Arranca una hoja, mastícala y cuenta hasta tres. El dulzor no llega de golpe como el del azúcar: aparece con retraso, sube mucho más alto de lo esperado y se queda un buen rato en la boca dejando un fondo herbáceo que recuerda al regaliz. Esa curva de sabor tan rara es lo que define a la Stevia rebaudiana, y también lo que explica por qué unos la adoran y otros la abandonan después del primer café.
Como planta de huerto es agradecida, rápida y barata de multiplicar. Como sustituto del azúcar tiene virtudes reales y limitaciones que conviene conocer antes de arrancar los saquitos de la despensa.
Qué planta es exactamente
Stevia rebaudiana (Bertoni) es una compuesta —familia de las Asteraceae, la misma que la lechuga o el girasol— originaria del noreste de Paraguay y zonas limítrofes de Brasil, donde los guaraníes la usaban desde mucho antes de que la describiera la botánica europea. Es una herbácea perenne de porte bajo, entre 40 y 80 cm en cultivo, con tallos algo leñosos en la base, hojas opuestas, lanceoladas y dentadas en la mitad superior, y flores blancas diminutas agrupadas en capítulos.
El dulzor no está en la savia ni en la raíz: está en las hojas, y concretamente en unos compuestos llamados glucósidos de esteviol. Los dos mayoritarios son el esteviósido y el rebaudiósido A. Suponen entre un 4 % y un 15 % del peso seco de la hoja según la variedad, la edad de la planta y el momento de la recolección. El rebaudiósido A es el más limpio de sabor; el esteviósido, el que aporta el regusto amargo. Las selecciones modernas buscan precisamente subir la proporción del primero.
En cifras redondas: la hoja seca endulza alrededor de treinta veces más que el azúcar a igualdad de peso, y los glucósidos purificados que se venden en polvo, entre 200 y 300 veces más. Un dato que sirve para calibrar expectativas: una cucharadita rasa de hoja seca molida sustituye aproximadamente a dos o tres cucharadas soperas de azúcar, pero arrastra el color verdoso y el aroma vegetal de la hoja.
Lo que la stevia hace y lo que no hace
Los glucósidos de esteviol no se absorben tal cual en el intestino delgado: la microbiota del colon los transforma en esteviol, que se absorbe, se conjuga en el hígado y se elimina por la orina. Por esa vía no aportan energía metabolizable ni elevan la glucemia, que es la razón por la que interesan a quien tiene diabetes. Son además estables al calor hasta unos 200 ºC y en un rango amplio de pH, así que aguantan una cocción o un horneado sin degradarse, cosa que no ocurre con otros edulcorantes.
Hasta ahí, terreno firme. A partir de ahí conviene ser prudente. A la stevia se le atribuyen efectos antihipertensivos, antiinflamatorios y antioxidantes, pero los estudios que apuntan en esa dirección se han hecho normalmente con dosis muy superiores a las que nadie ingiere endulzando un café, y las conclusiones no son consistentes. La EFSA no ha autorizado ninguna declaración de propiedades saludables para la stevia: la ha aprobado como aditivo edulcorante (E-960), y eso es todo. Lo honesto es plantearla como lo que es, una alternativa sin calorías al azúcar, y no como un remedio.
La ingesta diaria admisible fijada por la EFSA y el JECFA es de 4 mg de equivalentes de esteviol por kilo de peso corporal y día. Para una persona de 70 kg son 280 mg diarios, una cantidad que en uso doméstico normal resulta difícil de alcanzar.
Hay un detalle legal que conviene tener claro. Lo autorizado en la Unión Europea son los glucósidos purificados, no la hoja. La hoja de stevia, entera o molida, no está autorizada como alimento ni como ingrediente alimentario en la UE, y por eso en los viveros se vende como planta y no en la sección de infusiones. Eso no impide en absoluto cultivarla en casa y usar sus hojas para uno mismo; lo que no puede hacerse es comercializarlas para consumo.
El punto donde falla como sustituto del azúcar
El azúcar en la cocina no solo endulza: da volumen, retiene humedad, alimenta a la levadura, carameliza, dora la corteza y conserva. La stevia no hace nada de eso. Sustituirla directamente en un bizcocho da un pastel plano, pálido y seco, porque se han quitado 200 gramos de estructura y se han puesto dos de polvo. En una mermelada, el azúcar es además el conservante: una mermelada endulzada solo con stevia se enmohece en el frigorífico en pocos días y necesita otro sistema de conservación.
Donde funciona bien es en lo líquido y en lo que no depende de la textura: infusiones, café, batidos, yogures, cuajadas, natillas, gelatinas, compotas de consumo inmediato. Una hoja fresca dentro de la tetera basta para endulzar una taza grande, y da menos regusto que la hoja seca molida.
Cultivo en clima peninsular
La stevia es subtropical y su límite es el frío. Aguanta bien hasta los 5 ºC, sufre por debajo de 2 ºC y la parte aérea se hiela en torno a −2 ºC o −3 ºC. En el litoral mediterráneo y en el suroeste, con una buena capa de acolchado sobre la base, la cepa rebrota de raíz en primavera y la planta puede durar tres o cuatro años. En el interior —Castilla, Aragón, la meseta norte— se comporta como anual: hay que replantarla cada año o guardarla resguardada.
