Mira los pétalos con lupa: si cada uno está partido por una muesca profunda, hasta parecer que la flor tiene diez y no cinco, estás ante Geranium molle. Ese detalle, que ocupa apenas un milímetro, es lo que lo separa de los otros geranios anuales pequeños que comparten con él los ribazos, los alcorques y los bordes de camino de casi toda la Península entre febrero y junio.
Es una planta silvestre, no una planta de vivero. Aparece sola, coloniza los huecos que el jardinero deja libres y desaparece en cuanto aprieta el calor. Saber identificarla sirve para dos cosas opuestas y las dos útiles: aprovecharla como cubierta de floración temprana o quitarla a tiempo si compite donde no debe.
Cómo reconocerla
Geranium molle L. pertenece a la familia Geraniaceae. El epíteto molle significa blando, y describe el rasgo que se nota antes con los dedos que con los ojos: toda la planta está cubierta de un vello blanco, largo y suave, casi aterciopelado, que le da un tono grisáceo cuando la luz le da de lado.
Es una hierba anual de invierno, a veces bienal, que rara vez pasa de 40 cm. Nace formando una roseta basal y luego emite tallos ramificados desde la base, tumbados o ascendentes, de manera que casi nunca crece erguida: se extiende. Las hojas basales son largamente pecioladas, de contorno redondeado o arriñonado, de 1 a 5 cm, divididas de forma palmeada en cinco a nueve lóbulos que a su vez se dividen en tres dientes en el ápice. Las caulinares son parecidas pero más pequeñas y de peciolo corto.
Las flores salen de dos en dos sobre un pedúnculo común, un carácter de familia. Miden entre 8 y 12 mm de diámetro, con cinco pétalos de color rosa purpúreo o malva, y son hermafroditas, con diez estambres fértiles. El fruto es el que da nombre al grupo: una cápsula esquizocárpica prolongada en un pico de aspecto de aguja, de unos 7 a 10 mm, que al madurar se separa en cinco piezas.
Ese fruto encierra la mejor clave de identificación. En Geranium molle los mericarpos son lampiños y están cruzados por arrugas transversales muy marcadas, como una escalerilla. Le sigue en parecido Geranium pusillum, que tiene los mericarpos lisos y peludos, flores más pálidas y solo cinco estambres con antera; y Geranium rotundifolium, de pétalos enteros, sin escotadura, y hojas de lóbulos menos hendidos.
Otra confusión frecuente es con los alfilerillos del género Erodium, que crecen en los mismos sitios y florecen a la vez. La regla rápida: Geranium tiene diez estambres con antera y hojas de nervadura palmeada; Erodium tiene solo cinco fértiles y, en la mayoría de sus especies, hojas divididas de forma pinnada, con aspecto de helecho pequeño.
El geranio del balcón es otra cosa
Los geranios y gitanillas que llenan las barandillas de España pertenecen al género Pelargonium, originario del sur de África. Se separaron de Geranium como género propio en el siglo XVIII y las diferencias son claras: Pelargonium tiene flores de simetría bilateral, con dos pétalos superiores distintos de los tres inferiores, y un pequeño espolón nectarífero soldado al pedicelo; y no resiste las heladas.
Geranium molle, en cambio, tiene flores perfectamente radiales y es una planta rústica de clima templado que pasa el invierno peninsular sin inmutarse en estado de roseta. Quien busque en un catálogo "geranio" y compre Geranium se llevará una vivaz o una anual de flor menuda para el jardín, no una planta de maceta de balcón. Conviene tenerlo claro antes de encargar semillas.
Dónde vive y en qué calendario
Es una especie nativa de Europa, el norte de África y el oeste de Asia, hoy naturalizada en América, Australia y Nueva Zelanda. En España aparece en toda la Península, en Baleares y en Canarias, desde el nivel del mar hasta cerca de los 2.000 metros en los sistemas montañosos.
Su hábitat es marcadamente ruderal y nitrófilo: pastizales secos, barbechos, cunetas, ribazos, majanos, viñas y olivares, céspedes descuidados, jardines, macetas ajenas. Prefiere suelos sueltos, arenosos o francos, con algo de materia orgánica y buen drenaje, y tolera sin problema los calizos. Lo que no soporta es el encharcamiento ni la sombra densa.
Su ciclo está ajustado al clima mediterráneo. Germina con las primeras lluvias del otoño, entre octubre y noviembre; pasa el invierno como roseta pegada al suelo, resistiendo heladas moderadas; florece de febrero o marzo a junio, y en el sur puede adelantarse a enero en años suaves; fructifica en primavera y se seca por completo en cuanto llegan los calores de junio o julio, dejando el terreno pelado. En el norte húmedo y en montaña el ciclo se retrasa y puede seguir en flor hasta agosto.
