Diecisiete elementos químicos: con eso se construye una planta entera, de la raíz a la última flor. Tres de ellos —carbono, hidrógeno y oxígeno— los toma gratis del aire y del agua, y suponen alrededor del 95 % de su peso seco. Los catorce restantes tienen que salir del suelo, y ahí es donde entra el jardinero. Abonar no es un capricho ni un acelerador opcional: es reponer un almacén que se vacía.

Dicho esto, el abono también es el producto con el que más daño se hace en un jardín, precisamente porque se aplica con la idea de que cuanto más, mejor. Conviene entender qué hace exactamente antes de echarlo.

Qué aporta realmente un abono

Los catorce elementos que vienen del suelo se reparten en tres grupos según la cantidad que se necesita, no según su importancia: sin cualquiera de ellos la planta no completa su ciclo.

Nitrógeno (N). Es el componente de los aminoácidos, las proteínas y la clorofila. Manda sobre el crecimiento vegetativo: hojas, tallos, verde intenso. Es también el más móvil del suelo, el que se lava con el riego y las lluvias, y por tanto el que hay que reponer con más frecuencia. Un exceso da una planta grande, blanda, acuosa, atractiva para el pulgón y sensible al frío, y en plantas de flor retrasa o impide la floración.

Fósforo (P). Interviene en la transferencia de energía dentro de la célula (el ATP) y en la formación de raíces, flores, frutos y semillas. Se mueve muy poco en el suelo, así que conviene incorporarlo cerca de la zona radicular en la plantación y no dejarlo sobre la superficie.

Potasio (K). No forma tejidos, pero regula la apertura de los estomas, el transporte de azúcares y el equilibrio hídrico. Se traduce en resistencia: plantas que aguantan mejor la sequía, el frío y los hongos, frutos más dulces y de mejor conservación, tallos firmes. En el clima peninsular, con veranos duros, es un elemento que se queda corto con más frecuencia de lo que parece.

Después vienen los secundarios: calcio, magnesio y azufre. El magnesio es el átomo central de la molécula de clorofila —sin magnesio no hay verde— y su carencia se ve como amarilleo entre los nervios de las hojas viejas. El calcio da rigidez a las paredes celulares; su fallo local, más que su ausencia en el suelo, es lo que produce la podredumbre apical del tomate y del pimiento, ese culo negro que suele deberse a un riego irregular que impide mover el calcio, no a que falte en la tierra.

Y los micronutrientes: hierro, manganeso, zinc, boro, cobre, molibdeno, cloro y níquel. Se necesitan en cantidades minúsculas —partes por millón—, pero su falta detiene el crecimiento igual que la del nitrógeno. En España el que más da la cara, con diferencia, es el hierro.

Por qué el suelo se queda corto

Un bosque no se abona nunca y funciona perfectamente, porque todo lo que produce vuelve al suelo: hojas, ramas, frutos, animales. Un jardín es lo contrario, un sistema en el que constantemente se extrae materia y no se devuelve. Se recogen los tomates, se retiran las flores marchitas, se siegan y se tiran los restos de césped, se podan los setos y se llevan las ramas al punto limpio. Cada una de esas operaciones se lleva nutrientes fuera.

A eso se suma el lavado. Los nitratos son muy solubles y descienden con el agua de riego y de lluvia por debajo de la zona de raíces. En un suelo arenoso del litoral mediterráneo esto ocurre en semanas.

El caso extremo es la maceta, y conviene entenderlo bien porque cambia por completo el planteamiento. Un sustrato comercial de turba, fibra de coco y perlita es prácticamente inerte desde el punto de vista nutritivo: apenas tiene reservas propias y muy poca capacidad de retener nutrientes. Trae una carga de fertilizante que dura, según el fabricante y el riego, entre cuatro y ocho semanas. A partir de ahí, la planta come exclusivamente lo que se le da. Una planta de maceta que lleva dos años sin recibir nada no está creciendo despacio: está en ayunas.

Abono orgánico listo para incorporar al suelo del jardín

Abono y enmienda no son lo mismo

Esta confusión está detrás de bastantes decepciones. Un abono aporta nutrientes. Una enmienda mejora las propiedades físicas y biológicas del suelo: estructura, retención de agua, aireación, vida microbiana, capacidad de intercambio catiónico. El compost y el estiércol maduro hacen sobre todo lo segundo y, de paso, algo de lo primero.

