Cien gramos de zanahoria cruda llevan alrededor de 8.000 microgramos de betacaroteno. Ninguna otra hortaliza de consumo corriente en España se acerca a esa cifra, y de ahí sale casi todo lo que se cuenta sobre esta raíz: lo cierto, lo exagerado y lo que directamente no se sostiene.

La zanahoria (Daucus carota subsp. sativus) es una umbelífera bienal que cultivamos como anual, porque lo que nos interesa es la raíz engrosada del primer año, no la flor del segundo. Esa raíz es un almacén: la planta guarda ahí azúcares y pigmentos para gastarlos en la floración siguiente. Cuando la arrancamos a los tres o cuatro meses, le estamos quitando la despensa entera.

Zanahorias recién recolectadas con sus hojas

Qué lleva realmente una zanahoria

Por cada 100 gramos de raíz cruda, los valores habituales rondan estas cifras:

41 kilocalorías, un 88 % de agua, unos 9,6 g de hidratos de carbono (de los cuales cerca de 4,7 g son azúcares simples: sacarosa, glucosa y fructosa), 2,8 g de fibra, apenas 0,9 g de proteína y prácticamente nada de grasa. En minerales destaca el potasio, en torno a 320 mg, con cantidades modestas de calcio, fósforo y manganeso.

La parte interesante está en los pigmentos. El betacaroteno es el carotenoide dominante, acompañado de alfacaroteno y de luteína. El organismo convierte el betacaroteno en retinol (vitamina A) en la pared intestinal, con una eficiencia que en alimentos ronda 1 microgramo de retinol por cada 12 de betacaroteno. Con esa conversión, una zanahoria mediana de unos 70 gramos cubre una fracción importante de la ingesta diaria recomendada de vitamina A para un adulto. También aporta vitamina K1 y algo de vitamina C, aunque para vitamina C hay fuentes mucho mejores.

Un detalle que conviene tener claro: el betacaroteno no produce hipervitaminosis A. El retinol de origen animal o de suplementos sí puede acumularse hasta niveles tóxicos; el betacaroteno no, porque el cuerpo regula la conversión y deja de transformarlo cuando ya tiene bastante. Lo que sí ocurre con consumos muy altos y sostenidos es la carotenodermia: la piel adquiere un tono anaranjado, sobre todo en palmas, plantas de los pies y surco nasogeniano. Es inofensiva y reversible en unas semanas al bajar la ingesta, y su rasgo distintivo frente a una ictericia es que la esclerótica del ojo sigue blanca.

La vista, el betacaroteno y una campaña de propaganda

Aquí hay que separar dos afirmaciones que suelen ir pegadas. La primera es cierta: la vitamina A forma parte de la rodopsina, el pigmento de los bastones de la retina responsable de la visión con poca luz. Sin vitamina A suficiente aparece ceguera nocturna, y después xeroftalmia, que sigue siendo una causa importante de ceguera infantil evitable en países con dietas deficitarias.

La segunda no lo es: comer más zanahoria no mejora la visión de quien ya tiene reservas normales de vitamina A. No agudiza la vista, no corrige una miopía ni permite ver de noche. La idea de que sí lo hace tiene un origen documentado y bastante prosaico: durante la Segunda Guerra Mundial, el Ministerio del Aire británico atribuyó la puntería nocturna de sus pilotos al consumo de zanahorias para desviar la atención del radar de intercepción aérea que acababan de instalar. Ochenta años después seguimos repitiendo un bulo militar.

Lo que sí tiene respaldo razonable es el papel de la luteína y otros carotenoides en la salud de la mácula a largo plazo, aunque para eso las hojas verdes oscuras —espinaca, acelga, kale— aportan bastante más que la raíz naranja.

Cruda, cocida o rallada: la absorción cambia mucho

Contra lo que dicta el instinto, la zanahoria cocida entrega más betacaroteno aprovechable que la cruda. El pigmento está atrapado dentro de cromoplastos, protegidos a su vez por paredes celulares de celulosa que el aparato digestivo humano no rompe del todo. El calor revienta esas paredes y libera el carotenoide. Cocer al vapor unos minutos, o saltear, multiplica varias veces la biodisponibilidad respecto a morder la raíz entera.

