Cuando un jardín va mal, la primera reacción suele ser comprar abono. A veces funciona, pero la mayoría de las veces el problema no es la falta de nutrientes sino la calidad del suelo que debería retenerlos y ponerlos a disposición de las raíces. Fertilidad y abonado no son lo mismo: un suelo fértil es el que sostiene el crecimiento por sí solo, y eso depende de tres cosas a la vez.
Qué hace fértil a un suelo
La fertilidad física es la estructura: la capacidad del suelo de tener poros grandes por donde drene el exceso de agua y entre el aire, y poros pequeños que retengan la humedad. Un suelo compactado puede ser riquísimo en nutrientes y no servir de nada, porque las raíces se asfixian.
La fertilidad química es la disponibilidad de nutrientes y el pH que la condiciona. Aquí importa un concepto poco conocido pero decisivo: la capacidad de intercambio catiónico, que es la capacidad del suelo de retener calcio, magnesio, potasio o amonio sin que se laven con el riego. La aportan las arcillas y, sobre todo, el humus. Un suelo arenoso sin materia orgánica pierde por lavado casi todo lo que le eches.
La fertilidad biológica es la vida del suelo: bacterias, hongos, lombrices, ácaros y colémbolos que descomponen la materia orgánica y liberan los nutrientes en forma asimilable. Sin ellos, la materia orgánica sería inerte.
Las tres dependen en gran medida de un mismo factor, y por eso casi todo lo que sigue gira en torno a él: la materia orgánica.
Empieza midiendo, no adivinando
Antes de enmendar conviene saber qué tienes. Dos comprobaciones caseras dan mucha información. La prueba del bote: llena un tarro hasta un tercio de tierra, completa con agua, agita fuerte y deja reposar 24 horas; se separarán capas de arena abajo, limo en medio y arcilla arriba, y verás la proporción de tu suelo. La prueba del vinagre y el bicarbonato: si una muestra de tierra humedecida burbujea con vinagre, tienes suelo calizo y alcalino; si burbujea con bicarbonato disuelto, es ácido.
Para algo más preciso, un medidor de pH económico o un análisis de laboratorio (que en muchas comunidades ofrecen las oficinas comarcales agrarias a precio bajo) te dirá pH, materia orgánica y nutrientes. La mayoría de los suelos peninsulares del centro, este y sur son calizos, con pH entre 7,5 y 8,5 y pobres en materia orgánica, a menudo por debajo del 1,5 %.
Materia orgánica: compost, estiércol y acolchado
Subir la materia orgánica del 1 al 3 % transforma un suelo. Mejora la estructura, multiplica la retención de agua, alimenta a los microorganismos y aumenta la capacidad de intercambio. Es la inversión con mejor retorno del jardín.
El compost casero es la vía más barata. Se hace alternando materiales verdes ricos en nitrógeno (restos de hortalizas, césped segado, posos de café) y materiales marrones ricos en carbono (hojas secas, cartón sin tinta, poda triturada, paja), en una proporción aproximada de una parte de verde por dos o tres de marrón. Necesita humedad de esponja escurrida y aireación: voltéalo cada dos o tres semanas. En clima peninsular tarda de tres a seis meses en verano y hasta un año en invierno. Está listo cuando huele a tierra de bosque y no se reconoce ningún ingrediente.
El estiércol aporta más nutrientes que el compost vegetal, pero debe estar bien maduro. El fresco quema las raíces, aporta semillas de malas hierbas y, al descomponerse, inmoviliza temporalmente el nitrógeno del suelo. Déjalo compostar al menos seis meses. Los de oveja y caballo son los más equilibrados; el de gallina es muy concentrado y hay que usarlo en dosis pequeñas.
Como dosis de partida, 3-5 kg por metro cuadrado al año de compost o estiércol maduro, incorporados superficialmente en otoño, es una pauta razonable para un huerto. Para macizos y arbustos, basta con extenderlo por encima como acolchado.