Las cifras lo aclaran: un compost doméstico corriente ronda un 1-1,5 % de nitrógeno, y además liberado poco a poco por la actividad de los microorganismos. Un abono mineral compuesto puede llevar un 15 % y disponible en días. Un carro de compost no equivale a un puñado de granulado, ni pretende hacerlo.

La combinación sensata en jardín es materia orgánica de fondo y abono de mantenimiento: compost o estiércol bien hecho en otoño o antes de plantar, para construir el suelo, y aportes puntuales durante la temporada para cubrir las necesidades de cada momento. La materia orgánica, además, es lo que sostiene a las bacterias y los hongos que hacen disponibles los nutrientes; un suelo mineralmente rico pero biológicamente muerto no alimenta bien.

Un aviso concreto sobre el estiércol fresco: no se usa. Quema las raíces por su contenido en amoniaco y sales, trae semillas de malas hierbas viables y, al descomponerse, consume nitrógeno del suelo en vez de aportarlo. Necesita al menos seis meses de compostaje; el estiércol listo huele a tierra, no a establo.

Leer el NPK sin equivocarse

Los tres números de un envase son los porcentajes de nitrógeno, fósforo (como P₂O₅) y potasio (como K₂O). Lo que importa no es su magnitud, sino la proporción entre ellos.

Un equilibrado tipo 20-20-20 sirve para uso general. Uno alto en nitrógeno, tipo 25-5-10, es de césped y plantas de hoja. Uno con el potasio dominante, del estilo 4-6-10 o 5-8-10, es de tomate, frutales y plantas de flor: al bajar el nitrógeno relativo se favorece la floración y el cuajado en lugar del follaje. Las fórmulas altas en fósforo, tipo 10-30-20, se venden para arraigo y floración, aunque en suelos españoles el fósforo suele estar más disponible de lo que la publicidad sugiere.

Dos precisiones útiles. La primera: un abono con números bajos no es peor, solo está más diluido, y muchas veces se trata de un producto orgánico de liberación lenta que resulta más difícil de quemar. La segunda: los abonos de liberación controlada encapsulados liberan según la temperatura, y por eso en pleno verano sueltan más deprisa de lo previsto en la etiqueta. Su gran ventaja es que dosifican solos durante tres o seis meses, algo especialmente cómodo en macetas.

El problema español: suelo calizo y clorosis férrica

Buena parte de los suelos peninsulares, y casi todas las aguas de riego del este y del centro, son calizos, con pH entre 7,5 y 8,5. En esas condiciones ocurre algo que confunde a cualquiera: el hierro está en el suelo, a veces en cantidades enormes, pero en una forma que la raíz no puede tomar. La planta pasa hambre rodeada de comida.

El síntoma es inconfundible: las hojas más nuevas salen amarillas o casi blancas con los nervios dibujados en verde, formando una retícula. Las hojas viejas siguen verdes. Lo sufren cítricos, hortensias, gardenias, azaleas, camelias, arces japoneses, rosales sobre suelo muy calizo y frutales de hueso.

Aquí un abono universal no resuelve nada, ni tampoco un sulfato de hierro, que a pH alto se bloquea en pocos días. Lo que funciona es un quelato de hierro EDDHA, el único que mantiene el hierro disponible por encima de pH 7,5. Se aplica disuelto en el agua de riego, en primavera, mejor a última hora del día, y la respuesta se ve en dos o tres semanas en los brotes nuevos —las hojas ya amarillas no reverdecen del todo—. Los quelatos EDTA, más baratos, solo sirven en suelos ácidos o neutros, y ese es un error de compra habitual.

Cuándo abonar

La regla de fondo es sencilla: se abona cuando la planta está creciendo, porque un nutriente aportado a una planta parada no se absorbe, se lava o se acumula en forma de sales.

Final de invierno (febrero-marzo). Aporte de fondo en frutales, rosales, setos y arbustos, justo antes de la brotación, para que esté disponible cuando arranque. En el sur puede adelantarse a febrero; en la meseta norte conviene esperar a marzo.

Primavera (marzo a junio). El periodo principal. En macetas, abono líquido cada 15 días o de liberación lenta al principio de la temporada. Es cuando se construye la planta del año.

Verano. Con más de 35 °C la planta reduce su actividad y las raíces son más sensibles a las sales. En julio y agosto se baja la dosis a la mitad o se espacia, y jamás se abona un ejemplar en estrés por calor. Las excepciones son las plantas en plena producción con riego asegurado —tomate, pimiento, petunias, geranios—, que sí siguen consumiendo.

