Una hoja puede absorber un nutriente en cuestión de horas; una raíz, en un suelo frío o compactado, puede tardar semanas en movilizar ese mismo elemento. Ahí está todo el atractivo del abonado foliar y también su límite, porque lo que entra por la hoja entra en cantidades pequeñas. Preparar un abono foliar casero es sencillo y barato, pero conviene entender qué se le puede pedir antes de llenar el pulverizador.

Hojas verdes sanas tras un abonado foliar

Qué hace realmente un abono foliar (y qué no)

La superficie de la hoja no es una barrera cerrada. La cubre una capa de ceras llamada cutícula, atravesada por microporos, y en ella se abren los estomas, concentrados sobre todo en el envés. Una solución acuosa depositada sobre la hoja se va secando y, mientras siga húmeda, parte de los iones disueltos difunde hacia el interior. Cuanto más pequeña es la molécula y más tiempo permanece líquida la gota, más entra.

Eso explica dónde brilla esta técnica: en la corrección rápida de carencias de micronutrientes —hierro, manganeso, cinc, boro— y de magnesio. Son elementos que la planta necesita en cantidades minúsculas, de modo que unos gramos repartidos sobre las hojas sí suponen una diferencia visible en pocos días.

Y explica también dónde no llega. Un tomate o un rosal en plena vegetación consume nitrógeno, fósforo y potasio en gramos, no en miligramos. Por la hoja no cabe esa cantidad: pulverizar más concentrado no aumenta la absorción, solo quema. El abono foliar es un complemento del abonado del suelo, nunca su sustituto. Quien pretenda alimentar un huerto solo por vía foliar terminará con plantas famélicas y con un sustrato agotado.

Conviene además decir que el efecto es corto. Una aplicación foliar se agota en días; el compost o el estiércol trabajan durante meses. La comparación no tiene sentido: son herramientas distintas.

Purín y extracto de ortiga: el preparado de crecimiento

La ortiga (Urtica dioica) es la base clásica de los preparados caseros y con razón: acumula nitrógeno, hierro, magnesio y silicio. Hay dos formas de trabajarla y no son intercambiables.

Extracto o maceración corta. Un kilo de ortiga fresca troceada en diez litros de agua, preferiblemente de lluvia, en un recipiente de plástico o barro (nunca metálico) y a la sombra. Se deja de 24 a 72 horas, sin dejar que arranque la fermentación, y se cuela con un paño fino. Se diluye al 10 % —un litro de extracto en nueve de agua— y se usa el mismo día. Este es el preparado más adecuado para pulverizar: huele poco, no lleva restos en suspensión y mantiene intactos los compuestos que actúan como repelente frente a pulgón y araña roja.

Purín fermentado. La misma proporción, un kilo por cada diez litros, pero dejando que fermente de diez a quince días a unos 18-22 °C, removiendo a diario. Está listo cuando deja de burbujear al remover y el líquido se oscurece. Huele mal, no hay forma de evitarlo. Para aplicación foliar se diluye mucho más, al 5 % (medio litro en diez de agua); si se va a regar con él, al 10 %. Un purín sin diluir aplicado sobre hojas las quema sin remedio.

Se recoge la ortiga antes de que florezca, con guantes, y se descarta cualquier planta con manchas foliares. El purín filtrado aguanta un par de meses en garrafa cerrada al fresco; el extracto corto, no.

Ortiga fresca para preparar purín

Preparados para la floración y el cuaje

Cuando la planta pasa de crecer a florecer y engordar fruto, el elemento que manda es el potasio. El mejor candidato casero es la consuelda (Symphytum officinale), una planta que concentra potasio en proporciones altas respecto al nitrógeno.

Se corta la hoja de consuelda, se pica y se llena un recipiente con un kilo por cada diez litros de agua. Fermenta más despacio que la ortiga: de tres a cuatro semanas. Se filtra y se diluye al 5 % para pulverizar. Sobre tomate, pimiento, fresa y rosales aplicado desde que aparecen los primeros botones florales, cada diez o quince días, es un apoyo real.

Si no se dispone de consuelda, el sulfato de magnesio (sal de Epsom) resuelve otro problema frecuente en esta fase: la clorosis internervial de las hojas bajas, típica de tomateras y cítricos en suelos calizos o muy regados. Se disuelven 1 a 2 gramos por litro —no más— y se pulveriza en dos o tres pasadas separadas quince días. La mejora se ve en una semana.

Sobre dos preparados muy repetidos hay que ser honesto. El agua de cáscara de plátano aporta potasio, sí, pero en concentraciones bajísimas si solo se deja en remojo: como abono foliar es prácticamente agua. Y las cenizas de madera contienen potasio y calcio en cantidad, pero su lixiviado tiene un pH de 10 u 11; pulverizado sobre hojas es una mala idea y sobre suelo hay que dosificarlo con cuidado, nunca en terrenos ya calizos ni cerca de acidófilas como camelias, azaleas u hortensias azules.

Cola de caballo: el preparado preventivo

La cola de caballo (Equisetum arvense) no es exactamente un abono, sino un aporte de silicio que endurece las paredes celulares de la epidermis y dificulta la penetración de hongos como el oídio. Se prepara en decocción: 100 gramos de planta seca (o un kilo de fresca) por cada diez litros de agua, remojo de 24 horas y después hervir 20-30 minutos a fuego suave. Se deja enfriar tapado, se cuela y se diluye una parte en cinco de agua.

