Un kilo de lombrices adultas trabajando a pleno rendimiento se come entre 250 y 500 gramos de restos de cocina al día. Esa cifra es la que ordena todo lo demás: cuántos residuos genera tu casa, qué tamaño de recipiente necesitas y cuántas lombrices tienes que comprar para arrancar. Montar un vermicompostador sin hacer esa cuenta es la vía rápida a un cajón que huele mal y a un puñado de lombrices muertas en el fondo.

El vermicompostaje es la digestión de materia orgánica por lombrices epigeas y por la flora microbiana que vive en su tubo digestivo. El producto, el humus de lombriz o vermicompost, es un material oscuro, suelto, sin olor a podrido y con una carga biológica que ningún abono mineral reproduce. Se hace en un piso, en una terraza o en un garaje, sin ruido y sin olor, siempre que se respeten cuatro cosas: la lombriz correcta, la humedad, la temperatura y lo que se echa dentro.

En qué se diferencia de una compostera normal

El compostaje clásico es un proceso termófilo: la actividad bacteriana calienta la masa hasta 55-65 °C durante días o semanas, y ese calor higieniza el material y mata semillas de adventicias y patógenos. Necesita volumen —por debajo de unos 700-800 litros la pila no arranca bien la fase caliente—, aireación y volteos periódicos. Es el sistema para quien tiene jardín, restos de poda y espacio.

El vermicompostaje es lo contrario: un proceso mesófilo, que trabaja entre 15 y 25 °C y que se estropea justamente si sube la temperatura. Ocupa poco, no hay que voltear nada y admite cantidades pequeñas y continuas de residuo. A cambio no higieniza: no destruye semillas de tomate ni de calabaza, así que en el humus aparecerán plántulas espontáneas, y no conviene meter material claramente enfermo.

La otra diferencia es la velocidad de disponibilidad. El compost maduro tarda de seis meses a un año; un vermicompostador en marcha entrega su primera bandeja de humus a los tres o cuatro meses, y a partir de ahí produce de forma continua.

Humus de lombriz maduro, oscuro y de estructura granulada

Qué lombriz sirve y cuál no

La especie de trabajo es Eisenia fetida, y muy a menudo se comercializa mezclada con su pariente Eisenia andrei, que se comporta igual. Se venden como lombriz roja californiana. Son lombrices epigeas: viven en los primeros centímetros de materia orgánica en descomposición, no excavan galerías y toleran densidades de población altísimas. Por eso funcionan en un cajón.

Coger lombrices del huerto o de una maceta y echarlas en el vermicompostador no funciona. La lombriz gruesa y rosada que sale al cavar suele ser Lumbricus terrestris, una especie anécica que hace galerías verticales de hasta dos metros y se alimenta de materia orgánica ya mineralizada mezclada con tierra. Metida en una caja de restos de cocina, sin suelo bajo los pies y con un medio mucho más ácido y caliente de lo que tolera, se estresa, intenta escapar y muere en pocos días. Hay que comprar Eisenia, y no es un producto caro.

Para una vivienda de dos o tres personas, arranca con medio kilo a un kilo de lombrices (unos 500 a 1.000 ejemplares por kilo, aproximadamente). Se reproducen deprisa cuando están cómodas: cada adulto pone cápsulas —los cocones, del tamaño de una cabeza de alfiler y color ámbar— que eclosionan en tres o cuatro semanas y sueltan de dos a cuatro crías. La población se autorregula según el alimento y el espacio disponibles, de modo que no se desbordará.

El recipiente: comprado o construido

El modelo que mejor funciona en casa es el de bandejas apiladas. Tres o cuatro cajones perforados en el fondo, encima de un depósito ciego con grifo que recoge el líquido, y una tapa. La lógica es sencilla: se llena la bandeja inferior, cuando está terminada se apila otra encima con comida fresca y las lombrices migran hacia arriba a través de los agujeros, dejando abajo humus casi libre de bichos. Eso ahorra el trabajo más pesado, que es separar las lombrices del humus a mano.

Para construirlo, sirven dos o tres cajas de plástico opaco iguales, de 40-60 litros, que encajen unas dentro de otras dejando un hueco de varios centímetros. Perfora el fondo de las cajas superiores con broca de 6-8 mm cada 4-5 cm, y haz una línea de agujeros de 3 mm en la parte alta de las paredes laterales para ventilar. El plástico opaco es importante: las lombrices huyen de la luz, y en un recipiente translúcido se refugian en el centro y trabajan la mitad del volumen.

Descarta el metal, que se corroe con los ácidos de la descomposición, y desconfía de los recipientes herméticos sin ventilación: la anaerobiosis es lo que produce los olores a putrefacción que se le atribuyen injustamente al vermicompostaje.

