¿Por qué se muere una planta que se ha regado, abonado y podado como decía la etiqueta? Casi nunca por lo que se le hizo después, sino porque estaba mal elegida desde el principio. Un jardín se elige antes de comprarse, y esa elección tiene poco que ver con pasear por el vivero y coger lo que está en flor ese sábado, que es exactamente lo que hacemos casi todos. Este artículo va de invertir el orden: primero leer el sitio, después decidir qué papel tiene que cumplir cada planta, y solo al final poner nombres.

Antes de mirar plantas, lee tu terreno

Hay cinco datos que condicionan todo lo demás. Conseguirlos cuesta una tarde y ahorra años de disgustos.

Las temperaturas extremas. No la media anual, sino la mínima absoluta habitual del invierno y la máxima del verano. Una planta muere por el extremo, no por la media. Si en tu zona bajas a -8 ºC tres noches al año, todo lo que no aguante -8 ºC sobra, por bonito que sea. Los datos históricos de la estación meteorológica más cercana son públicos y suficientes.

La orientación y las horas de sol reales. No es lo mismo "soleado" que "seis horas de sol directo entre las 11 y las 17 en julio". Sal a mirar el jardín a las 9, a las 13 y a las 18 en distintas épocas y dibuja dónde da el sol. Un muro al sur en Córdoba es un horno; el mismo muro en Lugo es la mejor zona del jardín. Y recuerda que la sombra de un caducifolio en invierno no existe.

El suelo. Textura (arenoso, franco o arcilloso), profundidad hasta que aparece roca o zahorra, y pH. Este último es determinante: en la mitad de España los suelos son calizos y básicos, con pH por encima de 7,5, y ahí las plantas acidófilas (camelias, azaleas, rododendros, hortensias azules, arces japoneses, brezos) van a vivir en clorosis permanente por mucho quelato que se les eche. Comprar acidófilas para suelo calizo es el clásico dinero tirado.

El agua. Cuánta lluvia cae, cuándo cae y de qué agua de riego dispones. En clima mediterráneo el problema no es la lluvia total, es que se concentra fuera del verano. Y si tu agua de riego es dura o algo salina, condiciona la lista tanto como el clima.

Viento y microclimas. El viento seco de verano y el viento frío de invierno castigan más de lo que parece; en la costa hay que añadir la salinidad ambiental, que descarta muchas especies. Dentro de un mismo jardín hay microclimas: el pie de un muro al sur gana varios grados en las noches frías, y el fondo de una hondonada acumula aire frío y hiela antes que el resto.

Jardín con distintos tipos de plantas combinadas

Los tipos de plantas y por qué importa la diferencia

Elegir bien exige entender qué compras, porque el ciclo de vida determina cuánto trabajo te va a dar y cuánto va a durar.

Anuales. Germinan, crecen, florecen, dan semilla y mueren dentro de la misma temporada. Su ventaja es una floración larguísima y masiva; su inconveniente, que hay que replantarlas cada año. Ejemplos habituales: caléndula (Calendula officinalis), cosmos (Cosmos bipinnatus), zinnia (Zinnia elegans), girasol (Helianthus annuus) o amapola (Papaver rhoeas). Muchas se resiembran solas y vuelven cada año sin intervención.

Bienales. Emplean dos temporadas: en la primera forman una roseta de hojas y acumulan reservas, en la segunda emiten el tallo floral, fructifican y mueren. Es el caso de la digital (Digitalis purpurea), la lunaria (Lunaria annua), el clavel del poeta (Dianthus barbatus), la malvarrosa (Alcea rosea) o el perejil. Mucha gente da por muerta una bienal cuando simplemente está en su primer año.

Vivaces o perennes herbáceas. Viven varios años a partir de una cepa, un rizoma o un tubérculo. Muchas desaparecen totalmente en invierno y rebrotan en primavera, lo que provoca que se arranquen por error. Salvias, Achillea, Nepeta, Gaura, Heuchera, Agapanthus, Hemerocallis o las gramíneas ornamentales entran aquí. Son la columna vertebral de un arriate de bajo mantenimiento.

Bulbosas. Vivaces con órgano de reserva subterráneo y un ciclo muy marcado. Las de floración primaveral se plantan en otoño (tulipán, narciso, jacinto, Muscari); las de floración estival, a final del invierno (dalia, gladiolo, Canna). Después de florecer necesitan conservar la hoja hasta que se seque sola: cortarla verde es el error clásico y por eso muchos tulipanes no repiten al año siguiente.

Arbustos y árboles. Leñosas que forman la estructura permanente del jardín. Son las decisiones más caras de deshacer, así que son las que más hay que pensar.

