Veintitrés días. Ese es el plazo que puede pasar entre enterrar la semilla y arrancar un rabanito redondo en primavera, con la temperatura adecuada y el riego bien llevado. Ninguna otra hortaliza de raíz va tan deprisa, y esa velocidad engaña: parece un cultivo que se hace solo, así que se siembra demasiado espeso, se riega a saltos y se recoge tarde. Tres decisiones pequeñas que separan una raíz crujiente de una bola hueca e incomible.
Qué es el rábano y de dónde viene
Raphanus sativus es una crucífera anual o bienal cultivada desde la antigüedad en Asia y en el Mediterráneo oriental. Lo que llamamos rábano es una raíz engrosada, técnicamente un hipocótilo hinchado sumado a la parte alta de la raíz principal, con una roseta de hojas ásperas y pinnadas. Si se la deja, sube a flor con inflorescencias blancas o lilas y produce unas vainas llamadas silicuas que, en algunos tipos, también se comen.
Todo su sabor viene de la misma química que la mostaza. La raíz almacena glucosinolatos que, al romperse las células con el mordisco o el cuchillo, entran en contacto con la enzima mirosinasa y liberan isotiocianatos. Por eso un rábano entero apenas huele y uno rallado pica de inmediato. Y por eso pica más el que ha crecido con sed y calor: la planta estresada concentra esos compuestos.
Tipos que se cultivan aquí
Rabanitos de primavera. Redondos y rojos tipo 'Cherry Belle' o 'Saxa', o cilíndricos bicolores tipo 'Media larga rosa punta blanca'. Ciclo de 20 a 35 días. Son los que interesan para el huerto pequeño.
Rábanos de invierno. Raphanus sativus var. niger, el rábano negro de piel oscura y carne blanca muy picante, y el rábano rosa de invierno. Ciclo de 70 a 100 días, siembra de finales de verano y recolección de otoño e invierno. Se conservan meses en arena, en fresco.
Daikon. Raphanus sativus var. longipinnatus, la raíz blanca y larga de la cocina japonesa, que puede superar los 30 centímetros. Necesita suelo profundo y mullido; en tierra compacta o pedregosa sale torcido y bifurcado.
Hay una confusión de etiqueta que conviene despejar antes de comprar semilla o planta: el rábano picante o rusticano de los tarros de salsa no pertenece a este género. Es Armoracia rusticana, una planta perenne y rizomatosa que se propaga por trozos de raíz, ocupa mucho sitio y resulta difícil de erradicar una vez instalada. Comparte familia y comparte picante, pero quien la plante esperando arrancar rabanitos en un mes se va a llevar un disgusto.
Clima, fechas y el problema del calor
El rábano crece bien entre 10 y 20 °C. La semilla germina en cuatro o cinco días con el suelo a 15-18 °C, y aguanta heladas ligeras sin daño.
Por encima de 25 °C sostenidos y con días largos, la planta cambia de objetivo: en vez de engordar la raíz, se dispara a flor. Sube un tallo, la raíz queda fina y leñosa y el picante se vuelve agresivo. Esa es la razón de que las siembras de junio y julio en la mayor parte de la Península den mal resultado, salvo en zonas de montaña o litoral norte.
Las ventanas fiables son dos: de febrero a mayo y de agosto a octubre. En clima mediterráneo suave se puede seguir sembrando en noviembre y diciembre, con ciclo más lento pero raíces de sabor más fino. En invernadero frío o con túnel se cultiva casi todo el año.
Como el ciclo es tan corto, lo lógico es sembrar poco y a menudo: un metro lineal cada diez o quince días da rábanos de forma continua. Sembrar un bancal entero de golpe garantiza que la mitad se pase.
Suelo, siembra y aclareo
Suelo. Suelto, mullido, sin piedras ni terrones en los primeros 15 centímetros, con buen drenaje y pH entre 6 y 7. Sobre suelo apelmazado la raíz no encuentra por dónde engordar y sale deforme o se queda pequeña.
Abonado. Menos del que parece. El rábano no necesita abonado de fondo si la tierra tiene materia orgánica de un cultivo anterior. Un exceso de nitrógeno, y sobre todo el estiércol fresco, produce una mata de hojas espléndida y una raíz ridícula, además de bifurcaciones. Si la tierra está pobre, compost bien maduro incorporado semanas antes.
Siembra directa, siempre. No se trasplanta. Al ser una raíz principal, cualquier manipulación del cepellón la deforma o la bifurca. Se siembra a 1 centímetro de profundidad, en líneas separadas 15-20 centímetros, dejando caer las semillas separadas entre sí. Los rábanos de invierno y el daikon van más espaciados: 10-15 centímetros entre plantas y líneas a 30.
Aclareo. Cuando salen las dos primeras hojas verdaderas, hay que dejar una planta cada 3 o 5 centímetros para los rabanitos. Saltarse este paso es lo que arruina la cosecha: en competencia, las plantas se van todas a hoja y ninguna forma raíz. Aclarar sin pena, aunque duela tirar plántulas; las hojitas retiradas se aprovechan en ensalada.
