Un alvéolo de bandeja forestal de 4 x 4 centímetros contiene apenas 50 mililitros de sustrato. En ese volumen ridículo caben las tres o cuatro semanas más decisivas de la vida de una lechuga, y de cómo se gestionen esos 50 mililitros depende que la planta salga al huerto con un cepellón compacto y raíces blancas o que salga ahilada, con el tallo tumbado y un mes de retraso encima.

Sembrar en recipientes no es un capricho de horticultor con poco terreno. Es una forma de adelantar el calendario en condiciones controladas, ahorrar semilla cara, evitar la competencia de las malas hierbas durante la fase más frágil del cultivo y ocupar el bancal solo cuando la planta ya está hecha. En un huerto pequeño eso significa poder encadenar dos o tres cultivos en el mismo metro cuadrado a lo largo del año.

Bandejas de semillero con plántulas de hortalizas recién nacidas

Qué se siembra en semillero y qué no

La primera decisión es la que más disgustos ahorra, y no depende de la comodidad del hortelano sino de la anatomía de la raíz. Las especies de raíz pivotante —la que baja recta y no rebrota bien si se rompe— no soportan el trasplante o lo pagan con deformaciones.

Van mal en semillero, y conviene sembrarlas directamente en su sitio:

Zanahoria (Daucus carota), chirivía (Pastinaca sativa), nabo (Brassica rapa), rábano (Raphanus sativus) y remolacha —esta última tolera algo mejor el trasplante si se hace muy joven, pero no gana nada—. Una zanahoria trasplantada da raíces bifurcadas o retorcidas: la punta se dobla al meterla en el hoyo y ya no se endereza. También van derechas al suelo las habas, los guisantes, las espinacas y las leguminosas de grano en general.

Van bien, y a menudo mejor que en siembra directa: tomate (Solanum lycopersicum), pimiento (Capsicum annuum), berenjena (Solanum melongena), toda la familia de las coles (Brassica oleracea: repollo, brócoli, coliflor, lombarda, kale), lechuga (Lactuca sativa), escarola, puerro (Allium porrum), cebolla, apio y las aromáticas de semilla fina como albahaca, tomillo u orégano.

Hay un grupo intermedio que merece mención aparte: las cucurbitáceas —calabacín, pepino, calabaza, melón, sandía—. Se pueden sembrar en recipiente y de hecho se hace mucho para adelantar quince o veinte días, pero tienen la raíz delicada y no admiten estar apretadas ni pasarse de tiempo. Se siembran en macetas individuales de al menos 8 cm, una o dos semillas por maceta, y se trasplantan con dos hojas verdaderas como mucho. Pasado ese punto, una planta sembrada directamente las adelanta en un mes.

El recipiente: hondo importa más que ancho

Casi cualquier cosa que retenga sustrato y drene sirve, pero no todo sirve igual. Lo que hay que mirar es la profundidad y el drenaje, por este orden.

Las bandejas alveolares son el estándar por una razón: cada planta tiene su compartimento, así que las raíces no se entrelazan y el trasplante se hace sin arrancar nada. Los formatos habituales van de 104 a 40 alvéolos por bandeja. Para lechugas, coles y aromáticas, un alvéolo pequeño de 3-4 cm basta si se trasplanta a tiempo. Para tomate, pimiento y berenjena, que van a pasar seis u ocho semanas ahí dentro, conviene un alvéolo grande o directamente pasar a maceta de 8-10 cm a las tres semanas.

Los tacos de turba prensada (los famosos discos que se hinchan con agua) son cómodos y se plantan enteros, sin tocar la raíz. Tienen dos pegas reales: se secan muy rápido porque están expuestos al aire por todas las caras, y la malla que los envuelve no siempre se degrada, así que hay que retirarla o al menos rasgarla en el momento de plantar. Si no, actúa como una faja que estrangula el cepellón.

Los recipientes reciclados funcionan si se les hacen agujeros. Vasos de yogur, briks de leche cortados, hueveras de cartón, macetas de tomates de supermercado. Los rollos de papel higiénico y los conos de papel de periódico tienen una ventaja específica: son hondos, lo que los hace idóneos para lo que quiere profundidad como el puerro, y se entierran con la planta. Las hueveras de plástico, en cambio, son el peor recipiente posible para casi todo: apenas tres centímetros de fondo, la raíz llega abajo en una semana y a partir de ahí la planta se detiene.

Un detalle que se pasa por alto: si se reutilizan bandejas de otros años, hay que lavarlas. Un enjuagado con agua y jabón y un remojo de diez minutos en agua con lejía al 10 % elimina buena parte de los hongos que sobreviven en los restos de sustrato seco pegados a las esquinas.

El sustrato no es tierra del huerto

Este es el error más frecuente y el más caro, porque no se manifiesta hasta que ya se ha perdido la siembra. La tierra del huerto, por buena que sea, en un recipiente pequeño se compacta, se encharca, forma costra en superficie y trae consigo esporas de hongos y semillas de malas hierbas. Además tiene demasiados nutrientes para una plántula recién nacida.

