Si al levantar la corteza del patrón con la punta de la navaja esta no se despega limpiamente del leño, ese no es el día para injertar. Ese detalle —que la savia esté en movimiento y la corteza "corra"— decide más injertos de yema que la destreza con el corte. Y es la primera cosa que hay que comprobar antes de sacar la vareta.

El injerto de yema, o injerto de escudete, consiste en trasladar una sola yema de la variedad que se quiere multiplicar hasta un patrón enraizado, de modo que suelde y acabe formando toda la copa. Frente a los injertos de púa gasta muy poco material —de una vareta de veinte centímetros salen seis u ocho injertos—, deja una cicatriz mínima y se hace en pocos minutos. Es el sistema estándar en vivero para frutales de hueso, cítricos y rosales.

Injerto de yema en escudete sobre el patrón

Qué se está soldando en realidad

Entre la corteza y la madera hay una capa de células vivas de un espesor casi invisible: el cámbium. Es la única parte del tronco capaz de dividirse y generar tejido nuevo. Un injerto prende cuando el cámbium de la yema queda en contacto con el cámbium del patrón y ambos producen un callo que los cose.

De ahí salen todas las reglas prácticas. El corte tiene que ser limpio, porque una superficie desgarrada no contacta. Hay que trabajar deprisa, porque el cámbium expuesto se deseca en segundos. No se toca la cara interna del escudete con los dedos. Y la atadura debe apretar lo justo para mantener el contacto sin estrangular.

La otra regla es de compatibilidad: injertar solo dentro del mismo género o entre géneros afines. Melocotonero, almendro, ciruelo y albaricoquero son todos Prunus y se combinan entre sí con distinta fortuna; peral sobre membrillero funciona; naranjo sobre Poncirus trifoliata o sobre citrange, también. Naranjo sobre manzano no, por mucho empeño que se ponga.

La mejor época para hacerlo

Hay dos ventanas al año y la diferencia entre ellas no es solo de calendario, sino de comportamiento de la yema.

Injerto a ojo dormido: de finales de julio a mediados de septiembre. Es el momento clásico y el más fiable. La corteza sigue despegando bien, la yema de la vareta ya está madura y bien formada, y hace suficiente calor para que el callo suelde en dos o tres semanas. Una vez soldada, la yema no brota: entra en reposo con el árbol y espera a la primavera siguiente. En el interior peninsular conviene hacerlo hacia finales de agosto, cuando afloja el calor extremo; en el litoral mediterráneo y en el sur puede alargarse hasta la primera quincena de septiembre.

Injerto a ojo velando: de finales de marzo a mayo. Se usa la yema del año anterior, tomada de vareta conservada en frío, y se injerta cuando el patrón ya ha arrancado. La yema brota en pocas semanas y se gana un año, pero el prendimiento es más irregular y el brote llega a la parada estival poco lignificado. Es la ventana de repesca para los injertos fallidos del verano anterior.

En cítricos el margen es más ancho porque no hay parada invernal marcada: sirven la primavera, de abril a junio, y el final del verano, de agosto a septiembre. Lo que hay que evitar en ellos son los meses fríos.

Un apunte que ahorra disgustos con los frutales de hueso: no injertes con lluvia ni en días muy húmedos. Las heridas abiertas en cerezo, albaricoquero o ciruelo son puerta de entrada para Pseudomonas syringae, que provoca chancro y gomosis. Elige días secos y estables.

Material y preparación

Hace falta poco, pero tiene que estar en condiciones:

Navaja de injertar, con el filo biselado por una sola cara y muchas veces con una espátula de hueso o plástico en el extremo del mango para levantar la corteza. Afilada de verdad: si el corte necesita dos pasadas, ya se ha aplastado el tejido. Se desinfecta con alcohol de 70° al pasar de un árbol a otro, porque virosis como la sharka (Plum pox virus) se transmiten por injerto y por herramienta.

Cinta de injertar elástica o rafia. La cinta de polietileno fina es cómoda porque cede al engordar el tronco; el parafilm sirve y se degrada solo, aunque sujeta menos.

Patrón bien hidratado. Riega en abundancia los tres o cuatro días anteriores. Un patrón sediento tiene la corteza pegada y el injerto sale mal antes de empezar.

El patrón ideal tiene el grosor de un lápiz o algo más, entre 8 y 15 milímetros, con corteza lisa y sin nudos en la zona de trabajo. Se injerta bajo, a 10-20 cm del suelo en frutales, y en rosales directamente sobre el cuello de la raíz, descalzándolo un poco. Limpia antes esa franja de tierra y de ramillas laterales.

La vareta se corta el mismo día, de brotes del año en curso, bien lignificados y de la zona media de la rama. Se le quitan las hojas al instante, dejando un centímetro de pecíolo que sirve de asa y de indicador. Se envuelve en un paño húmedo dentro de una bolsa y a la sombra. Detalle importante en frutales de hueso: en las yemas agrupadas, las gordas y redondeadas son de flor y no sirven; hay que elegir las puntiagudas, que son de madera.

Cómo se hace, paso a paso

El método de referencia es el escudete en T.

