Elige bien el bancal antes de enterrar el primer tubérculo: donde plantes tupinambo lo vas a tener diez años. Basta con que quede en el suelo un trozo del tamaño de una avellana para que en primavera rebrote una mata nueva, y el arrancado de una temporada nunca es completo. Dicho esto, es de las pocas hortalizas que produce entre dos y cuatro kilos por metro cuadrado sin apenas atención, aguanta heladas de veinte grados bajo cero con los tubérculos en tierra y se cosecha en pleno invierno, cuando el huerto no da otra cosa.

Tubérculos de tupinambo o alcachofa de Jerusalén recién cosechados

Qué planta es en realidad

El tupinambo es Helianthus tuberosus, una compuesta perenne originaria del este de Norteamérica, pariente directo del girasol de toda la vida (Helianthus annuus). Con la alcachofa (Cynara scolymus) no comparte género, ni tribu cercana, ni forma de comerse, y con Jerusalén no tiene relación alguna: el nombre inglés Jerusalem artichoke viene de deformar el italiano girasole, y a partir de ahí se tradujo mal a media Europa. En España lo encontrarás también como pataca, aguaturma, castaña de tierra o alcachofa de Jerusalén, y en Galicia como pataca de cana, donde se ha cultivado tradicionalmente para el ganado.

Lo que se come es un tubérculo —un tallo subterráneo engrosado, igual que la patata— de forma irregular, nudosa, con piel fina de color crema, rosado o violáceo según el cultivar. La parte aérea es una mata robusta de 1,8 a 3 metros, con tallos ásperos y hojas grandes en la base, que florece tarde: en la Península, capítulos amarillos de 5 a 8 cm desde finales de agosto hasta octubre, muy visitados por abejas cuando ya queda poca floración en el huerto.

Antes de plantar: la inulina y el nombre de este artículo

El tupinambo no acumula almidón, sino inulina, un fructano que puede suponer el 15-20 % del peso fresco del tubérculo. La diferencia importa mucho al comerlo. El intestino delgado humano no tiene la enzima para romper la inulina, así que llega entera al colon y allí la fermenta la flora bacteriana. El resultado es gas, y en cantidad. De ahí los apodos que arrastra la planta en varios idiomas y de ahí que el asunto merezca aviso antes de plantar veinte matas.

No es tóxica ni peligrosa: es una cuestión de tolerancia digestiva y de dosis. Algunas pautas que funcionan:

  • Empieza por raciones pequeñas, de 50 a 100 g, y sube desde ahí. La tolerancia mejora con la exposición repetida.
  • Cocciones largas —guisos, asados prolongados, purés— y el encurtido o fermentado reducen algo la molestia.
  • Los tubérculos guardados varias semanas en frío son más dulces y sientan algo mejor, porque parte de la inulina se hidroliza en fructosa durante la conservación.
  • Quien siga una dieta baja en FODMAP debería dejarlo directamente fuera del menú: la inulina es uno de los fructanos que esa dieta restringe.

Con perros y gatos, el mismo criterio. Un trozo de tupinambo cocido no envenena a nadie —la inulina se usa incluso como prebiótico en piensos—, pero una ración generosa produce gases y heces blandas. Si tu perro escarba en el bancal y se come media docena de tubérculos crudos, espera un día ruidoso; si aparecen vómitos repetidos o diarrea que no cede en 24 horas, consulta al veterinario. Los tallos y hojas no tienen interés alguno para ellos y tampoco están descritos como tóxicos.

Dónde ponerlo

Dos criterios mandan aquí: la sombra y la contención.

Una fila de tupinambos de 2,5 metros proyecta desde julio una sombra larga hacia el norte que deja sin sol a lo que tenga detrás. Aprovéchalo: colocado en el límite norte del huerto no estorba, y de paso funciona como cortavientos vivo de julio a noviembre. Colocado en el centro del bancal, te arruina los tomates de la fila contigua.

La contención es lo otro. El tupinambo se extiende por rizomas y tubérculos y avanza medio metro largo al año en cualquier dirección. Las soluciones que funcionan de verdad son tres: un bancal propio del que no te importe perder el control, una barrera enterrada de 40-50 cm de profundidad como la que se usa contra el bambú, o el cultivo en un contenedor grande, de 40 litros para arriba (medio bidón, un saco de cultivo resistente), que además facilita la cosecha porque se vuelca y ya está. Plantarlo suelto "a ver qué tal" sale caro en horas de azada durante los tres años siguientes.

Suelo: se adapta a casi todo, incluidos terrenos pobres y calizos, pero en arcilla compacta los tubérculos salen más nudosos y arrancarlos es un suplicio. En suelo suelto y mullido se recogen enteros y limpios. Prefiere pleno sol; a media sombra crece pero engorda menos.

Plantación y marco

Se planta por tubérculo, no por semilla. Sirve cualquier trozo sano con al menos dos o tres yemas y unos 40-50 g de peso; los tubérculos enteros pequeños son ideales.

