Levantas una maceta apoyada directamente sobre el suelo del patio una noche de agosto y algo largo, aplanado y de color pardo se escurre a toda velocidad hacia la siguiente. Esa es la escena habitual con las escolopendras en España: aparecen donde hay una tabla, una teja o un saco que llevan meses sin moverse, y aparecen de noche.

Mantenerlas alejadas no se consigue con un producto. Se consigue quitándoles las tres cosas que las traen hasta la casa: refugio, humedad y comida. Todo lo demás es secundario, incluidos casi todos los repelentes que se recomiendan por ahí.

Qué tienes delante y qué no

Antes de organizar nada conviene identificar bien al animal, porque cuatro bichos muy distintos se meten en el mismo saco.

La escolopendra mediterránea (Scolopendra cingulata) es la especie que interesa. Alcanza de 10 a 14 centímetros, tiene el cuerpo pardo amarillento con bandas oscuras en el borde posterior de cada segmento y 21 pares de patas, uno por segmento. Está repartida por casi toda la Península, con más presencia en la mitad sur, el levante y las islas Baleares. En el sur y el sureste aparece además Scolopendra oraniensis, bastante más pequeña, de unos cinco centímetros.

El aparato con el que pican no son las mandíbulas, sino las forcípulas: el primer par de patas, transformado en dos uñas curvas conectadas a glándulas de veneno, justo detrás de la cabeza. Por eso pican con la parte delantera y no con la cola, pese a lo que suele creerse.

Los que no son escolopendras:

Los milpiés (Ommatoiulus, Julus y compañía). Cilíndricos, lentos, se enrollan en espiral cuando los tocas y tienen dos pares de patas por segmento. Son detritívoros. No pican, no muerden y no tienen veneno. Como mucho segregan una sustancia de olor desagradable que mancha.

La escutigera (Scutigera coleoptrata), ese ciempiés doméstico de patas larguísimas que corre por el baño y desaparece en un parpadeo. Es prácticamente inofensiva para las personas y se alimenta de cucarachas, arañas, pececillos de plata y polillas. Matarla es contraproducente: si vive en tu casa, está trabajando gratis.

Los litóbidos (Lithobius spp.), ciempiés pequeños y aplanados de dos o tres centímetros, marrón rojizo, que salen al levantar una piedra o una maceta. Son depredadores útiles del suelo y su mordedura no atraviesa la piel humana.

Escolopendra mediterránea sobre el suelo

Cuánto hay que preocuparse en realidad

Conviene decirlo con claridad porque circula mucha exageración. La picadura de Scolopendra cingulata duele mucho: dolor intenso e inmediato, enrojecimiento, hinchazón local y a veces una sensación punzante que va y viene. Suele remitir en unas horas y rara vez pasa de las 48 horas. No se conocen fallecimientos por picadura de escolopendra en España, y los casos graves documentados en el mundo, con otras especies mayores, son excepcionales.

Eso no la convierte en inofensiva. Una reacción alérgica al veneno es posible, como con cualquier veneno de artrópodo, y la picadura es un mal trago para un niño pequeño, para alguien con alergias conocidas o si ocurre en la cara. Lo razonable es tenerles respeto y no dejar que entren en la vivienda, no declararles una guerra química al jardín entero.

Otra cosa que ayuda a bajar el nivel de alarma: las escolopendras no forman colonias dentro de casa. Son solitarias y errantes. La hembra pone y cuida los huevos en una cámara bajo tierra o bajo una piedra, no en el falso techo. Ver una escolopendra en el pasillo significa que ha entrado una escolopendra, no que tengas una infestación.

Quítales el refugio

Este es el punto que más resultados da y el que más se descuida. Una escolopendra pasa el día escondida en un sitio oscuro, fresco y húmedo, pegado al suelo. Si el perímetro de tu casa está lleno de esos sitios, tendrás escolopendras a un metro de la puerta todo el verano.

Retira o reorganiza:

Pilas de leña. Nunca apoyadas contra la fachada ni directamente sobre el suelo. Levántalas sobre palés o soportes metálicos, sepáralas de la pared y no metas en casa más leña de la que vayas a quemar ese día.

Montones de tejas, ladrillos, bloques, losetas y piedras. Son refugios de manual. Si no vas a usarlos, fuera; si vas a usarlos, apílalos elevados y lejos de la casa.

Macetas vacías, platos, bandejas y sacos de sustrato apilados en el suelo del patio. Guárdalos en alto, en una estantería y en seco.

Restos de poda, hojarasca acumulada y hierba segada. Retíralos con regularidad, sobre todo lo que se amontona contra los muros y en las esquinas.

Plásticos, lonas y mallas de sombreo tirados en el suelo. Debajo de un plástico el suelo se mantiene húmedo y fresco todo el verano, que es exactamente lo que buscan.