La contrapartida es la vitamina C, que sí se degrada con el calor y se pierde en el agua de cocción. Como la zanahoria no es una fuente relevante de vitamina C, el balance sale claramente a favor de cocinarla.

El segundo factor es la grasa. Los carotenoides son liposolubles y necesitan lípidos en la misma comida para incorporarse a las micelas intestinales. Una ensalada de zanahoria rallada sin nada de aceite deja buena parte del betacaroteno sin absorber. Un chorro de aceite de oliva, unos frutos secos o un poco de yogur entero resuelven el problema; no hace falta mucho, con unos gramos de grasa basta.

Rallar o triturar ayuda igualmente, por la misma razón mecánica que el calor. Y hay un truco menor pero real: no dejar la zanahoria rallada horas al aire y a la luz, porque los carotenoides se oxidan.

El zumo de zanahoria y lo que se queda en la licuadora

Vaso de zumo de zanahoria con otras verduras

Un vaso de 250 ml de zumo de zanahoria exige entre 400 y 500 gramos de raíz. Eso concentra el betacaroteno, sí, pero también los azúcares: ese vaso lleva del orden de 20 gramos de azúcar sin la fibra que ralentizaría su absorción, porque la fibra se queda en el bagazo de la licuadora. Quien tenga que vigilar la glucemia debe contar el zumo como lo que es, un líquido azucarado, no como una ración de verdura.

Mezclarlo con manzana y remolacha, que es la combinación de moda, sube todavía más la carga de azúcar. Si la intención es aprovechar los carotenoides, sale mucho mejor comerse la zanahoria cocinada con un poco de aceite que bebérsela. Y si aun así se prefiere el zumo, un batido con la raíz entera —vaso americano, no extractor— conserva la fibra.

Sobre la glucemia circula además un dato mal copiado durante décadas: que la zanahoria tiene un índice glucémico altísimo, cercano a 85. Aquella medición antigua se hizo con una muestra pequeña y quedó desmentida hace tiempo. Los valores actuales sitúan la zanahoria cruda alrededor de 35 y la cocida en torno a 39, y con la poca cantidad de hidratos que lleva por ración su carga glucémica es de las más bajas del cajón de las verduras.

No todas son naranjas, y el color indica algo

La zanahoria naranja es relativamente reciente. Las variedades antiguas de Asia central eran moradas y amarillas, y el naranja se fijó en los Países Bajos entre los siglos XVI y XVII. En el huerto doméstico merece la pena recuperar las otras:

Moradas (tipo 'Purple Haze', 'Cosmic Purple'): suman antocianinas a los carotenoides. Muchas tienen corazón naranja y piel morada, y el pigmento se va al agua si se hierven, así que salen mejor asadas o crudas.

Amarillas (tipo 'Jaune du Doubs'): dominan la luteína y la xantofila, con menos betacaroteno. Sabor más suave y menos terroso.

Blancas: prácticamente sin carotenoides. Se cultivaban como forraje y hoy son casi una curiosidad.

Entre las naranjas, los tipos Nantesa (cilíndrica, punta roma, tierna) son los más agradecidos en suelo de huerto normal; los tipos Chantenay, cortos y cónicos, aguantan mejor los suelos pesados o pedregosos; y las Imperator, largas y finas, solo dan raíces rectas en suelo profundo y suelto.

Cultivarla bien es sobre todo cuestión de suelo

La zanahoria se siembra siempre a golpe directo, nunca de trasplante: cualquier manipulación de la raíz principal en plántula produce raíces bifurcadas o retorcidas. En la Península se siembra de febrero-marzo a julio-agosto según la zona, y el ciclo va de 90 a 120 días. Las siembras de finales de verano dan las raíces más dulces, porque el frío de otoño hace que la planta convierta almidón en azúcares.

Estos son los puntos donde se decide la cosecha:

Nada de estiércol fresco. El exceso de nitrógeno y de materia orgánica sin descomponer produce raíces peludas, ahorquilladas y con exceso de follaje. Lo correcto es sembrar zanahoria en una parcela abonada el cultivo anterior.