Riego: la clave de todo
El agua es el factor que más determina la calidad final. El suelo debe mantenerse uniformemente húmedo, sin encharcar, desde la siembra hasta la recolección. En primavera basta con regar cada dos o tres días; con calor, a diario.
Lo que estropea la cosecha son los altibajos. Un periodo seco seguido de un riego abundante hace que la raíz absorba agua de golpe y se raje, y esas grietas se pudren en cuestión de horas. La sequía sostenida da raíces huecas, algodonosas y muy picantes, porque el interior se vacía mientras la piel sigue creciendo. Regar poco y con frecuencia es mejor que empapar de vez en cuando.
Un acolchado fino de paja o compost entre líneas estabiliza la humedad y ahorra riegos, sobre todo en las siembras de finales de verano.
Plagas y enfermedades
Pulguilla (Phyllotreta spp.). El problema número uno. Escarabajos diminutos que perforan las hojas jóvenes dejándolas como un colador. Con la planta recién nacida y calor, pueden frenar el cultivo entero. La solución práctica es una malla antiinsectos puesta el mismo día de la siembra, más mantener el suelo húmedo, porque el suelo seco los favorece.
Mosca de la col (Delia radicum). Sus larvas excavan galerías en la raíz y la dejan invendible; se detecta cuando la planta se marchita a mediodía sin causa aparente. Se previene con malla y rotación, nunca sembrando crucíferas donde hubo crucíferas el año anterior.
Pulgones (Brevicoryne brassicae, Myzus persicae). Colonizan el envés y deforman la hoja. En un ciclo tan corto rara vez justifican tratamiento: un chorro de agua a presión o jabón potásico bastan.
Babosas y caracoles en siembras de otoño húmedo, que se comen las plántulas en una noche.
Mildiu velloso y alternaria con humedad persistente, y hernia de la col (Plasmodiophora brassicae) en suelos ácidos y mal drenados. Esta última deforma la raíz en abultamientos, no tiene tratamiento curativo y obliga a rotaciones de cuatro años y a corregir el pH con encalado.
Recolección y conservación
El rabanito se arranca cuando el hombro asoma por encima de la tierra y mide entre 2 y 3 centímetros. Pasado ese punto, cada día que espera lo acerca a la textura de corcho: se vuelve fibroso, se ahueca por dentro y el picante se dispara. Es preferible recogerlo un poco pequeño que un poco tarde. Se arranca tirando de las hojas, mejor con la tierra húmeda.
Lo primero al llegar a la cocina es cortar las hojas, dejando un centímetro de cuello. Si se guardan enteros, las hojas siguen transpirando y vacían la raíz de agua en un par de días. Sin hojas y en bolsa perforada en el frigorífico aguantan una semana larga y crujiente.
Los rábanos de invierno se recogen antes de las heladas fuertes y se conservan meses en un cajón con arena ligeramente húmeda, en un local fresco y oscuro.
En la cocina y en el botiquín
La raíz se come cruda, en rodajas finas, con sal y aceite, en ensalada o simplemente con pan y mantequilla, que es como se toma en Francia. Los rábanos de invierno y el daikon admiten cocción, encurtido y fermentación, y el daikon rallado acompaña frituras porque ayuda a aligerarlas.
Las hojas son comestibles y se desperdician por costumbre: salteadas, en crema o en sopa saben a nabiza y son la parte más rica en calcio y vitamina C de la planta. Eso sí, hay que usarlas el mismo día, porque se marchitan enseguida. Las vainas verdes tiernas, si la planta se ha subido a flor, también se comen crudas y pican bastante.
Nutricionalmente aporta poco más de 15 kcal por cada 100 gramos, mucha agua, potasio, vitamina C y fibra. Es un alimento saciante y de digestión ligera en crudo, aunque en cantidad puede producir gases y ardor a estómagos sensibles.
Sobre el uso medicinal conviene ser preciso. El jugo de rábano negro tiene una larga tradición como estimulante de la secreción biliar y como remedio digestivo, y se vende en preparados de herbolario. Ese mismo efecto colerético lo desaconseja en personas con cálculos biliares u obstrucción de las vías biliares, donde puede provocar un cólico, y en casos de gastritis o úlcera por su carácter irritante. Como alimento no plantea problema; como tratamiento, no sustituye a un diagnóstico ni a una consulta médica, especialmente durante el embarazo o si hay medicación de por medio.
En resumen
El rábano es una crucífera de ciclo relámpago que solo pide tres cosas bien hechas: siembra directa en suelo suelto y sin exceso de nitrógeno, aclareo temprano a 3-5 centímetros y riego constante sin altibajos. Siembra escalonada cada dos semanas entre febrero y mayo y entre agosto y octubre, evitando el pleno verano porque el calor lo lanza a flor. Protege las plántulas de la pulguilla con malla desde el primer día, arranca los rabanitos en cuanto asoma el hombro y quítales las hojas nada más entrar en casa. Si te salen huecos y muy picantes, el culpable fue la sed; si salen todo hojas, el nitrógeno o la falta de aclareo.