Entre diciembre y marzo mueren en las casas españolas más plantas ahogadas que heladas. El frío tiene mala prensa y se lleva la culpa de casi todo, pero cuando se levanta el cepellón de una planta que ha ido perdiendo hojas desde Navidad, lo que aparece suele ser un sustrato encharcado y unas raíces marrones y blandas. El invierno no exige más cuidados que el verano: exige cuidados distintos, y buena parte consiste en dejar de hacer cosas.

La clave está en entender qué le pasa a la planta cuando bajan la temperatura y la radiación solar. Con menos luz y menos calor, la fotosíntesis cae, la transpiración se frena y el consumo de agua puede reducirse a un tercio o menos del de agosto. La planta no está enferma: está en reposo vegetativo. Si se la sigue tratando como en verano —mismo riego, mismo abono, mismo ritmo— se la fuerza a un metabolismo que su entorno no puede sostener.

Plantas de exterior en invierno cubiertas de escarcha

El riego, que es donde se pierde la planta

Lo primero es tirar el calendario. Regar «los martes y los viernes» funciona regular en primavera y es una condena en invierno. El sustrato tarda mucho más en secarse porque la evaporación es baja, la humedad ambiental alta y la planta bebe poco. Un riego semanal que en septiembre era justo, en enero puede ser el doble de lo que la planta necesita.

El método fiable no cuesta nada: meter el dedo tres o cuatro centímetros en el sustrato. Si sale húmedo, no se riega. En macetas grandes conviene ir más profundo con un palito de madera o una brocheta: si sale limpia y seca, toca regar; si sale con tierra adherida, hay agua abajo. La superficie de una maceta puede estar seca al tacto con el cepellón empapado por dentro, y ahí es donde se equivoca mucha gente.

Cuando toque regar, hay que hacerlo bien: agua hasta que salga por los agujeros de drenaje y vaciar el plato a los diez minutos. El plato con agua permanente es un error de invierno más que de verano, porque en frío el agua estancada no se evapora y las raíces del fondo pasan semanas sin oxígeno. Si la maceta es demasiado pesada para vaciarla, una jeringuilla grande o una peraita resuelven el problema.

El agua fría sí importa, pero no por lo que se cree

Regar con agua a 5 o 6 °C recién salida del grifo en pleno enero produce un frenazo momentáneo en la absorción radicular, sobre todo en especies de origen tropical como Ficus lyrata, Monstera deliciosa o Calathea. No es letal, pero es un estrés innecesario y evitable. Basta con llenar la regadera y dejarla en la misma habitación unas horas antes de usarla; de paso, si el agua es de red, se disipa parte del cloro. Lo que no hay que hacer es «templarla» con agua caliente del calentador: sale con más cal y más sales disueltas que la fría.

Riega por la mañana y en día soleado

En exterior esto no es una manía, es fitopatología básica. Un riego a última hora de la tarde deja el sustrato y el cuello de la planta húmedos durante toda la noche, justo cuando la temperatura cae y, si hay helada, el agua libre en el suelo cristaliza. Regando a media mañana de un día despejado se da tiempo a que el exceso drene y a que la superficie se oree antes del anochecer. Y si hay aviso de helada para esa noche, mejor no regar: un suelo ligeramente húmedo protege algo más que uno seco, pero uno encharcado y helado destroza raíces.

Conviene mirar la previsión con dos o tres días de margen. En el interior peninsular, una entrada de aire frío puede hacer caer las mínimas ocho o diez grados de un día para otro, y la protección se pone antes, no cuando ya hay escarcha.

Regadera metálica para regar las plantas en invierno

Frío, helada y viento no son lo mismo

Confundirlos lleva a proteger mal. El frío sostenido —una racha de días a 3 o 4 °C— frena el crecimiento y poco más en especies rústicas. La helada ocurre cuando el agua del interior de los tejidos cristaliza y rompe las paredes celulares; por eso los daños se ven días después, con hojas ennegrecidas y translúcidas. Y el viento frío y seco mata por desecación: la planta pierde agua por la hoja y no puede reponerla porque el suelo está frío o helado. Muchos daños que se atribuyen a la helada son en realidad quemaduras de viento en plantas de hoja perenne.

Las noches peligrosas son las despejadas, secas y sin viento: el suelo irradia calor al cielo abierto y la temperatura junto al terreno puede ser dos o tres grados inferior a la que marca el termómetro del pueblo. Una noche nublada de enero suele ser más benigna que una noche estrellada.

Cómo se protege de verdad

El velo de invierno o manta térmica de polipropileno (17 a 30 g/m² según lo que se busque) gana entre dos y cuatro grados, deja pasar luz y aire, y se puede dejar puesto varios días. Se coloca holgado, sin apretar contra las hojas, y sujeto en el suelo con piedras o piquetas para que la campana de aire caliente no se escape por abajo.

