En julio, un jardín peninsular se riega de noche o no se riega bien. Ese es el punto de partida de casi todo lo demás: entre las doce y las seis de la tarde, con 35 °C y humedad relativa por debajo del 30 %, buena parte del agua que sale del aspersor se evapora antes de mojar el suelo, y la que llega se queda en los tres primeros centímetros. Con esa misma agua, aplicada a otra hora y de otra forma, el jardín pasa el verano sin sufrir.
El verano no es una estación de crecimiento en el clima mediterráneo, es una estación de resistencia. Las plantas mediterráneas lo saben y se paran: el romero, la lavanda, el cistus y buena parte de los arbustos autóctonos entran en una parada estival parecida a la parada invernal de un manzano. Regarlas y abonarlas como si estuvieran creciendo es forzarlas justo cuando no pueden responder. Lo que viene a continuación es lo que sí funciona.
Riegos menos frecuentes y mucho más profundos
La costumbre de dar un riego corto todos los días es lo que arruina un jardín en agosto, aunque parezca lo contrario. Un riego superficial diario moja los primeros cinco centímetros de tierra, que son precisamente los que más se calientan y más rápido se secan. La planta responde donde encuentra agua: emite raíces finas justo ahí, en la capa más inestable, y a la primera avería del programador o el primer fin de semana fuera se queda sin nada.
Lo eficaz es lo contrario: menos riegos y de más volumen. Para arbustos y árboles jóvenes, un riego largo cada cuatro o cinco días que empape 30-40 cm de profundidad obliga a la raíz a bajar, y el suelo profundo se mantiene fresco aunque la superficie esté seca. Para comprobarlo no hace falta nada más que clavar un destornillador largo o una varilla en la tierra una hora después de regar: si entra sin esfuerzo, el agua ha llegado; si se para a diez centímetros, el riego se ha quedado corto.
Sobre la hora, la respuesta cambia según lo que se riegue. En el suelo, con goteo, lo mejor es de noche o a primera hora de la madrugada: no hay evaporación y el agua tiene horas para infiltrarse. En césped y en cualquier riego que moje la hoja, conviene adelantarlo al alba, entre las cinco y las siete, para que la lámina de agua sobre la hierba se seque pronto y no favorezca hongos foliares. Regar al mediodía no "quema" las hojas con efecto lupa —eso es un mito, las gotas no concentran luz suficiente—, pero desperdicia la mitad del agua y aplica un choque térmico innecesario a la raíz.
Un detalle que se pasa por alto: en verano hay que revisar los goteros, no solo el programador. En zonas con agua dura, un gotero autocompensante obturado por cal deja de dar caudal sin ningún síntoma visible desde fuera, y la planta que depende de él se pierde en una semana. Diez minutos recorriendo la línea con el riego abierto, una vez a principios de junio y otra a mediados de julio, evitan la mitad de las bajas.
Y el gesto que más agua ahorra no es de riego, sino de suelo: acolchar. Cinco centímetros de corteza de pino, paja o astilla sobre los alcorques y los macizos bajan la temperatura del suelo varios grados, cortan la evaporación directa y frenan la germinación de hierbas adventicias. En un jardín con acolchado se riega, a igualdad de condiciones, bastante menos que en uno con la tierra desnuda. Eso sí, hay que dejar un par de dedos libres alrededor del cuello del tronco: el acolchado en contacto con la corteza la mantiene húmeda y pudre.
El calor seco no trae plagas: trae una en concreto
La plaga característica del verano español no es el pulgón —que suele decaer con el calor fuerte— sino la araña roja, Tetranychus urticae. Se multiplica exactamente en las condiciones de julio y agosto en el interior peninsular: por encima de 27 °C y con el aire seco completa su ciclo en menos de diez días, de manera que una hembra se convierte en una colonia visible en tres semanas.
Se detecta antes por la hoja que por el bicho: un punteado fino y decolorado en el haz, como si alguien hubiera espolvoreado sal, y al girar la hoja se ven los ácaros en el envés, del tamaño de un grano de pimienta molida. Cuando aparecen telarañas en las puntas de los brotes, la infestación ya lleva semanas. Ataca sobre todo a rosales, judías, tomate, hiedras, cítricos en maceta, coníferas enanas y a cualquier planta situada contra una pared orientada al sur.