Trepadoras y tapizantes. Resuelven las dos dimensiones que la gente olvida: la vertical (muros, pérgolas, vallas) y el suelo desnudo, donde una tapizante bien elegida ahorra desbrozar tres veces al año.

Conviene deshacer aquí una confusión muy frecuente: "perenne" y "de hoja perenne" no significan lo mismo. Perenne describe el ciclo de vida (vive muchos años), mientras que "de hoja perenne" o perennifolia describe que mantiene el follaje todo el año. Un almendro es perenne como planta y caducifolio como follaje.

Elige por función, no por flor

Un jardín se compone por capas, y cada planta debe estar ahí porque cumple un papel. Este es el orden razonable:

Estructura. Uno o dos árboles y los arbustos grandes. Definen la sombra, los volúmenes y las vistas, y son lo primero que hay que situar. En clima mediterráneo funcionan bien el almez (Celtis australis), el árbol del amor (Cercis siliquastrum), el madroño (Arbutus unedo), el olivo, la encina o el algarrobo. Un caducifolio bien colocado al sur o al suroeste de la casa da sombra en verano y deja pasar el sol en invierno, lo que se nota directamente en la factura de la luz.

Pantalla y límite. Setos y masas que tapan una vista o cortan el viento. Aquí es donde más se abusa del ciprés y de la tuya en filas monótonas; un seto mixto con laurel, durillo (Viburnum tinus), Pittosporum, mirto (Myrtus communis) y coronilla resulta más resistente a plagas, más interesante y mucho mejor para la fauna.

Ejemplares aislados. Una planta con la que se quiere llamar la atención, colocada donde se la vea entera. Un solo ejemplar bien situado luce más que cinco repartidos.

Relleno. Vivaces y arbustos medianos que ocupan el arriate. La regla que mejor funciona es plantar en grupos impares de la misma especie (3, 5, 7) en lugar de un ejemplar de cada cosa; la repetición es lo que hace que un arriate se lea como un conjunto y no como una colección.

Cubresuelos. El nivel bajo, que reduce la evaporación, frena las adventicias y evita el suelo desnudo. Romero rastrero, Vinca, Lonicera nitida, tomillo, Cerastium o gazania según la exposición.

Geranios en floración

El tamaño adulto, el dato que nadie mira

Saltarse este dato no duele el primer año, sino cuando el árbol ya no cabe donde está. Se compra una planta de 60 cm en un contenedor de 3 litros y se planta a metro y medio de la fachada, sin comprobar que esa especie alcanza 8 metros de altura y 6 de diámetro de copa. Diez años después hay que talarla, o convive levantando el pavimento y metiéndose en el saneamiento.

Busca siempre la altura y la anchura a los quince o veinte años, y planta según ese dato, no según lo que ves en el vivero. Si el arriate se ve vacío los primeros años, rellénalo con anuales o vivaces de vida corta, que es exactamente para lo que sirven, y no con más arbustos que después habrá que arrancar.

Presta atención también a las raíces agresivas cerca de tuberías, muros, piscinas y pavimentos: chopos, sauces, moreras, ficus, ailantos y algunas ligustrinas son problemáticos. Y ten en cuenta las distancias legales a linderos: el Código Civil establece 2 metros para árboles de porte alto y 50 centímetros para arbustos y árboles bajos, salvo que la ordenanza municipal o la costumbre local digan otra cosa.

Agua: agrupa por necesidades, no por colores

Es el principio más útil que existe para tener un jardín viable en España y el que menos se aplica. Consiste en dividir el jardín en hidrozonas: sectores donde todas las plantas tienen necesidades de riego parecidas.

Si mezclas en el mismo arriate una hortensia y una lavanda, uno de los dos va a estar siempre mal, porque el riego que necesita la primera pudre a la segunda. Reserva la zona de riego frecuente para el entorno inmediato de la casa, donde se disfruta a diario, y deja el resto del jardín con especies que después del segundo año se mantengan solas o con riegos de apoyo puntuales.

En este punto conviene deshacer otro malentendido: una planta resistente a la sequía no es una planta que no necesite agua desde el día uno. Todas necesitan riego regular durante el primer y el segundo año, hasta que el sistema radicular se establece. La resistencia llega después.

Plantas autóctonas y adaptadas: qué esperar de verdad

Para un jardín de bajo mantenimiento, la vegetación autóctona y la mediterránea adaptada son la mejor apuesta. Están ya ajustadas al régimen de lluvias, al suelo calizo y a la sequía estival, y sostienen a los polinizadores e insectos locales.

