El tomate corazón de buey es de esos cultivos que enganchan y frustran a partes iguales. Da frutos enormes, carnosos y de un sabor que no tiene nada que ver con lo que se compra en el supermercado, pero también es una de las variedades que más se raja, más culo negro sufre y peor aguanta el descuido. Cultivarlo bien no es difícil, pero exige entender por qué falla.

Tomate corazón de buey maduro

Qué es realmente el corazón de buey

Lo primero que conviene aclarar: el corazón de buey no es una variedad, es un tipo. Bajo ese nombre —cuore di bue en Italia, coeur de boeuf en Francia— se agrupan decenas de variedades locales que comparten la forma acorazonada y la carne densa, pero que difieren en tamaño, color y ciclo. Su origen se sitúa en el norte de Italia, con la zona de Albenga, en Liguria, como referencia clásica. En España se cultiva desde hace décadas y ha dado lugar a selecciones locales propias.

Esto tiene una consecuencia práctica: dos sobres de «corazón de buey» pueden darte plantas muy distintas. Y también que en el mercado convivan variedades tradicionales de polinización abierta con híbridos F1 que imitan la forma. Si quieres guardar semilla de un año para otro, asegúrate de que la tuya no sea híbrida.

Características principales

El fruto. Grande a muy grande: entre 250 y 500 gramos de media, con ejemplares que superan el kilo en buenas condiciones. Tiene forma de corazón, con la parte superior ancha y hombros marcados que suelen mostrar acostillado, y termina en punta.

La carne. Es su rasgo definitorio. Muy densa y compacta, con pocos lóculos y poco gel, lo que se traduce en poca agua, poca semilla y una textura mantecosa al cortarlo. Se sostiene en el plato sin soltar jugo, y por eso es el tomate de ensalada por excelencia.

El sabor. Dulce, con acidez baja y aroma marcado. Se aleja del perfil ácido de los tomates de industria.

La piel. Fina y delicada. Es lo que lo hace agradable de comer y, al mismo tiempo, lo que lo condena comercialmente: no aguanta el transporte y se conserva poco.

La mata. De crecimiento indeterminado: sigue alargándose indefinidamente hasta que el frío o el despunte la paran, y puede superar los dos metros. Necesita entutorado firme y poda.

El ciclo. Entre 75 y 90 días desde el trasplante hasta el primer fruto maduro. Es una variedad de ciclo medio-largo y de producción escalonada, no concentrada.

Un aviso realista: rinde menos en kilos que un tomate de mata comercial. Cuaja peor con calor extremo, tiene más frutos con defecto y cada planta da bastantes menos unidades. Se cultiva por calidad, no por cantidad. Y esa fama de «tomate sin semillas» es exagerada: tiene pocas y bien repartidas, pero las tiene, y suficientes para reproducirlo.

Temperatura y humedad

El tomate (Solanum lycopersicum) está cómodo entre 20 y 30 ºC de día y 15-18 ºC de noche. Fuera de esa horquilla ocurren cosas concretas:

Por debajo de 12 ºC el crecimiento se detiene y la absorción de fósforo se bloquea, lo que da esas plantas jóvenes con tono violáceo en el envés.

Por debajo de 10 ºC hay daños; con 0 ºC la planta muere. Por eso no se planta fuera hasta pasado el riesgo de helada.

Por encima de 32-35 ºC, y especialmente si las noches no bajan de 22-24 ºC, el polen pierde viabilidad y las flores no cuajan. Esa es la causa real de que en pleno agosto una planta cargada de flores no ponga ni un tomate. No es falta de abono ni de agua: es calor. En el corazón de buey el problema se nota más porque cada flor perdida vale un fruto grande.

La humedad relativa ideal ronda el 60-70 %. Con humedad muy alta el polen se apelmaza y tampoco cuaja, además de dispararse el riesgo de mildiu; con humedad muy baja y calor, la flor se seca. En invernadero, la ventilación es la herramienta que gobierna las dos cosas.

Una particularidad útil: el tomate es autógamo y la flor se poliniza sola, pero necesita vibración para que el polen se desprenda. Al aire libre lo hace el viento; bajo plástico o en balcón cerrado, conviene sacudir suavemente los ramilletes cada dos o tres días durante la floración.

Luminosidad y suelo

Necesita sol directo, y mucho: como mínimo seis horas diarias, y con ocho va mejor. Con menos luz la planta se ahíla, produce tallo en vez de fruto y el poco tomate que hace tiene mal sabor. En una terraza orientada al norte no hay manera.

El suelo ideal es franco o franco-arenoso, profundo, con buen drenaje y rico en materia orgánica, con un pH entre 6 y 6,8. Tolera cierta caliza —habitual en España— pero en suelos muy calizos aparecen clorosis férricas.

Preparación: incorpora compost bien maduro o estiércol descompuesto al bancal en invierno, unos 3-4 kg por metro cuadrado. Estiércol fresco en el momento de plantar, nunca: quema raíces y favorece el exceso de nitrógeno.

Y respeta la rotación. Las solanáceas —tomate, patata, pimiento, berenjena— no deben repetir parcela antes de tres o cuatro años, por acumulación de nematodos, Verticillium y Fusarium en el suelo. Es de las medidas preventivas más eficaces y de las más ignoradas.

En maceta, cuenta con un mínimo de 25-30 litros por planta. Con menos volumen es imposible mantener la humedad estable, y ya veremos que la estabilidad es todo en esta variedad.

