Se pierden más plantas por exceso de agua que por falta de ella. Suena raro en un país donde el verano castiga como el nuestro, pero es así: el riego escaso da una planta mustia que se recupera en una hora, mientras que el riego constante y superficial asfixia las raíces poco a poco y no avisa hasta que ya no hay marcha atrás. Regar bien no consiste en echar agua a menudo, sino en saber cuándo hace falta y mojar de verdad cuando toca.
Debajo de esa idea hay algo de fisiología muy sencillo. Las raíces respiran, y para respirar necesitan oxígeno en los poros del suelo. Cuando el sustrato está permanentemente saturado, ese oxígeno desaparece, las raíces finas se pudren y la planta deja de absorber agua aunque la tenga alrededor. Por eso una planta ahogada se marchita igual que una seca: el síntoma es el mismo, la causa es la contraria.
Olvida el calendario y comprueba la tierra
«Regar los lunes y los jueves» es la receta que más plantas ha matado. Las necesidades de una planta cambian con la temperatura, el viento, la humedad relativa, el tamaño del tiesto, el material de la maceta y la fase de crecimiento. Un geranio en un balcón de Sevilla en agosto puede pedir agua a diario; ese mismo geranio en Gijón en octubre puede aguantar diez días.
La comprobación fiable es meter el dedo. En maceta, hasta la segunda falange, unos 4 o 5 cm: si a esa profundidad la tierra sigue fresca y se pega ligeramente al dedo, no toca regar. En jardín hay que ir más abajo, a 10 o 15 cm, con un destornillador largo o una varilla: si entra con facilidad, hay humedad; si topa con resistencia seca, el agua no ha llegado.
El otro método, muy útil en macetas, es el peso. Levanta el tiesto recién regado y vuelve a levantarlo tres días después. La diferencia es enorme y en dos semanas aprendes a decidir sin tocar la tierra. Con macetas grandes basta con inclinarlas un poco.
Cuidado con un engaño frecuente: la superficie seca no significa sustrato seco. Los dos centímetros de arriba se secan en horas por evaporación mientras el cepellón sigue empapado. Regar guiándose por el color de la capa superior es la vía rápida al encharcamiento crónico.
Cuando riegues, empapa
El error gemelo del riego demasiado frecuente es el riego demasiado corto. Un chorrito que solo moja los primeros centímetros hace que las raíces se queden arriba buscando esa humedad fácil, y una planta con el sistema radicular en superficie es una planta indefensa: cualquier ola de calor o cualquier despiste de tres días la fulmina.
En maceta, la regla es regar hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y luego un poco más. Se busca que drene alrededor del 10 o 20 % de lo aplicado, porque ese excedente arrastra las sales que van acumulándose con el abonado y con el agua dura. Aplica el agua despacio y en dos o tres pasadas: si la echas de golpe, gran parte se escurre por el hueco entre el cepellón y la pared del tiesto sin mojar nada.
En jardín, el objetivo es humedecer la zona donde de verdad están las raíces, que en un arbusto o un árbol joven ocupa un círculo aproximadamente igual al de la copa. Un riego profundo y espaciado vence siempre a uno superficial y diario: obliga a las raíces a bajar y, con ello, la planta se hace mucho más resistente a la sequía. Para un arbusto mediano recién plantado, entre 10 y 20 litros de una tacada cada varios días, según estación y suelo, es un punto de partida razonable.
Un truco que ahorra mucha agua: haz un alcorque, un pequeño caballón de tierra de unos 10 cm de alto alrededor del tronco, para que el agua se quede sobre las raíces en lugar de irse ladera abajo.
El sustrato que repele el agua
Si alguna vez has regado una maceta y has visto salir el agua por abajo casi al instante, con la tierra todavía polvorienta, has topado con la hidrofobia del sustrato. Las turbas y los sustratos con mucha materia orgánica, cuando se secan del todo, repelen el agua: esta se escurre por las grietas laterales y no llega al cepellón.
La solución no es regar más veces, es rehidratar por inmersión. Mete la maceta en un barreño con agua hasta la mitad de su altura y déjala entre 20 y 40 minutos, hasta que deje de burbujear y la superficie se oscurezca. Después escúrrela bien. A partir de ahí, no dejes que ese sustrato vuelva a secarse por completo.