Contra ella, lo primero es cambiarle el ambiente: pulverizar agua sobre el envés al atardecer, dos o tres veces por semana, reduce mucho su reproducción, porque la humedad le resulta hostil. Después, jabón potásico bien aplicado por debajo de la hoja, repitiendo cada cinco o siete días para pillar a las que van naciendo, ya que ningún tratamiento de contacto mata los huevos. En jardines mayores funciona muy bien soltar Phytoseiulus persimilis, un ácaro depredador que se vende en tiendas de control biológico y que limpia focos de araña roja sin residuos.
Dos advertencias sobre productos. El azufre es útil contra oídio y ácaros, pero por encima de 28-30 °C provoca quemaduras en la hoja: en pleno agosto hay que dejarlo aparcado. Y ni el jabón potásico ni el aceite de parafina se aplican a pleno sol, siempre a última hora de la tarde, o la mezcla de tensioactivo y radiación quema el follaje que se pretende salvar.
Junto a la araña roja, en verano conviene vigilar la cochinilla algodonosa (Planococcus citri) en cítricos y adelfas, la mosca blanca en huerto y aromáticas, y las orugas de Spodoptera y otros noctuidos que trabajan de noche; para estas últimas, Bacillus thuringiensis var. kurstaki aplicado al anochecer es específico, inocuo para abejas y suficiente. Un jardín con alguna zona sin segar, con lavandas y umbelíferas en flor, mantiene poblaciones de crisopas, sírfidos y mariquitas que resuelven gratis buena parte del problema.
Podas de verano: poco corte y ningún corte grande
El verano admite podas, pero de otro tipo que el invierno. Todo lo que sea eliminar madera gruesa, rebajar copa o rejuvenecer un arbusto se hace en reposo, entre noviembre y febrero. Podar fuerte en julio expone de golpe ramas y corteza que llevaban años a la sombra, y en una semana de sol directo aparecen quemaduras de corteza que después se abren y se infectan; además la planta gasta reservas en rebrotar cuando menos agua tiene.
Lo que sí toca ahora:
Quitar flores marchitas. En rosales reflorecientes, cortar la flor pasada por encima de la primera hoja de cinco foliolos bien orientada adelanta la siguiente floración unas semanas. Lo mismo con petunias, salvias, geranios y gauras: mientras la planta no forme semilla, sigue floreciendo. En el caso de las hortensias, en cambio, más vale dejar las inflorescencias secas puestas, porque protegen del sol a las yemas del año siguiente.
Recortes ligeros de seto. Junio y septiembre son los momentos buenos. Si se recorta en plena ola de calor, la superficie recién cortada se tuesta y el seto queda con una franja marrón durante meses. En setos de cupresáceas —Cupressus, Thuja, Chamaecyparis— hay una regla que no perdona: no cortar nunca sobre madera vieja sin hoja verde, porque esas ramas no rebrotan y el hueco se queda para siempre.
Podar los arbustos que ya han florecido. Forsitia, celindo (Philadelphus), lilo, weigela y jazmín de invierno florecen sobre madera del año anterior; se podan justo después de la floración, en primavera tardía o principios de verano, y a partir de agosto conviene dejarlos ya en paz para que formen las yemas del año próximo.
Aclarar, no rebajar. Si un árbol da demasiada sombra, la intervención de verano razonable es aclarar ramas seleccionadas para que pase luz, no acortar la copa. El desmochado —cortar todas las ramas a la misma altura— es una práctica desaconsejada por cualquier arboricultor: produce rebrotes débiles y mal anclados y acorta la vida del árbol.
Un apunte legal que mucha gente ignora: la temporada de cría de las aves va aproximadamente de marzo a julio, y destruir nidos ocupados de especies silvestres está prohibido por la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad. Antes de meter el cortasetos, un vistazo al interior del seto ahorra un disgusto y una posible sanción.
Césped, macetas y las dos semanas de vacaciones
El césped es el elemento más caro de mantener en verano y el que peor se lleva con el clima de aquí. Si es de mezcla fría —Festuca arundinacea, Lolium perenne, Poa pratensis—, en el interior peninsular necesita del orden de 5 a 7 litros por metro cuadrado y día en julio para mantenerse verde. Con esa cifra en la mano, cada uno decide. Tres medidas lo hacen mucho más llevadero: subir la altura de corte a 6-7 cm (la hoja alta sombrea el suelo y la raíz baja), dejar el recorte fino sobre el césped en lugar de retirarlo, y no abonar con nitrógeno entre finales de junio y finales de agosto, porque el crecimiento forzado con calor es justo lo que dispara los hongos. Si el césped es de Cynodon dactylon (grama o bermuda), el problema es mucho menor: crece bien con calor y aguanta con la mitad de agua.
