Basta una noche templada de mayo con lluvia para que una parra sana amanezca dos semanas después con manchas translúcidas en las hojas y una pelusa blanca por debajo. Ese intervalo entre la infección y el síntoma es la clave de todo lo que viene a continuación: cuando se ve el mildiu, la infección ya tiene días de ventaja y el tratamiento que toca aplicar no es para las manchas que hay, sino para las que aún no han salido.

No es un hongo, y eso cambia el tratamiento

El causante es Plasmopara viticola, un oomiceto. Los oomicetos se parecen a los hongos en la forma —filamentos, esporas— pero están emparentados con las algas pardas: su pared celular es de celulosa, no de quitina, y no fabrican ergosterol.

La consecuencia práctica es directa. El azufre no sirve contra el mildiu, y tampoco los fungicidas que bloquean la síntesis de esteroles (los triazoles del grupo de los IBE) ni las estrobilurinas al uso contra oídio. Espolvorear azufre en una parra con manchas de aceite y esperar mejoría es perder la semana crítica. El azufre es para el oídio; el mildiu se combate con otra química.

Plasmopara viticola llegó a Europa desde Norteamérica a finales del siglo XIX, con material vegetal traído para hacer frente a la filoxera. Fue la epidemia que obligó a Millardet a formalizar el caldo bordelés, que sigue siendo hoy la base del control en viticultura ecológica.

Hojas de vid afectadas por mildiu con manchas de aceite

Cómo pasa el invierno y cuándo arranca

El inóculo invernante son las oosporas, esporas de resistencia que quedan en las hojas caídas y en los primeros centímetros de suelo. Aguantan varios años, así que un invierno duro no limpia la parcela.

En primavera, con el suelo húmedo y por encima de unos 11 °C, las oosporas germinan y liberan zoosporas móviles. La salpicadura de la lluvia las sube a las hojas bajas y ahí ocurre la infección primaria. Para que prospere hacen falta tres cosas a la vez, lo que en campo se resume como la regla de los tres dieces:

  • Brotes de al menos 10 cm, es decir, tejido verde receptivo.
  • 10 mm de lluvia acumulada en 24-48 horas.
  • Temperatura media por encima de 10 °C.

La regla es orientativa, no una ley: con menos lluvia y temperaturas más altas también hay infecciones. Lo que no falla es el requisito del agua líquida sobre la hoja durante un par de horas largas, porque las zoosporas nadan hasta los estomas del envés y entran por ahí. Sin mojado, no hay entrada. Por eso una parra bajo alero o en un porche cubierto sufre mucho menos que la misma variedad a cielo abierto a diez metros.

Después viene la incubación, que depende de la temperatura: entre 4 y 5 días a 22-25 °C, y hasta dos semanas o más a 12-13 °C. Al final de ese periodo el hongo esporula en el envés durante una noche cálida con humedad cercana a la saturación, y cada mancha se convierte en una fuente de infecciones secundarias. A partir de ahí la epidemia se multiplica sola mientras siga lloviendo.

Síntomas, por orden de aparición

Mancha de aceite. En el haz, una zona redondeada de color verde amarillento, translúcida a contraluz, con aspecto de grasa. Es el primer signo y aparece sobre hojas jóvenes.

Pelusa blanca en el envés. Justo debajo de la mancha, un fieltro blanco denso, como escarcha, que aparece de madrugada. Este es el detalle que confirma el diagnóstico: el mildiu esporula en el envés, nunca en el haz. Con el tiempo la mancha del haz se necrosa y se vuelve parda, y la hoja acaba cayendo.

Mildiu en mosaico. A finales de verano, sobre hojas adultas, las manchas ya no son redondas sino pequeños polígonos amarillentos delimitados por los nervios, que luego se vuelven rojizos en tintas. Se ve poco desde lejos y defolia la cepa antes de tiempo, lo que compromete las reservas del año siguiente.

En el racimo. Antes de la floración y hasta el tamaño guisante es cuando más daño se hace. El raquis se curva en forma de S y se cubre de pelusa, y los granos jóvenes se pardean y se momifican. Después del envero los granos ya no se infectan directamente, pero sí el pedúnculo: el hongo entra por ahí y el grano se arruga con un tono pardo violáceo sin pelusa visible. Es el llamado mildiu larvado, y confunde porque parece un problema de riego o de golpe de calor.

Racimo de uva con daños de mildiu

Distinguirlo del oídio antes de tratar

Confundir ambas enfermedades lleva a aplicar el producto equivocado y perder la ventana de intervención. Las diferencias son claras si se sabe qué mirar:

  • El oídio (Erysiphe necator) forma un polvillo gris ceniciento que se ve en las dos caras de la hoja y se puede frotar con el dedo. No necesita lluvia: le basta humedad ambiental alta y temperaturas de 20-27 °C, y por eso castiga veranos secos y bochornosos.
  • El mildiu exige agua líquida, da mancha translúcida por el haz y fieltro blanco solo por el envés.
  • En los granos, el oídio los agrieta en estrella y deja la piel reticulada; el mildiu los momifica enteros.

En clima peninsular esto tiene una traducción geográfica bastante fiable: el mildiu es el problema serio en la cornisa cantábrica, Galicia, el norte de Castilla y León y la Rioja Alta, mientras que en La Mancha, el Levante y el interior de Andalucía suele mandar el oídio, salvo en primaveras anormalmente lluviosas.