La hora del día y el mito de la lupa
Lo mejor es regar a primera hora de la mañana. El suelo está fresco, se pierde poca agua por evaporación y la planta llega hidratada a las horas de más demanda. En pleno verano, cuando el calor no afloja de noche, un riego al atardecer también funciona bien, con una salvedad: si mojas el follaje y las hojas pasan la noche húmedas, favoreces al oídio, a la botritis y al mildiu. En rosales, cucurbitáceas o tomateras, esa humedad nocturna en la hoja es media enfermedad ganada.
Regar a mediodía en agosto es sobre todo un desperdicio: puedes perder por evaporación una parte importante de lo que echas. Pero conviene desmontar la creencia de que las gotas de agua al sol queman las hojas haciendo de lupa. En hojas lisas, que son la norma en un jardín, la gota no concentra luz suficiente para provocar quemaduras; el fenómeno solo se ha documentado en hojas con pelos que sostienen la gota separada de la superficie. Si un día de calor tu planta pide agua, dásela: es peor dejarla deshidratada hasta la tarde.
Al pie, no a la hoja
El agua se absorbe por las raíces, no por las hojas. Mojar el follaje con la manguera refresca visualmente pero aporta poco, favorece hongos y, en aguas duras, deja manchas de cal en las hojas. Dirige el chorro a la base de la planta, sobre el suelo.
Hay dos excepciones razonables. Una es la humedad ambiental de las plantas de interior tropicales (helechos, Calathea, Alocasia), que agradecen ambientes húmedos, aunque la nebulización sirve de poco comparada con un humidificador o una bandeja con grava y agua. La otra es una ducha ocasional al follaje polvoriento, que además ayuda contra la araña roja (Tetranychus urticae), que prospera precisamente en ambiente seco y caluroso.
Qué agua usar
El agua del grifo sirve para casi todo. En buena parte de España es dura, con bastante carbonato cálcico, y eso a la larga sube el pH del sustrato y bloquea el hierro. Las plantas acidófilas lo notan enseguida: hortensias (Hydrangea macrophylla), azaleas y rododendros (Rhododendron spp.), camelias (Camellia japonica), gardenias y arándanos (Vaccinium corymbosum) amarillean entre los nervios de las hojas jóvenes. Es clorosis férrica, y la respuesta es agua de lluvia, agua acidificada o un quelato de hierro, no más riego.
Tres avisos concretos:
No riegues con agua de descalcificador doméstico. Los descalcificadores de intercambio iónico sustituyen calcio y magnesio por sodio, y el sodio es mucho peor para las plantas que la cal que venías a evitar.
El cloro no es el problema que se dice. El cloro libre del agua de red se disipa en unas horas, pero en dosis de consumo humano no daña una planta de jardín. Dejar reposar el agua un día tiene más sentido para atemperarla que para desclorarla.
La temperatura sí importa en interior. Un chorro de agua muy fría en pleno invierno sobre una planta tropical le provoca un estrés innecesario. Basta con agua a temperatura ambiente.
La maceta manda tanto como la planta
Dos plantas iguales en macetas distintas necesitan riegos distintos. El barro cocido sin esmaltar transpira por sus paredes y se seca mucho antes que el plástico o el esmaltado: excelente para cactus, suculentas, lavandas y romeros, incómodo para plantas de mucha sed en pleno agosto. El tamaño también cuenta: una maceta enorme para una planta pequeña mantiene un volumen de tierra mojada que las pocas raíces no consumen, y ese es un escenario clásico de pudrición.
Y el drenaje no es negociable. Sin agujeros, no hay riego correcto posible. Si te empeñas en un cachepot decorativo cerrado, mete dentro la maceta con sus agujeros y sácala para regar. Por cierto, la capa de bolas de arcilla en el fondo no mejora el drenaje: por la física del contraste de texturas, retiene una franja saturada justo encima de ella y en la práctica reduce el volumen útil de sustrato. Lo que drena es un buen sustrato y un agujero libre.
El plato se vacía entre 15 y 30 minutos después de regar. Una planta con las raíces permanentemente en un charco es una planta con fecha de caducidad. La excepción son las plantas de suelo húmedo constante, como los papiros (Cyperus) o las cannas.
Cómo distinguir el exceso de la falta
Como los dos problemas terminan en hojas caídas, conviene saber leer las diferencias:
Falta de agua: hojas mustias pero de color normal, que se recuperan en unas horas tras el riego; puntas y bordes secos, crujientes y marrones; sustrato despegado de las paredes de la maceta; caída de hojas viejas de abajo hacia arriba; tiesto que pesa poco.
