Conviene empezar por el dato que desmonta la mitad de lo que circula sobre este asunto: los posos ya usados, los que quedan en el filtro o en la cafetera después de pasar el agua, tienen un pH cercano a la neutralidad, normalmente entre 6,2 y 6,8. La acidez del café se disuelve en la taza. Lo que queda en el filtro es una masa de celulosa, lignina, aceites y proteínas con muy poca capacidad de acidificar nada.
Eso no significa que haya que tirarlos. Significa que sirven para otra cosa distinta de la que se les suele atribuir. Bien empleados son un residuo doméstico valioso; mal empleados, una capa impermeable sobre la maceta que hace más daño que bien.
Qué contienen realmente
Sobre materia seca, los posos de café rondan un 2 % de nitrógeno, con cantidades bastante menores de fósforo y potasio (del orden de dos o tres décimas por ciento cada uno) y algo de magnesio y calcio. Su relación carbono/nitrógeno está en torno a 20:1, lo que en la práctica los convierte en un material verde a efectos de compostaje, por mucho que sean marrones y estén secos al tacto.
Ese nitrógeno no está disponible de forma inmediata. Está unido a proteínas y compuestos orgánicos que los microorganismos del suelo tienen que descomponer primero, así que actúan como una enmienda de liberación lenta, no como un abono de respuesta rápida. Quien espere ver reverdecer una planta amarilla a los tres días de echarle café va a esperar sentado.
Merece la pena hacer la cuenta doméstica, porque ordena las expectativas. Un café espresso consume entre 7 y 18 gramos de molienda según el formato; una casa de dos personas con cafetera diaria genera quizá 4 o 5 kilos secos al año. A un 2 % de nitrógeno, eso son unos 100 gramos de nitrógeno anuales: suficiente para fertilizar unos pocos metros cuadrados de huerto intensivo. Como aporte, es real. Como sustituto de un plan de abonado para todo el jardín, no da.
El mito de la acidificación
La idea de que el café sirve para bajar el pH del suelo y contentar a las plantas acidófilas está tan extendida como equivocada. Ya hemos visto que el material usado es casi neutro. Los posos sin usar, el café molido que se estropeó en el armario, sí son ácidos (pH alrededor de 5 o 5,5), pero incluso ellos tienen un problema: su capacidad tampón es ridícula comparada con la del suelo.
Buena parte de la Península tiene suelos calizos, con carbonato cálcico abundante y pH por encima de 8, regados además con agua dura cargada de bicarbonatos. Ese sistema resiste la acidificación con una obstinación que ninguna cantidad razonable de posos va a vencer. Si una hortensia (Hydrangea macrophylla), una camelia (Camellia japonica) o un arándano (Vaccinium corymbosum) muestran clorosis férrica —hojas nuevas amarillas con los nervios verdes—, el café no lo va a resolver.
Para eso están las herramientas que sí funcionan: quelato de hierro EDDHA regado en primavera, que es el único quelato estable a pH alto; sustrato específico para acidófilas en maceta o en hoyo de plantación aislado; azufre elemental incorporado al suelo con meses de antelación, y agua de riego corregida o agua de lluvia recogida. Los posos pueden ir encima de todo eso como aporte de materia orgánica, pero no son el tratamiento.
El mejor destino: la compostera
Compostados, los posos dan lo mejor de sí. Aportan nitrógeno, retienen humedad, tienen una granulometría fina que se coloniza muy rápido por los microorganismos y ayudan a que la pila arranque en temperatura. En una compostera doméstica, mezclados con restos de poda triturados, hojarasca, cartón o paja, encajan sin dificultad.
La medida importa. Conviene que no pasen de un 20 % del volumen total de la pila. Por encima de esa proporción se apelmazan formando bolsas compactas sin oxígeno, la descomposición se vuelve anaerobia y aparecen los malos olores. Y en ningún caso deben ir en capas gruesas: se reparten y se mezclan, igual que se haría con el césped recién segado, que da exactamente el mismo problema por la misma razón.
Los filtros de papel se pueden echar con ellos. Las cápsulas de plástico o aluminio, no; hay que vaciarlas antes.
Vermicompostaje: sí, con cabeza
Las lombrices rojas californianas (Eisenia fetida) aceptan bien los posos de café y hay quien sostiene que la textura ligeramente abrasiva les ayuda en la molleja. Es un alimento cómodo: ya viene triturado, húmedo y sin necesidad de trocear.
El límite es el mismo de siempre: que no supongan más de una cuarta parte de lo que se les echa, y siempre en capas finas repartidas por la superficie, nunca en un montón. Un vermicompostero alimentado casi solo con café acaba acidificándose por fermentación, calentándose en el fondo y expulsando a las lombrices hacia las paredes. Cuando eso pasa, la señal es inconfundible: las lombrices intentan escapar por la tapa.
Aplicación directa sobre el sustrato
Se puede, pero con dos reglas que no admiten excepción.
La primera: nunca en capa continua. Las partículas de café son finas y ricas en aceites; al secarse forman una costra hidrófoba que repele el agua de riego y la desvía por los bordes de la maceta, dejando el cepellón seco por debajo. Es un error frecuentísimo y produce justo lo contrario de lo que se buscaba. Lo correcto es esparcir una capa muy fina —medio centímetro escaso— y mezclarla con los primeros dos o tres centímetros de tierra con un tenedor o una escardilla pequeña, o bien mezclarla antes con compost, paja o corteza para que no se compacte.
La segunda: en cantidades moderadas y de forma espaciada. Un puñado al mes por maceta grande es un aporte razonable; el contenido diario de la cafetera volcado siempre en la misma jardinera, no.
