Ni es pera ni es melón. Solanum muricatum pertenece a la misma familia que el tomate, la patata y la berenjena, y ese parentesco explica casi todo lo que hay que saber para cultivarla: se propaga como un tomate, se poda como un tomate, la atacan las mismas plagas que al tomate y se hiela con la misma facilidad. El nombre comercial viene del sabor de la pulpa y despista: tratada como una cucurbitácea, sembrada directamente en el bancal en mayo y dejada rastrera por el suelo, la planta acaba dando cuatro frutos pequeños y podridos por abajo.
De dónde viene y por qué apenas se ve en el huerto
Es una planta andina. Se cultiva desde época prehispánica en las zonas templadas de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y el norte de Chile, entre los 500 y los 3.000 metros de altitud, y en su lugar de origen no se conoce en estado silvestre: solo existe como planta cultivada, lo que apunta a una domesticación muy antigua a partir de especies emparentadas del grupo del Solanum caripense.
A España llegó por dos vías. Por un lado Canarias, donde se cultiva con normalidad desde hace décadas y donde el clima le va como un guante. Por otro, el trabajo de mejora que se hizo en la Universidad Politécnica de Valencia a finales del siglo XX, del que salieron cultivares seleccionados para las condiciones mediterráneas como Puzol, Valencia o Sweet Round, con frutos más grandes y dulces que los materiales andinos tradicionales. Fuera de Canarias y de algunos invernaderos de Almería y de la costa de Granada y Málaga, sigue siendo un cultivo minoritario, más de aficionado que comercial.
Cómo es la planta y cómo es el fruto
Es un arbusto perenne de base semileñosa que no suele pasar del metro de altura, con tallos frágiles que se doblan y se tumban en cuanto cargan fruto. Las hojas son enteras o divididas en tres foliolos, de un verde algo grisáceo, y las flores aparecen en ramilletes de cinco a veinte: pequeñas, con la corola blanca y rayas o manchas moradas, calcadas en estructura a las de la patata.
El fruto es una baya ovoide o acorazonada, de 10 a 400 gramos según el cultivar, con la piel lisa y fina que pasa del verde al crema dorado con vetas moradas longitudinales al madurar. La pulpa es amarilla o anaranjada, muy jugosa, de textura entre el melón y la pera de agua, y en el centro puede haber una cavidad con semillas planas o no haber ninguna: la especie produce con frecuencia frutos partenocárpicos, es decir, cuaja sin fecundación y sin formar pepitas. Que tu pera melón no tenga semillas no significa que sea estéril ni que le pase nada.
El sabor es suave y refrescante, con poco azúcar comparado con un melón de verdad: entre 6 y 10 grados Brix en buenas condiciones, frente a los 12-14 de un melón bien criado. Quien espere un dulzor intenso se va a llevar una decepción. Su gracia está en la jugosidad y en un aroma ligeramente floral.
Qué aporta nutricionalmente
Es fruta de agua: alrededor del 92 % de su peso es agua, lo que la deja en unas 25-30 kcal por cada 100 gramos, con unos 7 gramos de hidratos y fibra escasa. Lo más destacable es el aporte de vitamina C, que en fruto bien maduro se mueve en el entorno de los 25-35 mg por 100 g, cifras comparables a las de una naranja. Los cultivares de pulpa más anaranjada aportan además algo de carotenoides.
Un aviso que conviene dar aquí, precisamente por el parentesco: las hojas, los tallos y los frutos verdes contienen glicoalcaloides, igual que el follaje de la patata o del tomate. No son parte comestible de la planta y no se usan en infusión ni en ensalada. El fruto maduro, el de piel dorada, se come sin ningún problema, crudo, con piel o sin ella.
Clima, suelo y plantación
La pera melón quiere lo mismo que un tomate exigente: sol directo y temperaturas entre 15 y 25 °C. Por debajo de 10 °C se para, y una helada de -1 o -2 °C le quema la parte aérea, aunque la cepa a veces rebrota desde la base si el frío no ha llegado al suelo. En el interior peninsular es planta anual de temporada; en el litoral mediterráneo y en Canarias aguanta varios años seguidos.
Hay un detalle que decide la cosecha y que se pasa por alto: por encima de 30 °C el polen deja de funcionar y las flores caen sin cuajar. Plantar en abril para que el grueso de la floración caiga en pleno julio manchego es plantar para no recoger nada. En zonas cálidas conviene adelantar el trasplante a marzo bajo protección, o bien contar con la segunda floración de septiembre, que suele ser la buena.