Suelo mullido y sin piedras al menos 30 cm. Cada guijarro que encuentre la punta de la raíz genera una bifurcación. Si el terreno es arcilloso o superficial, conviene un bancal elevado o pasarse a variedades cortas tipo Chantenay o Paris Market.

Humedad constante durante la nascencia. La semilla tarda de 12 a 20 días en germinar y no perdona que la capa superficial se seque un solo día en ese periodo. Un acolchado fino o un velo hasta que asome ahorra muchos fallos.

Aclareo temprano. Dejar unos 4-5 cm entre plantas. Sembradas apretadas, dan raíces finas y torcidas.

Riego regular. Un periodo seco seguido de un riego abundante hincha la raíz de golpe y la raja longitudinalmente.

Aporcar el cuello. Si el hombro de la raíz asoma y le da el sol, verdea y amarga.

La plaga que más daño hace es la mosca de la zanahoria (Chamaepsila rosae), cuyas larvas excavan galerías herrumbrosas en la raíz. La hembra localiza el cultivo por el olor, así que aclarar y desherbar al atardecer con el suelo removido es una invitación en toda regla. Una malla antiinsectos de 1,3 mm colocada desde la siembra lo resuelve sin tratamientos; también ayuda retrasar la siembra a partir de mediados de mayo para esquivar la primera generación.

Recolección y conservación

Se arrancan cuando el hombro alcanza el diámetro propio de la variedad, sin esperar a que la raíz se haga gigante: pasada cierta talla la zanahoria se lignifica, aparece un corazón fibroso y pierde dulzor. Con el suelo húmedo salen enteras; en seco se parten y la parte que queda dentro se pudre.

Lo primero al llegar a casa es cortar las hojas a ras. Si se dejan, siguen transpirando a costa de la raíz y en dos días la zanahoria está flácida. Después, en bolsa perforada dentro del cajón de la nevera, aguanta tres o cuatro semanas.

Y un detalle poco conocido: no las guardes junto a manzanas, peras o tomates maduros. El etileno que desprenden esas frutas induce en la zanahoria la síntesis de isocumarina (6-metoximeleína), un compuesto de defensa que le da un amargor persistente e irreversible. La zanahoria amarga del cajón de la nevera casi siempre ha estado durmiendo al lado de una manzana.

Para cantidades grandes de cosecha otoñal, el método antiguo sigue funcionando: en cajón con arena ligeramente húmeda, en un local fresco y oscuro entre 0 y 4 ºC, se conservan meses.

Quién debe moderarla

La zanahoria es un alimento seguro y bien tolerado, pero hay dos matices. Las personas con insuficiencia renal avanzada que controlan el potasio deben contar su aporte, especialmente en forma de zumo. Y existe una alergia real, cruzada con el polen de abedul y con otras umbelíferas como el apio, que se manifiesta como síndrome de alergia oral —picor de labios y garganta— sobre todo con la raíz cruda; cocinada suele tolerarse, porque el calor desnaturaliza la proteína implicada.

Mención aparte para las hojas. El follaje de la zanahoria es comestible y se usa en pesto o en caldo, pero conviene tener presente que la familia de las umbelíferas incluye especies silvestres muy tóxicas de aspecto parecido, como la cicuta (Conium maculatum) y la cicuta acuática (Cicuta virosa). Recolectar "zanahoria silvestre" en el campo sin identificación segura es un riesgo que no compensa: usa solo el follaje de las que has sembrado tú.

En resumen

La zanahoria es la mejor fuente vegetal cotidiana de betacaroteno, aporta fibra y potasio con pocas calorías y no engorda ni dispara la glucemia como se le atribuye. Lo que no hace es mejorar la vista de quien ya está bien nutrido: eso fue propaganda de guerra.

Para aprovecharla, cocínala ligeramente y acompáñala de un poco de grasa; el zumo concentra azúcar y tira la fibra a la basura. En el huerto, la clave está en un suelo profundo y sin estiércol fresco, humedad estable durante la germinación y una malla contra la mosca. Y en casa, hojas fuera nada más recolectar y lejos de la frutera, si no quieres zanahorias amargas.


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