Y una medida de diseño que funciona muy bien en las casas del sur: mantener una franja de 30 a 50 centímetros de suelo desnudo o de grava gruesa pegada a la fachada, sin acolchado, sin plantas tapizantes y sin riego. Es una banda seca que ni les da cobijo ni les invita a acercarse. Si usas acolchado orgánico (paja, corteza, restos de poda triturados), déjalo siempre a partir de esa franja y con menos de cinco centímetros de espesor cerca de la casa.

El compost, sin renunciar a él

El compostero es el mejor hábitat que puedes ofrecerles: materia orgánica, humedad constante, temperatura suave y una despensa llena de cochinillas, larvas y lombrices. La conclusión que a veces se saca de esto es que hay que dejar de compostar, y no es así. El compost es demasiado valioso para el huerto como para renunciar a él por una escolopendra.

Lo que sí hay que hacer es colocarlo lejos, a cinco o diez metros de la vivienda como mínimo y nunca pegado a una pared con ventanas bajas o rejillas de ventilación. Usa un compostero cerrado, con tapa y base, mejor que una pila abierta. Voltéalo cada dos o tres semanas: además de acelerar el proceso, el volteo y las temperaturas altas de la fase termófila hacen el montón mucho menos acogedor. Y controla la humedad: el compost debe estar húmedo como una esponja escurrida, no empapado.

Compostero con materia orgánica en descomposición

Seca los puntos húmedos

Las escolopendras pierden agua por la cutícula con mucha facilidad, y esa es su gran debilidad: sin humedad no sobreviven. Buena parte de las entradas en vivienda de julio y agosto son animales que huyen de un jardín reseco buscando agua, y otra parte llega con las primeras lluvias de septiembre, cuando se les inundan los refugios.

Repasa y arregla:

Goteos de grifos exteriores, arquetas y tuberías. Desagües del aire acondicionado que descargan sobre el suelo junto a la pared. Canalones rotos o atascados que empapan siempre el mismo rincón. Riego por goteo o aspersores mal orientados que mojan la fachada. Piscinas, fuentes y estanques con encharcamientos permanentes alrededor.

En el riego, dos cambios sencillos: riega por la mañana temprano, no al anochecer, para que la superficie llegue seca a la noche, que es cuando ellas se mueven; y riega más abundante y menos a menudo en lugar de un poco cada día, que es lo que mantiene la capa superficial húmeda de forma permanente.

Dentro de casa, ventila sótanos, garajes, trasteros y cuartos de lavadora, que son las estancias donde más aparecen. Si tienes un sótano con humedad crónica, un deshumidificador que mantenga la humedad relativa por debajo del 60 % hace más contra las escolopendras que cualquier insecticida.

Cierra las entradas

Son animales muy aplanados y pasan por rendijas sorprendentemente estrechas. Un repaso al perímetro de la vivienda vale por diez tratamientos.

Burletes en las puertas exteriores, incluidas la del garaje y la del trastero. Si al cerrar ves luz por debajo, cabe una escolopendra.

Silicona o espuma en los pasos de tuberías y cables: entrada de agua, salida del aire acondicionado, cajas de registro eléctricas, huecos de la caldera.

Malla metálica fina en rejillas de ventilación y en las bocas de ventilación de la cámara de aire.

Sifones con agua. Los desagües poco usados (el del lavadero, el de la ducha de la casa de campo, el sumidero del patio) pierden el agua del sifón por evaporación y se convierten en un túnel directo. Échales un vaso de agua cada semana o dos, y tapa los sumideros con rejilla.

Grietas en el zócalo y juntas de la solera: sellar con masilla.

Y un vector que se pasa por alto siempre: las macetas que se meten en casa en otoño. Antes de entrarlas, sácalas del plato, revisa el fondo y los orificios de drenaje y déjalas veinticuatro horas en un porche. Lo mismo con cajas de cartón, muebles de jardín y ropa tendida que ha pasado la noche fuera.

Córtales el suministro

Una escolopendra no entra en tu casa por gusto arquitectónico: entra donde hay presa. Comen cochinillas de la humedad, tijeretas, grillos, arañas, larvas, lepismas y cucarachas. Si tienes escolopendras dentro con cierta frecuencia, casi seguro tienes también una población estable de alguno de esos bichos.

Reducir la despensa reduce al depredador, y suele ser más eficaz que perseguir a la escolopendra. Cochinillas de la humedad en cantidad, por ejemplo, son un indicador directo de humedad excesiva y de materia orgánica en descomposición pegada a la casa. Trabajar sobre esas dos causas resuelve las dos plagas a la vez.

Cayena, aceites esenciales y tierra de diatomeas

Aquí toca ser honesto, porque es donde más se promete y menos se cumple.

La pimienta de cayena espolvoreada en umbrales y puntos de entrada es un repelente de contacto de eficacia limitada y muy corta duración. La capsaicina irrita, sí, pero el polvo se dispersa con el viento, se apelmaza con la humedad y desaparece con el primer riego o la primera lluvia. Puede tener algún efecto en un umbral interior seco y resguardado, aplicado en línea continua y renovado a menudo. Como barrera perimetral de un jardín, no funciona. Si convives con perros o gatos, además, es molesto para ellos.

