Las lombrices que aparecen al cavar el bancal no sirven para una compostera. Son especies anécicas, sobre todo Lumbricus terrestris, que viven en galerías verticales de hasta dos metros y necesitan suelo mineral; metidas en una caja con restos de cocina mueren en pocos días. La lombriz que trabaja en un vermicompostador es Eisenia fetida —y su pariente Eisenia andrei, que se vende junto a ella como «roja californiana»—, una especie epigea que vive en la capa superficial de materia orgánica en descomposición y que no excava: come.
Esa distinción es la que separa un cajón que funciona durante años de uno que huele mal a las dos semanas. Todo lo demás —las cajas, los agujeros, el grifo— es carpintería sencilla.
Qué hace realmente una compostera de lombrices
No es un compostador en pequeño. El compost de pila trabaja por vía térmica: los microorganismos suben la masa a 55-65 °C y degradan el material en semanas. El vermicompostaje es un proceso frío, mesófilo, que ocurre entre 15 y 25 °C y en el que la lombriz actúa de trituradora y de reactor a la vez. El material pasa por su tubo digestivo, se mezcla con mucus y con la microbiota intestinal, y sale en forma de deyecciones granulares: eso es el humus de lombriz.
La consecuencia práctica es doble. Por un lado, el vermicompost no se calienta, así que no destruye semillas de adventicias ni patógenos como sí hace una pila caliente bien llevada: no metas plantas enfermas ni tomates pasados llenos de semillas si no quieres verlos brotar en las macetas. Por otro, al no haber fase térmica se conserva mucho más nitrógeno y una población microbiana viva y muy diversa, que es de donde viene buena parte del efecto en las plantas.
Una colonia bien alimentada procesa alrededor de la mitad de su propio peso al día en condiciones óptimas; en una compostera doméstica real, con altibajos de temperatura, cuenta con 250-350 gramos de restos diarios por kilo de lombriz. Con medio kilo de lombrices —unos mil ejemplares adultos— se gestionan los restos vegetales de dos o tres personas.
Los materiales, y por qué cada uno
El montaje clásico usa cajas apilables:
- Tres o cuatro cajas de plástico opaco iguales, de 20 a 40 litros, que encajen unas dentro de otras dejando aire entre el fondo de una y el contenido de la de abajo. Opacas es requisito, no estética: las lombrices huyen de la luz y una caja transparente las mantiene en estrés permanente.
- Una tapa para la de arriba.
- Broca de 5 mm para el fondo de las cajas de trabajo, y de 2-3 mm para la ventilación de los laterales altos y la tapa.
- Un grifo o espita de bidón, opcional, para la caja inferior.
Nunca uses recipientes que hayan contenido disolventes, pinturas o productos fitosanitarios. Los restos absorbidos por el plástico matan la colonia y contaminan el humus.
La caja de abajo va entera, sin perforar, y recoge el líquido. Las de encima llevan entre veinte y treinta agujeros de 5 mm repartidos por el fondo: son la autopista por la que las lombrices suben de un nivel a otro. Los agujeros pequeños de los laterales, en la mitad superior, dan ventilación sin que se escapen. Si la caja inferior no lleva grifo, levanta las superiores cada pocas semanas y vacíala.
Puesta en marcha
Empieza solo con la caja recolectora y una caja de trabajo encima. Prepara la cama: diez centímetros de cartón corrugado troceado y humedecido, huevera de cartón, papel sin brillo, hojarasca seca o fibra de coco hidratada. Esa cama aporta el carbono, retiene humedad y da estructura para que el conjunto no se apelmace.
Añade encima un par de puñados de tierra de huerto o de compost maduro —les aporta el material mineral que usan para moler la comida— y suelta las lombrices. Los tres primeros días déjalas sin comida: necesitan aclimatarse, y una carga de material fresco desde el minuto uno fermenta antes de que ellas lleguen.
Es normal que en las primeras noches intenten escaparse. La solución es dejar una bombilla encendida sobre la caja abierta durante dos o tres noches: la luz las obliga a hundirse y se instalan.
Qué se echa y qué no
Entra sin problema: restos de fruta y verdura, posos de café con el filtro de papel, bolsitas de infusión sin grapa ni malla plástica, cáscara de huevo triturada, cartón, papel de cocina usado, hojas secas, restos de poda blanda muy troceados.
Se queda fuera:
- Carne, pescado, lácteos y grasas. Se pudren por vía anaerobia, huelen y atraen roedores.
- Comida cocinada con sal o aceite. La lombriz respira por la piel y la sal la deshidrata.
- Cítricos, cebolla y ajo en cantidad. Una piel de naranja suelta no pasa nada; medio kilo de cáscaras acidifica el lecho por debajo de pH 5 y la colonia se retira al fondo.
- Excrementos de perro y gato. Riesgo parasitario real —Toxocara, Toxoplasma— en un proceso que no alcanza temperaturas de higienización. Si el humus va a huerto de consumo, ni se plantea.