  • Época: de febrero a marzo en la mayor parte de la Península. En zonas de invierno suave (litoral mediterráneo, sur, costa atlántica gallega) se puede plantar en noviembre-diciembre y brota antes.
  • Profundidad: 10-15 cm. Más superficial y el viento tumba la mata en verano.
  • Marco: 30-40 cm entre plantas y 75-90 cm entre líneas. Apretarlos más no aumenta la cosecha, solo el tamaño del enredo.

La brotación tarda: de tres a seis semanas según la temperatura del suelo. No lo des por muerto en abril ni vuelvas a remover el bancal para comprobar, porque romperás los brotes.

Cuidados durante la temporada

Riego. Sobrevive a la sequía, pero la cosecha se resiente mucho. El engorde del tubérculo ocurre a finales de verano y en otoño, cuando los días se acortan, así que el riego que de verdad cuenta es el de agosto y septiembre. Un tupinambo bien regado en agosto da tubérculos grandes y regulares; el mismo tupinambo sediento da un puñado de dedos delgados. En el interior peninsular, un riego semanal abundante en ese periodo marca la diferencia.

Abonado. Muy poco. Con una aportación de compost maduro en la plantación va sobrado. El exceso de nitrógeno le da tres metros de tallo, mucha hoja y pocos tubérculos.

Sujeción y despunte. En sitios ventosos conviene un alambre tendido entre dos postes a un metro y medio de altura, con las matas atadas. Otra opción es despuntar a 1,5-1,8 metros a comienzos del verano: reduce el vuelco y no penaliza la cosecha de forma apreciable. También se recomienda a veces cortar los botones florales para que la planta no gaste en semilla, aunque la diferencia en rendimiento es modesta y te quedas sin la floración de octubre para los polinizadores.

Escarda. Solo hace falta el primer mes. Después la propia mata tapa el suelo y no deja pasar nada.

Cosecha y conservación

Se recolecta cuando la parte aérea se ha secado, a partir de octubre-noviembre, y la campaña se alarga hasta febrero o marzo. Corta los tallos a 20-30 cm para saber dónde está cada mata y cava con horca, empezando a un palmo del centro de la planta para no clavarla.

La clave de la conservación es esta: el tupinambo no forma una piel suberizada como la patata, así que fuera de la tierra se deshidrata en pocos días y queda arrugado y correoso. La mejor despensa es el propio bancal. Deja los tubérculos en el suelo y ve sacando lo que necesites cada semana; las heladas no les hacen nada. Si tienes que guardarlos, hazlo en el frigorífico dentro de una bolsa cerrada o en arena ligeramente húmeda, y cuenta con dos o tres semanas de vida útil. Se lavan justo antes de cocinar, nunca antes de guardar.

Y un detalle de intendencia: recoge también los tubérculos pequeños si quieres reducir el rebrote del año siguiente. Los que dejes atrás son tu siembra de la temporada que viene, la quieras o no.

Problemas sanitarios

Es un cultivo notablemente sano. Lo que puede aparecer:

  • Esclerotinia (Sclerotinia sclerotiorum): pudrición blanda con micelio algodonoso blanco en la base del tallo, en otoños húmedos. Es el problema serio. Retira y destruye las matas afectadas y no plantes tupinambo, girasol, lechuga o judía en ese mismo sitio los años siguientes.
  • Roya (Puccinia helianthi) y oídio en las hojas al final de la temporada: llegan cuando el tubérculo ya está hecho y rara vez justifican tratamiento.
  • Babosas y topillos mordisqueando tubérculos en invierno, sobre todo si los dejas en tierra en suelos húmedos.

No forma parte de la rotación de solanáceas pese a dar tubérculos, así que puedes alternarlo sin problema con patata en el calendario del huerto, teniendo en cuenta la salvedad de la esclerotinia.

Cómo eliminarlo si te arrepientes

No hay atajo, pero sí un método que funciona. En invierno, cava el bancal entero y saca todo lo que encuentres, cribando la tierra si hace falta. En primavera saldrán brotes: siégalos o azadonalos cada dos o tres semanas, sin excepción, durante toda la temporada. Cada corte obliga a la planta a gastar reservas del tubérculo y, sin hoja, no las repone. Una sola temporada de constancia acaba con el 90 % del rodal; una segunda de repaso lo remata. Dejarlo crecer un mes "porque total" reinicia el contador desde cero, porque la mata recarga los tubérculos en cuanto vuelve a tener hojas.

En resumen

El tupinambo produce mucho, resiste el frío, prácticamente no enferma y se cosecha en los meses en que el huerto está vacío. A cambio pide dos decisiones tomadas de antemano: un sitio donde su sombra de tres metros no moleste y una forma de contenerlo, porque cada trozo de tubérculo olvidado es una planta nueva. En cultivo, lo esencial es plantar en febrero-marzo a 10-15 cm de profundidad, regar en agosto y septiembre, no abonar de más y dejar la cosecha en tierra para ir sacándola en invierno. En la mesa, prudencia con la ración: la inulina que lo hace interesante desde el punto de vista nutricional es la misma que provoca los gases, y conviene ir de menos a más.


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