Un kilo de restos de cocina rinde, al cabo de cuatro o cinco meses, poco más de un tercio de su peso en un material oscuro, suelto y con olor a tierra de bosque. Ese rendimiento tan bajo asusta al principio, pero explica bien qué está pasando dentro de la compostera: el agua se evapora y el carbono se marcha en forma de CO2, y lo que queda es la fracción estable, la que de verdad mejora el suelo. Hacer humus en casa consiste, básicamente, en dirigir ese proceso para que salga bien y no se convierta en un montón maloliente en una esquina del patio.

Humus, compost y humus de lombriz no son sinónimos

Merece la pena aclarar el vocabulario antes de meterse en harina, porque en jardinería se usa con mucha alegría. El humus, en sentido estricto, es la fracción de materia orgánica del suelo ya estabilizada, la que resiste años a la descomposición y da al suelo su color oscuro y su capacidad de retener agua y nutrientes. No se compra: se genera en el suelo a partir de lo que le vamos aportando.

El compost es el producto de una fermentación aeróbica en la que la temperatura sube por la actividad microbiana. El humus de lombriz o vermicompost es el resultado de que las lombrices, sobre todo Eisenia fetida y Eisenia andrei, pasen por su tubo digestivo un material ya predigerido. Ninguno de los dos es humus verdadero, pero ambos son ricos en precursores y en materia orgánica estable, y ambos son excelentes enmiendas. Llamarlos humus es una licencia comercial asentada; lo importante es saber que hablamos de una enmienda, no de un abono concentrado.

Compostera de jardín con restos vegetales

La proporción que decide el resultado

La regla que gobierna todo el proceso es la relación entre carbono y nitrógeno. Los microorganismos necesitan alrededor de 25 a 30 partes de carbono por cada parte de nitrógeno. Traducido a la práctica: hay que mezclar materiales secos y leñosos con materiales verdes y húmedos, en una proporción aproximada de dos o tres volúmenes de secos por uno de verdes.

Entre los secos, ricos en carbono, entran hojarasca, paja, cartón sin tintas plastificadas, serrín de madera no tratada, restos de poda triturados y cáscaras de frutos secos. Entre los verdes, ricos en nitrógeno, van restos de fruta y verdura, césped recién segado, posos de café, restos de la escarda y estiércol.

Si el montón huele a amoniaco, sobra nitrógeno: añade cartón o paja y remueve. Si lleva semanas sin calentarse y los restos siguen reconocibles, falta nitrógeno o falta agua. Ese diagnóstico por el olor es más fiable que cualquier tabla.

Montar la compostera y llevarla

Para que el montón alcance temperatura por sí solo necesita masa: por debajo de un metro cúbico pierde calor por las paredes más deprisa de lo que lo genera, y la descomposición se vuelve lenta y fría. En una compostera pequeña de balcón eso no se consigue nunca, y no pasa nada: el proceso será más lento, pero funciona igual. Lo que no habrá es higienización térmica, así que evita echar plantas enfermas o malas hierbas con semilla.

Cuando sí hay volumen suficiente, el centro del montón llega a 55-65 °C en los primeros días. Esa fase termófila destruye semillas de adventicias y buena parte de los patógenos vegetales. Voltea cada una o dos semanas para que el material de fuera pase al centro; cada volteo provoca un nuevo pico de temperatura, cada vez más bajo, hasta que el montón deja de calentarse y entra en la fase de maduración.

La humedad debe ser la de una esponja escurrida: si aprietas un puñado y sale un hilo de agua, sobra. En verano, en el interior peninsular, un montón al sol se seca en cuestión de días y el proceso se para en seco; conviene ponerlo a media sombra, taparlo y regarlo en los volteos. En invierno, y sobre todo en la mitad norte, la actividad se ralentiza mucho por debajo de 10 °C y hay que tener paciencia.

La aireación es el otro factor. Un montón compactado y encharcado se vuelve anaerobio y empieza a oler a podrido y a producir lixiviados ácidos. Estructura gruesa en la base (ramas trituradas, tallos de girasol o de maíz) y volteos regulares lo evitan.

Vermicompostaje: otra escala, otras reglas

La lombricultura doméstica es la mejor opción para pisos y terrazas pequeñas, porque no huele si se lleva bien y trabaja en un cajón de unos pocos litros. Las condiciones son distintas de las del compostaje clásico y no perdonan tanto.

Eisenia fetida trabaja cómoda entre 15 y 25 °C. Por debajo de 10 °C casi deja de comer y por encima de 30-35 °C muere. Un cajón al sol en julio en Sevilla o en Zaragoza acaba con la población en una tarde: sombra permanente y, si hace falta, dentro de casa.

La cama inicial es cartón humedecido y desmenuzado o fibra de coco. La humedad ha de ser mayor que en el compostaje, en torno al 80 %, pero sin que se acumule agua libre en el fondo. Alimenta poco y a menudo: una población consume aproximadamente la mitad de su peso al día, y sobrealimentar es la causa habitual de que el cajón se acidifique, aparezcan mosquitas y las lombrices intenten escapar.