El suelo, suelto y con materia orgánica, con pH entre 6 y 7,5 y drenaje real. Tolera algo de salinidad, más que el tomate, pero no tolera el encharcamiento: en suelo pesado y mal drenado el cuello se pudre en cuanto llegan las lluvias de otoño. Marco de plantación de 60-80 cm entre plantas y un metro entre líneas.
Riego, entutorado y poda
El sistema radicular es superficial y poco profundo, así que la planta acusa la sequía antes que un tomate y se recupera peor. Riego frecuente y moderado, mejor por goteo, manteniendo el suelo fresco sin llegar a barro. Los altibajos de humedad tienen una consecuencia visible: el fruto engorda a tirones y la piel se agrieta, y una vez agrietado se pudre en pocos días en la mata. Un acolchado de paja o de restos vegetales estabiliza la humedad y ahorra la mitad de los disgustos.
El entutorado no es opcional. Los tallos son quebradizos, se tumban con el peso de los frutos y todo lo que toca la tierra se mancha, se agusana o se pudre. Vale una caña por planta, una malla vertical o un emparrado bajo. Junto con eso, aclarar a dos o tres tallos principales y quitar los brotes bajos mejora mucho el tamaño del fruto y la aireación; una planta abandonada da un montón de frutos diminutos y un foco de hongos a ras de suelo.
En abonado, materia orgánica antes de plantar y aportes equilibrados durante el crecimiento, pasando a un abono más rico en potasio cuando empiece a cuajar. Con exceso de nitrógeno la planta hace una mata magnífica y frutos escasos.
Multiplicación: el esqueje manda
Se puede sembrar la semilla, germina bien a 20-25 °C, pero la especie es muy heterocigota y la descendencia sale desigual: unos frutos grandes, otros pequeños, unos dulces y otros insípidos. Para reproducir una planta que te ha gustado, esqueje.
Enraíza con una facilidad que sorprende. Se toman trozos de tallo semileñoso de 10-15 cm en primavera o a finales de verano, se les quitan las hojas de abajo, se clavan en un sustrato de turba y perlita y en dos o tres semanas tienen raíz, incluso sin hormona. Es la vía normal para mantener los cultivares y también para pasar el invierno: unos esquejes enraizados en una ventana luminosa ocupan mucho menos que la mata madre y sustituyen a la planta helada en marzo.
Plagas, enfermedades y recolección
Comparte enemigos con el resto de solanáceas: mosca blanca, pulgones, araña roja, trips y Tuta absoluta. Los trips y la mosca blanca importan menos por el daño directo que por los virus que transmiten (bronceado del tomate, virus Y de la patata, mosaico del pepino), frente a los que la pera melón es sensible y que se manifiestan en manchas anilladas y hojas deformadas. Por eso no interesa plantarla pegada a la tomatera ni repetirla año tras año en el mismo bancal, y sí revisar el envés de las hojas cada semana en verano.
En cuanto a la recogida, hay que interiorizar una idea: el azúcar se acumula en la mata, no en el frutero. Recogido verde, ablandará y cambiará de color, pero no ganará dulzor, y quien lo pruebe pensará que la variedad no vale nada. El fruto está listo cuando el fondo verde ha virado a crema o dorado, las rayas moradas están bien marcadas y cede ligeramente a la presión del pulgar, unos 60-80 días después del cuaje. Se conserva unos días a temperatura ambiente y una semana o dos en nevera, aunque por debajo de 5 °C sufre daños por frío y la pulpa se vuelve harinosa.
En resumen
La pera melón es una solanácea andina que se cultiva como un tomate perenne y frágil: sol, riego constante, tutor, dos o tres tallos y protección frente a las heladas. Se multiplica por esqueje sin esfuerzo, cuaja mal por encima de 30 °C y da su mejor cosecha en otoño en el litoral y en Canarias. Se recoge dorada y con las rayas moradas marcadas, porque después de cortada ya no endulza, y del vegetal solo se aprovecha el fruto maduro. Si buscas dulzor de melón te decepcionará; si buscas una fruta jugosa, refrescante y poco habitual que ocupa poco y produce mucho, encaja bien en cualquier huerto templado.