A mediados de marzo una maceta de 20 cm puede aguantar seis días sin agua; esa misma maceta, con la misma planta, en la última semana de junio se queda seca en dos. Entre una fecha y otra no han pasado más que tres meses de primavera, y ahí está el problema: la primavera no es una estación con un riego propio, es una rampa. Lo que funcionaba en marzo mata por sequía en junio, y lo que hace falta en junio pudre las raíces si se aplica en marzo.
Por eso el riego primaveral se hace mal con más frecuencia que el de verano. En verano casi cualquiera acierta regando mucho, porque hace calor todos los días. En primavera hay semanas de 26 °C seguidas de un frente atlántico con cuatro días de lluvia y 14 °C, y la planta necesita cosas distintas en cada tramo. Regar por calendario —"los martes y los sábados"— es el error de fondo del que se derivan los demás.
Qué cambia en la planta cuando arranca la primavera
Con el alargamiento del día y la subida de las temperaturas medias, la planta sale del reposo y empieza a brotar. Ese tejido nuevo —hojas tiernas, raicillas blancas, brotes en extensión— es el que consume agua. Y no consume agua principalmente para "crecer", sino para transpirar: la mayor parte del agua que absorben las raíces sale por los estomas de las hojas y se evapora. Cuanta más superficie foliar nueva, más agua se pierde al día.
De ahí que la demanda no suba con la temperatura, sino con la temperatura y con la masa de hoja que la planta va fabricando. Un rosal desnudo en febrero apenas bebe. El mismo rosal, en mayo, con todo el follaje desplegado y en plena floración, puede estar moviendo varios litros a la semana. La subida es progresiva y va por detrás de lo que marca el termómetro: por eso conviene revisar el riego cada dos o tres semanas durante toda la estación, no ajustarlo una vez en marzo y olvidarse.
Hay tres factores más que aceleran la evaporación y que en la Península pesan mucho:
El viento. Está infravalorado. Un día de 20 °C con viento seco de poniente reseca un macetohuerto más que un día de 27 °C en calma. El aire en movimiento arrastra la capa húmeda que rodea la hoja y dispara la transpiración.
La humedad relativa. En Galicia o en la cornisa cantábrica, con humedades altas, la misma planta necesita bastante menos agua que en Madrid, Zaragoza o el interior de Andalucía, donde en mayo se bajan del 30 % con facilidad.
El sol directo sobre la maceta. No sobre la planta: sobre el tiesto. Una maceta de plástico negro a pleno sol puede pasar de 40 °C en su cara sur, y eso evapora agua a través de la pared y cuece las raíces periféricas. Es una de las razones por las que las macetas de barro, que "pierden" agua por porosidad, muchas veces dan mejores resultados: mantienen el cepellón más fresco.
Cuándo regar: deja de contar días
La única regla que aguanta en todos los casos es esta: se riega cuando el sustrato lo pide, no cuando toca. Y hay cuatro maneras fiables de saber si lo pide.
El dedo. Introdúcelo entre 3 y 5 cm en el sustrato, no en la superficie. La costra de arriba se seca en horas y no dice nada del interior. Si a esa profundidad notas humedad, espera. Este método sirve para macetas de tamaño medio; en macetas grandes hay que ir más abajo.
El peso. Es el mejor indicador para plantas en maceta y no cuesta nada aprenderlo. Levanta el tiesto recién regado y escurrido, y vuelve a levantarlo a los cuatro días. La diferencia es evidente. Con dos o tres repeticiones ya sabes por el peso si queda agua dentro sin tocar la tierra. Con macetas grandes, basta con inclinarlas un poco.
Una varilla de madera. Un palillo largo o una brocheta clavada hasta el fondo y sacada al momento sale oscura y con partículas pegadas si hay humedad, y limpia y seca si no la hay. Es el mismo principio que la varilla del aceite del coche y funciona muy bien en macetas hondas.
La planta. Es el aviso más tardío, pero hay que saber leerlo. Las hojas ligeramente lacias al final de la tarde que se recuperan por la noche indican que la planta va justa: adelanta el siguiente riego. Las hojas lacias por la mañana temprano significan que ya hay estrés real. Ojo, porque el marchitamiento por exceso de agua se parece mucho al de la sequía: si la tierra está empapada y la planta está mustia, el problema es asfixia radicular y lo último que hay que hacer es regar más.
Como orden de magnitud, y solo como punto de partida que luego hay que comprobar: en marzo, muchas plantas de exterior en maceta van bien con un riego cada cuatro o seis días; en abril y mayo, cada dos o tres; en la transición a junio, las especies de pleno sol ya piden riego diario o casi. En el suelo del jardín los intervalos son mucho más largos porque el volumen de tierra explorable es enorme.
A qué hora del día
En primavera, por la mañana temprano. Y esto cambia respecto al verano, donde el atardecer también es buena opción.