Puesta en marcha, paso a paso

1. Prepara el lecho. Cubre el fondo de la primera bandeja con 8-10 cm de material esponjoso y húmedo: cartón ondulado troceado y remojado, papel de periódico rasgado en tiras (tinta de imprenta actual, sin papel satinado), hojas secas, fibra de coco hidratada o compost ya hecho. Este lecho es el hábitat, no la comida: da estructura, retiene humedad y regula la acidez.

2. Ajusta la humedad. El punto correcto es el de una esponja escurrida: si aprietas un puñado, debe soltar dos o tres gotas, no un chorro. Ese es el parámetro que más lombrices mata, en los dos sentidos.

3. Introduce las lombrices. Vuélcalas sobre la superficie con el material en el que vienen y deja la tapa abierta con luz encima durante media hora: la luz las obliga a enterrarse solas y te ahorra manipularlas.

4. Espera antes de dar de comer. Deja pasar dos o tres días para que se aclimaten. Después empieza con poca cantidad, un puñado cada dos o tres días, siempre enterrado bajo el lecho o tapado con un poco de cartón.

5. Sube el ritmo despacio. Durante el primer mes y medio la población todavía es pequeña. Añade comida nueva solo cuando veas que la anterior está siendo consumida. Si te adelantas, el residuo se pudre antes de que las lombrices lleguen a él: la temperatura sube dentro del cajón, el pH se desploma, aparece la mosca del vinagre y el arranque se va al traste en la primera semana.

6. Añade la segunda bandeja cuando la primera esté llena hasta unos 3-4 cm del borde, normalmente entre el segundo y el tercer mes.

Qué se echa dentro

Entra sin problema: pieles y restos de fruta y verdura, posos de café con el filtro de papel, bolsitas de té sin la grapa, cáscara de huevo triturada, pan duro en poca cantidad, cartón y papel sin plastificar, restos de plantas de interior, flores marchitas, pelo y uñas.

Se queda fuera: carne, pescado, huesos, lácteos y comida cocinada con grasa o sal, porque atraen ratas y moscas y generan putrefacción anaerobia. Tampoco excrementos de perro o gato. Las heces de conejo, cobaya o gallina sí valen, pero las de gallina son muy nitrogenadas y solo en dosis pequeñas.

Con matices: los cítricos, la piña y el tomate en cantidad acidifican el medio y contienen limoneno, que a las lombrices les resulta irritante; unas cáscaras sueltas no pasa nada, medio kilo de naranjas de golpe sí. La cebolla y el ajo, igual, en pequeñas cantidades. Las cáscaras de aguacate, hueso de melocotón y corazón de piña tardan meses en desaparecer, así que trocéalos o resérvalos para el compost.

Trocear ayuda mucho. La lombriz no tiene dientes: raspa material ya ablandado por los microorganismos. Cuanta más superficie expuesta, más rápido va el proceso. Un trozo de calabaza entero puede tardar un mes; el mismo trozo cortado en cubos, una semana.

Mantenimiento y clima español

El rango cómodo es de 15 a 25 °C. La actividad se para por debajo de 10 °C y a partir de 30-32 °C las lombrices empiezan a morir; por encima de 35 °C mueren todas en cuestión de horas. En buena parte de la Península, ese es el problema real de julio y agosto, no el frío. Un vermicompostador en una terraza al sol de Sevilla o de Zaragoza no sobrevive el verano.

Ubícalo en un sitio a la sombra permanente y con inercia térmica: un cuarto interior, un garaje, un trastero, el hueco bajo el fregadero, o el rincón más fresco de la terraza pegado a la pared norte. En verano ayuda congelar una botella de agua y meterla dentro los días de ola de calor. En invierno, en el norte y en zonas de meseta, arrimarlo a la pared de casa y envolverlo en una manta vieja basta; las lombrices no morirán, simplemente comerán menos, y hay que reducir el aporte de comida en consecuencia.

Sobre la acidez: el pH ideal ronda 6,5-7,5. Si el material huele avinagrado, aparecen mosquitas y ves las lombrices concentradas en un extremo, el medio se ha acidificado. Se corrige dejando de alimentar una o dos semanas, añadiendo cartón seco y una cucharada de carbonato cálcico o de cáscara de huevo bien molida. La cal viva o apagada no: es cáustica y quema a las lombrices.

El líquido del grifo: una aclaración necesaria

El líquido que se acumula en el depósito inferior se vende y se comenta como si fuera un fertilizante concentrado. No lo es. Es un lixiviado: agua de exceso que ha atravesado el material arrastrando sales y compuestos solubles, buena parte de ellos generados en condiciones sin oxígeno. Puede contener ácidos orgánicos y compuestos fitotóxicos, y en un vermicompostador desequilibrado llega a quemar raíces.

