Veintiuna unidades de nitrógeno y veinticuatro de azufre por cada cien kilos de producto: en esa doble cifra cabe casi todo lo que hay que entender sobre el sulfato de amonio. Es un abono simple, barato, de efecto rápido y con una particularidad que lo hace muy útil en España y muy peligroso si se usa a ciegas: acidifica el suelo más que ningún otro fertilizante nitrogenado corriente.

Este artículo explica qué es exactamente, en qué situaciones compensa frente a la urea o al nitrato, cuánto poner, cuándo y de qué manera, y qué errores lo convierten en un desastre para el jardín o el huerto.

Cristales de sulfato de amonio, un abono nitrogenado de acción rápida

Qué es el sulfato de amonio

Su fórmula es (NH4)2SO4. Se presenta en cristales o gránulos blancos, grisáceos o ligeramente azulados según el proceso de fabricación, muy solubles en agua. La riqueza estándar es del 21 % de nitrógeno en forma amoniacal y en torno al 24 % de azufre en forma de sulfato. En la etiqueta lo verás como 21-0-0 (+24 SO3 o +24 S, según se exprese).

Los dos números importan por igual, aunque casi siempre se compra pensando solo en el primero. El nitrógeno amoniacal es la forma que la planta necesita para fabricar aminoácidos, proteínas y clorofila; el azufre entra en la composición de la cisteína y la metionina, y sin él la planta no puede aprovechar bien ese nitrógeno. Son nutrientes que trabajan juntos, y los suelos españoles llevan décadas empobreciéndose en azufre desde que los abonos complejos dejaron de aportarlo como impureza y la contaminación atmosférica industrial se redujo.

La diferencia clave con la urea (46-0-0) o el nitrato amónico (33,5-0-0) está en cómo se comporta el amonio en el suelo. El ion amonio tiene carga positiva, así que queda retenido por las arcillas y la materia orgánica en vez de moverse libremente con el agua. Eso le da dos ventajas: se lava mucho menos que el nitrato y libera el nitrógeno de forma algo más gradual, a medida que las bacterias nitrificantes (Nitrosomonas y Nitrobacter) lo transforman en nitrato. En suelo templado y húmedo esa conversión tarda entre una y tres semanas; en enero, con el suelo a 6 °C, puede tardar dos meses.

Por qué acidifica y qué significa eso en un suelo español

Aquí está la propiedad que define al producto. La nitrificación del amonio libera protones: por cada unidad de nitrógeno aportada como sulfato amónico se generan aproximadamente 5,4 kilos de acidez expresada en carbonato cálcico equivalente, frente a unos 1,8 de la urea y prácticamente cero del nitrato cálcico. Dicho de otro modo: el sulfato de amonio acidifica alrededor del triple que la urea por unidad de nitrógeno.

Buena parte de la Península tiene suelos calizos, con pH entre 7,5 y 8,5 y carbonato libre abundante. En ese contexto la acidificación es una ventaja, no un inconveniente: rebaja localmente el pH de la zona de raíces y mejora la disponibilidad de hierro, manganeso y zinc, que son precisamente los elementos que se bloquean en suelo básico y provocan la clorosis férrica tan habitual en cítricos, hortensias, camelias, rododendros, arándanos y frutales de hueso.

Conviene medir bien las expectativas. En un suelo con un 20 % de caliza activa, el sulfato de amonio no va a bajar el pH del terreno de forma duradera: el carbonato tampona la acidez casi al ritmo al que se produce. Lo que sí consigue es un efecto local y temporal alrededor del gránulo y en el bulbo de riego, suficiente para que una planta acidófila aguante mejor, pero no para reconvertir un suelo calizo en uno ácido. Si el objetivo es cultivar arándanos en tierra caliza, la solución es sustrato ácido en contenedor o bancal elevado, no toneladas de sulfato amónico.

Y al revés: en suelos ya ácidos —el norte atlántico, zonas graníticas de Galicia, León, Extremadura o Sierra Morena, donde el pH ronda 5 o 5,5— el uso continuado de sulfato de amonio es un error claro. Se agrava la acidez, se solubiliza aluminio a niveles tóxicos para la raíz y se bloquean calcio y magnesio. En esos terrenos hay que ir a nitrato cálcico o a nitrato de magnesio, o encalar antes.

Cuándo elegirlo y cuándo no

Tiene sentido usarlo en estos casos:

Suelos calcáreos o con agua de riego dura, es decir, la mayor parte del arco mediterráneo, el valle del Ebro, La Mancha, Andalucía occidental y buena parte del interior. Es la situación en la que el sulfato de amonio brilla frente a la urea.

Cultivos exigentes en azufre: crucíferas (coles, brócoli, coliflor, rábanos), aliáceas (ajo, cebolla, puerro), colza y, en general, cualquier planta cuyo sabor dependa de compuestos azufrados. Un ajo abonado con sulfato amónico tiene más carácter que uno abonado solo con urea, y no es una impresión subjetiva: los precursores del sabor picante son tioles y sulfóxidos.

Céspedes, sobre todo en la salida del invierno y en suelos básicos. Aporta verdor rápido, y de paso la ligera acidificación superficial dificulta algunos hongos de parcheado. Es también el abono clásico para acelerar la descomposición de restos vegetales ricos en carbono en el compostador o al enterrar paja.

Aplicaciones superficiales sin posibilidad de riego inmediato en suelo neutro o ácido, donde la urea perdería nitrógeno por volatilización.

Y conviene descartarlo en estos otros:

En suelos ácidos sin encalar, por lo ya explicado. En suelos salinos o con agua de riego de alta conductividad, porque su índice de salinidad es elevado y suma sales a un problema que ya existe. En plantas en maceta pequeña, salvo muy diluido en el agua de riego, porque el volumen de sustrato no perdona un exceso. Y como abono único, nunca: no lleva fósforo, ni potasio, ni magnesio, ni micronutrientes. Una planta abonada solo con sulfato de amonio crece mucho, verde y blanda, florece poco y fructifica mal.

