Regar los domingos es un calendario, no un criterio. Una maceta no consume agua según los días que hayan pasado, sino según la temperatura, la luz, el viento, el tamaño del cepellón y el material del tiesto, y esos factores cambian de una semana a otra y de un balcón a otro dentro de la misma casa. Por eso ninguna respuesta del tipo «cada tres días» sirve de mucho: lo que hace falta es aprender a leer el sustrato y regar cuando toca, que unas veces será cada dos días de agosto y otras cada tres semanas de enero.

Este artículo explica cómo decidir el momento del riego, cuánta agua aplicar, qué señales despistan al principiante y qué costumbres muy extendidas hacen más daño que bien.

Regadera metálica junto a plantas en maceta

La frecuencia no se fija: se deduce

El agua sale de una maceta por dos caminos: la transpiración de la planta y la evaporación desde la superficie del sustrato y desde las paredes del tiesto si son porosas. La suma de ambos procesos, la evapotranspiración, es lo que determina cada cuánto hay que reponer. Y depende de variables muy concretas:

Temperatura y luz. Una planta a pleno sol en Sevilla en julio puede vaciar una maceta pequeña en un solo día. La misma planta en un interior luminoso de Oviedo en noviembre puede aguantar dos semanas. Entre 25 y 35 °C, cada grado de más dispara el consumo.

El viento. Se subestima siempre. Una terraza expuesta en la meseta seca las macetas mucho más rápido que un patio interior a la misma temperatura, porque el aire en movimiento retira continuamente la capa de humedad que rodea la hoja. En zonas de poniente o de cierzo, el viento manda más que el termómetro.

El tamaño del tiesto en relación con la planta. Una planta grande en una maceta justa tiene poca reserva y muchas raíces bebiendo: riegos frecuentes. Una planta pequeña recién trasplantada a un contenedor enorme tiene mucha reserva y pocas raíces: el sustrato tarda en secarse y ahí es donde aparecen los ahogamientos. Esta es una de las razones por las que conviene subir de tamaño poco a poco, dos o tres centímetros de diámetro por trasplante, y no saltar de un tiesto de 12 cm a uno de 30.

El material. El barro cocido sin esmaltar transpira por la pared y puede secarse casi al doble de velocidad que un tiesto de plástico del mismo volumen. No es peor: es más seguro para plantas sensibles al encharcamiento, como los cactus y las suculentas, y más exigente para las que quieren humedad constante.

La especie. Un helecho (Nephrolepis exaltata), una hortensia (Hydrangea macrophylla) o una calathea quieren el sustrato fresco de forma casi permanente. Un geranio (Pelargonium), un romero (Salvia rosmarinus) o una lavanda (Lavandula) prefieren secarse bien entre riegos. Una sansevieria (Dracaena trifasciata) o un cactus tolera meses de sequía y muere con dos semanas de sustrato empapado.

La estación. De noviembre a febrero, la mayoría de las plantas de interior están en reposo vegetativo o casi: crecen poco, transpiran poco y necesitan una fracción del agua de agosto. Mantener el mismo ritmo de riego todo el año es la causa más común de raíces podridas en invierno.

Cómo saber si el sustrato está seco de verdad

La superficie miente. Una capa de turba seca y agrietada arriba puede convivir con un cepellón empapado tres centímetros más abajo, sobre todo en tiestos con poco drenaje. Estos son los métodos que funcionan:

El dedo. Introdúcelo hasta el segundo nudillo, unos 4-5 cm. Si a esa profundidad el sustrato sale húmedo y se pega, no riegues. Es el método más fiable y el más barato. En macetas grandes conviene llegar más abajo, con un palito de madera o una brocheta: se clava, se saca y se mira si sale limpia (seco) o con partículas adheridas y oscurecidas (húmedo).

El peso. Levanta la maceta recién regada y vuelve a levantarla unos días después. La diferencia es enorme y se aprende en dos semanas. Para plantas de interior en tiestos manejables es la mejor referencia que existe.