La consecuencia práctica es la contraria de la que suele deducirse: si tu vermicompostador produce lixiviado en abundancia, está demasiado húmedo y necesita más cartón seco, no que lo estés haciendo bien. Un sistema equilibrado apenas gotea. Cuando salga, úsalo diluido al menos 1:10 y sobre plantas ya establecidas, nunca sobre semilleros ni plantas recién trasplantadas, y descártalo si huele a podrido.

El auténtico té de vermicompost es otra cosa: humus ya maduro puesto en agua y aireado con una bomba de acuario durante 24 horas. Ese sí es un extracto biológicamente activo, y se aplica el mismo día.

Problemas y cómo se resuelven

Mosquitas pequeñas revoloteando. Suelen ser Drosophila o mosca del mantillo. Indican comida fresca expuesta en superficie. Entierra siempre el residuo, tapa con una lámina de cartón húmedo y deja de alimentar unos días.

Olor a amoníaco o a huevo podrido. Exceso de comida, exceso de agua o falta de aire. Airea con una horquilla de mano, incorpora cartón seco y papel, y no eches nada más hasta que se normalice.

Las lombrices trepan por las paredes o se escapan. Es una señal de fuga: pH bajo, demasiada humedad, demasiado calor o falta de oxígeno. Comprueba esos cuatro parámetros. Ojo, un pequeño movimiento ascendente antes de una tormenta, por el cambio de presión, es normal y no significa nada.

Hormigas. Aparecen cuando el medio está seco. Humedece un poco y, si el recipiente tiene patas, ponlas en recipientes con agua.

Bichos blancos diminutos que saltan. Son colémbolos, y bolitas blancas inmóviles suelen ser ácaros o enquitreidos. Forman parte del ecosistema y no dañan a las lombrices; una proliferación exagerada sí avisa de exceso de humedad o de acidez.

Lombrices composteras trabajando sobre restos orgánicos

Cosechar el humus

El vermicompost está listo cuando el material es homogéneo, oscuro, granulado, huele a tierra de bosque y ya no se reconocen los restos que echaste. Con el sistema de bandejas basta con retirar la inferior una vez que las lombrices han migrado hacia arriba, cosa que ocurre en dos o tres semanas desde que dejas de alimentar esa bandeja.

En un recipiente único hay dos métodos. El de los montones: vuelca el contenido sobre un plástico a plena luz, haz varias pirámides y espera veinte minutos; las lombrices se refugian en el fondo y puedes ir retirando humus de la cima capa a capa. O el de desplazamiento lateral: aparta todo a un lado del cajón y alimenta solo el lado vacío durante tres o cuatro semanas, hasta que las lombrices se hayan mudado.

Una vez cosechado, deja el humus reposar en un cubo con tapa perforada, ligeramente húmedo y a la sombra. No lo seques al sol ni lo guardes en bolsa cerrada: si se deshidrata pierde la microbiología, que es precisamente lo que lo hace valioso, y si se cierra sin aire se vuelve anaerobio.

Cómo se usa

El humus de lombriz no es un fertilizante de choque. Su riqueza en N-P-K es modesta y de liberación lenta; lo que aporta es materia orgánica estabilizada, capacidad de intercambio catiónico, reguladores de crecimiento y una comunidad microbiana que mejora la disponibilidad de nutrientes. Se aplica en dosis pequeñas y con frecuencia:

En semilleros y sustratos de maceta, mezclado al 10-20 % del volumen. Más proporción retiene demasiada agua y compacta. En el huerto, dos o tres puñados por planta al trasplantar, o una capa de un centímetro alrededor del cuello sin llegar a taparlo, incorporada superficialmente con el rastrillo. En plantas establecidas en maceta, retira el par de centímetros superiores del sustrato en primavera y sustitúyelos por humus.

Un vermicompostador doméstico produce del orden de 30 a 60 litros de humus al año. Eso no cubre las necesidades de un huerto grande, pero sí las de un balcón, un huerto urbano en mesa de cultivo o toda la producción de semilleros de la temporada. Y desvía de la basura entre 100 y 200 kilos anuales de residuo orgánico, que es la otra mitad del asunto.

En resumen

Compra Eisenia fetida, no lombrices del huerto. Empieza con medio kilo, un lecho de cartón húmedo y raciones pequeñas durante las primeras seis semanas. Mantén la humedad en punto de esponja escurrida, el pH cerca del neutro y, sobre todo, la temperatura por debajo de 30 °C: el verano peninsular mata más vermicompostadores que el invierno. Nada de carne, pescado, lácteos ni grandes cantidades de cítricos. Si sale mucho líquido por el grifo, no es un premio sino un aviso de exceso de agua, y ese lixiviado se usa muy diluido o no se usa. A los tres o cuatro meses tendrás la primera bandeja de humus, y a partir de ahí el sistema se mantiene solo con diez minutos de atención a la semana.


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