El riego mata más plantas que la sequía. En una vivienda española, entre macetas de interior y jardineras de balcón, se pierden muchas más plantas por raíces asfixiadas en un sustrato permanentemente encharcado que por olvido. Y es lógico: quien empieza riega por afecto, no por necesidad de la planta. Corregir esa costumbre es probablemente lo que más resultados da el primer año, y a partir de ahí todo lo demás se aprende observando.

Trabajos de jardinería con plantas en maceta

Antes de comprar nada, mide la luz

La luz es el factor que no se puede compensar con cuidados. Un abono no sustituye al sol, ni el riego, ni un buen sustrato. Así que el primer trabajo consiste en pasar un día mirando el sitio donde van a vivir las plantas y anotar cuántas horas de sol directo recibe.

Con esos datos, la clasificación es sencilla: pleno sol son más de seis horas de sol directo, media sombra entre tres y seis, y sombra menos de tres. En la Península, una fachada al sur recibe sol casi todo el día; una al este, sol suave de mañana, que es el mejor para plantas delicadas; una al oeste, sol de tarde, mucho más duro en julio; una al norte, luz indirecta durante todo el año.

Conviene deshacer aquí una idea muy extendida. Las llamadas plantas de interior no son plantas de poca luz: son especies del sotobosque tropical acostumbradas a luz abundante pero filtrada. Un potos (Epipremnum aureum) en el fondo de un salón sin ventana cerca no muere de golpe, sino que va estirando los entrenudos y perdiendo variegación durante meses hasta quedar en un tallo pelado. Necesita estar a menos de un metro y medio de una ventana clara.

Tu clima manda sobre cualquier consejo general

España no tiene un clima, tiene varios, y las recomendaciones de calendario que circulan por internet suelen estar escritas para latitudes más frías y húmedas. Dos fechas locales valen más que cualquier tabla: la de la última helada de primavera y la de la primera de otoño.

En la costa mediterránea y en el litoral atlántico sur casi no hay heladas y se planta prácticamente todo el año. En la meseta, en el valle del Ebro o en el interior de Castilla, las heladas tardías llegan hasta bien entrado mayo, y sacar tomates, albahaca o petunias antes de esa fecha es tirar el dinero. En zonas de montaña, las heladas se prolongan hasta junio.

Hay un ajuste más que va contra la costumbre. En clima mediterráneo, el mejor momento para plantar árboles, arbustos y vivaces no es la primavera sino el otoño, entre octubre y noviembre. La planta dispone de todo el invierno para enraizar con el suelo aún templado y las lluvias a favor, y llega al verano con un sistema radicular capaz de buscar agua en profundidad. Lo plantado en abril se enfrenta a su primer julio con las raíces todavía dentro del cepellón.

Regar bien es regar poco a menudo

La pauta correcta en maceta es abundante y espaciado: cuando toque regar, se moja hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y luego no se vuelve a regar hasta que el sustrato se ha secado en los primeros tres o cuatro centímetros. Un dedo introducido en la tierra da esa información en dos segundos. El peso de la maceta también: levantarla recién regada y volver a levantarla unos días después enseña más que cualquier medidor.

Los riegos pequeños y diarios son el peor sistema, porque mojan solo la capa superficial, mantienen el cuello de la planta húmedo y hacen que las raíces se queden arriba en lugar de explorar el cepellón. Y el plato con agua estancada bajo la maceta es la vía directa a la pudrición radicular: se vacía a los diez minutos del riego.

En verano, riega al amanecer o al atardecer. Regar a mediodía no «quema» las hojas —eso es un mito de lupas imaginarias— pero desperdicia buena parte del agua por evaporación y provoca choque térmico en el sustrato caliente.

La capa de gravilla en el fondo de la maceta merece párrafo aparte, porque se sigue recomendando y hace justo lo contrario de lo que se cree. No mejora el drenaje: al haber un cambio brusco de textura entre el sustrato fino y la grava gruesa, el agua se retiene por capilaridad en la base del sustrato y el nivel de saturación sube. Lo que hay que hacer es usar un sustrato aireado y asegurarse de que los agujeros no estén tapados.

Agua dura, hojas amarillas

En gran parte de la Península el agua del grifo es dura, con frecuencia por encima de los 25 grados hidrotimétricos franceses. Para un geranio o un romero es indiferente. Para las plantas acidófilas —hortensias (Hydrangea macrophylla), camelias, azaleas, gardenias, arándanos— significa que el pH del sustrato sube poco a poco hasta bloquear la absorción de hierro. El síntoma es inconfundible: hojas nuevas amarillas con los nervios todavía verdes, la clorosis férrica.

La solución no es echar hierro sin más, sino corregir el medio: sustrato específico para acidófilas, riego con agua de lluvia o agua embotellada de baja mineralización, y quelato de hierro (preferiblemente EDDHA, que aguanta pH altos) como refuerzo puntual. Por cierto, el color de las hortensias depende de ese mismo pH: en suelo ácido con aluminio disponible salen azules, y en suelo neutro o básico, rosas.

Hortensia de flor azul en el jardín

Sustrato y macetas: dos decisiones baratas que se hacen mal

El sustrato universal de saco, tal cual sale, es demasiado fino y se compacta en pocos meses. Mezclarlo con un 20-30 % de perlita o de fibra de coco lo convierte en algo mucho más aireado, y el gasto es mínimo. Para cactus y crasas, la proporción de árido sube hasta la mitad. Y la tierra del jardín no sirve en maceta: se apelmaza sin la estructura del suelo que la sostenía.