Y ese acolchado es la técnica más subestimada. Cubrir el suelo con 5-8 cm de paja, hojas, corteza o restos de poda triturados protege de la insolación, evita la costra superficial, reduce la evaporación y va incorporando materia orgánica desde arriba, que es como ocurre en la naturaleza. El suelo desnudo bajo el sol de julio alcanza temperaturas que esterilizan los primeros centímetros.
Abonos verdes y rotaciones
Un abono verde es un cultivo que se siembra para enterrarlo o segarlo antes de que grane. Es la forma más eficaz de aportar materia orgánica sin comprarla. En otoño funcionan bien la veza (Vicia sativa), el altramuz (Lupinus albus), el trébol (Trifolium) y el guisante forrajero; todas son leguminosas y fijan nitrógeno atmosférico gracias a las bacterias del género Rhizobium que se alojan en sus nódulos radiculares.
Otras especies aportan cosas distintas: la mostaza (Sinapis alba) y el rábano forrajero perforan suelos compactados con sus raíces y tienen efecto biofumigante contra nematodos; la facelia (Phacelia tanacetifolia) genera mucha biomasa rápida y atrae polinizadores; el centeno produce raíces abundantes y estructura muy bien.
Se siembran en octubre, se siegan en febrero o marzo antes de la floración plena y se dejan sobre el suelo como acolchado o se incorporan superficialmente. Espera dos o tres semanas antes de plantar sobre ellos.
En el huerto, además, rota los cultivos por familias: no repitas solanáceas, crucíferas o cucurbitáceas en la misma parcela dos años seguidos. Cada familia extrae nutrientes en proporciones distintas y acumula sus propios patógenos.
Corrige el pH si hace falta
De poco sirve un suelo rico si el pH bloquea los nutrientes. En suelos ácidos (por debajo de 6), habituales en Galicia, la cornisa cantábrica y zonas de sierra, se corrige con caliza molida o dolomita aplicada en otoño. En suelos calizos, bajar el pH de forma duradera es difícil y caro; lo práctico es convivir con él aumentando la materia orgánica, que tampona el suelo, y usar quelatos de hierro EDDHA para las plantas sensibles a la clorosis.
La ceniza de madera aporta potasio y calcio, pero es fuertemente alcalinizante. Tiene sentido en suelos ácidos y en dosis pequeñas; en un suelo calizo, añadir ceniza es empeorar el problema.
Lo que perjudica la fertilidad
Aquí conviene desmontar un par de ideas extendidas. La primera es que cavar profundamente cada año mejora la tierra. Voltear el perfil entierra la capa biológicamente activa, saca a la superficie el subsuelo pobre, destruye las galerías de las lombrices y oxida rápidamente la materia orgánica acumulada. Es preferible descompactar sin voltear, con horca o laya, e incorporar las enmiendas solo a los primeros 10-15 cm.
La segunda es que más abono equivale a más fertilidad. Los abonos minerales solubles no son veneno, y en un momento de carencia son la herramienta correcta; pero usados de forma sistemática y en exceso salinizan el suelo, se lavan hacia los acuíferos y desincentivan la asociación de las raíces con los hongos micorrícicos, que son los que amplían enormemente la superficie de absorción. Un exceso continuado de fósforo, en particular, inhibe la micorrización.
Añade a la lista dos errores más: pisar y trabajar la tierra cuando está encharcada, que destruye la estructura durante años, y dejar el suelo desnudo entre cultivos.
En resumen
La fertilidad se construye con materia orgánica y tiempo, no con sacos de abono. Analiza tu suelo, aporta compost o estiércol maduro cada otoño, mantén el suelo siempre cubierto con acolchado o abono verde, corrige el pH si está fuera de rango, rota los cultivos y renuncia a cavar en profundidad. Los resultados no se ven en dos semanas, pero al tercer año la diferencia entre un suelo trabajado así y uno abonado a base de gránulos es evidente sin necesidad de medir nada.