Dosis y forma de aplicarlo

Las cantidades que siguen son orientativas para un suelo de fertilidad media y hay que ajustarlas a la baja si se aporta también compost o estiércol.

Huerto, en cobertera: de 20 a 40 g/m² por aplicación, lo que equivale a unas dos o cuatro cucharadas soperas rasas por metro cuadrado. Se reparte a voleo entre las líneas de cultivo, sin tocar los tallos, se incorpora rascando con la azadilla los primeros 3-5 cm y se riega a continuación.

Frutales y cítricos adultos: de 300 a 800 g por árbol y año según tamaño, repartidos en dos o tres veces desde finales de invierno hasta principios de verano. Se distribuye en corona a la altura de la proyección de la copa, que es donde están las raíces absorbentes, nunca amontonado junto al tronco.

Césped: de 20 a 30 g/m², siempre con el césped seco y regando inmediatamente después para arrastrar los gránulos hasta el suelo. Si se queda producto sobre la hoja mojada, quema.

En fertirrigación o regadera: de 1 a 2 g por litro de agua. Se disuelve muy bien y muy rápido; conviene agitar y usar la disolución el mismo día.

Sobre el calendario: es un abono de crecimiento, así que su ventana natural va de febrero-marzo a junio, cuando la planta arranca y demanda nitrógeno. En verano se puede seguir aportando en cultivos de ciclo largo (tomate, pimiento, berenjena, calabacín) pero en dosis pequeñas y frecuentes. A partir de agosto conviene cortarlo en leñosas: el nitrógeno tardío alarga el crecimiento, retrasa el agostamiento de la madera y deja los brotes tiernos ante la primera helada, además de favorecer pulgón y mildiu. En el sur, con inviernos suaves, el primer aporte puede adelantarse a finales de enero.

Brotes jóvenes de pepino en pleno crecimiento, el momento de mayor demanda de nitrógeno

Los errores que arruinan la aplicación

Esparcirlo sobre suelo calizo y dejarlo en superficie sin regar. Es la equivocación más cara y la menos conocida. En un suelo con carbonato libre, el sulfato amónico que queda seco en la superficie reacciona con la caliza y libera amoniaco gaseoso, que se pierde a la atmósfera. Se puede volatilizar una parte muy apreciable del nitrógeno aplicado en pocos días de calor. La regla es simple: en suelo calizo, incorporar o regar siempre después de aplicar, sin dejarlo para mañana.

Aplicarlo sobre planta o suelo secos y con calor. Es una sal concentrada. Sobre raíz deshidratada produce quemadura osmótica: la planta se marchita en dos días con la tierra húmeda, un cuadro que se confunde a menudo con falta de agua y que empeora si se riega más creyendo que es sed. Se abona con el suelo previamente húmedo o se riega justo detrás.

Amontonarlo junto al cuello de la planta. Un puñado concentrado al pie de un tomate o de un frutal joven quema el cuello y abre la puerta a hongos de suelo. Reparto uniforme y a distancia.

Confundirlo con el sulfato de hierro o con el sulfato de aluminio. Son tres productos distintos que se venden en formato parecido. El de hierro corrige la clorosis y también acidifica, pero mancha de óxido pavimentos y ropa; el de aluminio se usa para azular hortensias; el de amonio es un abono nitrogenado. Ninguno sustituye a los otros.

Creer que "acidifica el suelo" es lo mismo que "azula las hortensias". El color azul de Hydrangea macrophylla depende de que haya aluminio disponible, y el aluminio solo se solubiliza a pH bajo. El sulfato de amonio ayuda de forma indirecta al bajar el pH, pero si en el sustrato no hay aluminio, no habrá azul por mucho que se abone.

Guardarlo mal. Es higroscópico: absorbe humedad del aire y se apelmaza en un bloque duro. Envase bien cerrado, en seco y lejos de productos oxidantes y de fuentes de calor.

Precauciones de manejo

No es un producto especialmente peligroso, pero es irritante. Se maneja con guantes, se evita respirar el polvo al esparcirlo con viento y se lava las manos después. No debe mezclarse con productos alcalinos —cal, cenizas, escorias— porque la reacción libera amoniaco y se pierde el nitrógeno; si toca encalar y abonar en la misma parcela, hay que separar las dos operaciones al menos dos o tres semanas.

Un detalle que suele pasarse por alto: al ser tan soluble, el nitrógeno no aprovechado por el cultivo acaba, tarde o temprano, como nitrato en el agua subterránea. Buena parte de la Península está declarada zona vulnerable a la contaminación por nitratos. Fraccionar las dosis en varias aplicaciones pequeñas en lugar de una grande no es solo mejor para la planta: es lo que evita el problema.

En resumen

El sulfato de amonio es un 21-0-0 con un 24 % de azufre, de acción rápida, poco lavable y fuertemente acidificante. Su terreno ideal son los suelos calizos y las aguas duras que dominan en gran parte de España, y los cultivos que agradecen el azufre: ajos, cebollas y crucíferas. Se aplica de finales de invierno a comienzos de verano, a razón de 20-40 g/m² en huerto o 20-30 g/m² en césped, siempre incorporado o regado justo después para no perder nitrógeno como amoniaco ni quemar la planta. No sirve en suelos ácidos ni salinos, no sustituye a un abono completo porque carece de fósforo y potasio, y conviene retirarlo del calendario a partir de agosto en las plantas leñosas. Bien empleado es de los fertilizantes más rentables que hay; mal empleado, uno de los que más rápido se nota.


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