Un sustrato de semillero debe ser fino, esponjoso, con buena retención de agua y pobre en nutrientes. Esto último suena contradictorio, pero tiene lógica: la semilla trae en sus cotiledones toda la reserva que necesita para nacer y sacar las primeras hojas. Un exceso de fertilizante en esa fase quema las raicillas jóvenes y provoca un crecimiento blando y aguado. La conductividad eléctrica de un buen sustrato de siembra ronda los 0,5 mS/cm; los sustratos universales de saco van bastante por encima.

Una mezcla que funciona bien y sale barata: dos partes de turba rubia o fibra de coco, una parte de humus de lombriz tamizado y una parte de perlita o vermiculita. La fibra de coco tiene la ventaja de rehidratarse sin problema cuando se seca, algo que la turba rubia hace fatal —una vez seca, repele el agua y hay que remojarla desde abajo—. Si se compra turba, conviene humedecerla y mezclarla el día antes: debe quedar como una esponja escurrida, que al apretarla en el puño no suelte más que un par de gotas.

Un consejo práctico: tamizar la mezcla con una malla de 5 mm para la capa superficial. Las semillas finas necesitan contacto íntimo con partículas pequeñas; un trozo de corteza de tres centímetros justo encima de una semilla de lechuga la condena.

Cómo sembrar: profundidad, densidad y agua

Se llena el alvéolo sin apretar, se golpea la bandeja un par de veces sobre la mesa para que el sustrato se asiente y se rasa. No hay que compactar con el dedo: un sustrato prensado pierde el aire que las raíces necesitan.

La regla de la profundidad de siembra es sencilla y raramente falla: se entierra la semilla a una profundidad equivalente a dos o tres veces su diámetro. Una semilla de calabacín, gorda, va a 2 cm. Una de tomate o col, a 5-8 mm. Una de lechuga o apio, prácticamente en superficie, apenas cubierta con una pizca de vermiculita.

Aquí hay un dato que conviene tener claro porque contradice la costumbre de enterrarlo todo: la semilla de lechuga es fotoblástica positiva, es decir, necesita luz para germinar bien. Enterrada a un centímetro, la nascencia baja mucho. Lo mismo ocurre con el apio y varias aromáticas. Si se cubren, que sea con una capa finísima que deje pasar claridad.

Dos semillas por alvéolo es lo razonable con semilla propia o de dudosa viabilidad; con semilla comercial fresca, cuyo poder germinativo suele superar el 85 %, basta con una. Si nacen las dos, no se arranca la sobrante: se corta a ras con unas tijeras, para no descalzar la raíz de la que se queda.

El primer riego se hace por inmersión: se apoya la bandeja en un recipiente con dos dedos de agua y se deja hasta que la superficie se oscurezca por capilaridad. Regar desde arriba con regadera descoloca las semillas superficiales y hace costra. Después, y hasta que nazcan, lo mejor es un pulverizador o el riego por abajo.

Temperatura y luz: los dos factores que deciden

La germinación depende de la temperatura del sustrato, no de la del aire, y esa diferencia explica muchos fracasos de febrero. Cifras orientativas de temperatura óptima:

Tomate: 20-25 °C, con un mínimo funcional de 15 °C. Pimiento y berenjena: 25-28 °C; por debajo de 18 °C la germinación se vuelve lentísima y desigual, y es la razón por la que tanta gente cree que "su semilla de pimiento no valía". Coles: 15-20 °C. Lechuga: 15-20 °C, con termoinhibición por encima de 28-30 °C —en agosto no germina bien y hay que sembrarla a la sombra o refrescar el semillero—. Cucurbitáceas: 22-28 °C. Puerro y cebolla: 15-20 °C.

En una casa española sin invernadero, el sitio más fiable para germinar solanáceas en febrero o marzo no es la ventana: es el interior de la vivienda, encima de un armario o cerca de un radiador, tapando la bandeja con una bolsa transparente para conservar la humedad. Ahora bien, el mismo día en que asome el primer brote hay que sacarlas a plena luz. Esa transición es el momento más delicado de todo el proceso y donde se pierden más semilleros.

Porque el segundo factor es la luz, y la luz de interior detrás de un cristal es muchísimo menos de lo que parece. Una plántula con poca luz se ahíla: estira el tallo buscando claridad, se vuelve fina, pálida y quebradiza, y ya no hay marcha atrás. Con una ventana orientada al sur puede bastar en marzo si se giran las bandejas a diario; con una ventana al norte, no. En un ahilamiento incipiente de tomate se puede recuperar la planta trasplantándola enterrada hasta las primeras hojas —el tallo del tomate emite raíces adventicias—, pero eso es un remiendo, no una solución, y con coles o lechugas ni siquiera funciona.

