Una lavanda plantada en un hoyo profundo, con tierra rica de saco y regada con esmero tiene bastantes papeletas de morirse en el segundo invierno. No de sed, ni de frío: de asfixia radicular. Ese es el punto de partida para entender cómo se planta bien esta mata, porque casi todo lo que hay que hacer con ella consiste en quitar cosas —agua, abono, materia orgánica, protección— en vez de añadirlas.

La lavanda es un arbusto pequeño de las montañas secas y calizas del Mediterráneo occidental. Crece en suelos pedregosos, pobres, con drenaje brutal y sol de sobra. Cuando la trasladamos a un arriate mullido de jardín con riego automático, la estamos sacando de su sitio. Todo lo que sigue va encaminado a devolvérselo.

Mata de lavanda en flor con una mariposa posada sobre las espigas

Elegir la especie antes que el color

En los viveros españoles se venden bajo el mismo cartel de «lavanda» plantas con exigencias bastante distintas. Acertar aquí ahorra la mitad de los problemas posteriores.

Lavandula angustifolia, la lavanda fina o de hoja estrecha, es la más rústica: aguanta sin daños inviernos de -12 a -15 ºC y es la que se cultiva en la meseta y en el interior frío. Hoja gris estrecha, espiga limpia sin penacho, floración concentrada en junio y julio, aroma dulce y fino. Es la buena para secar y para uso culinario.

Lavandula × intermedia, el lavandín, es el híbrido de la anterior con Lavandula latifolia. Mata más grande —hasta 80-90 cm de alto y otro tanto de ancho—, espigas largas ramificadas y floración algo más tardía, entre julio y agosto. Produce más aceite esencial, pero con más alcanfor, así que huele más «a limpiador» y menos a perfume. Variedades como 'Grosso' o 'Super' son las que forman las hileras moradas de las fotos que circulan de Brihuega o de la Alcarria. Aguanta bien el frío, aunque algo menos que la fina.

Lavandula stoechas, el cantueso, es la que lleva ese penacho de brácteas moradas como orejas en el extremo de la espiga. Florece muy pronto, a partir de marzo, y repite si se le corta. Tiene una particularidad que cambia todo lo demás: es la única del grupo que tolera y hasta prefiere los suelos ácidos, los de las dehesas de granito y pizarra del oeste peninsular. En cambio es más friolera, sufre por debajo de -6 u -8 ºC y suele vivir menos años.

Lavandula dentata, de hoja recortada como un serrucho, es la típica de jardín de costa mediterránea y de Canarias. Florece casi todo el año en clima suave, pero se hiela alrededor de -5 ºC, así que en Burgos o en Soria es planta de maceta que hay que refugiar.

Regla práctica: interior frío y suelo calizo, angustifolia o lavandín. Suelo ácido, cantueso. Litoral templado, cualquiera de ellas, incluida la dentata.

Cuándo plantarla

Hay dos ventanas y la elección depende del invierno de la zona.

En la mitad sur, en el litoral mediterráneo y en el noroeste atlántico, el otoño es mejor: de mediados de octubre a finales de noviembre. El suelo conserva calor, las lluvias de otoño e invierno hacen el trabajo de riego y la planta llega a la primavera con el cepellón ya emitido hacia fuera y raíces suficientes para afrontar el primer verano. Es la diferencia entre regar dos veces por semana en julio y no regar casi nada.

En el interior con heladas fuertes y prolongadas —meseta norte, páramos, zonas de montaña— conviene esperar a la primavera, de mediados de marzo a mediados de abril, cuando el suelo se ha oreado y ya no queda encharcado. Una lavanda recién plantada en noviembre en Palencia pasa cuatro meses con las raíces en tierra fría y húmeda sin capacidad de absorber: se pudre.

Lo que no funciona nunca es plantar en junio, julio o agosto. Se puede hacer si no queda más remedio, pero exige un riego de mantenimiento constante que contradice todo lo que la planta necesita para asentarse.

El suelo: lo único que de verdad importa

La lavanda quiere pH entre 6,5 y 8, y agradece de verdad la caliza. Un puñado de arena de río o de grava caliza en la mezcla de plantación no es un capricho decorativo: modifica la estructura y evita que el agua se quede parada alrededor del cuello.

Si el terreno es franco o arenoso, no hace falta hacer nada más que aflojarlo. Si es arcilloso —esa tierra que se pega a la pala en invierno y se agrieta en agosto—, hay dos opciones y solo una funciona:

Lo que no funciona es cavar un hoyo grande en la arcilla y rellenarlo de sustrato drenante. Se crea una bañera: el agua entra por arriba, atraviesa el sustrato suelto y se queda retenida en las paredes impermeables del hoyo. La planta acaba con el cepellón sumergido cada vez que llueve dos días seguidos.