Lo que se hace antes de coger el pulverizador

El control cultural reduce el número de tratamientos necesarios, y en una parra doméstica a veces los evita del todo:

Airear la vegetación. Deshojar la zona de racimos tras el cuajado y despuntar los pámpanos que se enmarañan acorta el tiempo de mojado de la hoja tras una lluvia. Una cepa abierta se seca en una hora; una masa vegetal cerrada aguanta húmeda toda la mañana, que es justo lo que el patógeno necesita.

Levantar el emparrado. Las infecciones primarias vienen por salpicadura desde el suelo. Cuanto más alta esté la vegetación baja y menos vegetación toque la tierra, menos inóculo llega.

Retirar la hojarasca en otoño y no dejarla al pie de la cepa, porque ahí están las oosporas del año que viene.

Contener el nitrógeno. El abonado nitrogenado excesivo da tejido tierno y suculento, mucho más receptivo, y encima retrasa el agostamiento.

Elegir bien si se planta de cero. Todas las variedades de Vitis vinifera son sensibles en mayor o menor grado. Si la zona es húmeda, merece la pena mirar las llamadas variedades resistentes o PIWI —Solaris, Regent, Souvignier gris, Muscaris y otras—, obtenidas cruzando vinífera con especies americanas y asiáticas, que reducen drásticamente el número de aplicaciones.

Tratamientos: cobre y el resto

Lo primero, un punto legal que conviene tener claro: para una parra de jardín solo pueden usarse productos inscritos en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio y con la mención expresa de uso no profesional o jardinería exterior doméstica en la etiqueta. El resto exige carné de aplicador. Dosis, plazo de seguridad y número máximo de aplicaciones están en esa etiqueta y son de cumplimiento obligatorio.

El cobre es preventivo, no curativo. Caldo bordelés, oxicloruro, hidróxido o sulfato tribásico actúan por contacto: forman una película de iones cúpricos que mata la zoospora antes de que penetre. Sobre una mancha ya establecida no hacen nada. De ahí que se aplique antes de la lluvia anunciada, no después de ver los síntomas. Además se lava: a partir de unos 20-25 mm de lluvia acumulada, la protección se ha ido y hay que renovar.

Al aplicarlo, hay que mojar el envés. Un tratamiento hecho por arriba, en pasada rápida sobre el haz, deja sin cubrir exactamente la cara por donde entra el patógeno y por donde esporula. Con mochila manual, eso significa lanza inclinada hacia arriba y pasar despacio.

La normativa comunitaria limita el cobre metal a 28 kg por hectárea en siete años (una media de 4 kg/ha y año), tanto en convencional como en ecológico, por su acumulación en el suelo y su efecto sobre lombrices y microbiota. En una parra aislada la cuenta no aprieta, pero no es un producto inocuo por ser "tradicional": es un metal pesado que se queda en el suelo.

Otro punto: el cobre aplicado en primaveras frías y húmedas sobre brotación tierna puede provocar fitotoxicidad, con moteado y deformación de las hojas jóvenes. En las primeras aplicaciones conviene ir a la dosis baja del rango de la etiqueta.

Frente al cobre están los fungicidas penetrantes y sistémicos específicos de oomicetos (familias como los CAA, cimoxanilo, fosetil-Al o los QiI, según lo autorizado en cada momento). Tienen algo de efecto de parada sobre infecciones muy recientes y resisten mejor el lavado, pero Plasmopara viticola genera resistencias con facilidad: nunca dos aplicaciones seguidas del mismo modo de acción, y alternancia obligada con productos de contacto.

Un calendario razonable

Para el clima peninsular, con la reserva de que el año manda más que el calendario:

  • Invierno. Poda, retirada de restos y hojarasca. Ningún tratamiento específico de mildiu tiene sentido aquí.
  • Brotes de 10 cm (abril, según zona). Empieza el riesgo. Primera aplicación preventiva si se cumple la regla de los tres dieces o si el pronóstico da lluvia continuada.
  • Desde antes de floración hasta grano tamaño guisante (mayo-junio). Periodo crítico. El racimo es máximamente sensible y aquí se pierde la cosecha si se descuida. Mantener cobertura, renovando tras cada lluvia de más de 20-25 mm.
  • Envero (finales de julio-agosto). El grano deja de ser receptivo. Vigilar hoja y pedúnculos, no bajar la guardia si el verano es tormentoso.
  • Posvendimia. Solo interesa proteger la hoja si la defoliación temprana está comprometiendo las reservas.

Si se prefiere no tratar por calendario, la alternativa es seguir los avisos de la estación de avisos fitosanitarios de la comunidad autónoma, que modelizan las infecciones con datos reales de lluvia y temperatura. Es más preciso y ahorra aplicaciones.

En resumen

El mildiu de la vid lo causa Plasmopara viticola, un oomiceto que necesita agua líquida sobre la hoja para infectar y que pasa el invierno como oosporas en la hojarasca. Se reconoce por la mancha de aceite en el haz con fieltro blanco en el envés, y por el racimo curvado en S y momificado; el azufre no le afecta. La defensa se apoya en airear la vegetación, retirar hoja caída, moderar el nitrógeno y aplicar productos de contacto antes de la lluvia, mojando el envés y renovando tras 20-25 mm. Desde antes de floración hasta grano guisante está el periodo que decide la cosecha.


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