Compra un sobre rotulado «farolillo chino» y puedes acabar con dos plantas muy distintas en el huerto: una da frutos que se comen a puñados y la otra da unos farolillos naranjas preciosos que se secan para el jarrón y cuyas partes verdes no deben ir a la boca. Las dos son Physalis, las dos envuelven el fruto en un cáliz de papel y las dos comparten apodo en castellano. La confusión es tan común que merece la pena resolverla antes de hablar de cultivo, y de paso deshacer otra idea muy repetida: que esto es «una variedad rara de tomate».
Ni tomate, ni una sola planta
El género Physalis pertenece a las solanáceas, la misma familia que el tomate, la patata, el pimiento y la berenjena. Pero el tomate es Solanum lycopersicum: otro género, otra especie, ningún parentesco directo más allá de la familia. Ninguna de las plantas que aquí llamamos farolillo chino es una variedad de tomate, ni se cruza con él, ni se injerta con él.
Lo que sí comparten todos los Physalis es un rasgo llamativo: el cáliz de la flor sigue creciendo después de la fecundación hasta envolver por completo la baya, formando esa vejiga papirácea que da nombre al «farolillo». Es una envoltura protectora, y a efectos prácticos de horticultor, un envase natural que alarga muchísimo la conservación del fruto.
Las tres especies con las que se topa el aficionado en España son:
Physalis peruviana —uchuva, aguaymanto, alquequenje del Perú, physalis a secas en la frutería—. Es la que se cultiva por su fruto: una baya anaranjada del tamaño de una cereza grande, dulce y ácida a la vez, dentro de un cáliz que al madurar se vuelve beige y quebradizo. Esta es la comestible y la que interesa en el huerto.
Physalis alkekengi (hoy también Alkekengi officinarum) —alquequenje, vejiga de perro, farolillo chino en sentido estricto—. Vivaz, rústica, de cálices de un naranja rojizo intenso que se cortan en otoño para arreglos secos. Se cultiva por su valor ornamental.
Physalis philadelphica (o P. ixocarpa) —el tomatillo o tomate verde mexicano, base de la salsa verde—. Se cosecha verde, cuando el fruto llena y rompe el cáliz, y no tiene nada que ver con las otras dos en cuanto a uso.
Lo que hay que saber sobre la especie ornamental
En Physalis alkekengi, las hojas, los tallos, el cáliz y el fruto todavía verde contienen alcaloides de tipo solanina y physalinas. Son tóxicos por ingestión: producen molestias digestivas, y en cantidad, alteraciones más serias. El cáliz naranja, que es justo lo que llama la atención de un niño o de un perro, no es comestible en ningún estado de madurez.
La baya roja completamente madura se ha consumido tradicionalmente en algunas zonas de Europa y en pequeñas cantidades, pero la ventana de madurez es difícil de juzgar a ojo, el sabor es mediocre y el margen de error va contra el que prueba. Si tienes esta planta, tenla como ornamental y déjalo ahí. Si hay niños pequeños o perros que mordisquean, el ramo de farolillos secos no debería estar a su alcance en el salón.
La vitamina C, puesta en su sitio
La fama del physalis como bomba de vitamina C conviene rebajarla. Los análisis publicados de Physalis peruviana dan valores que se mueven aproximadamente entre 11 y 40 mg de ácido ascórbico por cada 100 g de fruta fresca, con mucha variación según cultivar, punto de recolección y método analítico. Para situarlo: una naranja ronda los 50 mg/100 g, un kiwi los 90 y un pimiento rojo crudo supera los 130.
Dicho de otro modo, es una fruta con un aporte de vitamina C decente, comparable al de una mandarina o al de un buen tomate de temporada, no un caso excepcional. Donde sí destaca de verdad es en carotenoides —de ahí el color anaranjado intenso de la pulpa, con betacaroteno como provitamina A—, en fibra y en polifenoles. Y tiene una virtud que ninguna tabla nutricional recoge: se cosecha en septiembre y octubre, cuando en el huerto ya queda poca fruta fresca propia.
Cultivar Physalis peruviana en el huerto
Es una planta perenne en su origen andino, pero en la Península se comporta como anual porque no aguanta las heladas: por debajo de -1 o -2 °C la parte aérea se pierde. En el litoral mediterráneo, en el sur y en Canarias puede rebrotar de cepa varios años seguidos.
Siembra. Necesita ciclo largo, así que hay que empezar dentro. Siembra en semillero protegido entre febrero y principios de marzo, a 20-25 °C; la nascencia tarda entre una y tres semanas y es irregular, no la des por perdida a los diez días. Cubre las semillas apenas unos milímetros.
