Un kiwi al que no se le mete la tijera acaba convertido en una maraña de sarmientos de cuatro metros que solo da fruta en la periferia, y pequeña. No es una planta que se pueda dejar a su aire y recortar de vez en cuando: Actinidia deliciosa es una liana de bosque templado que en una temporada emite brotes de tres o cuatro metros, y toda la producción depende de que cada invierno se le renueve la madera que va a fructificar.
Cómo fructifica el kiwi (y por qué eso decide la poda)
Antes de cortar hay que tener claro un mecanismo sencillo: el kiwi da fruta en brotes del año que nacen sobre madera del año anterior. Es decir, en la primavera de este año brotan sarmientos nuevos a partir de las yemas de una vara que creció el año pasado, y son esos brotes nuevos los que llevan las flores y los frutos, normalmente entre la segunda y la séptima yema desde la base.
De ahí se deducen dos cosas. La primera, que una vara que ya ha fructificado no vuelve a dar fruta en la misma zona: las yemas que quedan por debajo del punto de fructificación son ciegas o dan brotes flojos. La segunda, que la poda de invierno no consiste en «recortar», sino en sustituir cada año las varas agotadas por varas nuevas nacidas cerca del brazo principal. Quien se limita a acortar puntas termina en tres o cuatro años con la producción a dos metros del tronco y un centro vacío de madera vieja e improductiva.
Conviene además distinguir las yemas. Las de madera bien agostada, gruesas, redondeadas y prominentes, son las fértiles. Las de sarmientos delgadísimos o de brotes que crecieron a la sombra suelen ser planas y dan brotación vegetativa sin flor.
El kiwi es dioico: hay que podar machos y hembras distinto
El kiwi tiene pies macho y pies hembra separados. Solo las hembras dan fruta ('Hayward' es la variedad dominante en España, con 'Summer' o 'Bruno' en menor medida), y necesitan un macho compatible que florezca a la vez ('Tomuri' para 'Hayward', 'Matua' para variedades más tempranas). La proporción habitual es un macho por cada seis u ocho hembras, colocado de forma que el polen alcance a todas.
Esto tiene una consecuencia práctica que se pasa por alto: el macho no se poda en invierno como la hembra. Al macho lo que le interesa es tener mucha madera joven con yemas de flor para la primavera siguiente, así que su poda fuerte se hace justo después de la floración, en mayo o junio, cortando los brotes que acaban de florecer y dejando que rebroten con vigor. Si se le da al macho la misma poda invernal severa que a la hembra, se retiran las yemas de flor y la polinización de la campaña siguiente se resiente, con frutos pequeños y deformes. En un kiwi, un fruto de calibre alto es un fruto con muchas semillas: la polinización se ve directamente en la báscula.
Cuándo podar: el calendario y el problema del lloro
La poda principal es invernal, con la planta sin hojas y en reposo profundo. En la cornisa cantábrica y Galicia, donde está la mayor parte del kiwi español, la ventana buena va de diciembre a mediados de enero. En zonas más frías del interior conviene esperar a que hayan pasado las heladas más duras, pero sin llegar tarde.
«Tarde» aquí significa algo muy concreto. El kiwi es de las especies que más lloran al podar: cuando la savia empieza a moverse, a finales de febrero, un corte de un centímetro puede estar goteando durante semanas. Ese desangrado debilita la planta, retrasa la brotación y deja la herida permanentemente húmeda, que es una puerta abierta a Botryosphaeria y otros hongos de madera. La regla es sencilla: si al hacer un corte de prueba la herida gotea, ya es tarde para la poda gruesa; limítate a retoques y deja el resto para el año siguiente.
El otro momento de tijera es el verano, entre junio y agosto, pero es una poda en verde, ligera y repetida, que se explica más abajo. Y una advertencia sanitaria: si en tu zona hay presencia de Pseudomonas syringae pv. actinidiae (la PSA, que ha causado estragos en plantaciones del norte), evita podar en días de lluvia o con humedad alta y desinfecta las herramientas al pasar de una planta a otra.
Poda de formación: los tres primeros años
El kiwi necesita una estructura sólida antes que nada. Una planta adulta con cosecha carga cientos de kilos y da mucha vela al viento, así que el emparrado, la pérgola o la espaldera en T deben ir con postes bien anclados y alambre de calibre grueso. Improvisar aquí sale caro.
Primer año. El objetivo es un solo tronco recto hasta el alambre. Se elige el brote más vigoroso, se ata a un tutor y se eliminan todos los demás, además de los brotes laterales que salgan por debajo. Si el brote elegido no llega al alambre, se corta en invierno a media altura sobre una yema buena y se vuelve a empezar la subida: es mejor perder un año que dejar un tronco torcido y débil.
Segundo año. Al alcanzar el alambre se despunta el tronco justo por debajo para forzar la salida de dos brotes, que serán los brazos o cordones permanentes, conducidos en direcciones opuestas sobre el alambre. Se atan sin apretar, porque el tronco engorda deprisa y las bridas estrangulan.
Tercer año. Sobre esos cordones se van seleccionando los brazos secundarios, más o menos perpendiculares al alambre y separados entre 25 y 40 cm. Son los que llevarán las varas de fructificación. Durante la formación conviene eliminar las flores del segundo y tercer año: dejar cuajar fruta demasiado pronto frena la construcción del esqueleto.