Lo que no sirve es envolver la planta en plástico transparente. El plástico no aísla, condensa, y donde toca la hoja congela más rápido; además, si sale el sol y nadie lo retira a media mañana, dentro se alcanzan cuarenta grados. Si solo hay plástico a mano, debe montarse sobre un armazón de cañas que lo mantenga separado del follaje y abrirse cada día.

En el suelo, un acolchado de 5 a 8 cm de paja, corteza de pino, hoja seca o restos de poda triturados hace más que cualquier funda: mantiene la temperatura de las raíces estable y evita que el suelo se hiele en profundidad. Es la protección prioritaria en plantas jóvenes y en vivaces que rebrotan de cepa, como Agapanthus, Canna o Salvia.

Las macetas se hielan; el suelo, mucho menos

Un cepellón en maceta está rodeado de aire frío por todos lados y puede llegar a helarse entero, cosa que en pleno terreno casi nunca ocurre. Por eso una planta perfectamente rústica en el jardín puede morir en un tiesto el mismo invierno. Tres medidas baratas: agrupar las macetas contra una pared orientada al sur (el muro devuelve de noche el calor que acumuló de día), separarlas del suelo con tacos o pies de maceta para que el agua drene y el frío del pavimento no suba, y forrar el exterior del tiesto —no la planta— con arpillera, plástico de burbujas o fieltro. El terracota, además, se raja cuando el agua del interior de la pared del tiesto se congela.

Ubicación: la luz que falta y el calor que sobra

En interior, el problema del invierno es doble. Por un lado hay mucha menos luz: en diciembre, una ventana que en junio daba de sobra puede quedarse corta, y la planta responde con entrenudos largos, hojas pequeñas y pérdida de variegación. La solución es acercar las plantas a la ventana, cambiarlas a una orientación sur o este durante estos meses y limpiar el cristal y las hojas, porque el polvo acumulado en una Monstera o un Ficus elastica recorta de verdad la luz que reciben.

Por otro lado sobra sequedad. La calefacción deja el aire por debajo del 30 % de humedad relativa, un desierto para plantas tropicales. Poner la maceta sobre un plato con grava y agua (sin que la base toque el agua), agrupar plantas juntas o usar un humidificador funciona; pulverizar las hojas no, porque el efecto dura minutos y en cambio favorece hongos foliares. Y nunca se coloca una planta encima o justo delante de un radiador.

Un detalle que pasa desapercibido: la hoja pegada al cristal por la noche puede estar cinco grados más fría que la habitación. Si al levantar la persiana aparecen manchas necróticas justo en las hojas que tocaban el vidrio, ese es el motivo. Lo mismo ocurre con las corrientes de una puerta que da a la calle o de un aire acondicionado en modo bomba de calor.

Qué entrar y qué dejar fuera

En el litoral mediterráneo y en el sur, especies como Nerium oleander, Citrus en suelo, Bougainvillea o Pelargonium pasan el invierno fuera sin problema. En la meseta, con mínimas de −5 a −10 °C, hay que entrar o proteger los cítricos en maceta, los geranios, las Plumeria y las suculentas de invierno húmedo. Las Haworthia, Echeveria y Aeonium aguantan bastante frío seco, pero la combinación de frío y sustrato mojado es fatal: si se guardan en un lugar fresco y luminoso, hay que reducir el riego casi a cero desde noviembre.

Abono: por qué hay que parar

Abonar una planta en reposo no la ayuda; le añade sales a un sustrato del que apenas extrae nada. La consecuencia habitual es la acumulación de sales, que quema las puntas de las hojas y acidifica o saliniza el cepellón. En exterior hay algo peor: el nitrógeno estimula brotes tiernos y acuosos justo cuando llegan las heladas, y ese brote nuevo se pierde entero a la primera noche de −3 °C. En setos, rosales y frutales, abonar con nitrógeno en otoño es tirar la brotación del año siguiente.

Regla práctica para el clima peninsular: se suspende el abonado nitrogenado a finales de agosto o principios de septiembre, y el abonado general de plantas de interior desde octubre hasta finales de febrero o marzo, cuando aparecen los primeros brotes nuevos. Si a alguna se le nota necesidad, se reanuda a un cuarto de dosis y se observa.

Hay excepciones claras: las plantas que florecen precisamente en invierno siguen activas y agradecen un aporte quincenal a media dosis, rico en potasio y pobre en nitrógeno. Es el caso de Cyclamen persicum, Camellia japonica, Helleborus, Primula y los cítricos en maceta que están engordando fruto. Y en el jardín, un aporte de materia orgánica bien compostada o de estiércol maduro extendido en superficie en noviembre o diciembre no es un abonado de choque: se mineraliza lentamente y estará disponible en primavera, que es cuando hace falta.

