En 1544, el médico y botánico sienés Pietro Andrea Mattioli dejó por escrito la descripción de un fruto recién llegado de América al que llamó mala aurea, manzana dorada. Diez años después ya lo citaba como pomodoro, el nombre que conserva el italiano. De ahí, y de la deformación de otras etiquetas parecidas, salió el pomme d'amour francés y con él la fama que todavía arrastra el tomate: la de fruta afrodisíaca. La planta que hoy ocupa medio huerto español entró en Europa como curiosidad de jardín botánico, sospechosa de veneno y cargada de leyenda sexual, y tardó casi dos siglos en llegar al plato.
De dónde salió realmente el nombre
La explicación romántica dice que los franceses bautizaron al tomate como manzana del amor porque le atribuían poder estimulante. La explicación filológica, bastante más sólida, apunta a una cadena de malentendidos entre lenguas vecinas. El italiano pomo dei Mori —manzana de los moros, es decir, fruta llegada por el sur— suena en francés casi exactamente igual que pomme d'amour. La confusión fonética habría fijado el nombre, y el nombre habría fabricado después la reputación, no al revés.
Ayudó a consolidarla el hecho de que el tomate pertenece a las solanáceas, la misma familia que la mandrágora (Mandragora officinarum), planta con siglos de literatura mágica y erótica a sus espaldas. Emparentar el fruto nuevo con la mandrágora era casi automático para un herbolario del siglo XVI: hojas parecidas, olor fuerte al rozarlas, misma familia botánica. De hecho, uno de los primeros nombres científicos del tomate, Lycopersicon esculentum, significa literalmente «melocotón de lobo», una denominación que ya olía a advertencia. Hoy la especie se clasifica como Solanum lycopersicum, dentro del mismo género que la patata y la berenjena.
La sospecha de veneno y qué hay de cierto
Durante décadas el tomate se cultivó en Europa como planta ornamental, no comestible. Parte de la desconfianza tenía base observable: las hojas y los tallos de la tomatera contienen alfa-tomatina, un glicoalcaloide con función defensiva frente a insectos y hongos. Es un compuesto real y no conviene comer follaje de tomatera ni preparar infusiones con él, del mismo modo que no se comen las hojas de la patata.
Dicho esto, conviene poner las cosas en su sitio. La tomatina no es solanina —el alcaloide de la patata verde— y se comporta de forma bastante distinta en el organismo humano: se absorbe mal en el intestino, tiende a unirse al colesterol de la dieta y se elimina en buena parte sin pasar a sangre. El fruto maduro apenas contiene cantidades relevantes, porque durante la maduración la tomatina se degrada. Y el tomate verde, ese que en media España se fríe, se encurte o se aprovecha en mermeladas al final del verano, contiene tomatina en cantidades que no representan un problema en un consumo normal. Comer tomates verdes no es peligroso; masticar las hojas sí es mala idea.
Hay además una hipótesis muy repetida sobre los envenenamientos históricos atribuidos al tomate: en las mesas acomodadas europeas se usaba vajilla de peltre, aleación con plomo, y la acidez del tomate favorecía que ese plomo pasara a la comida. Quien enfermaba culpaba al fruto exótico, no al plato. La cronología encaja, aunque conviene tomarla como una explicación plausible y no como un hecho documentado caso por caso.
Lo de afrodisíaco: qué dice la evidencia
No hay ningún estudio que respalde un efecto estimulante del tomate sobre el deseo o la función sexual. Lo que sí existe es un cuerpo de investigación sobre el licopeno, el carotenoide que le da el color rojo, y su relación con la salud de la próstata y con marcadores de estrés oxidativo. Son cosas distintas, y el salto de una a otra es puro marketing.
Un detalle de cocina sí es interesante para el hortelano: el licopeno se absorbe mucho mejor cuando el tomate se ha cocinado y se acompaña de grasa. Un sofrito con aceite de oliva pone a disposición del organismo bastante más licopeno que el mismo tomate crudo en ensalada. La tradición mediterránea acertó por el camino largo.
España, por cierto, fue de los primeros lugares de Europa donde el tomate pasó de curiosidad a alimento. La primera receta europea conocida con tomate aparece en el recetario napolitano de Antonio Latini de finales del siglo XVII, y la describe explícitamente como salsa «a la española». Nápoles pertenecía entonces a la Corona española, y el trasiego entre ambas cocinas fue constante.
Cultivar tomateras en el huerto español
La tomatera es una planta perenne de origen andino que aquí se cultiva como anual porque no soporta la helada. Ese dato explica casi todo su calendario. En la mitad interior de la península la siembra en semillero protegido se hace entre febrero y marzo, con germinación a 20-25 °C, y el trasplante espera a que hayan pasado las heladas tardías: finales de abril o principios de mayo en meseta y zonas de interior, y desde marzo en el litoral mediterráneo y el sur.