Detalle práctico: el kiwi es una liana volubre y se enrosca sobre sí misma. Los zarcillos y los brotes que se abrazan a un alambre o a otra rama acaban estrangulándolos, así que hay que ir desenredando y atando durante la temporada, no solo en invierno.
Poda de fructificación: lo que se hace cada invierno
Con la planta ya formada, la operación anual sobre cada hembra sigue siempre el mismo guion.
1. Quitar lo muerto y lo enredado. Se empieza retirando madera seca, varas rotas y esa maraña de sarmientos finos enrollados unos con otros. Solo con eso ya se ve la estructura.
2. Eliminar las varas que ya han fructificado. Se reconocen porque conservan los pedúnculos secos de los kiwis recogidos. Se cortan por la base, o se dejan con dos o tres yemas si de ahí sale un brote de reemplazo bien situado.
3. Elegir las varas nuevas. Sirven los sarmientos del año pasado, bien agostados, de grosor de lápiz o algo más, nacidos cerca del brazo principal y que hayan crecido a pleno sol. Se dejan cada 20-30 cm a lo largo del brazo, alternando a un lado y a otro, sin que se solapen.
4. Acortarlas. Cada vara se corta dejando entre 6 y 10 yemas (unos 60-80 cm), siempre a un par de centímetros por encima de la última yema. En variedades muy vigorosas o en plantas jóvenes se puede dejar algo más corto; en plantas debilitadas, también.
5. Reservar el relevo. Cerca de la base de cada brazo se deja alguna vara corta, a dos o tres yemas, sin intención de que dé fruta: su papel es producir la madera nueva del año que viene y evitar que la producción se aleje del tronco.
Lo que hay que descartar sin dudar: los chupones gruesos, verticales y con entrenudos larguísimos que salen del tronco o de las cruces. Son madera vegetativa, casi nunca fructifican bien y se comen el vigor de la planta. Con una excepción: si un brazo está viejo o dañado, un chupón bien colocado es la forma natural de reconstruirlo.
Como referencia de carga, una hembra adulta bien conducida sobre pérgola suele quedar con 25 a 40 varas de fructificación según su tamaño y vigor. Dejar el doble no da el doble de kiwis: da el mismo peso repartido en frutos de calibre bajo, que es justo lo que penaliza el precio y el uso en casa.
Poda en verde y aclareo
Entre junio y agosto la planta se cierra sobre sí misma y el interior queda a la sombra. Los brotes sombreados no agostan bien y sus yemas no serán fértiles el año siguiente, así que la intervención de verano no es un capricho estético.
Consiste en despuntar los brotes fructíferos cuatro o cinco hojas por encima del último fruto, retirar los brotes ciegos que solo hacen sombra y cortar los sarmientos que cuelgan hasta el suelo o se enredan en el alambre. Cuidado con pasarse: las hojas son las que engordan el fruto, y una defoliación excesiva en pleno verano provoca calibres pobres y golpe de sol en la fruta expuesta.
El aclareo de frutos se hace a las pocas semanas del cuajado, en junio. Se eliminan los frutos deformes, los dobles y los laterales de cada racimillo, dejando uno por nudo. Cuesta hacerlo, pero es lo que separa un kiwi de 60 g de uno de 100 g.
Errores frecuentes
Podar en febrero o marzo. El clásico. Se pierde savia, se retrasa la brotación y se infectan las heridas.
Recortar en vez de renovar. Acortar todas las varas sin eliminar las agotadas convierte el emparrado en un matorral con la fruta en el perímetro.
Podar el macho en invierno como si fuera hembra. Se eliminan las yemas de flor y se hunde la polinización.
Confundir vigor con productividad. Los sarmientos gruesos como un dedo, con entrenudos de 20 cm, son de los que peor fructifican. La vara ideal es de grosor medio.
Abonar mucho nitrógeno y podar poco. El kiwi responde al nitrógeno con más madera y peor fruta. La poda no arregla un exceso de abono.
No proteger las heridas grandes. Los cortes de más de tres o cuatro centímetros conviene sellarlos con pasta cicatrizante, sobre todo en zonas húmedas.
Una nota final sobre el kiwi miniatura o kiwiño (Actinidia arguta), cada vez más habitual en jardines del norte: su lógica de fructificación es la misma, brotes del año sobre madera del año anterior, pero es todavía más vigoroso y agradece una poda invernal más severa y un despunte de verano más frecuente.
En resumen
Podar un kiwi es, esencialmente, renovar cada invierno la madera que va a producir. La poda gruesa va de diciembre a mediados de enero, con la planta parada y antes de que empiece a llorar la savia. En las hembras se retiran las varas que ya fructificaron, se eligen sarmientos nuevos del año anterior cada 20-30 cm sobre los brazos y se acortan a 6-10 yemas, dejando siempre alguna vara corta de relevo cerca del tronco. Los machos se podan aparte, después de florecer en primavera. En verano se despunta por encima del fruto y se aclara para que entre luz y engorde el calibre. Y lo que decide el resultado más que ninguna otra cosa: cortar a tiempo y no dejar que la producción se aleje del brazo principal.