Levanta una maceta vieja apoyada contra un muro orientado al norte, en una tarde de junio, y es bastante probable que algo pardo y completamente quieto te esté mirando desde el hueco húmedo de debajo. Ese inquilino silencioso vale más que cualquier producto antibabosas del estante: un sapo adulto sale cada noche a comer caracoles, babosas, cochinillas de la humedad, tijeretas, hormigas y larvas de escarabajo, y lo hace durante diez o quince años seguidos si el jardín le deja quedarse.

No se pueden comprar sapos, ni conviene traerlos de ningún sitio. Todos los anfibios españoles están incluidos en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, así que capturarlos o trasladarlos es ilegal, y además no funciona: un sapo desplazado intenta volver a su zona de origen y muere de camino. La única estrategia que da resultado es la contraria, preparar el terreno y esperar a que lleguen solos desde donde ya viven.

Sapo común en un rincón húmedo del jardín

Con qué sapos puedes contar según dónde vivas

Conviene saber a quién estás invitando, porque no todos piden lo mismo. El más frecuente en jardines peninsulares es el sapo común, Bufo spinosus, corpulento, de piel seca y verrugosa, que camina en lugar de saltar y aparece al anochecer. En zonas más abiertas, arenosas y de suelo suelto vive el sapo corredor, Epidalea calamita, reconocible por la línea amarilla del dorso y por su costumbre de correr a pasitos rápidos.

En el norte y el centro es habitual el sapo partero común, Alytes obstetricans, el macho que lleva los huevos enrollados en las patas traseras y cuyo canto es un pitido corto y limpio que la gente confunde con un grillo o con un aparato electrónico. Y en suelos arenosos del interior y el sur está el sapo de espuelas, Pelobates cultripes, que se entierra de espaldas con los tubérculos córneos de las patas y pasa fuera de la vista la mayor parte del año.

La diferencia práctica entre sapos y ranas importa para el diseño del jardín: las ranas verdes viven pegadas al agua todo el año, mientras que los sapos son animales terrestres que solo vuelven al agua unas semanas para reproducirse. El resto del tiempo lo que necesitan es suelo, sombra y bichos.

Lo que un sapo busca de verdad

La piel de un anfibio es un órgano permeable: absorbe agua y también todo lo disuelto en ella. De ahí salen casi todas sus exigencias.

Humedad constante durante el día. Un sapo no bebe con la boca, se rehidrata apoyando la zona pélvica sobre sustrato húmedo. Si tu jardín está barrido, con el suelo compactado y a pleno sol, no hay refugio posible entre las once de la mañana y las ocho de la tarde en julio.

Oscuridad y estrechez. Los sapos eligen huecos que les toquen el lomo. Un espacio amplio y aireado no les sirve; una rendija de tres o cuatro centímetros bajo una losa, sí.

Comida viva a ras de suelo. Cazan por movimiento, y su presa está donde hay hojarasca, materia orgánica en descomposición y plantas cubresuelo. Un jardín estéril no alimenta a nadie.

Agua sin peces, unas semanas al año. Solo para la puesta. El resto del año pueden vivir perfectamente a doscientos metros de cualquier charca.

El refugio: lo primero y lo más barato

Antes de plantearte una charca, resuelve el alojamiento, que es lo que decide si un sapo que pasa por tu jardín se queda o sigue camino.

El sistema más eficaz cuesta cero: apoya una losa de piedra o una teja curva sobre dos ladrillos, en la zona más sombría y fresca de la parcela, y rellena el fondo con tierra y hojarasca. La entrada debe quedar de unos seis a ocho centímetros de alto, orientada al norte o al este, y la cámara interior a oscuras. Una maceta de barro vieja medio enterrada de lado hace el mismo papel.

Funcionan igual de bien, y decoran mejor, los elementos permanentes: un murete de piedra seca sin mortero, un montón de troncos apilados en un rincón, la base de un seto denso de Viburnum tinus o Pistacia lentiscus, o simplemente un montón de leña que no se mueva en todo el año. Lo importante es que no lo desmontes: los sapos son fieles a sus escondrijos y vuelven al mismo agujero noche tras noche.

Deja además zonas de suelo desnudo y mullido, sin acolchado de grava, donde los que se entierran puedan hacerlo. Los sapos peninsulares no solo hibernan en invierno: en verano, con el calor seco del interior, muchos estivan enterrados y desaparecen durante semanas. Que no los veas en agosto no significa que se hayan ido.

El punto de agua: cómo hacerlo bien

Una charca multiplica las probabilidades de tener población estable, porque la puesta ocurre allí y los juveniles que emergen tienden a instalarse cerca. Los errores de construcción son casi siempre los mismos.

Orillas en rampa, nunca verticales. Al menos un lado debe entrar en el agua con una pendiente muy suave, tipo playa, en un tramo largo. Un borde vertical de lámina EPDM o de obra convierte la charca en una trampa: los adultos entran y no salen, y los juveniles recién metamorfoseados, que miden poco más de un centímetro, se ahogan por decenas.

Tamaño y profundidad. Con dos o tres metros cuadrados y una zona central de 40 a 60 cm ya funciona. Esa profundidad evita que se seque en primavera y que se caliente en exceso. El sapo común prefiere agua permanente y algo profunda; el corredor, en cambio, se reproduce en charcos temporales muy someros, así que si vives en zona árida un rebosadero llano de pocos centímetros también tiene sentido.

Sin peces. Sin excepciones. Los peces rojos y las gambusias se comen huevos y larvas, y un solo ejemplar puede vaciar la puesta entera. Esta es la razón más frecuente por la que una charca bonita nunca produce sapos.