El hongo del cuello y otros problemas

El damping-off —lo que en el campo se llama "caída de plántula" o "mal del cuello"— es el enemigo clásico del semillero. Un complejo de hongos del suelo (Pythium, Rhizoctonia, Fusarium) que ataca la base del tallo: la plántula aparece de la noche a la mañana tumbada, con un estrangulamiento pardo y acuoso justo a ras de sustrato. No hay tratamiento curativo doméstico que la salve.

Se previene con tres cosas: sustrato limpio, ventilación y no regar de más. La humedad constante en superficie con aire parado es el escenario perfecto para el hongo. Espaciar los riegos hasta que la superficie se seque ligeramente entre uno y otro, no amontonar las bandejas y abrir cualquier cubierta plástica unas horas al día resuelve el noventa por ciento de los casos. Una capa fina de vermiculita en superficie, que se seca rápido, también ayuda. Y si aparecen focos, retirar de inmediato las plantas afectadas y el sustrato de alrededor.

Otros dos problemas habituales: la costra superficial, que impide salir a las semillas y se evita no regando a chorro; y el enraizamiento en espiral, cuando la planta se pasa de tiempo en el alvéolo y las raíces dan vueltas al cepellón. Esta última se detecta al desmoldar: si el cepellón parece una madeja marrón, hay que desenredar un poco la base antes de plantar o la planta seguirá creciendo en círculo bajo tierra.

Plántulas de hortaliza listas para el trasplante al huerto

Repicado, endurecimiento y trasplante

Cuando se ha sembrado en bandeja corrida o a voleo en una caja, llega el repicado: separar las plántulas y pasarlas a recipiente individual. Se hace cuando tienen las dos primeras hojas verdaderas —las que salen después de los cotiledones—, con el sustrato húmedo, levantándolas con un palito por debajo y sujetándolas siempre por una hoja, nunca por el tallo. Una hoja rota se sustituye; un tallo aplastado, no.

Antes de sacar las plantas al huerto hay que endurecerlas. Una planta criada en interior no tiene cutícula, ni cera, ni tejidos preparados para el viento y la radiación directa; plantada de golpe en un bancal soleado se quema en dos días. El endurecimiento consiste en sacarla fuera unas horas, a la sombra, e ir aumentando la exposición y el tiempo durante siete o diez días, retirando el riego levemente. Es un paso aburrido y sin gratificación inmediata, y por eso se lo salta mucha gente. Es también la diferencia entre una planta que arranca en tres días y otra que se queda parada dos semanas.

El momento del trasplante llega, según especie, entre las cuatro y las ocho semanas desde la siembra: lechugas y coles con 4-5 hojas verdaderas; tomates con 15-20 cm y el tallo grueso; puerros cuando alcanzan el grosor de un lápiz. Se trasplanta a última hora de la tarde o en día nublado, con el cepellón bien empapado, y se riega en el momento con un chorro abundante que asiente la tierra alrededor de la raíz. Ese primer riego no es para hidratar: es para eliminar las bolsas de aire que dejarían la raíz seca.

Calendario orientativo para clima peninsular

Las fechas cambian bastante entre el litoral mediterráneo, el sur y la meseta o el norte peninsular, así que conviene ajustarlas restando o sumando dos o tres semanas según la zona.

Enero-febrero: semillero protegido de pimiento y berenjena, que necesitan un ciclo largo. En zonas frías, mejor esperar a finales de febrero salvo que haya calor de fondo.

Febrero-marzo: tomate, puerro, apio, cebolla de ciclo medio, coles de primavera, albahaca a finales.

Abril-mayo: cucurbitáceas en maceta si se quiere adelantar, lechugas de verano, más albahaca.

Junio-julio: el semillero clave del año y el más olvidado. Es cuando se siembran las coles de invierno —brócoli, coliflor, repollo, lombarda, col rizada— y las escarolas y lechugas de otoño, para trasplantarlas en agosto y septiembre. Sembradas más tarde no da tiempo a que se hagan antes del frío.

Agosto-septiembre: lechuga, escarola, acelga y cebolla temprana para trasplantar en otoño e invierno.

En resumen

El semillero en recipientes sirve para adelantar cultivos, aprovechar mejor el bancal y controlar la fase más frágil de la planta, pero solo con las especies que aguantan el trasplante: las de raíz pivotante —zanahoria, nabo, rábano, chirivía, habas, guisantes— van directas al suelo.

Los cuatro puntos donde se decide el resultado son el sustrato (fino, esponjoso y pobre en nutrientes, nunca tierra del huerto), la profundidad de siembra (dos o tres veces el diámetro de la semilla), la luz inmediatamente después de la nascencia (para evitar el ahilamiento) y el riego moderado con ventilación (para evitar el damping-off). Añade el endurecimiento previo al trasplante y habrás eliminado la práctica totalidad de los fracasos habituales.


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