Con 38 grados y el suelo seco, una higuera puede quedarse sin hojas en cinco o seis días de agosto y rebrotar con las lluvias de septiembre sin secuelas. Al lado, un boj que pierde la hoja en junio a manos de una oruga está muerto antes de que acabe el verano siguiente. La defoliación, por sí sola, no dice nada: lo que importa es qué la ha provocado, en qué época y con qué reservas contaba la planta.

Lo que ocurre cuando una hoja se suelta

La hoja no se cae por gravedad ni porque se seque hasta desprenderse. En la base del pecíolo hay una banda de células especializadas, la zona de abscisión, que la planta activa de forma deliberada. Mientras la hoja funciona, produce auxinas que mantienen esa zona bloqueada. Cuando deja de ser rentable —por sombra, por sequía, por daño, por edad—, cae el flujo de auxinas, sube el etileno, las paredes celulares de esa banda se disuelven enzimáticamente y la hoja se desprende dejando una cicatriz limpia y sellada.

Antes de soltarla, la planta la vacía. Retira nitrógeno, fósforo, potasio y magnesio, que son elementos móviles por el floema, y los almacena en ramas y raíces. De ahí una consecuencia práctica muy útil: una hoja amarilla que se cae ha sido desmontada de forma ordenada, mientras que una hoja verde que se desprende de golpe indica que el proceso se ha disparado por una emergencia y la planta ha perdido esos nutrientes con ella.

Hojas verdes de un árbol vistas a contraluz

Defoliaciones que no son un problema

La caída otoñal de un caducifolio es una desinversión calculada: mantener hojas en invierno cuesta agua y riesgo de congelación y aporta poca fotosíntesis. En robles y hayas jóvenes ocurre además la marcescencia, hojas secas que quedan colgando todo el invierno porque la abscisión no llega a completarse; es normal y no requiere ninguna intervención.

También hay recambio en las perennes, y este confunde bastante. El olivo, la encina, el naranjo o el laurel renuevan hoja en primavera: entre marzo y mayo sueltan las hojas de dos o tres años mientras brotan las nuevas. Ver el suelo cubierto de hoja bajo un cítrico en abril, con la copa llena de brotes tiernos, no es señal de enfermedad. Un magnolio hace lo mismo en mayo o junio.

Y existe la defoliación provocada a propósito. En viña se practica el deshojado de la zona de racimos en envero para airear y reducir botritis; en tomate se retiran las hojas bajas por la misma razón; en bonsái se defolia total o parcialmente en junio para forzar una segunda brotación de hoja más pequeña, técnica que solo tolera un ejemplar vigoroso y bien enraizado. En todos estos casos se quita hoja de forma medida, no se arrasa la planta.

Qué hojas caen primero: el mejor dato del diagnóstico

El orden de caída acota la causa mejor que el color.

Si empiezan las hojas viejas y bajas, amarilleando primero, la planta está reciclando elementos móviles hacia los brotes nuevos: falta de nitrógeno, de potasio o de magnesio, o bien poca luz en la parte interior de la copa, que es simplemente autopoda. También encaja aquí un problema radicular incipiente.

Si el daño arranca en los brotes nuevos y las puntas, mira hacia el calcio y el boro, que son inmóviles, o hacia un ataque de raíz ya avanzado, o hacia salinidad.

Si caen hojas verdes, sanas, de golpe, ha habido un choque: una helada, una corriente fría, un trasplante, un cambio brusco de ubicación, un herbicida. La planta corta por lo sano para reducir la superficie de transpiración.

Si aparecen manchas, halos o polvillo antes de la caída, la causa es un hongo, y ahí toca identificar cuál por el aspecto de la lesión.

Agua y raíces: sequía y asfixia dan la misma foto

Ante la falta de agua, la planta cierra estomas, deja de crecer y, si el déficit continúa, activa la abscisión para reducir superficie evaporante. Es una defensa eficaz: un almendro o una higuera defoliados en agosto suelen rebrotar con las lluvias.

El encharcamiento produce el mismo cuadro por un camino distinto. Las raíces necesitan oxígeno para respirar; en un suelo saturado o en una maceta con plato siempre lleno, ese oxígeno se agota en horas. Las raicillas finas mueren, se instalan hongos como Phytophthora o Pythium, y la planta deja de absorber agua aunque esté rodeada de ella. El resultado visible —hojas mustias, amarilleo, caída— es idéntico al de la sequía, y aquí es donde se pierde la planta: se interpreta como sed, se riega más, y se acelera la asfixia. Antes de coger la regadera, comprueba el sustrato a diez centímetros de profundidad y, si es una maceta, saca el cepellón y mira las raíces: sanas son blancas o claras y firmes; dañadas son marrones, blandas y con olor agrio, y la corteza se desprende con los dedos.

Los cítricos son un caso frecuente en jardines particulares, sobre todo en suelos arcillosos del interior peninsular. Un limonero regado a diario en un suelo pesado acaba amarilleando y perdiendo hoja; la corrección es espaciar los riegos y mejorar el drenaje, nunca aumentar la frecuencia.

Choques de trasplante, luz y frío

Un Ficus benjamina que llega a casa y suelta la mitad de las hojas en dos semanas no está enfermo: viene de un invernadero con 20.000 lux y pasa a un salón con 1.500. Ajusta su masa foliar a la luz disponible. Si se le mantiene el riego habitual mientras tiene la mitad de hoja, consumirá mucha menos agua de la que recibe y entonces sí acabará con las raíces podridas. Lo correcto es reducir el riego, no tocarlo de sitio otra vez y esperar cuatro o seis semanas a la nueva brotación adaptada.

