Una lechuga que el sábado era una roseta baja y apretada levanta el miércoles siguiente un tallo grueso por el centro, y diez días después está a la altura de la rodilla con una nube de florecillas amarillas arriba. Las hojas de abajo siguen ahí, pero ya no valen: amargan. Eso es el espigado, y no es una enfermedad ni un fallo de riego, sino la planta cumpliendo exactamente el programa para el que evolucionó.

Planta hortícola espigada emitiendo el tallo floral

Qué ocurre dentro de la planta

Espigar es pasar de fase vegetativa a fase reproductiva. Mientras la planta está en fase vegetativa, el meristemo apical —el punto de crecimiento del centro— fabrica hojas una detrás de otra, con los entrenudos muy cortos, de ahí ese aspecto de roseta apelotonada de la lechuga, la espinaca o la rúcula joven.

Cuando llega la señal, ese mismo meristemo cambia de oficio: deja de producir hojas y empieza a producir flores. Los entrenudos se alargan de golpe y aparece el tallo floral, que en el huerto llamamos espiga, escapo o simplemente "subida a flor". A partir de ese momento la planta redirige azúcares, nitrógeno y agua desde las hojas hacia el tallo y las semillas. Las hojas se quedan sin reservas, se endurecen y concentran los compuestos de defensa que antes estaban diluidos.

En la lechuga (Lactuca sativa) ese cambio se nota antes en el paladar que en la vista: aumentan las lactonas sesquiterpénicas del látex blanco, responsables del amargor característico. No son tóxicas —una hoja espigada no hace daño a nadie—, simplemente son incomibles. En la zanahoria (Daucus carota) y en la remolacha, el tallo se alimenta del almidón acumulado en la raíz y ésta se vuelve leñosa, con un corazón fibroso que no ablanda ni cociéndolo. En el rábano (Raphanus sativus) la raíz se ahueca y pica.

Los dos interruptores: el frío y las horas de luz

Casi todas las hortalizas de hoja y raíz responden a una combinación de dos señales, y saber cuál gobierna a cada especie es lo que permite anticiparse.

La vernalización es el interruptor de las bienales: acelga, remolacha, zanahoria, cebolla, puerro, apio, coles, perejil. Estas plantas están diseñadas para hacer raíz u hoja el primer año, pasar el invierno y florecer el segundo. La señal que les dice "ya ha pasado el invierno" es haber acumulado un periodo prolongado de temperaturas bajas, típicamente por debajo de 10 °C durante dos a cuatro semanas seguidas. Detalle importante: la planta solo cuenta ese frío si ya ha superado su fase juvenil, es decir, si tiene un tamaño mínimo. Una plántula diminuta pasa el frío sin enterarse; una planta con la corona ya formada, no.

El fotoperiodo es el interruptor de las anuales de día largo: espinaca, lechuga, rúcula, cilantro, eneldo, rábano. Estas especies miden la duración de la noche y, cuando los días superan cierto umbral —en torno a 13-14 horas de luz para la espinaca, que en la Península se alcanza a finales de abril—, disparan la floración. No hay riego ni sombra que lo impida del todo, porque el calendario astronómico no se negocia.

El calor es el tercer factor, pero funciona como acelerador, no como interruptor. En la lechuga, por encima de 24-27 °C, y sobre todo con noches cálidas que no dejan a la planta recuperarse, el espigado se adelanta semanas. Lo mismo ocurre con el estrés hídrico y con el trasplante tardío: no provocan la floración por sí solos, pero adelantan una decisión que ya estaba tomada.

Aquí es donde se pierde la cosecha

Trasplanta plantel viejo y te quedas sin cosecha de primavera. Una plántula que lleva seis o siete semanas en el alvéolo tiene el cepellón enrollado, ha pasado hambre y llega al bancal con una edad fisiológica que no le corresponde. Si además la trasplantas justo antes de una ola de calor, sube a flor sin haber llegado a formar cogollo. El plantel de hoja se trasplanta con cuatro o cinco hojas verdaderas, y ni una semana más.

En la cebolla (Allium cepa) el asunto tiene una regla concreta y muy útil: una planta cuyo cuello supere los 8-10 milímetros de grosor cuando le llegue el frío invernal queda vernalizada y espigará en primavera. Por eso el plantel de cebolla se trasplanta fino, del grosor de un lápiz o menos. Y una cebolla espigada no se guarda: el escapo hueco recorre el bulbo por dentro y éste se pudre desde el centro en el almacén, arrastrando a las de al lado.

Con la acelga y la remolacha pasa algo parecido pero al revés en el calendario: sembrar demasiado pronto, en febrero, expone plantas ya crecidas a los últimos fríos y en mayo tienes un bancal de tallos florales en vez de pencas. Retrasar la siembra a marzo o abril resuelve el problema sin más.

Cómo retrasarlo de verdad

Elige la fecha, no pelees contra ella. En el interior peninsular, la lechuga de verano sembrada en pleno julio en la meseta rara vez llega a cogollo. Concentra las siembras de hoja en febrero-abril y en agosto-septiembre, y deja el hueco del verano para cultivos que no espigan porque su producto es el fruto: tomate, pimiento, judía, calabacín.