Los medidores de humedad baratos. Los de aguja con dos varillas metálicas y sin pilas no miden humedad: miden conductividad eléctrica, y esa conductividad depende tanto de las sales del sustrato como del agua. Un sustrato viejo y salino puede marcar «húmedo» estando seco, y un sustrato de turba nuevo y muy poco salino puede marcar «seco» estando a capacidad de campo. Sirven como orientación gruesa, nunca como veredicto.

Ante la duda, espera un día más

Se pierden más plantas de interior por exceso de agua que por falta. La razón es fisiológica: las raíces respiran y necesitan oxígeno en los poros del sustrato. Cuando el agua ocupa permanentemente esos poros, la raíz se asfixia, muere y se abre la puerta a hongos del suelo del tipo Pythium y Phytophthora, que rematan la faena. Una planta deshidratada se recupera casi siempre con un riego; una planta con el sistema radicular podrido rara vez vuelve.

El problema es que los síntomas se parecen mucho. Hojas mustias, amarilleo, caída de hojas y puntas secas aparecen en ambos casos, porque una raíz podrida tampoco absorbe agua: la planta se marchita en un sustrato encharcado. Antes de coger la regadera ante una planta lacia, mete el dedo. Si está húmedo, el problema es el contrario del que parece.

Un par de detalles ayudan a distinguir: el exceso de agua suele dar hojas amarillas blandas, que empiezan por las de abajo, y a veces mosquitas del sustrato (Sciaridae), que necesitan sustrato permanentemente húmedo para criar. La falta de agua da hojas crujientes, bordes secos y marchitez que se recupera a las pocas horas de regar.

Cuánta agua y cómo aplicarla

Cuando toque regar, riega en serio. Aplica agua despacio por toda la superficie hasta que salga por los agujeros de drenaje, y sigue un poco más. Un exceso de en torno al 10-20 % del volumen de sustrato es deseable: ese agua sobrante arrastra las sales que van acumulando el abono y el agua del grifo, y evita que el cepellón se vaya salinizando. En macetas de interior conviene hacer esto de forma consciente cada pocos riegos, aunque implique manejar el platillo.

Lo contrario —regar poco y a menudo— es la costumbre que más daño hace. Un chorrito diario moja los primeros centímetros, nunca llega al fondo, deja el tercio inferior del cepellón seco o salino, y acostumbra a la planta a enraizar arriba, justo donde el sustrato se seca antes. Mejor riegos espaciados y completos que goteos rituales.

Vacía el platillo a los diez o quince minutos. Una maceta que se queda dentro de su propio charco tiene la base del cepellón permanentemente saturada. La excepción son las plantas que de verdad quieren pie de agua, como el papiro (Cyperus) o algunos Acorus.

Si el sustrato se ha secado del todo, la turba se vuelve hidrófoba y repele el agua: el riego atraviesa la maceta por las paredes en veinte segundos y sale por abajo sin haber mojado nada. La solución no es insistir con la regadera, sino sumergir la maceta en un barreño con agua hasta media altura durante quince o veinte minutos, hasta que el cepellón deje de burbujear, y escurrir después.

La hora importa en exterior. A primera hora de la mañana o al caer la tarde. Regar al mediodía en pleno verano desperdicia buena parte del agua en evaporación, y las gotas sobre hojas al sol pueden marcar algunas especies. En invierno, mejor por la mañana, para que el sustrato no pase la noche empapado y frío.

Errores frecuentes que conviene desmontar

La capa de gravilla en el fondo no mejora el drenaje. Es de las creencias más arraigadas y funciona al revés de como se cuenta. Cuando dos materiales de porosidad muy distinta se ponen en contacto, el agua no pasa del fino al grueso hasta que el fino está prácticamente saturado. Poner bolas de arcilla o piedras abajo eleva la zona saturada dentro del sustrato en lugar de bajarla, y encima reduce el volumen útil de la maceta. Lo que sí drena es un sustrato con buena estructura y unos agujeros de salida despejados. Como mucho, un trozo de malla o un tiesto roto sobre el agujero para que no se escape la tierra.