Exceso de agua: hojas blandas, amarillentas, que caen sin llegar a secarse; manchas marrones de aspecto húmedo; tallo blando en la base; olor agrio o a ciénaga al acercarte al sustrato; mosquitas de sustrato (Sciaridae) revoloteando; raíces marrones y quebradizas en lugar de blancas y firmes. Y una señal que confunde a mucha gente: la planta se marchita aunque la tierra esté mojada, porque las raíces ya no funcionan.
Si sospechas de podredumbre, saca el cepellón y míralo. Si aún hay raíces sanas, recorta las podridas, cambia a sustrato nuevo y aireado, riega poco y espera. Si la base del tallo ya está blanda, no hay rescate.
Riego según estación en clima peninsular
Primavera (marzo-mayo). Arranca el crecimiento y con él la demanda. Aumenta gradualmente. Ojo con las lluvias: en abril es muy fácil regar sobre suelo que ya está húmedo.
Verano (junio-septiembre). El periodo crítico. En el interior peninsular, con 38 °C y aire seco, las macetas pequeñas pueden necesitar riego diario y las de menos de 15 cm incluso dos veces al día. Ayuda mucho acolchar: 5 cm de corteza de pino, paja o restos de poda triturados sobre el suelo reducen la evaporación de forma notable y bajan la temperatura de la tierra. Agrupa las macetas y busca sombra para las de la tarde.
Otoño (octubre-noviembre). Baja la frecuencia en cuanto refresque, y no por calendario sino por temperatura. Es el momento en que más se ahoga a las plantas de interior: la casa está más fresca, la planta ha parado y se sigue regando como en agosto.
Invierno (diciembre-febrero). Reduce mucho. Muchas plantas de exterior no necesitan riego alguno si llueve con normalidad. En interior, la calefacción reseca el ambiente pero la planta crece poco: comprueba siempre antes de regar. Y no riegues con heladas previstas ni con el suelo helado.
Casos que se salen de la norma
Plantas recién plantadas. Durante el primer año, y sobre todo el primer verano, necesitan riegos de apoyo aunque la especie sea resistente a la sequía. Una lavanda o un romero adultos casi no piden agua, pero el ejemplar plantado en marzo todavía no tiene raíz suficiente para buscarla. Riega de forma abundante y espaciada para forzar el enraizamiento en profundidad.
Suculentas y cactus. En crecimiento, riego a fondo y luego sequía completa hasta que el sustrato esté totalmente seco. En invierno, con temperaturas bajas, casi nada: un cactus frío y húmedo se pudre.
Semilleros y esquejes. Aquí sí manda la humedad constante, pero sin encharcar. Pulverizador o riego por capilaridad desde abajo, para no descalzar las semillas.
Huerto. Tomates, pimientos y berenjenas prefieren riego regular y constante; los altibajos bruscos de humedad provocan el cracking del fruto y favorecen la podredumbre apical, ese fondo negro del tomate que es en realidad un problema de absorción de calcio ligado a la irregularidad del riego, no una falta de calcio en el suelo. El goteo es la mejor inversión que puede hacer un huerto pequeño.
Sistemas y ausencias
El riego por goteo con programador es lo más eficiente para macetas y huerto: aplica agua al pie, sin mojar hoja y sin pérdidas. Pero un programador no piensa, así que revísalo con el cambio de estación y desconéctalo cuando llueva. Es habitual ver jardines con el goteo funcionando bajo el aguacero de octubre.
La cinta exudante va bien en líneas de hortalizas. Los aspersores solo tienen sentido en césped, y siempre a primera hora. Y para vacaciones, la combinación que mejor resultado da es sencilla: agrupar las macetas en un lugar sombreado y protegido del viento, regar a fondo antes de irte, acolchar la superficie y, si son pocas, usar conos de cerámica o un sistema de mecha con un depósito.
En resumen
Regar bien es comprobar antes de actuar y mojar a fondo cuando toca. Comprueba la humedad con el dedo a 4 o 5 cm en maceta y a 10 o 15 cm en el jardín, o guíate por el peso del tiesto, y desconfía de la superficie seca. Cuando riegues, hazlo hasta que drene, despacio y en varias pasadas, para que el agua llegue de verdad a todo el cepellón. Al pie y no a la hoja, a primera hora de la mañana, y vaciando el plato al rato.
Ajusta la frecuencia a la estación, al material de la maceta y a la especie, no al día de la semana. Vigila el agua dura con las acidófilas y no riegues nunca con agua de descalcificador. Y ante una planta mustia, antes de correr con la regadera, toca la tierra: si está mojada, el agua es justo lo último que necesita.