La dispersión merece un párrafo. Al madurar, las cinco tiras del pico se enrollan bruscamente hacia arriba y lanzan las semillas por proyección, a distancias que llegan a varios decímetros. Es un mecanismo de catapulta, distinto del de Erodium, cuya arista se retuerce con la humedad y clava la semilla en el suelo como un sacacorchos. Esto explica por qué una sola planta tolerada en una jardinera acaba dando descendencia por todo el bancal al año siguiente.
Cultivo y cuidados
Cultivarla tiene sentido en praderas floridas, taludes, bordes silvestres y jardines de bajo mantenimiento, donde tapiza el suelo justo en los meses en que casi nada más está en flor. Sus exigencias son mínimas y, de hecho, el mayor riesgo es tratarla demasiado bien.
Luz. Pleno sol o sombra muy ligera. A la sombra se ahíla, tumba los tallos y florece mal.
Suelo. Cualquiera que drene. Pobre le va mejor que rico: en sustrato fertilizado hace mucha hoja blanda, se acama y se llena de oídio. No necesita abonado ninguno.
Siembra. Directamente en el sitio definitivo, a voleo en otoño, entre septiembre y noviembre, apenas cubriendo la semilla con un rastrillado superficial. Necesita la humedad del otoño y el frío del invierno para completar su ciclo, así que sembrar en primavera da plantas raquíticas que espigan enseguida. Tiene una raíz pivotante fina y no admite bien el trasplante; si la crías en alvéolo, pásala al suelo con dos o tres hojas verdaderas y sin descalzar el cepellón.
Riego. Con las lluvias de otoño e invierno se basta. Si el invierno viene seco, un riego cada dos o tres semanas mantiene la roseta. En cuanto empieza a amarillear en junio no hay que insistir en regarla para "salvarla": ha terminado su ciclo y el agua extra solo pudre el cuello.
Plagas y enfermedades. Poco le pasa. El oídio le aparece en primavera húmeda y templada, sobre todo si está apretada y a la sombra, y las babosas se comen las rosetas tiernas en otoño. Nada de esto suele justificar un tratamiento en una planta que se va a secar sola en pocas semanas.
Multiplicación. Solo por semilla. Se recogen los frutos cuando el pico empieza a pardear pero antes de que se abra, porque una vez disparado no queda nada que recoger. Se secan a la sombra dentro de un sobre de papel y conservan la viabilidad varios años.
Cuando estorba
En céspedes, semilleros, huertos de invierno y viveros de contenedor se comporta como mala hierba, y es una de las que peor responde a los herbicidas totales a dosis normales, así que la vía química no es el atajo que parece. Lo que funciona es interrumpir el ciclo: arrancarla o segarla antes de que el fruto madure, en marzo o abril según la zona. Sale con facilidad tirando de la roseta cuando el suelo está húmedo, porque la raíz es corta.
Un acolchado de 5 a 7 cm sobre el terreno desnudo en septiembre impide la germinación otoñal, que es cuando se juega todo. Y conviene revisar las macetas compradas: llega a los jardines de polizón en el cepellón de plantas de vivero. Si la dejas semillar una temporada, el banco de semillas del suelo te dará trabajo durante varios años.
Como contrapeso, tiene valor ecológico real: florece muy pronto y aporta néctar y polen a abejas solitarias, sírfidos y abejorros en semanas de escasez, y sirve de alimento a las orugas de algunas mariposas licénidas ligadas a geraniáceas. No es tóxica para personas ni para animales domésticos, y sus hojas, ricas en taninos, se usaron en medicina popular como astringente, un uso que hoy no tiene respaldo clínico y que no compensa ensayar por cuenta propia.
En resumen
Geranium molle es una hierba anual peluda, de hojas redondeadas y palmeadas y flores rosas de pétalos escotados, que germina en otoño, tapiza el suelo en invierno, florece de febrero a junio y muere con el calor. Los mericarpos lampiños y arrugados transversalmente la distinguen de G. pusillum y G. rotundifolium, y nada tiene que ver con los Pelargonium de balcón. En el jardín se siembra a voleo en otoño, quiere sol, suelo pobre y drenado, y ni abono ni riego una vez establecida. Si no la quieres, quítala antes de que el fruto dispare las semillas y cubre el suelo desnudo en septiembre: después ya solo queda esperar a que se agote el banco de semillas.