Es un preventivo, no un curativo. Aplicado cada diez días en primavera sobre rosales, viñas o calabacines reduce la presión de oídio; aplicado cuando la hoja ya está blanca, no hace nada.

Cuándo aplicarlo

El momento importa tanto como la fórmula, porque la absorción depende de que la gota siga líquida sobre la hoja.

Hora del día. Primera hora de la mañana o, mejor todavía, el atardecer. Con el sol alto y 30 °C la gota se evapora en minutos y solo queda una costra de sales sobre la hoja que puede provocar quemaduras, sobre todo si actúa como lente. En pleno julio peninsular, pulverizar a mediodía es sencillamente tirar el preparado.

Temperatura y humedad. El rango cómodo está entre 12 y 25 °C, con humedad relativa media o alta y sin viento. Por debajo de 10 °C la planta apenas absorbe.

Época del año. Desde que arranca la brotación, hacia marzo, hasta septiembre. En invierno, con la planta parada o defoliada, no tiene sentido. Los frutales de hoja caduca no admiten foliares útiles hasta que tienen hoja formada.

Frecuencia. Cada diez o quince días durante el periodo activo. Más a menudo no mejora nada y acumula residuos sobre la lámina foliar.

Dos situaciones en las que hay que abstenerse: con la planta en estrés hídrico —una planta mustia tiene los estomas cerrados y las hojas se queman con facilidad— y si se espera lluvia en las horas siguientes, porque el preparado se lava. Riega la víspera y pulveriza al día siguiente.

Cómo se aplica

Filtra siempre. Un purín sin colar bien atasca la boquilla en la segunda pasada. Paño de algodón o media vieja, y después una malla fina al llenar el depósito.

Moja el envés. Es la instrucción que más se ignora y la que más rendimiento da. En el envés la cutícula es más delgada y están la práctica totalidad de los estomas. Pulverizar solo por arriba desperdicia buena parte del trabajo.

Gota fina y hasta el punto de goteo, no más. Se busca una película uniforme que cubra la hoja. Lo que chorrea al suelo no se aprovecha.

Baja el pH del caldo. Buena parte del agua de red peninsular es dura, con pH de 7,5 a 8,5, y a ese pH la absorción foliar cae. Una cucharada de vinagre por cada cinco litros deja el caldo cerca de 6, que es lo deseable. Con agua de lluvia esto no hace falta.

Añade un mojante. Unas gotas de jabón potásico —2 o 3 ml por litro— rompen la tensión superficial y evitan que el líquido resbale, algo especialmente útil en hojas cerosas como las de col, puerro o cítricos.

Prueba primero. Con una fórmula nueva, pulveriza dos o tres hojas y espera 48 horas. Si aparecen manchas o bordes secos, rebaja la concentración a la mitad.

Reserva algunas plantas. Las de hoja aterciopelada, como violetas africanas (Saintpaulia) o Begonia rex, se manchan; las suculentas con pruina pierden esa capa cerosa y ya no la recuperan. En estos casos, mejor abonar por el suelo.

Pulverizando abono foliar sobre las hojas

Errores que se repiten

Subir la dosis "por si acaso". Es el fallo número uno. Duplicar la concentración no duplica la absorción, porque el paso por la cutícula tiene un techo; lo que sí se duplica es la sal depositada, y con ella la quemadura marginal de la hoja.

Usar el purín sin diluir. Un purín de ortiga puro es un producto muy cargado y ácido. Directo sobre la hoja, la arrasa.

Mezclar preparados distintos en el mismo depósito. Cenizas con purín, jabón con azufre, vinagre con bicarbonato: unas combinaciones precipitan y otras se anulan. Un preparado por aplicación.

Esperar milagros del poso de café, la leche o la cerveza. Ninguno aporta nutrientes en forma asimilable por la hoja en cantidades relevantes. El poso de café, además, aplicado en exceso sobre el suelo apelmaza y puede resultar fitotóxico en fresco.

Confundir carencia con otro problema. Un amarilleo puede venir de falta de hierro, pero también de exceso de riego, asfixia radicular, nematodos o un pH del suelo que bloquea el elemento aunque esté presente. Si se pulveriza hierro sobre una planta encharcada, no pasará nada. Diagnostica antes.

No reservar el equipo. Si el mismo pulverizador se ha usado con herbicida, no vale para abonar: los restos de glifosato o de hormonales dañan a dosis ínfimas. Un aparato para cada cosa, etiquetado.

En resumen

Un abono foliar casero es un refuerzo puntual y rápido, útil sobre todo para corregir carencias de micronutrientes y magnesio y para acompañar momentos concretos del ciclo, como la brotación o la floración. El extracto de ortiga al 10 % cubre la fase de crecimiento; el purín de consuelda al 5 % y el sulfato de magnesio a 1-2 g/l, la de floración y cuaje; la decocción de cola de caballo diluida al 20 % trabaja en prevención de hongos.

Todo lo demás está en la aplicación: colar bien, diluir de verdad, mojar el envés, pulverizar al atardecer, bajar el pH del agua y repetir cada diez o quince días durante la temporada activa. Y sin perder de vista lo esencial: la planta se alimenta desde el suelo. Un buen compost, materia orgánica y un riego correcto siguen siendo el noventa por ciento del trabajo; el foliar es el diez por ciento que ajusta lo que falta.


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