El trasplante en época equivocada produce lo mismo. Mover un arbusto en plena brotación primaveral, con la planta comprometida en el crecimiento, causa defoliación por desequilibrio entre lo que la raíz mutilada puede absorber y lo que la copa transpira. Para trasplantar en clima peninsular, la ventana buena va de noviembre a febrero, con la planta en reposo y el suelo aún templado.

El frío actúa de dos maneras. Una helada fuerte fuera de temporada, como las de finales de marzo, quema la hoja tierna, que se vuelve marrón oscura o negra y cae. Y un frío moderado pero prolongado hace que especies subtropicales —Jacaranda mimosifolia, Brachychiton populneus, ficus de exterior en zonas del sur— defolien preventivamente. En ambos casos, no podes hasta que veas dónde rebrota, en abril o mayo; las ramas que parecen muertas en febrero muchas veces no lo están.

Plagas y hongos que dejan la planta desnuda

La procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa) defolia pinos y cedros entre enero y abril. Antes de nada, la advertencia sanitaria: las orugas están cubiertas de pelos urticantes que se desprenden en el aire y provocan dermatitis, conjuntivitis y crisis respiratorias en personas sensibilizadas. En perros son un riesgo serio: lamer u oler una fila de orugas produce necrosis de la lengua y puede requerir amputación parcial, y es una urgencia veterinaria inmediata. No se manipulan los bolsones sin equipo adecuado ni se queman, porque el fuego dispersa los pelos. En jardines particulares, el tratamiento habitual y autorizado es Bacillus thuringiensis var. kurstaki aplicado en otoño, cuando las orugas son pequeñas; en arbolado público hay restricciones específicas sobre productos y sobre las aplicaciones aéreas, y lo que corresponde es avisar al ayuntamiento. Un pino adulto sano sobrevive a una defoliación completa, aunque pierda crecimiento ese año.

La oruga del boj (Cydalima perspectalis), presente en España desde 2014, es más letal para su huésped: devora hoja y luego roe la corteza verde de los tallos, y el boj no rebrota bien tras dos o tres ataques seguidos. Se controla con revisiones frecuentes desde abril, trampas de feromona para saber cuándo vuela y tratamientos con Bacillus thuringiensis sobre orugas jóvenes.

Entre los hongos, el repilo del olivo (Venturia oleaginea) es la causa principal de defoliación en el olivar español: manchas circulares con halo amarillo, caída masiva de hoja en otoño y primavera húmedas y pérdida de cosecha al año siguiente. La mancha negra del rosal (Diplocarpon rosae) deja los rosales desnudos a mitad de verano; conviene recoger y retirar la hoja caída, porque ahí es donde inverna. La abolladura o lepra del melocotonero (Taphrina deformans) abomba y enrojece la hoja nueva en primavera y la tira; se previene con tratamientos de cobre a la caída de la hoja y al hincharse las yemas, nunca cuando la hoja ya está deformada. Y la verticilosis (Verticillium dahliae) provoca un marchitamiento y defoliación característicamente sectorial, en media planta o en una rama, con oscurecimiento de la madera al hacer un corte.

Hojas de un árbol con signos de deterioro

Herbicidas, sales y otras causas químicas

La deriva de un herbicida aplicado en el camino de al lado en un día con brisa produce daños muy reconocibles. Los hormonales tipo 2,4-D o dicamba retuercen las hojas, alargan los pecíolos y curvan los brotes en espiral antes de la caída; el glifosato deja amarilleo desde las puntas y brotes deformes y de aspecto raquítico semanas después de la aplicación. Con un césped tratado bajo la copa de un frutal, el daño puede aparecer meses más tarde.

La salinidad hace lo propio: exceso de abono, agua muy dura o sal de deshielo generan quemaduras en los bordes de la hoja que avanzan hacia el nervio central y terminan en defoliación. En maceta se corrige lavando el sustrato con abundante agua de baja mineralización hasta que drene libremente, y suspendiendo el abonado varias semanas.

Cuánta hoja se puede perder y qué hacer después

Un árbol adulto y sano tolera perder alrededor de un cuarto de su superficie foliar sin efecto medible en el crecimiento. Una defoliación total en verano se paga con menos crecimiento y menos flor al año siguiente, pero se supera. Lo que mata es la repetición: dos o tres defoliaciones completas en años consecutivos agotan las reservas de almidón de raíces y ramas, y entonces entran los patógenos de debilidad, como los barrenillos.

Después de una defoliación grave, hay tres cosas que no conviene hacer. Abonar con nitrógeno de golpe, porque una planta con raíces dañadas no puede absorberlo y la sal empeora la situación; forzar el riego, por la razón ya explicada; y podar de inmediato, ya que las yemas latentes de esas ramas son las que van a reconstruir la copa. Sí ayuda mantener el suelo con humedad estable, acolchar con diez centímetros de material orgánico para proteger las raíces superficiales, y esperar. Si en la siguiente estación de crecimiento no aparece brotación en las ramas principales, entonces sí toca podar hasta madera viva o replantear la planta.

En resumen

La caída de hoja es un mecanismo de la planta, no una enfermedad en sí. Descarta primero lo normal —otoño, recambio de perennes en primavera— y luego usa el orden de caída para acotar: hojas viejas y amarillas apuntan a nutrición o luz; brotes nuevos dañados, a calcio, boro o raíz; hoja verde de golpe, a un choque térmico, de trasplante o químico; manchas antes de caer, a hongo. Revisa raíces y humedad antes que nada, porque sequía y asfixia se parecen y el error de regar más es el que remata la planta. En pinos con procesionaria, ten presente el riesgo real de los pelos urticantes para personas y perros y no manipules los bolsones. Y da tiempo: una planta defoliada una sola vez suele rebrotar en la estación siguiente si no se la castiga con abonos, agua y tijeras.


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