Plantación: a partir de abril o mayo, cuando el suelo haya pasado de 15 ºC y no queden heladas. Marco de 30 a 40 cm entre plantas. En maceta, mínimo 20-25 cm de diámetro y sustrato con buen drenaje; con menos volumen se seca cada tarde y la planta se para.
Suelo: ligero, suelto, con materia orgánica y pH entre 6 y 7. Su sistema radicular es superficial y fibroso, lo que la hace muy sensible a dos extremos: no soporta encharcamiento —Rhizoctonia y podredumbre de cuello aparecen en cuestión de días en suelo pesado— y tampoco resiste la sequía. Se riega poco y a menudo, manteniendo el sustrato fresco pero nunca embalsado. Un acolchado de paja o corteza en junio ahorra la mitad de los riegos.
Luz: pleno sol en el norte y en la costa. En Andalucía, Extremadura o el valle del Ebro, con tardes de 38 ºC, agradece sombra desde media tarde; a pleno sol y sin agua suficiente las hojas se enrollan y la planta se detiene.
Abonado: exigente en nitrógeno, porque lo que se cosecha es hoja. Un aporte de compost bien hecho en la plantación y algún riego con extracto de ortiga o un fertilizante equilibrado cada tres semanas durante el verano es suficiente. No conviene pasarse: el exceso de nitrógeno da hoja grande y acuosa con menor concentración de glucósidos.
Multiplicación: por esqueje, no por semilla
La semilla de stevia germina mal y de forma irregular. Los aquenios son diminutos, buena parte están vacíos por su autoincompatibilidad, y la germinación de un sobre comercial rara vez pasa del 20 %. Además la descendencia es muy heterogénea: de diez plantas nacidas de semilla, unas endulzan bien y otras casi nada.
Lo eficaz es el esqueje de tallo. Se cortan puntas de 8-10 cm con tres o cuatro pares de hojas, se eliminan las inferiores, se clavan en un sustrato de turba y perlita a partes iguales y se mantienen a 22-25 ºC con humedad ambiental alta, cubiertos con una bolsa o en propagador. Enraízan en dos o tres semanas, incluso en un vaso de agua, aunque las raíces de agua sufren más al trasplantar. Septiembre es el momento ideal para sacar unos cuantos esquejes, meterlos en casa junto a una ventana luminosa y tener planta joven lista para abril.
La recolección y el momento crítico: la floración
Aquí está la clave de que una stevia casera sepa a algo o a nada. La stevia es una planta de día corto: florece cuando las noches se alargan, lo que en la península ocurre a partir de finales de agosto y sobre todo en septiembre. Cuando la planta entra en floración, deriva sus recursos a la semilla y el contenido de glucósidos en la hoja cae de forma acusada. Una mata cosechada en octubre, cargada de florecillas blancas, da una hoja seca floja y amarga.
De ahí la regla práctica: cosechar justo antes de que abran las flores, cuando se ven los botones formados pero cerrados. Y despuntar la planta con regularidad durante todo el verano, lo que además la obliga a ramificar y multiplica la superficie foliar. Con dos o tres cortes por temporada —a mediados de junio, a finales de julio y el grande de finales de agosto— una planta bien llevada da entre 60 y 100 gramos de hoja seca.
El corte se hace dejando 10-15 cm de tallo con algún par de yemas para que rebrote. Se cosecha por la mañana, después de que se evapore el rocío. El secado se hace a la sombra, en capa fina y con aire, colgando los manojos boca abajo o extendiendo las hojas sobre una rejilla; al sol directo o en secadora caliente se pierde parte del aroma y la hoja se oscurece. En 24-48 horas de calor seco están listas: crujen al apretarlas. Se guardan enteras en tarro hermético y opaco, y se muelen en el momento de usarlas, porque molidas pierden antes.
Problemas habituales
Mosca blanca, pulgón y trips son las plagas frecuentes, sobre todo en invernadero y en planta de balcón. Al tratarse de un cultivo de hoja destinado a consumo, lo sensato es quedarse en jabón potásico, aceite de neem antes de la cosecha o simplemente lavados a presión, respetando siempre el plazo de seguridad.
Araña roja en veranos secos y calurosos, con la planta a pleno sol y sin humedad ambiental: hoja punteada de amarillo y telaraña fina en el envés. Aumentar la humedad y refrescar el ambiente corta el ciclo.
Hojas amarillas y planta parada en agosto: casi siempre es sequía radicular en maceta pequeña. La raíz superficial no alcanza a compensar la evaporación.
Cuello negro y planta que se desploma de un día para otro: encharcamiento. No tiene marcha atrás; solo cabe prevenirlo con drenaje y riegos cortos.
En resumen
La Stevia rebaudiana es una perenne subtropical fácil de cultivar en España como anual, o como planta de varios años en la costa con protección invernal. Se multiplica por esqueje, nunca por semilla si se quiere una planta que endulce de verdad, y se cosecha justo antes de la floración de septiembre, porque después la hoja pierde buena parte de su dulzor.
Como edulcorante aporta lo que promete —cero calorías, sin efecto sobre la glucemia, estable al calor— y no aporta lo que a veces se le atribuye: no hay declaraciones de salud autorizadas en la UE, y en la cocina no sustituye al azúcar en todo aquello que dependa del volumen, el dorado o la conservación. En infusiones, lácteos y postres líquidos cumple sin discusión; en repostería y mermeladas hay que replantear la receta entera, no cambiar un ingrediente por otro.