Buena parte de las palmeras que se cultivan en España tienen espinas, y casi nadie se entera hasta que poda la primera. La familia de las arecáceas ha desarrollado defensas mecánicas de forma independiente en muchos géneros distintos, y algunas de ellas figuran entre las estructuras más agresivas del reino vegetal.
Este artículo repasa las especies espinosas más representativas, explica de dónde sale cada tipo de espina (porque no todas son lo mismo, ni de lejos) y, sobre todo, cómo trabajar con ellas sin acabar en urgencias. Las heridas por espina de palmera no son un rasguño: son una causa frecuente y bien documentada de infecciones profundas.
No todas las espinas son iguales
Antes de la lista conviene una distinción botánica que además tiene consecuencias prácticas.
Acantófilos. Son folíolos modificados, es decir, hojitas transformadas en púas rígidas. Aparecen en la base de la hoja, sustituyendo a los folíolos normales. Es el caso del género Phoenix. Al ser hojas, están vascularizadas y son puntiagudas, largas y muy resistentes.
Dientes o espinas del peciolo. Son excrecencias del borde del peciolo, a modo de sierra. Aparecen en Washingtonia, Chamaerops, Livistona, Trachycarpus y en general en muchas palmeras de hoja palmeada. Suelen ser curvas, orientadas hacia la base, y desgarran más que pinchan.
Espinas caulinares. Nacen del propio tronco o de las vainas foliares y cubren el estípite en anillos. Son las de Acrocomia, Astrocaryum, Bactris, Aiphanes y Acanthophoenix. Estas son las más espectaculares, con púas negras aplanadas que pueden superar los diez centímetros.
La consecuencia práctica es directa: una palmera con acantófilos es peligrosa al podar; una con espinas caulinares lo es simplemente al pasar cerca o al trepar.
Phoenix dactylifera y el resto del género
La palmera datilera, Phoenix dactylifera, es la palmera espinosa que más probabilidades tiene usted de encontrarse en España. Está cultivada en todo el litoral mediterráneo y el sur, y el palmeral de Elche, con más de 200.000 ejemplares, es el mayor de Europa.
Sus hojas pinnadas de hasta cinco metros llevan en el tercio basal del raquis entre 20 y 40 acantófilos por lado, rígidos, de 10 a 20 centímetros, de color verde amarillento y punta afiladísima. Son folíolos transformados, no hay ninguna otra estructura ahí.
Su pariente Phoenix canariensis, la palmera canaria, es todavía más común en jardines, paseos marítimos y rotondas de toda la Península, y sus acantófilos son igual de temibles. Lo mismo vale para Phoenix reclinata, Phoenix roebelenii (la pequeña palmera enana de interior, cuyas púas sorprenden a mucha gente) y Phoenix theophrasti.
Hay un dato médico que merece conocerse porque explica por qué insisto tanto: la punción por espina de Phoenix es una causa reconocida de tenosinovitis, artritis séptica y granuloma por cuerpo extraño, especialmente en manos y rodillas. La punta se rompe con facilidad y deja fragmentos dentro del tejido, y esos fragmentos son radiotransparentes: no se ven en una radiografía convencional. Si se clava una y la zona sigue doliendo, se hincha o se enrojece días después, no lo deje pasar.
Acrocomia aculeata
El coyol, mbocayá o corozo, Acrocomia aculeata, es una palmera americana de amplísima distribución, desde México hasta Argentina y Paraguay. Alcanza de 10 a 15 metros y su tronco es inconfundible: cubierto de anillos de espinas negras, rectas y aplanadas, de 5 a 12 centímetros, que nacen de los restos de las vainas foliares.
Las espinas cubren también el raquis y los peciolos, e incluso los folíolos jóvenes llevan pequeñas púas. En los ejemplares viejos, la parte baja del tronco pierde las espinas y engorda, dejando una zona lisa; la parte alta las conserva.
Es una especie económicamente importante en Sudamérica por el aceite de su fruto, comparable al de palma, y por su resistencia a la sequía y al fuego. En España solo puede cultivarse en el exterior en la costa más cálida del sureste y en Canarias, y aun así con protección, porque no tolera bien temperaturas por debajo de los 2 o 3 grados.
Astrocaryum alatum y el género Astrocaryum
Si hay un género que se lleve el premio a la palmera más agresiva del planeta, es Astrocaryum. Son palmeras neotropicales de sotobosque húmedo, y Astrocaryum alatum, de Nicaragua, Costa Rica y Panamá, es un buen representante.