Usa variedades adaptadas. Las casas de semillas indican en el sobre "resistente al espigado" o "para siembra de verano". En lechuga, los tipos batavia y las variedades de verano aguantan bastante más que un cogollo de invierno forzado fuera de temporada. En cilantro (Coriandrum sativum) y rúcula (Eruca vesicaria) existen selecciones de subida lenta que compran dos o tres semanas.

Mantén la raíz fresca. Un acolchado de paja de cinco centímetros baja varios grados la temperatura del suelo, y una malla de sombreo del 40-50 % sobre el bancal de hoja en junio marca la diferencia entre cosechar y no cosechar. La planta responde a la temperatura que siente, no a la que marca el termómetro del pueblo.

Riega de forma constante. Alternar sequía y encharcamiento es un estrés que acelera la subida a flor. Riego frecuente y moderado, mejor a primera hora.

Siembra escalonado. Contra el cilantro y la rúcula, que espigan en tres o cuatro semanas cuando aprieta el calor, no hay técnica mejor que resembrar un metro de línea cada quince días y cosechar mata entera.

Cuando la espiga es lo que buscas

El espigado no siempre es una mala noticia. Hay al menos cuatro situaciones en las que interesa dejar que ocurra.

Para guardar semilla. Aquí está la parte inteligente del asunto: no dejes espigar a la primera planta que suba, sino a la última. Marcarla y recoger su semilla es seleccionar, generación tras generación, en favor de la resistencia al espigado. La lechuga es autógama y no necesita aislamiento, así que es el cultivo ideal para empezar. La acelga y la remolacha, en cambio, se polinizan por viento y se cruzan entre ellas: hacen falta cientos de metros de separación o dejar florecer solo una.

Porque la espiga es la verdura. Buena parte de la cocina tradicional española se basa justo en tallos florales tiernos: los grelos y las nabizas gallegas del nabo (Brassica rapa), los espigalls catalanes de la col brotonera, los brócolis de brotes y los ajetes o escapos del ajo de cuello duro. En el ajo, además, cortar el escapo cuando empieza a curvarse engorda el bulbo y te regala un ingrediente excelente.

Para alimentar a los auxiliares. Las flores de cilantro, eneldo, hinojo, zanahoria y rúcula, con sus umbelas y sus corolas abiertas y poco profundas, son de las pocas a las que llegan las avispas parasitoides y los sírfidos, cuyas larvas devoran pulgón. Dejar un par de plantas espigadas en un rincón del huerto vale más que cualquier producto contra el pulgón de mayo.

Porque hay especies donde no cuenta. En brócoli, coliflor y alcachofa lo que comemos ya es la inflorescencia; ahí el problema no es que espiguen, sino cosecharlas tarde, cuando la pella se afloja y se abren las flores amarillas.

Bancal de lechugas antes de subir a flor

Lo que ya no tiene marcha atrás

Circula la idea de que cortando el tallo floral la planta vuelve a producir hoja. Depende de la especie, y la diferencia importa.

En albahaca (Ocimum basilicum), menta, orégano y otras aromáticas anuales o rebrotantes, pinzar las espigas florales por encima de un par de hojas funciona muy bien: la planta ramifica, saca brotes laterales y sigue dando hoja durante meses. Es una labor que hay que hacer cada semana en julio y agosto, y merece la pena.

En lechuga, espinaca, acelga, cebolla o zanahoria, en cambio, cortar la espiga no revierte nada. La transición del meristemo es irreversible y, sobre todo, el cambio bioquímico de las hojas y de la raíz ya ha ocurrido: por mucho que quites el tallo, la hoja seguirá amarga y la zanahoria seguirá leñosa. Lo único que consigues es retrasar unos días la senescencia.

Cuando llegue a ese punto, la decisión sensata es rápida: arranca y replanta el hueco, o deja la mata en pie si te interesa la semilla o las flores para los insectos. Las hojas amargas no se tiran, van al compost o a las gallinas.

En resumen

El espigado es la subida a flor de una hortaliza, y responde a dos señales bien definidas: un periodo de frío en las bienales (acelga, remolacha, zanahoria, cebolla, coles) y el alargamiento del día en las anuales de hoja (lechuga, espinaca, rúcula, cilantro, rábano), con el calor y el estrés como aceleradores. Se retrasa ajustando la fecha de siembra, usando variedades de subida lenta, trasplantando plantel joven, acolchando y sombreando en junio. Una vez que el tallo ha salido, cortarlo solo sirve en aromáticas como la albahaca; en las hortalizas de hoja y raíz el amargor y la fibra ya son irreversibles. Y no todo espigado es una pérdida: de ahí salen los grelos, los espigalls, los ajetes, las flores que alimentan a los depredadores del pulgón y la semilla de la planta que más tardó en subir, que es justo la que interesa multiplicar.


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