Lo que sí funciona es plantar en alto. Se levanta un caballón o un bancal de 25-30 cm sobre el nivel del suelo, mezclando la tierra del sitio con grava fina, arena gruesa y, si el terreno es ácido, un poco de caliza molida. La lavanda va arriba, con el drenaje asegurado por gravedad. En jardinería mediterránea esto se hace desde siempre y es la razón por la que las lavandas de los ribazos duran décadas y las del arriate llano duran tres años.

Sobre el abono: no. Nada de estiércol, nada de compost en el hoyo, nada de fertilizante rico en nitrógeno. Un suelo fértil produce una lavanda alta, blanda, verde, con entrenudos largos, poca flor, poco aroma y una tendencia notable a abrirse por el centro y a coger hongos. La pobreza del suelo es lo que le da la mata compacta y el aceite esencial concentrado.

La plantación paso a paso

Marco de plantación. Para angustifolia y cantueso, 40-50 cm entre plantas. Para lavandín, 80-100 cm; parece exagerado el primer año y es exactamente lo que necesita el tercero. Si se plantan pegadas para que «haga bulto» enseguida, en dos temporadas no circula el aire por dentro del seto y aparecen las manchas grises de hongos en la base.

El hoyo. Poco más grande que el cepellón, no un cráter. Lo importante es que la tierra alrededor esté suelta, no que el agujero sea profundo.

La profundidad. Aquí se juega buena parte de la partida. El cuello de la planta —el punto donde el tallo leñoso se convierte en raíz— debe quedar al nivel del suelo o un par de centímetros por encima, nunca enterrado. La tierra tiende a asentarse después de plantar, así que conviene dejar el cepellón ligeramente sobresaliente para que acabe a ras.

El riego de asiento. Un riego abundante después de plantar, para que la tierra se acomode y no queden bolsas de aire. Ese sí es imprescindible.

El acolchado. Si se pone, que sea mineral: grava, gravilla volcánica, albero, arena gruesa, lascas de pizarra. Nunca corteza de pino, paja, restos de siega ni compost alrededor del cuello. La materia orgánica retiene humedad justo donde la lavanda no la quiere y es la vía más rápida a la podredumbre del cuello. El acolchado mineral, además, refleja luz y calor hacia la mata, que es exactamente lo que le gusta.

La orientación. Mínimo seis horas de sol directo, y cuantas más mejor. A media sombra sobrevive pero se estira, florece la mitad y pierde aroma. Si además el sitio es de esos donde no corre el aire, peor.

Lavanda en maceta

Funciona bien si se respetan tres cosas. Primera, maceta de barro sin esmaltar antes que plástico: transpira y ayuda a que el sustrato se seque entre riegos. Segunda, sustrato drenante de verdad: dos partes de sustrato universal por una de arena gruesa o perlita, o directamente un sustrato para cactus y crasas mezclado con algo de tierra. Tercera, nada de plato debajo, o vaciarlo religiosamente después de cada riego. Un plato con dos dedos de agua bajo una lavanda en octubre es una sentencia.

El tamaño manda: en una maceta de menos de 25-30 cm de diámetro, la planta se agota y se aviva mal en verano. Y hay que asumir que un ejemplar en maceta necesita trasplante cada dos o tres años y suele vivir menos que uno plantado en tierra.

El riego, que es menos de lo que parece

El primer año hay que regar, porque el sistema radicular aún es el del cepellón del vivero. Un riego abundante y espaciado —una vez por semana en verano, según calor y suelo— es mucho mejor que un chorrito diario. El riego profundo obliga a las raíces a bajar; el riego superficial las mantiene arriba, donde el suelo se calienta y se seca.

A partir del segundo año, una lavanda establecida en tierra en clima peninsular apenas necesita riego. En el sur o en un verano seco, un par de riegos profundos en julio y agosto bastan para que no se estrese. Nada más.

El goteo permanente es el enemigo silencioso: mantiene un bulbo húmedo constante junto al cuello y acaba matando plantas que llevaban años bien. Si el arriate está en una zona regada para el césped o para otras plantas, la lavanda estará mal colocada por muy bien que se haya plantado.

La poda, o cómo evitar el «desgarre» del centro

La lavanda no rebrota de la madera vieja. Es la regla que hay que grabar a fuego: si se corta por debajo de la parte verde, en la zona leñosa pelada, ese tallo no vuelve a brotar. De ahí las matas viejas abiertas por el centro, con un agujero calvo en medio y unas ramas tumbadas alrededor. Eso no se arregla, solo se previene.

