En los valles secos que se abren entre Comarapa, Saipina y Vallegrande, en el departamento boliviano de Santa Cruz, hay laderas pedregosas a 1.700-2.200 metros de altitud donde el aire es seco, el sol pega fuerte y las noches bajan hasta rozar el cero. Ahí crece la Parajubaea sunkha, una palmera de tronco esbelto y penacho plateado que se describió como especie nueva en 1996 y que, por pura coincidencia climática, encaja en un jardín español mejor que buena parte del surtido habitual de vivero.

Una palmera boliviana con clima mediterráneo de serie

El género Parajubaea tiene solo tres especies y todas son andinas: Parajubaea torallyi, de los valles altos de Chuquisaca, Parajubaea cocoides, el llamado coco de Quito, conocido únicamente en cultivo, y Parajubaea sunkha, endémica de esas cuencas secas cruceñas. Está encuadrada en la tribu Cocoseae, la de los cocoteros: de ahí que sus frutos parezcan cocos en miniatura.

El nombre específico viene del quechua sunkha, «barba», por el fieltro de fibras que retienen las bases foliares en la parte alta del estípite. Esa barba se va desprendiendo con la edad y deja un tronco limpio, gris y anillado.

Su hábitat explica su comportamiento en cultivo mejor que cualquier tabla de rusticidad. Es un clima de montaña seca subtropical: amplitud térmica diaria grande, humedad relativa baja, estación seca larga y heladas ligeras invernales. Traducido a la Península, eso se parece bastante al interior de Valencia, a la campiña andaluza, al sur de Cataluña o al valle del Ebro con inviernos suaves. No se parece nada al trópico húmedo, y ese es el punto que hace fracasar a quien la trata como palmera tropical.

Ejemplar de Parajubaea sunkha con tronco anillado y hojas arqueadas

Cómo es la planta

Forma un tronco solitario, sin hijuelos, de entre 8 y 14 metros en ejemplares maduros y unos 25-30 cm de diámetro, más delgado en proporción que el de P. torallyi. En la base suele engrosar ligeramente y con frecuencia se ve una masa de raíces adventicias.

La corona reúne entre quince y veinticinco hojas pinnadas de dos metros y medio a tres y medio, arqueadas hacia abajo con una curva muy limpia. Los folíolos van insertos en un solo plano, verdes por el haz y claramente glaucos, casi plateados, por el envés. Con viento, ese contraste de dos colores es lo que le da su aspecto característico y lo que la diferencia a distancia de una Butia o de un Syagrus romanzoffiana.

Es monoica: la inflorescencia, ramificada y protegida por una espata leñosa, lleva flores de los dos sexos. Los frutos son ovoides, de cuatro a cinco centímetros, verdes y luego pardos, con un endocarpo muy duro y tres poros germinativos, exactamente como un coco diminuto. El endospermo es blanco, sabe a coco y es comestible; en Bolivia los venden como «coquitos». Un ejemplar adulto puede soltar cientos al año, y ese detalle importa para decidir dónde plantarla: caen de varios metros de altura y son duros.

Resistencia al frío y al calor

Es su gran argumento. Un ejemplar establecido, con tronco formado y bien enraizado, aguanta sin daños heladas de -6 a -8 °C, y hay registros de ejemplares que han pasado picos cercanos a -10 °C perdiendo hojas pero rebrotando desde el cogollo. Eso la sitúa en zonas USDA 9a-9b, es decir, cultivable al aire libre en casi todo el litoral español, en las dos mesetas con inviernos moderados y en buena parte del interior andaluz.

Dos matices que conviene tener claros. El primero: la rusticidad no es la misma a los tres años que a los diez. Una plántula en maceta se lleva por delante una helada de -3 °C sin problema aparente y luego decae; los primeros dos o tres inviernos merecen un velo antihelada sobre el cogollo si se esperan mínimas por debajo de -4 °C.

El segundo: lo que peor lleva no es el frío, sino el calor húmedo persistente. En climas con veranos tórridos y noches cálidas y bochornosas, la palmera se estanca y es propensa a podredumbres del cogollo. Por eso funciona bien en la España mediterránea e incluso en el norte atlántico, y en cambio da malos resultados en climas de tipo subtropical húmedo. Si su jardín tiene noches de verano por encima de 25 °C con humedad alta, hay palmeras más adecuadas.

Plantación y suelo

Quiere sol pleno desde que tiene un par de hojas divididas. A media sombra se ahíla, alarga los pecíolos y pierde el porte compacto.

El suelo debe ser profundo y muy drenante. Tolera suelos pobres y pedregosos, arenas y arcillas si no se encharcan, y es indiferente a la caliza dentro de límites razonables: en su hábitat crece sobre sustratos calcáreos, así que no da los problemas de clorosis de otras palmeras. Lo que no perdona es una capa impermeable a medio metro que retenga agua en invierno.