Trasplante. Al terreno cuando haya pasado el riesgo de helada, normalmente de abril a mayo según zona. Es una planta grande: alcanza sin problema 1,2-1,5 m de altura y otro tanto de anchura, así que deja al menos 80-100 cm entre plantas. En maceta necesita 25-30 litros como mínimo si quieres cosecha de verdad.
Suelo y abonado. Aquí está el fallo que arruina la cosecha: tratarla como a un tomate exigente. El physalis fructifica mejor en suelo pobre o medio. Con exceso de nitrógeno crece de forma espectacular, hace una mata enorme de hojas grandes y da cuatro frutos. Un aporte moderado de compost al plantar y poco más. Lo que sí exige es drenaje; el encharcamiento la mata rápido.
Entutorado. Los tallos son quebradizos y se abren hacia fuera con el peso del fruto. Una jaula de tomatera, tres cañas en trípode o un alambrado bastan. Sin apoyo la planta se tumba y los frutos maduran en contacto con el suelo, donde se pudren o se los comen las babosas.
Riego. Regular durante la floración y el cuajado; en verano peninsular, riego por goteo y acolchado. Las oscilaciones bruscas de humedad provocan caída de flores. Una vez el fruto está formado, se puede aflojar.
Poda. No la necesita. Como mucho, despuntar el eje principal cuando alcance 40-50 cm para forzar ramificación, y aclarar el interior si la mata se cierra demasiado en zonas húmedas.
Cuándo y cómo se cosecha
La planta te avisa sola. El cáliz, verde y turgente mientras el fruto se forma, se seca hasta quedar de color pajizo y translúcido, con las nervaduras marcadas. Poco después el fruto maduro se desprende y cae al suelo. Ese es el momento: la fruta caída con el cáliz seco es la que está en su punto, no la que sigue en la planta con el cáliz verde. Un physalis recogido antes de tiempo es ácido y astringente, y no madura bien fuera de la mata.
Por eso conviene mantener el suelo bajo la planta limpio y con un acolchado seco o una malla: se recoge cada dos o tres días lo que ha caído. La cosecha en la Península suele ir de finales de agosto a octubre, hasta que la primera helada corta el ciclo.
Guardados dentro de su cáliz, sin lavar, en un sitio fresco, seco y ventilado, los frutos aguantan de uno a tres meses. Es la razón de ser de esa envoltura. Si los pelas y los metes en un táper, duran unos días como cualquier baya.
Problemas frecuentes
Es una planta poco problemática. Lo que más se ve es mosca blanca y pulgón en la cara inferior de las hojas, sobre todo bajo invernadero, y algún ataque de araña roja en veranos secos. Los caracoles y babosas van directos a la fruta caída. En zonas de otoño húmedo puede aparecer oídio en las hojas bajas, que rara vez compromete la cosecha.
Un aviso menos evidente: los frutos que se quedan sin recoger siembran solos. Al año siguiente saldrán plántulas espontáneas por toda la parcela. No es una planta agresiva, pero prepárate para arrancar decenas de brotes en primavera, o aprovéchalos y trasplántalos, que agarran bien.
Si lo que quieres es el ornamental
Physalis alkekengi se comporta de manera opuesta: es vivaz, resiste el frío peninsular sin problema y se propaga por rizomas subterráneos con una eficacia que sorprende al segundo año. Plantada suelta en un arriate, coloniza. La solución práctica es plantarla dentro de un contenedor sin fondo enterrado, con el borde sobresaliendo unos centímetros del nivel del suelo, o mantenerla directamente en maceta.
Prefiere media sombra y suelo fresco. Los tallos se cortan en otoño, cuando los cálices han tomado ya el naranja intenso pero antes de que las lluvias los deshagan; se les quitan las hojas y se cuelgan boca abajo en un sitio oscuro y aireado para que sequen sin perder color. Cortados demasiado pronto quedan verdosos y no evolucionan; cortados demasiado tarde se vuelven una filigrana de nervios, que también tiene su gracia pero ya no es lo mismo.
En resumen
Farolillo chino designa a la vez dos plantas con usos opuestos: Physalis peruviana, que se cultiva por su fruto naranja comestible, y Physalis alkekengi, ornamental, invasora por rizoma y con hojas, cáliz y fruto verde tóxicos. Ninguna es una variedad de tomate. Si buscas cosecha, siembra P. peruviana en semillero en febrero, trasplanta tras las heladas dejando un metro por planta, abónala poco, entutórala y recoge del suelo los frutos cuyo cáliz se haya secado, entre finales de agosto y octubre; guardados en su envoltura duran meses. Y en cuanto a la vitamina C, el aporte es correcto pero no extraordinario: entre 11 y 40 mg por 100 g, por debajo de una naranja. La razón de cultivarla es otra: da fruta fresca del huerto cuando ya casi no queda ninguna.