El motivo es que las noches primaverales todavía son frescas —en el interior peninsular es normal bajar de 8-10 °C en abril— y una planta que pasa la noche con el follaje mojado y el sustrato empapado a esa temperatura es una invitación abierta a los hongos: oídio, mildiu, botritis, roya y, en semilleros, damping-off. Regar a primera hora deja todo el día por delante para que la superficie y las hojas se sequen.
Sobre el mito de que regar al mediodía "quema" las hojas porque las gotas actúan como lupa: en condiciones normales de jardín eso no ocurre, y se ha comprobado experimentalmente. El problema real de regar a pleno sol es otro y es puramente práctico: se pierde una parte importante del agua por evaporación antes de que llegue a la raíz, y se moja la planta en el peor momento. Dicho esto, si una planta está claramente sufriendo a las tres de la tarde, se riega a las tres de la tarde. Más vale un riego a deshora que un cepellón que se seca del todo.
Cómo regar: mucho y espaciado, nunca poco y a diario
Este es el punto donde se pierde más gente. Regar un poquito todos los días parece atento y cuidadoso, y es justo lo contrario de lo que conviene.
Cuando se aplica poca agua, esta solo moja los primeros centímetros. Las raíces crecen buscando donde hay humedad, así que se concentran arriba, en la zona que más se calienta y antes se seca. El resultado es una planta con sistema radicular superficial, incapaz de aguantar dos días sin riego y que en cuanto llega el primer golpe de calor de junio colapsa. Además, en el jardín ese riego corto favorece que las malas hierbas de raíz somera ganen la partida.
Lo correcto es regar en profundidad y luego dejar que el sustrato se seque parcialmente. En maceta significa aplicar agua despacio hasta que salga por los agujeros de drenaje y siga saliendo un poco: eso garantiza que el cepellón se ha mojado entero. En el jardín significa un riego largo que empape los primeros 20-30 cm en herbáceas y bastante más en arbustos y árboles. Ese ciclo de mojado y secado también es lo que oxigena el sustrato: entre riego y riego, el aire vuelve a entrar en los poros, y las raíces necesitan oxígeno tanto como agua.
Detalles que marcan diferencia en la práctica:
Vacía los platos. A los 15-20 minutos de regar, tira el agua sobrante. Una maceta permanentemente sobre un plato con agua tiene la base del cepellón encharcada y sin oxígeno, y ahí es donde empiezan las podredumbres por Phytophthora y Pythium. Si no quieres estar pendiente, pon el tiesto sobre unos pies o una capa de grava que lo mantenga por encima del nivel del agua.
Riega la tierra, no la planta. Mojar el follaje no aporta nada al abastecimiento de agua —la absorción por hoja es marginal— y sí reparte esporas de hongos por salpicadura. En rosales, tomateras, calabacines y vid, mojar las hojas es la forma más rápida de tener oídio y mildiu en mayo.
Si el sustrato se ha secado del todo, rehidrátalo por inmersión. La turba muy seca se vuelve hidrófoba: el agua resbala por los laterales, sale por abajo en cinco segundos y el interior del cepellón sigue como el polvo. La solución es meter la maceta en un barreño con agua hasta media altura, dejarla 20-30 minutos hasta que dejen de salir burbujas, y escurrir bien.
Agua templada mejor que fría. No hace falta calentarla, pero llenar la regadera y dejarla un rato al aire evita el choque térmico de sacar agua a 10 °C de la red y echarla sobre un cepellón a 20 °C. Y de paso, si tu agua es muy clorada, parte del cloro se disipa.
Con aguas duras, atención a las acidófilas. En buena parte de España el agua del grifo lleva mucha cal. Para el jardín común no es un problema, pero azaleas, camelias, hortensias, gardenias, arándanos y rododendros van a ir amarilleando entre nervios (clorosis férrica) si se riegan siempre con ella. Para esas, agua de lluvia o corregida.
No todas las plantas quieren lo mismo
Aplicar el mismo régimen a todo lo que hay en la terraza es garantía de perder algo. Conviene agrupar por necesidades:
Recién plantadas y recién trasplantadas. Son las que más vigilancia piden en primavera. Su raíz aún no ha salido del cepellón original, así que dependen de un volumen de tierra pequeñísimo aunque estén en un hoyo grande. Riego frecuente durante las primeras seis u ocho semanas, y luego ir espaciando para forzar a la raíz a explorar.
Semilleros y plantel. Sustrato constantemente húmedo pero nunca encharcado, y riego por abajo o con nebulizador fino para no descalzar las plántulas.
Huerto de verano en plantación (tomate, pimiento, calabacín, berenjena). Necesitan agua regular y, sobre todo, constante. Las oscilaciones fuertes entre sequía y encharcado son lo que provoca el rajado de los frutos y la podredumbre apical del tomate, que no es una enfermedad sino un fallo en la llegada de calcio causado casi siempre por un riego irregular.