Marco de plantación y poda de formación

Al ser una planta grande y de fruto pesado, hay que darle sitio: 50-60 cm entre plantas y 80-100 cm entre líneas. Apretarlo es contraproducente, porque reduce la aireación y multiplica los hongos foliares en una variedad que ya es sensible.

El trasplante se hace enterrando el tallo hasta las primeras hojas verdaderas: el tomate emite raíces adventicias en toda la parte enterrada y gana un sistema radicular mucho mejor. Coloca el tutor en ese mismo momento, no después. Debe ser robusto —caña gruesa, poste con cuerda, o jaula— porque una mata con cinco corazones de buey de medio kilo pesa de verdad.

La poda es obligatoria en esta variedad:

Destallado. Elimina los brotes axilares que nacen entre el tallo principal y cada hoja, cuando midan dos o tres centímetros. Hazlo con los dedos, en días secos y por la mañana, para que la herida cicatrice antes de la noche. Conducir a un solo tallo da frutos más grandes y homogéneos; a dos tallos, más frutos pero de menor calibre. En corazón de buey, la conducción a un tallo es la que mejor resultado da.

Deshojado bajo. Retira progresivamente las hojas por debajo del primer ramillete que está cuajando. Ventila la base y aleja el follaje del suelo, que es de donde salta el mildiu con las salpicaduras.

Aclareo de frutos. Poco practicado y muy rentable aquí. Deja tres o cuatro frutos por ramillete y elimina el resto cuando tengan el tamaño de una nuez. La planta concentra recursos y los que quedan salen mucho mejores.

Despunte. A finales de julio o agosto, corta la guía dos hojas por encima del último ramillete que quieras cuajar —normalmente el quinto o el sexto—. A partir de ahí, cualquier flor nueva no llegará a madurar antes del frío y solo resta energía a lo que sí puede cuajar.

Ejemplares de tomate corazón de buey en plantación

Riego y abonado: donde se gana o se pierde

Si hay una regla que resume el cultivo del corazón de buey es esta: lo que le hace daño no es la falta de agua, es la irregularidad.

Riega de forma constante, con aportes abundantes y espaciados en vez de riegos diarios superficiales, y utiliza goteo más acolchado. El acolchado de paja o restos vegetales amortigua las oscilaciones de humedad del suelo y evita las salpicaduras sobre las hojas bajas. Es la mejor inversión de tiempo del cultivo.

Los dos problemas emblemáticos de esta variedad vienen de ahí:

Culo negro (podredumbre apical). Esa mancha oscura, hundida y correosa en la base del fruto es una carencia localizada de calcio, pero casi nunca se debe a que falte calcio en el suelo —los suelos españoles suelen ir sobrados—. Se debe a que la planta no consigue transportarlo, y eso ocurre cuando el riego es irregular, cuando hay exceso de nitrógeno o cuando el fruto crece muy rápido. Los tomates grandes y alargados son los más propensos. Añadir calcio no lo arregla; regularizar el riego y acolchar, sí. Los frutos ya afectados no se recuperan: retíralos para que la planta no invierta en ellos.

Agrietado. Un periodo seco seguido de riego abundante o de una tormenta hace que el interior del fruto crezca más rápido que la piel, y esta se raja. Con la piel fina del corazón de buey pasa con facilidad. La solución es la misma: humedad estable.

En cuanto al abonado, el cambio importante llega con la floración: menos nitrógeno y más potasio. Un exceso de nitrógeno da una mata espectacular, verde oscura y frondosa, que cuaja mal y agrava el culo negro. Compost o humus de lombriz en superficie, y purín de consuelda diluido al 10-15 % o un abono de fructificación una vez cada dos o tres semanas desde que aparece el primer ramillete.

Cosecha, conservación y semilla

Recoge cuando el fruto haya virado a rojo o rojo anaranjado y ceda ligeramente a la presión. El tomate es un fruto climatérico, así que puedes cogerlo pintón —con el primer tono de color— y terminará de madurar en casa con la misma calidad. Lo que no funciona es cogerlo verde del todo: entonces sí queda soso.

Nunca lo guardes en la nevera. Por debajo de unos 12 ºC se degradan los compuestos volátiles responsables del aroma y la textura se vuelve harinosa, un daño que ya no se revierte al sacarlo. Consérvalo a temperatura ambiente, con el pedúnculo hacia abajo, y cómelo pronto: la piel fina de esta variedad no da mucho margen.

Si tu planta es de variedad tradicional y no híbrida, puedes guardar semilla. El método es la fermentación: extrae las semillas con su gel en un vaso con un poco de agua, déjalas dos o tres días a temperatura ambiente hasta que se forme una capa blanca en superficie, lava bien en un colador, seca sobre un plato —no sobre papel, se pegan— y guarda en sobre. Ese proceso elimina la capa gelatinosa inhibidora y de paso reduce patógenos transmitidos por semilla. Guardadas en seco y oscuridad, germinan bien durante cinco o seis años.

En resumen

El corazón de buey es un tipo de tomate de fruto grande y acorazonado, carne densa, pocas semillas y piel fina, de mata indeterminada y sabor muy superior al comercial, a cambio de menos producción. Pide sol directo abundante, suelo profundo y bien enmendado, marco amplio de 50-60 cm, conducción a un solo tallo, aclareo a tres o cuatro frutos por ramillete y despunte tras el quinto. Los dos fallos que más se ven —culo negro y agrietado— tienen la misma causa y la misma solución: el riego irregular se corrige con goteo y acolchado, no con abonos de calcio. Y con calores por encima de 35 ºC no cuajará por mucho que hagas, así que planifica la floración para que caiga antes del pico del verano.


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