Se planta en primavera, de abril a junio, cuando el suelo ya se ha calentado. Haga un hoyo generoso, al menos el doble del cepellón, y desfonde el fondo sin llenarlo de tierra blanda: interesa que la raíz baje. Enterrar el cuello más de lo que estaba en la maceta favorece la podredumbre. Un alcorque con acolchado de corteza o grava de cinco centímetros mantiene el suelo fresco en verano sin encharcar.

Deje espacio: aunque el tronco sea estrecho, la corona ocupa cinco o seis metros de diámetro en un ejemplar formado, y las hojas cuelgan bastante por debajo de la horizontal.

Riego y abonado

Durante los dos primeros años, riego regular y generoso: es el periodo en que se juega todo, porque el sistema radicular todavía no ha alcanzado profundidad. En verano, un riego abundante cada cuatro o cinco días en suelo suelto, más espaciado en arcillas.

Una vez establecida es notablemente resistente a la sequía, coherente con su origen. Aun así, riegos profundos y espaciados en verano —uno cada diez o quince días, mojando de verdad hasta abajo— se traducen en hojas más largas y crecimiento visiblemente más rápido. Mejor un riego largo cada dos semanas que un rociado diario, que solo humedece los primeros centímetros y mantiene las raíces arriba.

Sobre el abonado, hay un dato concreto que conviene interiorizar. Las palmeras de la tribu Cocoseae son grandes consumidoras de potasio y magnesio, y la carencia de potasio se manifiesta como un moteado anaranjado y necrosis en las puntas de los folíolos de las hojas más viejas. Mucha gente ve esas hojas feas, las corta y empeora el cuadro, porque la palmera estaba extrayendo de ellas el potasio que necesita para las nuevas. La solución es abonar, no podar: dos aplicaciones al año de un granulado específico para palmeras con relación aproximada 8-2-12 más magnesio, una en marzo y otra a finales de junio, repartido en la proyección de la copa.

Poda, plagas y mantenimiento

La poda se reduce a quitar hojas completamente secas y, si molestan, las infrutescencias. No corte nunca por encima de la horizontal dejando la copa en forma de plumero o de «cola de zorro»: esa moda estética debilita la palmera, reduce su reserva de nutrientes y la hace más sensible al frío del invierno siguiente.

En cuanto a plagas, el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) tiene como hospedante preferente Phoenix canariensis y ataca poco a Parajubaea, pero «poco» no es «nunca» y en zonas con focos activos conviene revisar el cogollo. Es una plaga de declaración obligatoria en España: si detecta un ejemplar afectado, hay que comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma, y el tratamiento y la eliminación de restos están regulados. La otra vigilancia razonable es Paysandisia archon, la mariposa barrenadora, que sí tiene un rango de hospedantes muy amplio; sus síntomas son perforaciones alineadas en los folíolos al desplegarse la hoja nueva y serrín en la corona.

Fuera de eso, es una palmera sana, resistente al viento gracias a sus hojas flexibles y de mantenimiento bajo una vez asentada.

Semillas y crecimiento

Se multiplica solo por semilla. Y aquí llega la parte que desanima a quien no está avisado: la germinación es lenta y muy irregular, con emergencias repartidas entre los seis y los dieciocho meses, a veces más. Nada de eso significa que la siembra haya fallado; significa que hay que esperar.

Limpie bien el fruto de restos de fibra y pulpa, remoje las nueces varios días cambiando el agua y siémbrelas en un sustrato muy drenante —arena gruesa con fibra de coco funciona— manteniéndolo húmedo pero no empapado. A diferencia de las palmeras tropicales, no le va bien el calor constante de propagador a 30 °C: responde mejor a temperaturas alternas, del orden de 25-28 °C de día y 15-18 °C de noche, que reproducen la amplitud térmica de sus valles. Un semillero exterior protegido en primavera hace ese trabajo solo.

Después de germinar, el crecimiento es moderado los dos primeros años y bastante rápido para el género a partir del tercero, sobre todo si está plantada en suelo. Con buenas condiciones empieza a formar tronco visible hacia los siete u ocho años desde la siembra. El cultivo permanente en maceta no es su medio: emite una raíz principal potente y necesita contenedores muy profundos; si el objetivo es un ejemplar de jardín, plántela joven en su sitio definitivo y ahorrará años.

En resumen

Parajubaea sunkha es una palmera boliviana de valle seco andino, de tronco solitario, hojas arqueadas con el envés plateado y frutos comestibles parecidos a cocos en miniatura. Aguanta heladas de -6 a -8 °C ya establecida, tolera la sequía, se adapta a suelos calizos y pobres y resiste el viento, lo que la convierte en una candidata seria para casi toda la España mediterránea e interior de inviernos moderados. Sus dos exigencias reales son un suelo profundo que no se encharque y un abonado con potasio y magnesio para evitar las necrosis en las hojas viejas, que no se corrigen podando. Y su única pega práctica es la paciencia: la semilla puede tardar más de un año en germinar, pero a partir del tercer año la planta compensa la espera.


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