Pulverizar las hojas no sustituye al riego ni sube la humedad ambiente de forma apreciable: el efecto dura minutos. Si tienes una planta tropical sufriendo con el aire seco de la calefacción, la solución es agrupar plantas, usar una bandeja con arcilla expandida húmeda por debajo del tiesto (sin que el agua toque la base) o un humidificador. Además, mojar el follaje de noche favorece hongos y en especies con hojas pubescentes, como las violetas africanas (Streptocarpus sect. Saintpaulia), deja manchas.

Los cubitos de hielo no son un sistema de riego. Se popularizaron con las orquídeas Phalaenopsis y no tienen sentido: aportan un volumen ridículo y aplican frío directo sobre raíces de una planta tropical. Una Phalaenopsis en corteza se riega empapando el sustrato bajo el grifo, dejando escurrir bien, cada 7-12 días según la época.

El agua no tiene que reposar 24 horas «para que se vaya la cal». Reposar evapora algo de cloro, que apenas es un problema en las dosis de red, pero no elimina el carbonato cálcico: la dureza sigue ahí íntegra. En zonas de agua muy dura —buena parte del Levante, Madrid en algunos puntos, gran parte de Andalucía y del valle del Ebro— las plantas acidófilas (azaleas, camelias, gardenias, hortensias azules, arándanos) acaban con clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios verdes. Ahí sí compensa recoger agua de lluvia, usar agua descalcificada por ósmosis o acidificar ligeramente el riego, y aportar quelato de hierro EDDHA cuando aparecen los síntomas.

Órdenes de magnitud para hacerse una idea

Con la advertencia de que son puntos de partida y no reglas, y de que el dedo sigue mandando:

Interior, primavera y verano: plantas de follaje tipo potos, monstera o ficus, cada 5-8 días. En invierno, cada 12-20 días.

Interior, cactus y suculentas: de abril a septiembre, cada 10-20 días, siempre con el sustrato completamente seco. De noviembre a febrero, prácticamente nada: un riego al mes o incluso ninguno si están en un lugar fresco y luminoso. El invierno seco y frío es lo que induce la floración en muchos cactus.

Exterior en verano peninsular: macetas de flor de temporada al sol, a diario, y en olas de calor incluso dos veces al día en tiestos pequeños. Un tiesto de 3 litros con un geranio en pleno sol de agosto en Córdoba no aguanta 24 horas.

Exterior en invierno: muchas macetas no necesitan riego durante semanas si llueve. Pero conviene revisar las que están bajo alero o pegadas a la fachada, que no reciben lluvia y se secan sin que nadie se dé cuenta.

Un truco que ahorra mucha agua y muchos disgustos en terraza: acolchar la superficie con dos o tres centímetros de grava, corteza de pino o arlita. Reduce la evaporación directa, mantiene el sustrato más templado y evita que la turba se compacte con el impacto del riego.

Ausencias y periodos largos sin riego

Antes de dos o tres semanas fuera en verano: agrupa las macetas en el punto más sombreado y resguardado del viento, riega a fondo la víspera y acolcha. Los conos de cerámica con botella y los sistemas de mecha (una cuerda de algodón o de fibra sintética que va de un depósito al cepellón) funcionan razonablemente para plantas de interior, siempre que se prueben con antelación, no el día antes de irse. Para una terraza con muchas macetas, un programador de grifo con goteros autocompensantes es la solución seria y no es cara. Lo que no funciona es dejar todas las macetas dentro de la bañera con un palmo de agua: llegan podridas.

En resumen

No riegues por calendario. Comprueba el sustrato con el dedo a 4-5 cm o levantando la maceta, y riega solo cuando esté seco a esa profundidad, con la excepción de las especies que exigen humedad constante. Cuando riegues, hazlo hasta que drene por abajo, y vacía el platillo poco después. Reduce mucho el ritmo entre noviembre y febrero. Ante una planta mustia, mete el dedo antes de regar: si está húmedo, el problema es exceso de agua y no falta. Y olvida la gravilla del fondo, el pulverizador como sustituto del riego y los cubitos de hielo: ninguna de las tres hace lo que se dice que hace.


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