Un repertorio fiable en buena parte de la Península incluye lavanda (Lavandula), romero (Salvia rosmarinus), tomillo (Thymus vulgaris), jara (Cistus), lentisco (Pistacia lentiscus), mirto, durillo, coscoja, retama, Teucrium fruticans, Phlomis, Santolina, Perovskia, Salvia arbustivas, gramíneas como Stipa tenuissima o Festuca glauca, y árboles como el madroño, el algarrobo, el almez o el árbol del amor.

Un matiz honesto: autóctono no equivale automáticamente a fácil. Muchas especies de matorral mediterráneo son muy sensibles al exceso de riego y al suelo compactado, y mueren de asfixia radicular en un arriate bien regado. Su facilidad depende de que se les respeten sus condiciones.

Lo que conviene descartar

Especies exóticas invasoras. No es una cuestión estética, es legal y ambiental. El Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras prohíbe la posesión, comercio y plantación de especies como el plumero de la pampa (Cortaderia selloana), la uña de gato (Carpobrotus edulis), el ailanto (Ailanthus altissima), la mimosa (Acacia dealbata) o el rabo de gato (Pennisetum setaceum). Se escapan del jardín y desplazan a la flora local.

Plantas muy alergénicas si hay personas sensibles en casa: cipreses y arizónicas, plátanos de sombra, olivos ornamentales y gramíneas de césped que se dejan espigar.

Plantas tóxicas si hay niños pequeños o mascotas: adelfa (Nerium oleander), ricino (Ricinus communis), tejo (Taxus baccata), digital, euforbias y Datura. No hay que renunciar a ellas por sistema, pero sí saberlo y ubicarlas con criterio.

Las flores: qué poner y dónde

Una vez resuelta la estructura, las flores son la capa que se cambia y se ajusta. Dos criterios sencillos mejoran mucho el resultado.

Escalona la floración. Un jardín que estalla en abril y está apagado de junio a marzo está mal planificado. Reparte: bulbos y árboles de floración temprana para febrero y marzo; rosales, salvias y vivaces para abril y mayo; Gaura, Perovskia, lantanas, Agapanthus y gramíneas para el verano; Sedum, ásteres, crisantemos y frutos ornamentales para el otoño; Viburnum tinus, brezos y madroño para el invierno.

Coloca según la altura y la distancia de visión. Las plantas bajas al borde del camino y las altas al fondo del arriate, aunque romper esa regla con alguna vertical suelta delante da profundidad. Las flores pequeñas y de detalle solo tienen sentido cerca de donde se pasa o se sienta uno; a diez metros de distancia solo funcionan las masas de color y las texturas.

Las macetas y jardineras merecen mención aparte: geranios y gitanillas (Pelargonium) siguen siendo insuperables para el balcón en sol de nuestro clima, y en sombra funcionan bien impatiens, begonias, helechos y Aspidistra.

Cuándo comprar y plantar

En clima mediterráneo, la mejor época de plantación es el otoño, de octubre a diciembre. El suelo conserva calor, las lluvias ayudan y la planta dispone de todo el invierno y la primavera para enraizar antes del primer verano, que es la prueba de fuego. La segunda ventana es el final del invierno. Plantar en mayo o junio obliga a un riego de apoyo constante y multiplica las bajas.

En el vivero, elige la planta por el estado de la raíz y la proporción del cepellón, no por la floración. Descarta las que tengan raíces asomando en espiral por los agujeros de drenaje, el sustrato compactado como una piedra o el cuello enterrado. Y sospecha de la planta más grande a igual precio: muchas veces lleva demasiado tiempo en el contenedor y arrastra la raíz estrangulada.

En resumen

Elegir bien las plantas de un jardín es sobre todo un ejercicio de diagnóstico previo: mínimas de invierno, horas de sol reales, textura y pH del suelo, agua disponible y viento. Con esos cinco datos, la lista de candidatas se reduce sola y deja de ser una cuestión de gusto para ser una cuestión de compatibilidad.

Después conviene decidir por capas (estructura, pantalla, ejemplar, relleno y cubresuelos), plantar en grupos impares para dar unidad, agrupar por hidrozonas para que el riego tenga sentido y, sobre todo, comprobar el tamaño adulto antes de plantar, porque de ese dato depende que dentro de diez años haya que sacar la motosierra. Apuesta por autóctonas y adaptadas si buscas bajo mantenimiento, descarta las invasoras del catálogo estatal, escalona la floración a lo largo del año y planta en otoño. Un jardín bien elegido exige poco; uno mal elegido no deja de pedir agua, tijeras y dinero.


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