Poda y limpieza: menos tijera de la que apetece

El invierno es buena época para podar en seco los frutales de hoja caduca y los rosales, pero no en cualquier momento ni en cualquier planta. En la mayor parte de España, el rosal se poda entre finales de enero y mediados de febrero, cuando ya ha pasado lo más duro del frío y todavía no ha empezado a brotar; podar en noviembre provoca brotación anticipada en un veranillo de diciembre que después se hiela. Los frutales de hueso (cerezo, albaricoquero, melocotonero) se podan mejor al final del invierno o incluso después de la floración, para reducir el riesgo de chancros y gomosis.

Con las especies que florecen a finales de invierno o en primavera temprana sobre madera del año anterior —Forsythia, Prunus ornamental, Syringa, Camellia, Wisteria en su poda de formación— la tijera en enero elimina las yemas florales ya formadas. Se podan después de florecer, no antes.

Otro impulso que conviene reprimir: cortar de inmediato las hojas y tallos quemados por una helada. Ese tejido muerto protege del frío a lo que hay debajo, y todavía pueden venir más heladas. Se espera a que pase el riesgo, ya en marzo, y entonces se corta hasta encontrar madera verde. En cambio, sí conviene retirar del suelo hojas caídas enfermas —rosales con mancha negra, frutales con moteado, cualquier resto con manchas— porque el hongo inverna en ellas y reinfecta en primavera. Esas hojas no van al compost.

Plagas y enfermedades que aparecen en frío

Dentro de casa, el aire seco y caliente es el mejor aliado de la araña roja (Tetranychus urticae) y de las cochinillas. Se detectan mirando el envés de las hojas: punteado amarillo fino y telillas en la primera, bultitos algodonosos o escudos marrones en la segunda. En una infestación incipiente se resuelve limpiando hoja por hoja con un paño humedecido y, si hace falta, con jabón potásico aplicado a la dosis que indique el envase, siempre a la sombra y sin sol directo sobre la hoja mojada.

Fuera, el enemigo es el exceso de humedad con temperatura baja: Botrytis cinerea en flores y brotes, y hongos de suelo del tipo Phytophthora en plantas encharcadas. Se combaten con manejo, no con producto: espaciar las plantas, ventilar el invernadero o la galería aunque haga frío (media hora al mediodía en día soleado es suficiente) y no mojar el follaje.

En frutales de hoja caduca, el invierno es la ventana de los tratamientos de parada vegetativa: aceite de parafina contra huevos invernantes de pulgón, cochinilla y ácaros, y un tratamiento cúprico tras la caída de la hoja. Se aplican con la planta desnuda y con temperaturas por encima de 5 °C, nunca con helada anunciada, y respetando lo que diga la etiqueta del producto, que es la que manda.

Errores frecuentes de invierno

Trasplantar en enero. Manipular raíces de una planta en reposo, con poca capacidad de regeneración, alarga la recuperación durante meses. El trasplante de interior se hace a partir de finales de febrero o en marzo. Excepción: si hay podredumbre, se trasplanta cuando se detecta, se cortan raíces dañadas y se pone sustrato nuevo y drenante.

Meter en casa una planta a 22 °C que estaba en la terraza a 6 °C. El salto brusco provoca caída de hojas. Si hay que entrarla, mejor un porche, un garaje luminoso o una galería sin calefacción como paso intermedio.

Confundir hoja caída con planta muerta. Muchas caducifolias y bastantes vivaces desaparecen en superficie y están perfectamente vivas bajo tierra. Se comprueba rascando con la uña un tallo: si debajo está verde, hay vida.

Dejar el riego automático programado igual que en agosto. Un goteo funcionando en diciembre a ritmo de verano ahoga arbustos y sube la factura. Se reduce mucho la frecuencia o se apaga y se riega a mano según necesidad.

Sal de deshielo cerca de los parterres. El cloruro sódico esparcido en caminos acaba en el suelo del jardín y daña raíces y estructura del terreno. Donde haga falta, es preferible arena o gravilla fina.

En resumen

Cuidar las plantas en invierno consiste sobre todo en bajar el ritmo: regar mucho menos y solo cuando el sustrato lo pide, comprobándolo con el dedo y no con el calendario; hacerlo por la mañana, en día soleado y con agua a temperatura ambiente; y vaciar siempre el plato.

Frente al frío, importa más la humedad y el viento que el número del termómetro: acolchado en el suelo, velo de invierno bien colocado y nunca plástico pegado a la hoja. Las macetas necesitan más protección que el pleno terreno, agrupadas contra una pared soleada y levantadas del suelo.

Dentro de casa, más luz y menos calefacción directa: acercar a la ventana, limpiar hojas, alejar de radiadores y corrientes, y elevar la humedad ambiental sin recurrir al pulverizador. El abonado se suspende de octubre a finales de febrero, salvo en las plantas que florecen ahora, que agradecen media dosis rica en potasio. Y la tijera, con moderación: rosales y frutales de pepita a finales de invierno, y lo quemado por la helada se corta en marzo, no en enero.


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