Agua de lluvia mejor que de grifo. Si tienes que llenar con agua de red, déjala reposar 48 horas para que se volatilice el cloro, y no uses agua descalcificada, que va cargada de sodio.

Vegetación acuática y de orilla. Plantas oxigenadoras sumergidas como Myriophyllum, Ceratophyllum demersum o Callitriche, y en el margen Iris pseudacorus, Mentha aquatica, juncos o Lythrum salicaria. Dan cobijo a los renacuajos y sombra al agua.

La mejor época para excavarla es el otoño o el principio del invierno: llega madura, con invertebrados ya instalados, a la temporada de puesta, que va de febrero en el sur y el litoral a marzo o abril en el interior y el norte.

Y sobre el temor habitual: una charca con vegetación, larvas de libélula, notonectas y anfibios no cría mosquitos, porque todo eso se los come. Los mosquitos salen del cubo olvidado, del plato de la maceta y del sumidero atascado, que es exactamente lo que sí hay que vaciar cada semana.

Sapo entre la vegetación de un jardín

Lo que hay que dejar de hacer

Atraer sapos es, en buena medida, un ejercicio de retirada. Estas prácticas los expulsan o los matan más rápido de lo que cualquier refugio los atrae.

Molusquicidas de metaldehído. Los granulados azules clásicos envenenan a la babosa y, a través de ella, a quien se la come. Si necesitas intervenir, el fosfato férrico es mucho menos problemático para vertebrados, aunque conviene entender que cada babosa eliminada es comida que le quitas al sapo. La trampa de cerveza enterrada a ras de suelo también ahoga anfibios pequeños si el borde queda al nivel del terreno; déjalo dos centímetros por encima.

Herbicidas y tratamientos foliares. Con piel permeable, la exposición no es solo por ingestión. Evita pulverizar a ras de suelo y en las zonas húmedas.

Sal, ceniza y cal contra las babosas. Deshidratan también al sapo que pase por encima.

La desbrozadora a ras. Es una causa directa y muy común de mutilación. Siega alto, deja al menos ocho o diez centímetros, y si puedes revisa antes la zona al atardecer.

Piscinas y arquetas. Una piscina con bordes verticales mata cada año un número absurdo de anfibios. Deja una tabla o una rampa de malla que llegue al agua durante la temporada de movimiento, y tapa arquetas, imbornales y rejillas de desagüe, que actúan como pozos sin salida. Lo mismo vale para los alcorques profundos de obra.

Muros sin paso. Un jardín perfectamente vallado hasta el suelo es inaccesible. Un hueco de 10 x 10 cm en la base del cerramiento, o un par de tejas dejando espacio bajo la valla, basta para conectar tu parcela con las de al lado.

Mover agua, barro, plantas acuáticas o animales entre charcas. Así se propaga el hongo quítrido Batrachochytrium dendrobatidis, responsable de mortandades de anfibios en toda Europa. Si tienes varios puntos de agua, no compartas cubos ni herramientas sin secarlos bien.

Dos ideas falsas que conviene enterrar

Los sapos no dan verrugas. Las verrugas humanas son virales y no tienen nada que ver. Lo que sí es cierto es que las glándulas parótidas, esos dos bultos alargados detrás de los ojos, segregan bufotoxinas irritantes: molestan en ojos y mucosas, y son un problema serio para un perro que muerda o lama un sapo, con babeo intenso y encías muy enrojecidas como primer síntoma. Lo prudente es no manipularlos, y si hay que apartar uno de un camino, hacerlo con guantes húmedos y lavarse después. Nunca con las manos secas y calientes, que les dañan la piel.

Un sapo no resuelve una plaga por sí solo. Es un depredador generalista y oportunista que rebaja la presión de babosas y caracoles y estabiliza el sistema; no es un tratamiento. Si esperas control instantáneo te decepcionará. Si esperas un jardín con menos altibajos año tras año, acertarás.

Un calendario realista

Otoño: excava la charca, monta los refugios, apila la leña, deja un rincón sin barrer con la hojarasca del año. Es el momento de mayor efecto por trabajo invertido.

Invierno: no toques los montones de piedra ni de madera, que pueden estar ocupados. Planta setos y cubresuelos.

Final del invierno y primavera: si hay puesta, aparecerán cordones gelatinosos de huevos negros enrollados en la vegetación sumergida, un rasgo que distingue al sapo de las ranas, que ponen en masas redondeadas. No los toques ni los muevas. Vigila que la charca no se seque antes de que los renacuajos completen la metamorfosis.

Verano: riega alguna zona sombría al atardecer aunque no haya plantas que lo necesiten, para mantener un reducto húmedo. Deja un plato hondo con agua a nivel del suelo y una piedra dentro.

Con paciencia, la colonización tarda entre uno y tres años, y depende sobre todo de que haya población en un radio de varios cientos de metros. Si no hay sapos en el entorno, ningún refugio los fabricará.

En resumen

Los sapos llegan cuando el jardín deja de ser hostil. Eso significa refugios oscuros y húmedos que no se desmonten, suelo con hojarasca y cubresuelos, una charca sin peces y con orilla en rampa, huecos en la base del vallado, y la retirada de metaldehído, herbicidas y siegas a ras. No se compran, no se traen y no se sueltan: están protegidos y trasladarlos es condenarlos. La recompensa es un depredador nocturno de babosas y caracoles que trabaja gratis durante más de una década y que solo pide que le dejes en paz el montón de piedras del rincón.


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