La prevención consiste en podar todos los años y desde el principio:

Después de la floración, entre finales de julio y agosto según la especie, se corta la mata en forma de bola o cojín, quitando las espigas gastadas y un tercio del crecimiento verde del año. Sin bajar a la madera.

El primer año, conviene incluso cortar las primeras espigas antes de que se agoten, para forzar a la planta a ramificar desde abajo. Cuesta hacerlo, pero es lo que da una mata densa a los tres años.

En zonas de heladas fuertes la poda se hace pronto, en cuanto acaba la flor, para que los brotes nuevos endurezcan antes del frío. Podar en octubre en el interior es provocar rebrote tierno que se hiela en noviembre.

Con este manejo una angustifolia o un lavandín duran entre 8 y 15 años en buenas condiciones. Cuando la mata se abre irremediablemente, lo sensato es reponerla, no intentar rejuvenecerla con un corte severo.

Espigas de lavanda en flor a plena luz

Multiplicarla: esquejes sí, semilla casi nunca

La lavanda se multiplica por esqueje semileñoso y es sencillo. A finales de verano, entre agosto y septiembre —o en primavera, con brotes tiernos—, se cortan trozos de 8-10 cm de ramas del año que no hayan florecido, se deshojan los dos tercios inferiores y se clavan en una mezcla muy porosa de arena y turba, o de perlita y sustrato. A la sombra, con humedad ambiental y el sustrato apenas húmedo. En cuatro a seis semanas hay raíz. No hace falta hormona de enraizamiento, aunque acelera el proceso.

La semilla es otra historia: germina de forma irregular, necesita estratificación en frío de tres a cuatro semanas en la nevera para romper la latencia y tarda hasta un mes en nacer. Además, en los híbridos y variedades seleccionadas la descendencia no sale igual a la madre, y el lavandín directamente es estéril. Solo tiene sentido con especies puras y con paciencia. Para todo lo demás, esqueje.

Errores frecuentes

Enterrar el cuello. Plantar el cepellón dos dedos por debajo del nivel del suelo, o dejar que la tierra o el mantillo lo cubran después. Es la causa más habitual de muerte súbita en invierno.

Confundir los síntomas. Una lavanda con las hojas grisáceas apagadas y ramas que se secan de golpe suele estar ahogada, no seca. La respuesta instintiva —regar más— la remata. Antes de regar, meter el dedo cinco centímetros en la tierra.

Abonar. Todo lo que la fortalece aparentemente la debilita: nitrógeno, compost y riego frecuente producen una planta grande y frágil.

Comprarla en flor en mayo y plantarla ese mismo fin de semana. Es el peor momento posible; queda por delante todo el verano de asentamiento. Si se compra así, mejor mantenerla en su maceta a la sombra parcial, cortarle la flor y plantarla en octubre.

Podarla en la madera. Un corte «de rejuvenecimiento» a ras de suelo, como se hace con otros arbustos, deja la mata muerta o con un par de brotes tristes.

Ponerla debajo de un árbol o junto a un seto denso. Sombra, humedad retenida y falta de ventilación son tres condenas simultáneas.

Buenos vecinos

Como comparte exigencias con el resto de la flora mediterránea, la lavanda encaja bien con romero (Salvia rosmarinus), tomillo (Thymus vulgaris), santolina (Santolina chamaecyparissus), salvia (Salvia officinalis), perovskia (Salvia yangii) y rosales, que agradecen el suelo aireado y la compañía de una planta que atrae polinizadores y ahuyenta algunos insectos. Lo que no debe compartir es riego con hortensias, hostas, helechos o césped.

Su valor para abejas y mariposas no es un adorno del catálogo: una hilera de lavandín en flor en julio, cuando buena parte del jardín ya se ha apagado, es de los recursos de néctar más importantes que puede ofrecer un jardín español en pleno verano.

En resumen

Plantar lavanda bien consiste en tres decisiones y una renuncia. Las decisiones: elegir la especie adecuada al frío y al pH de la zona —angustifolia o lavandín en interior calizo, cantueso en suelo ácido, dentata solo en costa suave—; plantar en otoño en clima suave o en primavera en clima frío; y garantizar el drenaje levantando el terreno si la tierra es arcillosa, con el cuello siempre por encima del nivel del suelo y acolchado mineral, nunca orgánico.

La renuncia es al cuidado excesivo: sin abono, con riego profundo y espaciado el primer año y prácticamente ninguno después, a pleno sol y con una poda anual en verano que nunca baje a la madera vieja. Una lavanda maltratada según los estándares de la jardinería convencional es, casi siempre, una lavanda feliz.


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