Entrega el material troceado y ligeramente oreado, entierra cada aporte bajo la cama y espera a que casi haya desaparecido antes del siguiente. Cítricos, cebolla, ajo y piña, en cantidades pequeñas, porque su acidez desplaza el pH. Una cucharada de carbonato cálcico o de cáscara de huevo bien molida cada pocas semanas mantiene el pH cerca del neutro. En tres o cuatro meses el primer nivel está listo.

Lo que no debe entrar

Los excrementos de perro y gato se quedan fuera, sin excepciones. Pueden contener ooquistes de Toxoplasma gondii y huevos de Toxocara, que resisten en el suelo durante años y no se destruyen en una compostera doméstica. El compost resultante acabaría en un huerto de hortalizas de hoja: no compensa.

Carne, pescado, lácteos, huesos y guisos con aceite tampoco. No es que no se descompongan, es que atraen roedores y generan olores que harán que dejes de compostar en tres semanas. Si quieres reciclar restos cocinados, el sistema es el bokashi, una fermentación anaeróbica en cubo cerrado cuyo producto se entierra después.

Hay un contaminante que arruina compost entero y del que casi nadie avisa: los herbicidas persistentes de la familia de las piridinas, como el clopiralid o el aminopiralid. Se aplican en cereales y praderas, atraviesan el aparato digestivo del ganado y sobreviven al compostaje. Si incorporas paja, estiércol o césped segado de procedencia desconocida y luego tus tomateras salen con las hojas retorcidas en forma de helecho, ahí tienes la explicación. Ante la duda, haz una prueba con guisantes o tomate en una maceta antes de repartir el compost por el huerto.

Y una advertencia menos grave pero frecuente: las cenizas de chimenea en cantidad suben el pH y aportan sales. Una paletada ocasional de ceniza de leña limpia no hace daño; un cubo, sí. Nunca cenizas de carbón, de aglomerados ni de madera pintada o tratada.

Cómo saber que está terminado

Un compost maduro es oscuro, homogéneo, huele a tierra húmeda y ya no se calienta al volverlo a apilar. Los restos originales no se reconocen, salvo trozos leñosos que se pueden cribar y devolver al montón siguiente.

Si quieres una comprobación objetiva, existe la prueba de germinación con berro (Lepidium sativum): siembra veinte semillas en una bandeja con el compost humedecido y otras veinte en la misma cantidad de un sustrato neutro. Si a los tres o cuatro días germinan de forma parecida en ambas, el material está maduro. Si en el compost germinan mucho menos o las raicillas salen pardas y cortas, todavía contiene ácidos orgánicos fitotóxicos y necesita semanas más.

Usar compost inmaduro sale caro: los microorganismos siguen trabajando en la maceta y roban el nitrógeno disponible del sustrato para su propio metabolismo. La planta se queda amarillenta justo después de un aporte que se suponía nutritivo, y el jardinero concluye que el compost «no vale».

Humus maduro listo para incorporar al sustrato

Dosis realistas de uso

Aquí conviene rebajar expectativas. El humus de lombriz doméstico ronda el 1-2 % de nitrógeno y cifras parecidas de fósforo y potasio, y además libera esos elementos muy despacio. Comparado con un abono mineral, aporta poco; comparado con cualquier otra cosa, mejora la estructura del suelo, su capacidad de retención de agua y la vida microbiana como nada más lo hace. Es una enmienda, y como tal hay que usarla.

  • En macetas y jardineras: del 10 al 20 % del volumen de sustrato en la mezcla. Pasado el 30 % la mezcla se compacta y drena mal.
  • En semilleros: no más del 10 %, y solo si el compost está bien maduro y cribado. Las plántulas son muy sensibles a la salinidad.
  • En bancales de huerto: de 2 a 4 kg por metro cuadrado y año, incorporados superficialmente antes de plantar. Enterrarlo a 30 cm no sirve de nada: la vida del suelo está arriba.
  • En árboles y arbustos ya plantados: como acolchado sobre la proyección de la copa, sin arrimarlo al tronco.

El líquido que sale por el grifo del vermicompostador no es un fertilizante milagroso, aunque se venda esa idea. Es un lixiviado, casi siempre anaerobio, de composición imprevisible y a veces fitotóxico. Si sale mucho, la señal que da es que el cajón está demasiado húmedo. Diluido diez veces sirve para regar plantas rústicas del jardín; no lo pongas sobre plántulas ni sobre hoja.

En resumen

Hacer humus casero es dosificar tres cosas: carbono frente a nitrógeno, agua y aire. Dos o tres partes de material seco por una de verde, humedad de esponja escurrida y volteos regulares resuelven el noventa por ciento de los problemas. Si compostas en frío o en un cajón de lombrices, renuncia a la higienización térmica y deja fuera plantas enfermas y semillas de adventicias. Excrementos de carnívoros, restos cocinados y materiales de origen desconocido tratados con herbicidas persistentes no entran nunca. Antes de repartirlo, comprueba con una prueba de germinación que está maduro, y úsalo en la proporción de una enmienda —entre el 10 y el 20 % del sustrato, o unos pocos kilos por metro cuadrado— sin esperar de él lo que solo da un abono.


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