Su tronco, de 3 a 8 metros, está literalmente forrado de espinas negras aplanadas de hasta 15 - 20 centímetros, dispuestas en anillos densos y orientadas en todas direcciones. También el raquis, los peciolos, las vainas e incluso el envés de los folíolos llevan púas. Los frutos van protegidos por brácteas espinosas.
Otras especies del género son igual de contundentes: Astrocaryum murumuru, Astrocaryum vulgare, Astrocaryum standleyanum. Y a su lado hay que citar a Aiphanes horrida, cuyo epíteto específico no admite discusión, y a Bactris gasipaes, el pijuayo o chontaduro amazónico, cultivado por su fruto y su palmito y provisto de anillos de espinas negras finísimas.
Todas estas son palmeras tropicales de invernadero cálido. En clima peninsular no tienen ninguna posibilidad al aire libre.
Livistona saribus
La palmera de abanico gigante, Livistona saribus, procede del sudeste asiático (Tailandia, Vietnam, Malasia, Filipinas, sur de China) y es un caso distinto: aquí el peligro no está en el tronco sino en el peciolo.
Los peciolos, que pueden medir dos metros, llevan a lo largo de sus bordes espinas curvas y robustas de color anaranjado o negruzco, de 1 a 3 centímetros, dispuestas como los dientes de una sierra y orientadas hacia atrás. Enganchan la ropa y la piel con una eficacia notable, y como son curvas, el reflejo de tirar hacia atrás empeora el desgarro.
Es una palmera ornamental muy vistosa, con hojas costapalmadas de hasta dos metros de diámetro y hojas jóvenes teñidas de rojizo. En España se cultiva sobre todo en Canarias y en zonas resguardadas del litoral sur y este, pues resiste heladas ligeras pero no prolongadas.
El mismo tipo de armadura en el peciolo lo comparten, en versión más suave, dos palmeras muy habituales en nuestros jardines: Washingtonia robusta y Washingtonia filifera, cuyos peciolos llevan dientes curvos de color pardo rojizo, y el palmito, Chamaerops humilis, la única palmera silvestre de la Europa continental, cuyos peciolos están armados con espinas rígidas de 1 a 2 centímetros. Quien haya intentado limpiar un palmito viejo sin guantes sabe de lo que hablo.
Acanthophoenix rubra
La palmera roja de La Reunión, Acanthophoenix rubra, es endémica de las islas Mascareñas, en el Índico. Su nombre genérico significa literalmente "palmera espinosa".
Es una palmera solitaria, esbelta, de hasta 15 metros, con un capitel o crownshaft (esa vaina lisa y tubular que envuelve el tronco bajo las hojas) de color rojizo o verde amarillento. Ese capitel y las hojas jóvenes están cubiertos de espinas negras finas y flexibles, de 2 a 8 centímetros, densamente agrupadas. En los ejemplares jóvenes las espinas son mucho más abundantes que en los adultos, que van perdiéndolas en la parte baja.
Está catalogada como especie amenazada en su hábitat, precisamente porque su palmito es apreciado en gastronomía y su recolección implica matar la planta, ya que no rebrota. Cualquier ejemplar en cultivo debe proceder de vivero, nunca de recolección silvestre.
Necesita clima tropical húmedo o subtropical sin heladas, de modo que en España solo prospera en Canarias y en invernadero.
Otras palmeras armadas que conviene conocer
Trithrinax campestris, la caranday argentina. Es una de las pocas palmeras espinosas realmente rústicas: resiste hasta -10 o -12 grados y se cultiva sin problema en buena parte de la Península. Su tronco queda envuelto en una malla de fibras que terminan en púas rígidas muy punzantes, y las hojas rígidas azuladas acaban en puntas afiladas. Es una excelente palmera de seto disuasorio.
Rhapidophyllum hystrix, la palmera aguja del sureste de Estados Unidos. Sus fibras del tronco se transforman en agujas negras rectas de hasta 20 centímetros. Es, además, una de las palmeras más resistentes al frío que existen, capaz de aguantar por debajo de -15 grados.
Zombia antillarum, la palmera zombi de La Española, con un tronco recubierto por una malla de fibras terminadas en espinas que recuerdan a un erizo.
Calamus y otros géneros de rotang del sudeste asiático. Son palmeras trepadoras cuyos tallos flexibles proporcionan el ratán del mobiliario. Van armadas con espinas en el tallo y, sobre todo, con flagelos: prolongaciones látigo del raquis cubiertas de ganchos, con los que se agarran a los árboles vecinos para trepar. Son un obstáculo legendario en la selva.
Salacca zalacca, la palmera salak de Indonesia, casi acaule y con peciolos densamente cubiertos de espinas largas, cultivada por su fruto de piel escamosa.
Cómo trabajar con ellas sin lesionarse
La parte práctica, que es la que de verdad importa si tiene una en el jardín.