En el exterior, en el huerto o en un arriate amplio, el margen es mayor porque la lluvia, la fauna del suelo y el volumen de tierra reparten y diluyen. Aun así, lo sensato es incorporarlos al suelo antes de plantar o esparcirlos entre líneas y pasar la azadilla, no dejarlos en superficie.
Babosas, caracoles y hormigas: lo que sí y lo que no
Aquí hay que ser honesto. La fama del café como repelente de gasterópodos nace de ensayos hechos con disoluciones de cafeína al 1 o al 2 %, concentraciones a las que efectivamente resultan tóxicas para babosas y caracoles. Los posos usados, en cambio, conservan una fracción mínima de cafeína, porque la mayor parte se fue en la infusión. Extrapolar de una cosa a la otra no es legítimo.
En la práctica, una banda de posos secos alrededor de una lechuga puede molestar por textura mientras esté seca, y deja de hacer nada en cuanto se moja con el primer riego o el primer rocío, que es precisamente cuando salen las babosas. Como barrera es poco fiable. Si el problema es serio, funcionan mejor el fosfato férrico, las trampas de cerveza, retirar refugios (tablas, macetas volcadas, restos de poda) y regar por la mañana en lugar de al atardecer.
Con las hormigas ocurre algo parecido: pueden desviar temporalmente un rastro, pero no resuelven un hormiguero. Y contra el pulgón, que es lo que las hormigas van a cuidar al rosal, el café no hace absolutamente nada.
Semilleros y esquejes: aquí mejor abstenerse
Hay un efecto documentado que rara vez se menciona: los residuos de cafeína y los compuestos fenólicos del café tienen actividad alelopática, es decir, inhiben la germinación y el alargamiento de la radícula de muchas especies. Es una propiedad de la planta del café que le sirve para competir en su entorno natural, y sobrevive parcialmente en los posos.
La consecuencia práctica es clara: no se usan posos en semilleros, ni en sustrato de siembra directa fina, ni en bandejas de germinación. Tampoco alrededor de plántulas recién nacidas. Una vez la planta tiene sistema radicular hecho, el asunto deja de tener importancia, y compostados el efecto desaparece por completo.
Cómo guardarlos sin que se enmohezcan
Los posos salen de la cafetera calientes y con un 60-70 % de humedad. En un bote cerrado, en dos o tres días están cubiertos de un fieltro blanco. Ese moho es un hongo saprófito inofensivo para el jardín —de hecho, en la compostera es señal de que la cosa funciona—, pero dentro de casa huele mal y no hace ninguna gracia.
La solución es secarlos: extenderlos en una bandeja o sobre papel de periódico, en capa fina, al sol o en un sitio ventilado, y guardarlos ya secos en un recipiente abierto o perforado, nunca hermético. Secos se conservan meses. Si se van a usar el mismo día, no hace falta secarlos.
Los posos de bar son una fuente excelente y gratuita en cantidad; muchos establecimientos los reservan si se pide. Ahí sí hay que secarlos por lotes, porque cinco kilos húmedos en un cubo fermentan en un fin de semana.
Errores frecuentes
Usarlos como acolchado único. Se compactan, forman costra y repelen el agua. Si se quiere acolchar, corteza de pino, paja o restos de poda triturados; el café, mezclado en pequeña proporción.
Echarlos a diario en la misma maceta. El sustrato acaba siendo un ladrillo con problemas de drenaje y aireación.
Contar con ellos para bajar el pH. Ya está explicado: no lo hacen en cantidades realistas.
Usarlos en plantas de suelo pobre y seco de tipo mediterráneo. Lavandas (Lavandula angustifolia), romeros (Salvia rosmarinus), tomillos o santolinas no quieren nitrógeno extra ni retención de humedad en el cuello. Aquí el aporte perjudica más que ayuda.
Confundir aporte de materia orgánica con fertilización. Un huerto en plena producción de tomate o calabacín necesita un plan de abonado; el café es un complemento que mejora el suelo, no cubre esa demanda.
Dónde encajan mejor
Los mejores destinatarios son las plantas de crecimiento vigoroso y demanda de nitrógeno que agradecen materia orgánica: hortalizas de hoja, cucurbitáceas, frutales jóvenes, arbustos de floración como hortensias o rosales, y el propio suelo del huerto entre cultivos. También funcionan bien incorporados al hoyo de plantación mezclados con compost, o repartidos sobre el césped en primavera con un rastrillado posterior para que penetren entre el tepe.
Y hay un uso menor que sí es sólido: mezclados con la tierra de un bancal recién hecho o con sustratos muy minerales, mejoran la retención de agua y la estructura, porque la materia orgánica fina hace ahí un trabajo que la arena no puede hacer.
En resumen
Los posos de café son una enmienda orgánica modesta pero útil, con alrededor de un 2 % de nitrógeno de liberación lenta y una relación C/N de unos 20:1 que los sitúa como material verde en la compostera. No acidifican el suelo de manera apreciable porque el material usado es prácticamente neutro, no repelen babosas de forma fiable y no deben acercarse a semilleros por su efecto inhibidor de la germinación.
El aprovechamiento correcto pasa por compostarlos —hasta un 20 % de la pila—, dárselos a las lombrices en capas finas sin pasar de una cuarta parte de su dieta, o incorporarlos mezclados con los primeros centímetros de tierra en cantidades pequeñas y espaciadas. Nunca en capa continua sobre la maceta, porque forman una costra que impide que el agua llegue a las raíces. Con esas reglas, un residuo que iba a la basura se convierte en una mejora real del suelo. Sin ellas, en un problema.