Aromáticas mediterráneas. Romero, tomillo, lavanda, salvia y santolina prefieren pasar sed. Riego escaso y muy espaciado en primavera; una vez establecidas en el jardín, prácticamente ninguno. Se mueren mucho más por exceso de agua que por defecto.
Suculentas y cactus. Salen del reposo invernal en marzo. El primer riego debe ser ligero y luego se pasa a riegos abundantes pero muy espaciados, secando el sustrato por completo entre uno y otro.
Bulbos de primavera. Tulipanes, narcisos o jacintos necesitan humedad durante la floración, pero cuando la hoja empieza a amarillear hay que reducir el riego drásticamente: el bulbo entra en reposo y con la tierra mojada se pudre.
Plantas de interior. También notan la primavera y suben su consumo, pero mucho menos que las de exterior. Aquí el error dominante sigue siendo el exceso: las plantas de casa mueren ahogadas mucho más a menudo que sedientas.
Cuando llueve, cuenta la lluvia (pero cuéntala bien)
Una tarde de chubascos en abril no equivale a un riego. Cuatro milímetros de lluvia mojan el polvo y poco más. Para que la lluvia sustituya a un riego en el jardín hacen falta precipitaciones de cierta entidad, y lo razonable es comprobarlo con la mano: si a 10 cm de profundidad la tierra está seca, hay que regar aunque haya llovido.
Y hay un caso que se olvida siempre: las macetas bajo alero, porche, toldo o la copa de un árbol no reciben lluvia. Puede estar diluviando durante una semana y esas plantas seguir secas. Lo mismo pasa con las plantas de gran follaje, que hacen de paraguas y desvían el agua fuera de su propio cepellón.
Si tienes programador de riego, la primavera es la estación en la que más falla, porque riega igual el día que hace 12 °C y llueve que el que hace 28 °C. Un sensor de lluvia sale barato y evita el espectáculo de los aspersores funcionando bajo el aguacero.
Lo que hace que el riego rinda más
Antes de aumentar la frecuencia, merece la pena reducir las pérdidas.
Acolchado. Una capa de 5-7 cm de corteza de pino, paja, restos de poda triturados o incluso grava sobre la superficie del suelo reduce la evaporación de forma sustancial, mantiene la tierra más fresca y frena las malas hierbas. Es la medida con mejor relación esfuerzo-resultado de todas las que aparecen en este artículo. En macetas también funciona.
Riego por goteo. Lleva el agua al pie de la planta, sin mojar hoja y sin regar los pasillos. En un balcón con muchas macetas o en un huerto pequeño, un kit de goteo con programador se amortiza en una temporada. Eso sí, hay que revisar los goteros: se obturan con cal.
Ahuecar la superficie. Si la tierra de la maceta ha formado una costra dura, el agua corre por encima y se va por el borde. Rascar el primer centímetro con un tenedor antes de regar resuelve el problema.
Un alcorque o pequeño caballón alrededor de árboles y arbustos recién plantados retiene el agua sobre el cepellón en lugar de dejar que se escurra ladera abajo.
Errores frecuentes
Regar por rutina fija. Ya se ha dicho, pero es la raíz de casi todo lo demás.
Interpretar cualquier hoja amarilla como falta de agua. El amarilleo por exceso de riego es igual de común, y responder regando más remata a la planta. Antes de coger la regadera, mete el dedo.
Pulverizar y darlo por regado. Vaporizar las hojas sube algo la humedad ambiental durante unos minutos; no aporta agua a la raíz. Es un complemento, jamás un riego.
Macetas sin agujero de drenaje. Un cachepot bonito sin salida de agua es una trampa mortal. Si te gusta el recipiente, usa la maceta de plástico dentro y sácala para regar.
Confiar en los medidores de humedad baratos. Los de aguja con dos electrodos miden en realidad conductividad y se descalibran con la salinidad del sustrato. Dan lecturas erráticas. El dedo es más fiable y gratis.
Guardar el mismo régimen todo abril, mayo y junio. La primavera termina con necesidades de riego que triplican las de su comienzo. Revisa cada dos semanas.
En resumen
La primavera pide un riego que va creciendo semana a semana, y la única forma de acertar es comprobar el sustrato antes de regar, con el dedo, con el peso de la maceta o con una varilla, en lugar de seguir un calendario. Cuando toca regar, hay que hacerlo a fondo —hasta que drene en maceta, empapando de verdad en el jardín— y luego dejar que la tierra se seque parcialmente, porque ese ciclo es el que produce raíces profundas y bien oxigenadas. Mejor a primera hora de la mañana, mojando la tierra y no las hojas, vaciando los platos y ajustando el criterio por grupos de plantas, que un cactus, una tomatera y una hortensia no tienen nada que ver. Y antes de regar más, acolcha: reducir la evaporación rinde más que añadir litros.