Equipo mínimo: guantes largos de cuero grueso, del tipo de los que se usan para rosales o zarzas, que cubran hasta el antebrazo. Gafas de protección o pantalla facial, sin excepción: las lesiones oculares por espina de palmera son graves y frecuentes. Ropa gruesa de manga larga, pantalón resistente y calzado cerrado.
Desarme la hoja antes de manipularla. Este es el truco que usan los profesionales con Phoenix: corte primero la hoja por la base con una sierra de podar o motosierra pequeña, déjela caer, y solo entonces, en el suelo y con la hoja inmóvil, recorte los acantófilos basales con tijera de podar antes de recoger nada. Manipular hojas enteras de datilera con las púas puestas es la principal fuente de accidentes.
Nunca trepe por un tronco espinoso ni use trepadores de púas en ejemplares valiosos: dañan el estípite, que no cicatriza nunca porque las palmeras no tienen cambium ni crecimiento secundario. Cada herida queda ahí para siempre y es puerta de entrada de hongos y del picudo. Use plataforma elevadora o técnicas de trepa con cuerda.
Cuidado con las espinas caídas. Bajo una datilera vieja el suelo se llena de acantófilos sueltos capaces de atravesar la suela de una zapatilla. Rastrille la zona después de podar.
Si se clava una: lave a fondo con agua y jabón, extraiga con pinzas solo si el fragmento asoma y sale entero, desinfecte y vigile. Si queda parte dentro, si aparece dolor persistente, hinchazón, calor o supuración, acuda al médico. Compruebe además su estado de vacunación antitetánica.
Poda: menos es mucho más
Ya que hablamos de palmeras, dos correcciones a prácticas muy extendidas.
No haga la poda "en plumero" o "cola de zorro", esa en la que se dejan solo las hojas verticales. Es un daño serio: la palmera necesita su corona de hojas para fotosintetizar y para proteger el meristemo apical, que es su único punto de crecimiento. Una palmera desmochada se debilita, crece más estrecha y es más vulnerable al viento y a las plagas. Retire solo hojas secas, muertas o claramente colgantes por debajo de la horizontal.
Elija bien la época. En toda la costa mediterránea y el sur, el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) es una amenaza real para Phoenix canariensis sobre todo, y en menor medida para P. dactylifera y otras. El insecto es atraído por los compuestos volátiles que emite la palmera al ser cortada. Por eso la poda debe hacerse en los meses fríos, de noviembre a febrero, cuando el vuelo del adulto es mínimo, y todo corte debe sellarse con un cicatrizante o tratarse con un insecticida autorizado. Consulte además la normativa autonómica: en muchas comunidades la poda de palmeras y la gestión de los restos están reguladas por la lucha contra esta plaga.
Los restos de poda son residuo controlado en zonas afectadas: no los deje amontonados ni los transporte sin triturar.
Dónde tiene sentido plantarlas
Una palmera espinosa no es una mala elección; es una elección que exige criterio en la ubicación.
Evite los bordes de caminos, las zonas de juego infantil, los pasos estrechos y cualquier punto donde alguien pueda rozar las hojas al pasar. Una datilera junto a la acera obliga a poda constante de las hojas bajas.
Aproveche su carácter defensivo donde interesa: Trithrinax campestris y Chamaerops humilis forman barreras impenetrables y perfectamente adaptadas al clima seco peninsular, con la ventaja añadida de que el palmito es especie autóctona y da refugio y alimento a la fauna local.
Deje espacio. Una Phoenix canariensis adulta tiene una corona de 8 a 10 metros de diámetro. Plantada a dos metros de la fachada, en veinte años será un problema.
En resumen
Las espinas de las palmeras tienen tres orígenes distintos: acantófilos (folíolos transformados) en Phoenix, dientes del peciolo en Livistona, Washingtonia y Chamaerops, y espinas caulinares en Acrocomia, Astrocaryum, Bactris y Acanthophoenix.
De todas ellas, la que de verdad va a encontrarse en España es el género Phoenix, con sus púas basales de 10 a 20 centímetros capaces de causar infecciones profundas y granulomas. Acrocomia aculeata, Astrocaryum alatum y Acanthophoenix rubra son tropicales y solo prosperan aquí en Canarias o invernadero; Trithrinax campestris y Rhapidophyllum hystrix, en cambio, son rústicas y cultivables en casi toda la Península.
Trabaje siempre con guantes largos de cuero y protección ocular, corte la hoja primero y desarme los acantófilos en el suelo, no desmoche nunca la corona y pode solo entre noviembre y febrero por el picudo rojo. Y sitúelas lejos de pasos y zonas de juego.