Los aceites esenciales (menta, árbol del té, citronela, clavo) repelen durante unas horas, hasta que se volatilizan. Sirven para disuadir en un punto concreto durante una noche, no para proteger una casa.

La tierra de diatomeas tiene un mecanismo real: abrasiona la cutícula y provoca deshidratación. El problema es que solo actúa en seco, y las escolopendras se mueven precisamente por zonas húmedas. Además tienen una cutícula gruesa y son rápidas, así que el tiempo de contacto es corto. Donde sí rinde es contra sus presas de cuerpo blando en rincones secos del interior, lo cual acaba afectándolas de rebote. Si la usas, aplica una capa muy fina en grietas y detrás de muebles, usa mascarilla al espolvorear y no la eches sobre flores abiertas.

El resumen: ninguno de los tres sustituye al sellado, al secado y a la retirada de refugios. Son complementos menores, y conviene usarlos sabiendo eso.

Trampas y capturas puntuales

Las trampas de pegamento planas colocadas contra el rodapié, en las esquinas y junto a las puertas exteriores capturan alguna y, sobre todo, te dicen por dónde entran y cuántas hay. Como herramienta de diagnóstico son muy útiles; como método de control por sí solas, insuficientes.

Una trampa de refugio casera funciona bien para saber si tienes población en el jardín: una tabla o un trozo de cartón ondulado humedecido sobre el suelo, y a la mañana siguiente lo levantas y ves qué hay debajo. Sirve tanto para monitorizar como para retirar en bloque lo que se refugie ahí.

Si te encuentras una dentro de casa, no la cojas con la mano ni siquiera con guantes finos. Un vaso ancho y una cartulina rígida por debajo, y la sueltas lejos, en el campo o en el fondo de la parcela. Muerden por reflejo defensivo en cuanto se sienten atrapadas. Y no confíes en una que parezca muerta: si no lo está del todo, sigue reaccionando.

Cuándo llamar a un profesional

Tiene sentido recurrir a una empresa de control de plagas cuando las apariciones son frecuentes y repetidas pese a haber hecho el trabajo de sellado y de secado, cuando hay sótanos o semisótanos con humedad estructural, cuando la vivienda está en zona rural rodeada de piedra y matorral, o cuando existe una plaga de fondo (cucarachas, tijeretas) que hay que resolver primero.

Lo que hace un profesional es, básicamente, un tratamiento perimetral con piretroides de acción residual (bifentrina, deltametrina, lambda-cihalotrina y similares) en la franja de contacto entre suelo y fachada, en arquetas y en puntos de entrada, más un diagnóstico de los focos. Conviene saber dos cosas antes de contratarlo: que estos productos no son selectivos y matan por igual a las escolopendras, a los depredadores útiles del jardín y a lo que se acerque, incluidos polinizadores si se aplica sobre vegetación en flor; y que su aplicación profesional está regulada, así que la empresa debe estar inscrita en el registro oficial correspondiente y entregarte el certificado del tratamiento.

Por eso es el último paso y no el primero. Si el jardín sigue lleno de tablas, tejas y humedad, el tratamiento durará lo que dure el residuo y las escolopendras volverán.

Si te pica una

Lava la zona con agua y jabón. Aplica frío local, envuelto en un paño, en tandas de diez o quince minutos. Un analgésico habitual ayuda con el dolor y un antihistamínico con la inflamación. No hagas incisiones, no succiones y no apliques torniquete. Retira anillos o pulseras si la picadura es en la mano, porque la zona se hincha.

Acude a urgencias si aparecen síntomas generales (dificultad para respirar, urticaria extendida, hinchazón de labios o garganta, mareo o vómitos), si la picadura es en la cara o el cuello, si afecta a un niño pequeño, si hay alergia conocida a venenos de artrópodos, o si a los días la zona se inflama, se calienta y supura, lo que apunta a una infección secundaria.

En resumen

Contra las escolopendras se gana modificando el entorno, no rociando. Retira del perímetro de la casa todo lo que sea refugio (leña, tejas, macetas apiladas, plásticos, restos de poda) y deja una franja seca de 30 a 50 centímetros pegada a la fachada. Arregla los goteos, riega por la mañana y ventila sótanos y trasteros. Sella burletes, pasos de tubería y rejillas, y mantén los sifones con agua. Aleja el compostero de la vivienda y voltéalo con regularidad. La cayena, los aceites esenciales y la tierra de diatomeas son ayudas menores, no barreras. Aprende a distinguirlas de los milpiés, de los litóbidos y de la escutigera, que no hacen daño y sí trabajo. Y si una te pica, agua, jabón, frío y analgésico bastan salvo síntomas generales, momento en el que hay que ir a urgencias.


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