Plantar un árbol parece trivial y sin embargo concentra varios errores que condicionan las décadas siguientes. Los dos más caros son enterrarlo demasiado y cavar un hoyo estrecho, y los dos vienen de la misma idea equivocada: que la raíz baja. La raíz de un árbol se extiende a lo ancho, y casi toda vive en los primeros 60 centímetros de suelo.
Cuándo plantar
Otoño, de octubre a diciembre, es la mejor época en casi toda España. El suelo conserva calor, llueve, y el árbol tiene todo el invierno para enraizar antes de que llegue la demanda de agua del verano. Un árbol plantado en otoño llega al primer julio con raíz; uno plantado en mayo, no.
Final del invierno es la alternativa aceptable, sobre todo en zonas de heladas fuertes donde plantar en otoño expone la raíz nueva al frío.
En pleno verano, solo si no queda más remedio y con riego asegurado.
Los de raíz desnuda, que son los más baratos, solo se plantan en parada vegetativa: de noviembre a febrero, sin hoja.
El hoyo: ancho, no profundo
Esta es la parte que más se hace mal.
Anchura: dos o tres veces el diámetro del cepellón. Cuanto más ancho, mejor. Estás preparando la zona por la que la raíz va a expandirse en horizontal durante los próximos años.
Profundidad: exactamente la del cepellón, ni un centímetro más. Si cavas más hondo y rellenas, la tierra se asienta, el árbol se hunde y el cuello acaba enterrado.
Escarifica las paredes del hoyo con la azada. En suelos arcillosos, la pala deja las paredes lisas y compactadas, creando lo que se llama efecto maceta: la raíz llega a esa pared, no la atraviesa y gira sobre sí misma como si estuviera en un tiesto.
El cuello, que es donde se juegan los años
El cuello es la zona donde el tronco se ensancha y pasa a raíz. Debe quedar a ras de suelo o un par de centímetros por encima, nunca enterrado.
Un cuello enterrado se mantiene húmedo de forma permanente, la corteza se pudre y el árbol muere poco a poco, a veces años después, sin que nadie relacione una cosa con la otra. Es una de las causas más frecuentes de decaimiento en árboles jóvenes de jardín.
En árboles injertados, además, el punto de injerto debe quedar claramente por encima del suelo, o la variedad emitirá sus propias raíces y perderás el efecto del patrón.
Preparar el cepellón
Si viene en maceta, mira la base. Si hay raíces girando en círculo, hay que intervenir: afloja el exterior con los dedos y, si están muy espiraladas, haz tres o cuatro cortes verticales de un centímetro de profundidad con un cuchillo a lo largo del cepellón. Suena brutal y es necesario: una raíz que ya gira seguirá girando y acabará estrangulando al árbol.
Si viene en malla y arpillera, colócalo en el hoyo y después retira la malla metálica y baja la arpillera al menos de la mitad superior. No dejes nada de plástico ni de cuerda alrededor del tronco.
Si es a raíz desnuda, mantenla húmeda hasta el último momento y recorta solo las raíces rotas o dañadas.
Rellenar
Con la misma tierra que sacaste. Esto contradice lo que suele recomendarse, y hay un motivo: si rellenas el hoyo con sustrato rico mientras alrededor hay tierra pobre y compacta, la raíz se queda dentro de esa burbuja cómoda y no explora. Además, en suelos arcillosos, la diferencia de textura hace que el hoyo actúe de bañera y se encharque.
Lo que sí ayuda es mejorar toda el área, no solo el hoyo, y aportar la materia orgánica en superficie como acolchado, que es como llega en la naturaleza.
No abones en el hoyo de plantación. El abono en contacto con la raíz recién plantada la quema. Empieza a abonar la temporada siguiente.
Rellena por tandas, asentando con la mano y con agua, sin pisotear fuerte.
Alcorque, riego y acolchado
Forma un alcorque, un caballón circular de tierra en el borde del hoyo, para que el agua de riego se quede donde tiene que estar.
Riega abundantemente al plantar, con bastante más agua de la que parece necesaria: sirve para asentar la tierra y eliminar bolsas de aire alrededor de la raíz.
Acolcha con corteza o restos vegetales, entre 5 y 10 centímetros de espesor, en toda la superficie del hoyo. Conserva humedad, modera la temperatura y frena las malas hierbas, que compiten mucho más de lo que se cree en los primeros años.
Un detalle: deja un palmo libre alrededor del tronco. Amontonar el acolchado contra la corteza —el clásico volcán de mantillo— produce el mismo daño que enterrar el cuello.
El tutor: menos y por menos tiempo
Solo si el árbol es alto o la zona ventosa. Y si lo pones:
Clávalo antes de colocar el árbol, o atravesarás el cepellón.
Bajo, atando al tercio inferior del tronco. Un tutor alto y rígido impide que el tronco se mueva, y ese movimiento es justo lo que hace que engorde y se refuerce. Los árboles muy entutorados salen delgados y se parten en cuanto los liberas.
Ataduras anchas y flexibles, nunca alambre ni cuerda fina.
Retíralo al cabo de uno o dos años. El tutor olvidado que acaba estrangulando el tronco es una de las causas de muerte más habituales y más evitables.
Los dos primeros años
Es cuando se decide todo. Riega abundante y espaciado —mejor 30 litros una vez por semana que 5 litros cada día— para que la raíz baje a buscar el agua en lugar de quedarse en superficie.
Mantén el alcorque libre de hierba, renueva el acolchado y no podes salvo lo seco o dañado: el árbol necesita toda su hoja para instalarse.
En resumen
Otoño, hoyo ancho y de la profundidad justa del cepellón, paredes escarificadas, cuello a ras de suelo, relleno con la misma tierra y sin abono, riego generoso, alcorque y acolchado sin tocar el tronco. Tutor solo si hace falta, bajo, y retirado a los dos años.