1. La T en el patrón. Un corte vertical de unos 3 cm y otro horizontal en su extremo superior, de un tercio de la circunferencia. Se corta solo la corteza, hasta notar que la hoja llega a la madera, sin entrar en ella. Con la espátula, o con el reverso de la hoja, se levantan las dos solapas.

2. El escudete. En la vareta, se empieza a cortar 1,5 cm por debajo de la yema y se avanza con la navaja casi plana, pasando por debajo de la yema con una lámina finísima de madera, hasta salir 1 cm por encima; se remata con un corte transversal. Queda un escudo de unos 2,5-3 cm con la yema centrada. Si la astilla de madera se desprende sola y limpia, se retira; si al retirarla se ve un hueco en la base de la yema, significa que se ha arrancado el punto vegetativo y ese escudete ya no vale.

3. Colocarlo. Sujetándolo por el pecíolo, se desliza el escudete hacia abajo bajo las solapas hasta que asiente por completo. Lo que sobresalga por arriba se recorta a ras del corte horizontal. La yema debe quedar mirando hacia fuera y bien centrada.

4. Atar. Vueltas solapadas de cinta, de abajo hacia arriba, cubriendo toda la herida menos la yema y el pecíolo, que quedan al aire. Tenso y uniforme, sin llegar a marcar la corteza.

Existe una variante muy útil, el injerto de astilla o de chip, en la que no se levanta corteza sino que se extrae del patrón una cuña del mismo tamaño y forma que el escudete y se encaja ahí. Requiere más pulso, pero funciona cuando la corteza no despega —a principios de primavera, o con patrones algo secos— y es lo habitual en vid y en algunos cerezos.

Qué hacer después

A los 15-21 días se comprueba el prendimiento. Toca el pecíolo: si cae al menor roce y el escudete se ve verde y turgente, ha soldado. Si el pecíolo está seco y adherido y el escudo se ha vuelto marrón, el injerto ha fallado. En ese caso todavía queda tiempo para repetir en el lado opuesto del tronco y unos centímetros más arriba.

A las tres o cuatro semanas hay que aflojar o retirar la atadura. Olvidarla es un error caro: el tronco engorda y la cinta lo estrangula, y ese anillo no se corrige después.

En febrero, con el injerto a ojo dormido ya asentado y antes de que arranque la brotación, se desmocha el patrón cortando entre 5 y 10 cm por encima de la yema, con corte inclinado hacia el lado contrario. Ese tocón sirve de tutor para atar el brote tierno, que sale frágil y se desgarra con el viento. Al final del verano se elimina a ras.

Y durante toda la temporada, quitar chupones. El patrón intentará brotar por su cuenta una y otra vez; cada brote suyo resta savia a la yema injertada. Hay que repasarlo cada dos o tres semanas y arrancarlos en verde. Es la causa más frecuente de que un injerto que había prendido correctamente acabe secándose.

En el injerto a ojo velando la secuencia cambia: en cuanto se confirma el prendimiento, a las dos o tres semanas, se corta el patrón por encima para forzar a la yema a brotar ese mismo año.

Rosales multiplicados mediante injerto de yema

Los fallos más habituales

Cortar demasiado profundo la T. Si la navaja entra en la madera, las solapas no se levantan y el escudete no asienta. La presión correcta es la justa para atravesar la corteza.

Tardar. Entre que se corta el escudete y se coloca no deberían pasar más de unos segundos. Preparar primero la T y después el escudete, nunca al revés.

Tocar las superficies de corte. La grasa de los dedos y la suciedad interfieren en la formación del callo.

Cubrir la yema con la cinta. Se ahoga y, si es una cinta opaca, tampoco podrá brotar.

Usar vareta demasiado tierna o ya vieja. La punta herbácea del brote se deseca; la madera de dos años tiene las yemas mal definidas. Se busca la zona media, firme y con yemas hinchadas.

Injertar en la parte alta de un patrón fino. Cuanto más bajo, mejor anclaje y menos riesgo de rotura del brote.

Dar por perdido demasiado pronto. Un escudete verde a las tres semanas está prendido aunque no brote: en el injerto a ojo dormido no se espera brotación hasta la primavera siguiente. Quien lo arranca en octubre "porque no hace nada" está tirando un injerto bueno.

En resumen

El injerto de yema traslada una única yema de la variedad deseada a un patrón enraizado, aprovechando que la corteza se despega para introducir un escudete que suelda por el cámbium. La ventana principal va de finales de julio a mediados de septiembre, a ojo dormido; la de primavera, de marzo a mayo, funciona pero es menos regular.

Se necesita una navaja bien afilada, cinta elástica, un patrón regado los días previos y una vareta del año cortada esa misma mañana. La T se hace solo en la corteza, el escudete se coloca deprisa y se ata dejando la yema al aire. A las tres semanas se comprueba con el pecíolo, se afloja la atadura y, si el injerto es de verano, se espera al final del invierno para desmochar el patrón. A partir de ahí, todo consiste en quitar chupones con constancia hasta que el brote de la variedad domine la planta.


Contenidos relacionados