Novecientas sesenta y cinco hectáreas de bosque en el este de Oregón están ocupadas por un único ser vivo. No es un bosque de secuoyas ni una colonia de álamos clonales: es un hongo, y casi todo él vive bajo tierra, entre las raíces de los abetos y los pinos del Malheur National Forest.
El organismo pertenece a la especie Armillaria ostoyae (también citada como Armillaria solidipes), un parásito de coníferas emparentado de cerca con la armilaria que arruina cerezos y parras en los jardines españoles. Esa conexión es la parte del asunto que de verdad interesa a quien cultiva: el gigante de Oregón no es una rareza aislada, sino el mismo problema del huerto llevado a una escala difícil de imaginar.
Qué se encontró exactamente en las Montañas Azules
A finales de los años noventa, el Servicio Forestal de Estados Unidos investigaba por qué morían rodales enteros de abeto en las Blue Mountains, cerca de Prairie City. La hipótesis inicial era una plaga de insectos o una sequía prolongada. Al muestrear más de un centenar de árboles enfermos y comparar el material genético del micelio recogido en cada uno, apareció el resultado incómodo: en un área de unos 9,6 kilómetros cuadrados todas las muestras correspondían al mismo individuo genético.
Las estimaciones de edad rondan los 2.400 años como cifra conservadora, y algunos cálculos la elevan bastante más según la velocidad de crecimiento que se asuma. La masa total se ha estimado en varios miles de toneladas, pero conviene tomarse ese número con reservas: se calcula por extrapolación del micelio y los rizomorfos presentes en el suelo, no pesando nada.
Antes que este se había descrito otro caso célebre, un Armillaria gallica de unas 15 hectáreas en Michigan, y fue precisamente aquel hallazgo el que animó a los investigadores de Oregón a comprobar si lo que tenían delante era una población o una sola criatura.
Por qué crece así y no como una seta
La estructura que permite este tamaño se llama rizomorfo: un cordón de hifas apretadas, negro por fuera y blanco por dentro, con aspecto y tacto de cordón de zapato. El rizomorfo avanza por el suelo sin necesidad de alimentarse de él, como un cable de exploración, y cuando topa con una raíz viva la perfora y coloniza el cámbium. Un micelio suelto no podría cruzar metros de tierra pobre; un rizomorfo sí, y a razón de un metro o poco más al año se llega a nueve kilómetros cuadrados con tiempo suficiente.
Las setas de color miel que salen en otoño al pie de los troncos son solo el aparato reproductor, la parte visible durante unas semanas. Confundirlas con "el hongo" es el motivo por el que un jardín puede estar colonizado durante años sin que nadie lo sospeche.
La misma familia, en un jardín de aquí
En la Península la especie dominante y más agresiva es Armillaria mellea, causante de la podredumbre blanca de raíz o "armilaria". Ataca a frutales de hueso y pepita, vid, olivo, nogal, aguacate, y también a ornamentales leñosas muy comunes: cipreses, ligustros, lilos, rosales injertados sobre patrón viejo. Prospera donde hay suelo encharcado o riego excesivo y, sobre todo, donde quedaron tocones y raíces gruesas de árboles antiguos sin arrancar.
Las señales que hay que buscar, por orden de utilidad:
- Micelio blanco en abanico bajo la corteza del cuello, a ras de suelo. Se ve levantando una lámina de corteza con una navaja y huele intensamente a seta. Es el diagnóstico más fiable.
- Rizomorfos negros pegados a la corteza de las raíces o sueltos en la tierra al cavar.
- Hoja pequeña, clorótica y brotación corta durante una o dos temporadas, seguida de un colapso repentino en pleno verano: el árbol se seca con las hojas puestas, en cuestión de días, cuando la demanda de agua supera lo que un sistema radicular anillado puede suministrar.
- Grupos de setas melíferas con anillo en el pie, agrupadas en la base del tronco, en otoño lluvioso.
Qué se puede hacer y qué no
No existe tratamiento curativo. Ningún fungicida autorizado alcanza el micelio dentro de la madera de una raíz, y regar el alcorque con productos de cobre o con caldos caseros no cambia nada salvo el pH del suelo. Lo que sí funciona es de tipo mecánico y preventivo:
Arrancar los tocones enteros, con el máximo de raíz gruesa posible, cuando se retire un árbol. Un tocón dejado en el suelo es despensa para diez años de expansión del hongo. Descalzar el cuello de un frutal afectado en fase inicial —retirar la tierra alrededor de la base y dejar el arranque de las raíces al aire durante la estación seca— seca el micelio superficial y ha salvado árboles que aún conservaban más de media circunferencia sana. Corregir el drenaje y separar los goteros del tronco, porque el cuello permanentemente húmedo es la puerta de entrada.
Queda una decisión que conviene no precipitar: replantar la misma especie en el mismo hoyo. Si murió un cerezo por armilaria, el siguiente cerezo morirá también, probablemente antes. Conviene cambiar de género, dejar el hueco varios años o replantar en otro punto del jardín.
Bioluminiscencia, comestibilidad y otras notas
El micelio de Armillaria emite luz. Una madera muy colonizada, en una noche cerrada y con los ojos ya adaptados a la oscuridad, muestra un resplandor verdoso tenue que la literatura anglosajona llama foxfire. Se conocía desde la Antigüedad y se atribuía a fuegos fatuos; la causa es una reacción enzimática del propio hongo.
Sobre la mesa hay que ser prudente. La armilaria se consume en varias regiones, pero es tóxica en crudo o mal cocinada y provoca trastornos digestivos incluso cocinada en personas sensibles. Además crece en el mismo tipo de madera muerta que Galerina marginata, una especie mortal con la que se ha confundido en accidentes reales. Nada de recolección para consumo sin identificación por alguien competente.
Hay una idea de fondo que el caso de Oregón deja clara: en un árbol que se muere lentamente, lo que se ve por encima del suelo casi nunca es donde está el problema.
En resumen
El organismo del Malheur National Forest es un Armillaria ostoyae de unas 965 hectáreas y miles de años de edad, extendido por rizomorfos que van de raíz en raíz matando coníferas. Su pariente doméstica, Armillaria mellea, hace lo mismo a menor escala en frutales y ornamentales de toda la Península. Se reconoce por el micelio blanco en abanico bajo la corteza del cuello y por los cordones negros en el suelo; no tiene cura química, y todo se juega en arrancar tocones, drenar bien, mantener el cuello seco y no repetir especie donde ya cayó un árbol.