Al trasplantar, sube solo una o dos tallas de maceta, entre tres y cinco centímetros más de diámetro. Pasar una planta pequeña directamente a un macetón enorme deja un gran volumen de sustrato sin raíces que lo sequen, y ese sustrato permanece húmedo semanas. El momento del trasplante es el inicio de la primavera, cuando la planta rearranca y puede colonizar el sustrato nuevo enseguida.

Especies que perdonan un mal año

Empezar con plantas exigentes desanima. Estas aguantan errores razonables en clima peninsular:

  • A pleno sol y con poca agua: lavanda (Lavandula angustifolia, Lavandula dentata en el sur), romero (Salvia rosmarinus), Nepeta × faassenii, Teucrium fruticans, Salvia microphylla, Sedum y geranios (Pelargonium).
  • En sombra de patio: Aspidistra elatior, helecho Nephrolepis, Hosta en la mitad norte, y Fatsia japonica.
  • En interior: Dracaena trifasciata (la antigua sansevieria), Zamioculcas zamiifolia, Chlorophytum comosum y potos.

Un aviso pertinente si hay perro, gato o niños pequeños en casa. Potos, difenbaquia (Dieffenbachia), Zamioculcas y espatifilo contienen rafidios de oxalato cálcico: al masticarlos producen dolor, irritación e inflamación de boca y garganta, molesta pero rara vez grave. La adelfa (Nerium oleander), muy usada en setos y medianas por su resistencia a la sequía, es cosa distinta: toda la planta contiene glucósidos cardíacos y su ingestión sí puede ser seria. No hace falta renunciar a ninguna de ellas, pero conviene saberlo y colocarlas fuera del alcance.

Abonar: menos, y en el momento correcto

Un sustrato de saco recién comprado ya viene fertilizado para unas cuatro a seis semanas, así que abonar una planta recién trasplantada no aporta nada y puede perjudicar. A partir de ahí, la temporada de abonado en la Península va aproximadamente de marzo a septiembre, que es cuando la planta crece de verdad. En pleno invierno, y en interior con poca luz, el crecimiento se detiene y el abono no absorbido se acumula en forma de sales.

Tres reglas que evitan casi todos los accidentes: nunca abones un sustrato seco —riega antes o después, o quemarás las raicillas—; usa la mitad de la dosis que indica la etiqueta si tienes dudas, porque un déficit se corrige en una semana y un exceso puede matar la planta; y no abones nunca una planta enferma, marchita o recién podada con severidad. Los granulados de liberación lenta, que trabajan tres o cuatro meses, son la opción más segura para quien empieza.

Cuatro herramientas, pero decentes

No hace falta un cobertizo lleno. Con unas tijeras de podar de doble filo —las llamadas bypass, que cortan cruzando las hojas en lugar de aplastar la rama contra un tope, como hace el modelo de yunque, reservado a madera muerta—, un trasplantador, una regadera con roseta fina y un par de guantes se cubre el primer año entero. Añade un pulverizador cuando lo necesites.

Lo que sí importa es la higiene. Desinfecta la hoja de las tijeras con alcohol de 70° entre planta y planta: los virus vegetales y bacterias como Erwinia amylovora, responsable del fuego bacteriano, viajan en la savia de un corte al siguiente. El fuego bacteriano, además, es una plaga de declaración obligatoria en España: si en un peral, manzano o membrillero aparecen ramas ennegrecidas con aspecto de quemado y el extremo curvado en cayado, hay que comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma, no tratarlo por cuenta propia.

Identifica antes de tratar

El reflejo de comprar un insecticida polivalente en cuanto aparece un bicho hace más daño que bien: acaba también con mariquitas, crisopas y depredadores que estaban trabajando gratis, y al desaparecer estos, la plaga vuelve más fuerte. Dale la vuelta a las hojas y mira antes de decidir.

El pulgón se controla bien con jabón potásico aplicado al atardecer y repetido a los pocos días. La araña roja (Tetranychus urticae) es un ácaro que prolifera con calor seco y ambiente reseco, típico de terrazas en agosto y de interiores con calefacción; se combate subiendo la humedad y con acaricidas específicos, no con insecticidas. La cochinilla algodonosa se retira con un bastoncillo mojado en alcohol si son pocas. Y si las hojas nuevas salen deformadas sin insecto a la vista, sospecha antes del riego, del abono o de la luz que de una plaga.

Empieza pequeño y multiplica

Tres macetas bien atendidas enseñan más que quince desatendidas. Cuando esas tres funcionen, amplía. Y en cuanto tengas plantas sanas, prueba a multiplicarlas: los esquejes de tallo de geranio, romero, lavanda, salvia o potos enraízan con facilidad en primavera y en otoño, y una división de mata de Nepeta o de Hemerocallis es cuestión de una pala. Un jardín crece más rápido intercambiando esquejes con quien vive cerca —y por tanto en tu mismo clima— que comprando en el vivero.

En resumen

Cuenta las horas de sol antes de elegir la planta, porque la luz no se sustituye. Riega abundante y espaciado, comprobando la humedad con el dedo, y vacía siempre el plato. Ajusta el calendario a tus heladas locales y planta las leñosas en otoño. Airea el sustrato con perlita, sube de maceta solo una o dos tallas, y abona poco, de marzo a septiembre y nunca en seco. Si el agua del grifo es dura, olvídate de las acidófilas o riégalas con agua de lluvia. Empieza con especies rústicas, ten en cuenta la toxicidad de algunas si hay animales o niños en casa, y observa antes de tratar cualquier problema. Lo que falte, lo enseñará el propio jardín en un par de temporadas.


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