- Ceniza y cal en cantidad. Disparan el pH y las sales.
Trocea todo lo que puedas: cuanta más superficie, más rápido lo colonizan los microorganismos, que es lo que las lombrices comen de verdad. Congelar y descongelar los restos antes de echarlos rompe las paredes celulares y acelera el proceso de forma notable.
La forma de alimentar importa tanto como el qué. Entierra la comida en una esquina distinta cada vez, tapada con un par de centímetros de cama. Comida enterrada y cubierta no cría mosca del vinagre ni desprende olor, y si un rincón se te va de las manos, las lombrices tienen a dónde huir mientras se corrige.
Humedad, temperatura y pH
La humedad correcta es la de una esponja escurrida: al apretar un puñado, brillan los dedos y como mucho cae una gota. Por debajo, las lombrices se contraen, dejan de comer y aparecen hormigas. Por encima, el lecho se vuelve anaerobio, huele a podrido y proliferan ácaros blancos.
La temperatura es el factor que más composteras mata en España, y siempre en verano. Eisenia fetida trabaja entre 15 y 25 °C, se ralentiza por debajo de 10 °C y muere por encima de 32-35 °C. Una caja de plástico en una terraza orientada al sur en julio, en Sevilla o en Zaragoza, supera esa cifra a mediodía sin dificultad. Sombra permanente, un porche, un trastero, un sótano o incluso debajo del fregadero. En la meseta, en invierno, basta con arrimarla a una pared protegida y engordar la capa de cartón: el frío las ralentiza, pero no las mata.
El pH ideal ronda 6,5-7,5. La cáscara de huevo bien triturada —molida, no en trozos grandes— es el corrector doméstico: aporta carbonato cálcico, tampona la acidez y además cubre la necesidad de calcio de las glándulas calcíferas del animal, lo que se traduce en más capullos y más puesta.
El líquido del fondo: cuidado con lo que se cuenta de él
El líquido que gotea a la caja inferior es un lixiviado, no «té de lombriz». No son lo mismo. El lixiviado es agua de percolación que ha atravesado material en descomposición sin digerir, y puede llegar cargado de compuestos fenólicos y de bacterias anaerobias; aplicado puro, quema raíces y plántulas. El verdadero té de vermicompost se elabora aparte, macerando y aireando humus ya terminado en agua.
Si sale abundante lixiviado, la lectura correcta es que hay demasiada humedad dentro. Añade cartón seco. Y si vas a usar el líquido que recojas, dilúyelo al menos 1:10 y descártalo si huele agrio o a alcantarilla.
Cosechar el humus
Cuando la caja de trabajo esté llena y el contenido tenga aspecto de café molido oscuro, sin restos reconocibles, coloca la siguiente caja encima con cama fresca y comida. Las lombrices suben por los agujeros del fondo buscando alimento y en dos a cuatro semanas la caja inferior queda casi vacía de ellas. Ese es el momento de retirarla.
El ciclo completo desde el arranque tarda entre tres y seis meses según temperatura y carga. Para separar los últimos ejemplares, vuelca el humus en montoncitos cónicos sobre un plástico al sol o bajo una bombilla: la luz las hace bajar y vas retirando la capa superficial hasta quedarte con un puñado de lombrices en la base.
Un aviso sobre el uso: el humus de lombriz no es un sustrato. Solo, se compacta, drena mal y asfixia raíces. Se emplea como enmienda, entre un 10 y un 20 % del volumen de la mezcla, o esparcido en superficie a razón de un par de puñados por planta en primavera. En semilleros basta un 10 %.
Cuando algo va mal
- Olor a podrido o a amoniaco: exceso de comida o de agua. Deja de alimentar una o dos semanas, remueve suavemente y añade cartón troceado seco.
- Nube de mosquitas: fruta descubierta. Entierra siempre los restos y mantén dos o tres centímetros de cama seca en superficie. Una trampa de vinagre con una gota de jabón reduce la población adulta mientras se corrige.
- Hormigas: señal de sequedad. Humedece y pon las patas del mueble en recipientes con agua.
- Lombrices amontonadas en la tapa o intentando salir en masa: algo del interior las está expulsando. Acidez, calor o falta de oxígeno. Revisa temperatura, drena y airea.
- Cochinillas, colémbolos y algún milpiés: no son plaga, forman parte del ecosistema del cajón y ayudan a triturar.
En resumen
Una compostera de lombrices casera son tres o cuatro cajas opacas apiladas, agujeros de 5 mm en los fondos, una cama de cartón húmedo y Eisenia fetida, que es la única lombriz que hace este trabajo. Se alimenta enterrando restos vegetales troceados en una esquina distinta cada vez, se mantiene con la humedad de una esponja escurrida y se protege del calor: por encima de 32 °C la colonia se pierde. El humus se recoge por migración a la caja superior a los tres o seis meses y se usa mezclado al 10-20 %, nunca solo. El líquido del fondo es lixiviado, no fertilizante listo para usar, y su abundancia avisa de que dentro sobra agua.