla fresca, despulpada y remojada 48 horas, germina a 28-30 °C constantes en un plazo de dos a seis meses, con germinación remota (primero sale un tubo cotiledonar y de él la primera hojita). Sin calor de fondo, en un alféizar a 18 °C, la mayor parte se pudre antes de nacer.

Al comprar, mira el sustrato y el cepellón antes que la copa. Una planta con raíces girando dentro de la maceta desde hace años arranca mal después del trasplante. El mejor momento para plantarla en el jardín es de mayo a julio, con el suelo ya caliente: las palmeras emiten raíces nuevas cuando el suelo pasa de unos 20 °C, y un trasplante de octubre pasa el invierno sin anclarse.

En resumen

Chambeyronia macrocarpa es una palmera de tronco único y capitel, de crecimiento lento, cuya gracia consiste en que cada hoja nueva emerge roja durante una o dos semanas antes de virar a verde. Necesita clima suave sin heladas fuertes, sombra ligera de joven, humedad ambiental, suelo drenado y algo ácido, y un abonado con potasio y magnesio suficientes. En la costa mediterránea, Canarias y el norte atlántico es perfectamente cultivable; en el interior peninsular, solo en maceta con protección invernal. Y el color rojo es un episodio de dos o tres veces al año, no un estado permanente: quien lo compre esperando otra cosa se decepcionará, y quien lo sepa disfrutará cada hoja nueva.


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