Necesita sol directo abundante, suelo suelto y bien drenado, y un pH ligeramente ácido a neutro, en torno a 6-7. Se planta a unos 40-50 cm entre plantas y 70-80 cm entre líneas si son variedades de crecimiento indeterminado, que son las que trepan sin parar y necesitan tutor o entramado de cuerdas. Las de crecimiento determinado, más compactas, cierran su ciclo antes y admiten marcos algo más estrechos; son las típicas de industria y las más cómodas en maceta grande.
Un apunte de sabor que sorprende a quien empieza: el tomate más rico no sale de la planta mejor regada. El exceso de agua en la fase de maduración diluye azúcares y ácidos y da frutos grandes y sosos. Regar de forma regular pero contenida, y reducir algo el aporte cuando los frutos empiezan a virar de color, concentra el sabor. Los tomates de Almería con fama de dulces se cultivan precisamente con aguas salinas y riego ajustado.
Los tropiezos habituales
La podredumbre apical —esa mancha marrón hundida en el culo del tomate— es el problema que más consultas genera y también el peor entendido. Se atribuye siempre a falta de calcio en el suelo, y en la mayor parte de los huertos españoles, sobre suelos calizos, el calcio sobra. Lo que falla es el transporte: el calcio viaja con el agua, y cuando el riego es irregular, con periodos de sequía seguidos de encharcamiento, el fruto en crecimiento rápido no recibe el que necesita. Echar más calcio al suelo no lo arregla; regularizar el riego y acolchar para estabilizar la humedad, sí.
El agrietado del fruto responde a la misma causa: un riego abundante tras días de sequía hincha la pulpa más deprisa de lo que la piel puede estirarse. También aquí la solución es la constancia, no la cantidad.
En enfermedades, el mildiu (Phytophthora infestans) es el que puede llevarse la cosecha entera en una semana de primavera húmeda y templada; conviene mojar el suelo y no la hoja, dar aire entre plantas y retirar el follaje bajo. La alternariosis (Alternaria solani) aparece como anillos concéntricos en hojas viejas. Entre plagas, la tuta o polilla del tomate (Tuta absoluta) es hoy la principal en el arco mediterráneo: galerías en hoja y perforaciones en el fruto. Se controla con vigilancia temprana, trampas de feromona y retirada de material afectado, sin dejarlo en el huerto.
Otro fallo que sale caro sin que parezca nada: repetir tomate en el mismo bancal año tras año. Las solanáceas comparten patógenos de suelo y nematodos que se acumulan. Deja pasar tres o cuatro campañas antes de volver al mismo sitio con tomate, patata, pimiento o berenjena.
Sobre las hojas de tomatera circula además una recomendación muy extendida en foros de huerto: usarlas para elaborar preparados insecticidas caseros. No lo hagas. Son material con alcaloides, sin dosificación conocida, y en España los preparados fitosanitarios de uso doméstico están regulados; improvisar extractos con hojas tóxicas no es ni seguro ni legal como tratamiento.
Variedades tradicionales que merecen sitio
El catálogo local español es de los más ricos de Europa y buena parte de él sigue vivo gracias a hortelanos que guardan simiente. El corazón de buey da frutos grandes, carnosos y de poca semilla, ideales para ensalada. El Muchamiel, alicantino, y el Rosa de Barbastro, oscense, son referencias de sabor en secano y regadío respectivamente. El tomate de colgar o penjar, de Mallorca y el litoral catalán y valenciano, tiene piel gruesa y poca agua, y se conserva colgado en ristra durante meses: es el tomate del pa amb tomàquet de invierno. El cuarentena o de cuarenta días interesa en zonas de ciclo corto por su precocidad.
Guardar semilla de estas variedades es sencillo, porque el tomate es autógamo y no suele cruzarse. Basta con extraer las semillas con su gel, dejarlas fermentar dos o tres días en agua, lavarlas y secarlas a la sombra. Lo que no funciona es guardar semilla de un híbrido F1 comprado: la descendencia se segrega y no repite las características de la planta madre.
En resumen
La manzana del amor debe su nombre más a un equívoco entre el italiano y el francés que a ninguna virtud afrodisíaca, y la evidencia científica no le reconoce ninguna. La sospecha de toxicidad tiene un fondo real y acotado: las hojas y tallos contienen tomatina y no se comen, pero el fruto, maduro o verde, es perfectamente seguro. En el huerto, Solanum lycopersicum pide sol, suelo drenado, trasplante después de las heladas y, sobre todo, riego constante: casi todos los defectos del fruto —culo negro, grietas, sabor aguado— nacen de la irregularidad del agua, no de una carencia del suelo. Y si vas a dedicarle espacio, dáselo a una variedad tradicional de tu zona: son las que justifican cultivar tomate en vez de comprarlo.