Las macetas y jardineras de terraza son el punto más frágil de todo el conjunto. Un tiesto de plástico negro al sol puede superar los 45 °C en el sustrato, y a partir de ahí las raíces finas empiezan a morirse aunque la planta esté regada. Soluciones baratas: agrupar las macetas para que se den sombra unas a otras, elevar el sol del tiesto con listones para que corra el aire por debajo, meter la maceta de plástico dentro de otra de barro o mimbre, y en las que reciben sol de tarde, poner un acolchado de grava o corteza también encima del sustrato.
Sobre los platos bajo las macetas, dos cosas. La primera, que el agua estancada más de un día pudre raíces; hay que vaciarlos. La segunda, que un plato con agua es un criadero de mosquito tigre (Aedes albopictus): le bastan cinco o seis días y muy poca agua para completar el ciclo. Vaciar platos, cubos, regaderas y cualquier recipiente olvidado una vez por semana es la medida más eficaz que existe contra los mosquitos de la terraza, muy por encima de cualquier aparato o repelente ambiental.
Y si hay viaje: dos semanas fuera se resuelven con un programador de grifo y unas líneas de goteo, no con botellas volcadas. Antes de irse, conviene agrupar las macetas en el rincón más sombreado, regar a fondo la víspera, cubrir el sustrato con acolchado y quitar las flores abiertas, que consumen agua sin aportar nada mientras no hay nadie para verlas.
El jardín también hay que poder usarlo
De poco sirve un jardín impecable si los muebles están inservibles cuando llega la primera cena al fresco. El mantenimiento de verano del mobiliario cuesta poco si se hace bien.
La teca (Tectona grandis) y otras maderas tropicales no necesitan ningún barniz: sus aceites naturales las protegen y, si se dejan a la intemperie, adquieren un tono gris plata que no es deterioro sino pátina. Si se prefiere el color miel, se aplica aceite específico para teca una vez al año, nunca barniz de poro cerrado, que salta a los dos veranos y obliga a lijar todo. Lo que conviene evitar en cualquier madera es la hidrolimpiadora a presión alta: levanta la fibra y deja la superficie áspera y más propensa a ensuciarse. Agua, jabón neutro y cepillo de raíces en el sentido de la veta.
El aluminio solo pide agua jabonosa. El hierro y la forja hay que revisarlos por debajo y en las soldaduras, que es donde empieza la corrosión; en cuanto aparece un punto de óxido, cepillo de púas, imprimación antioxidante y esmalte. El ratán sintético y el textileno se limpian con esponja y detergente suave: los disolventes y la lejía degradan el polímero y lo vuelven quebradizo.
Los cojines no deben guardarse húmedos, ni siquiera de rocío; si se meten en el arcón con humedad, salen con moho en una semana. Y la sombrilla hay que cerrarla siempre que haya viento previsto —las varillas se doblan con una racha— y guardarla seca y en vertical al final del verano. En zonas de sol muy intenso, el tejido acrílico teñido en masa dura tres o cuatro veces más que el poliéster teñido en superficie, que a los dos veranos ha perdido el color.
Por último, el uso real del jardín en verano depende sobre todo de la sombra. Una pérgola con una parra de uva de mesa, una Wisteria sinensis o un Jasminum officinale da sombra fresca en agosto y deja pasar el sol en invierno cuando pierde la hoja, cosa que ningún toldo hace. Es una plantación que tarda tres o cuatro años en cubrir, y por eso mismo el mejor momento para plantarla ya pasó; el segundo mejor es el otoño que viene.
En resumen
Riegos espaciados y profundos, de noche o al alba, con acolchado sobre el suelo y los goteros revisados. Vigilancia del envés de las hojas, porque la araña roja es la plaga que define el verano seco y se combate mejor con agua pulverizada y jabón potásico que con nada más agresivo, siempre al atardecer y nunca con azufre por encima de 30 °C. Podas mínimas: flores marchitas, recortes ligeros de seto en junio y septiembre, y ningún corte grande hasta el invierno. Césped más alto y sin abonar. Macetas agrupadas, sombreadas y con los platos vaciados cada semana, tanto por las raíces como por el mosquito tigre. Y el mobiliario limpio con jabón y agua, que es lo que permite que todo el trabajo anterior sirva para algo cuando cae la tarde.