Otoño (septiembre-octubre). Segunda ventana de crecimiento en clima mediterráneo, muy aprovechable. Aquí interesa un abono bajo en nitrógeno y alto en potasio: se busca endurecer los tejidos de cara al invierno, no provocar brotes tiernos que el primer hielo va a quemar. Es el momento del abonado otoñal del césped y el del aporte de materia orgánica al suelo.

Invierno. Nada, salvo plantas de interior con calefacción que siguen activas —y aun así a un tercio de la dosis— y cultivos de temporada fría. Abonar un jardín en enero es tirar el producto al acuífero.

Dos casos particulares que suelen hacerse al revés: los bulbos se abonan después de la floración, mientras aún tienen hojas verdes, porque es entonces cuando rellenan el bulbo para el año siguiente; y las plantas recién trasplantadas no se abonan hasta pasadas tres o cuatro semanas, cuando ya han emitido raíz nueva.

Cómo aplicarlo sin quemar la planta

La raíz absorbe por ósmosis, así que una solución demasiado concentrada alrededor invierte el flujo y le saca agua a la planta. Eso es una quemadura por abono, y se ve como puntas y bordes de hoja secos y marrones, o como un marchitamiento repentino un par de días después de fertilizar.

Nunca sobre sustrato seco. Se riega primero con agua sola, se espera un rato y después se aplica el abono. Es la precaución que más quemaduras evita.

Mejor menos y más a menudo. Media dosis cada semana funciona mejor que la dosis completa cada quince días, sobre todo en maceta. Y ante la duda, la dosis del envase se queda corta antes que pasarse: un fabricante nunca infradosifica.

El granulado va incorporado y regado. Suelto sobre la superficie se pierde por volatilización —el nitrógeno amoniacal se evapora— o se queda arriba sin llegar a la raíz. En un árbol o arbusto se aplica en la proyección de la copa, no pegado al tronco: las raíces absorbentes están en el perímetro, no en el centro.

Un lavado al año. En macetas, una vez por temporada conviene regar con tres o cuatro veces el volumen del recipiente dejando salir el agua libremente, para arrastrar las sales acumuladas. La costra blanquecina en la superficie del sustrato o en el borde del barro indica que ese lavado hace falta ya.

Errores frecuentes

Abonar una planta enferma. El abono no es una medicina ni un reconstituyente. Una planta con raíces podridas, con plaga o sin luz suficiente no puede usar los nutrientes, y lo único que se consigue es subir la salinidad del sustrato y añadir un problema al que ya tenía. Primero se corrige la causa; el abono viene después, cuando la planta ya está en condiciones de crecer.

Doblar la dosis para ir más rápido. No acelera nada. El crecimiento lo limita el factor que esté más escaso —muchas veces la luz o el agua—, y añadir más de lo que ya sobra no mejora el resultado, solo aumenta el riesgo.

Abonar a mediodía en verano. Con el sustrato caliente y la planta transpirando al máximo, el riesgo de quemadura se multiplica. Siempre a primera o a última hora del día.

Confundir el amarilleo con hambre de nitrógeno. Antes de echar nada conviene mirar dónde ocurre: si amarillean las hojas de abajo de forma uniforme, probablemente sí falte nitrógeno; si amarillean las de arriba con los nervios verdes, es hierro y hace falta un quelato; y si la tierra está permanentemente empapada, no falta nada, sobra agua.

En resumen

Abonar es devolver al suelo lo que el jardín se lleva en cada poda, cada siega y cada cosecha, y en maceta es directamente la única fuente de comida que tiene la planta a partir del segundo mes. Los tres números del envase importan por su proporción, no por su tamaño: nitrógeno para hoja, potasio para resistencia y fruto, y en otoño se baja el nitrógeno para no provocar brotes tiernos antes del frío. En los suelos calizos y con aguas duras de gran parte de España, el hierro se bloquea aunque esté presente, y las hojas nuevas amarillas con los nervios verdes se corrigen con quelato EDDHA, no con un abono cualquiera. Se abona cuando la planta crece —primavera y otoño, con marcha atrás en pleno verano y parada en invierno—, siempre sobre sustrato húmedo y mejor con dosis moderadas repetidas. Y una planta que no crece por falta de luz, por raíces podridas o por exceso de riego no mejora con abono: empeora.


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