Entre que se entierra un diente en noviembre y se arranca la cabeza en junio pasan unos siete meses. Es de los cultivos más largos del huerto y, sin embargo, de los que menos trabajo dan una vez plantados: ocupa el suelo todo el invierno sin pedir casi nada y se recolecta justo cuando hay que dejar sitio a los cultivos de verano.

El ajo, Allium sativum, pertenece a la familia de las amarilidáceas, junto a la cebolla, el puerro y la chalota. Se cultiva desde hace milenios y, por el camino, ha perdido la capacidad de producir semilla fértil: se multiplica exclusivamente por vía vegetativa, plantando dientes. Esa particularidad condiciona todo lo demás, desde la sanidad del cultivo hasta la elección de la variedad, y explica buena parte de los fracasos de quien lo planta por primera vez.

Cabeza de ajo abierta mostrando los dientes

Qué necesita el ajo para formar cabeza

Aquí está la clave del cultivo y donde se pierden más cosechas. Un diente plantado no forma una cabeza nueva por el simple hecho de crecer: necesita dos señales encadenadas.

La primera es frío. El diente debe acumular varias semanas por debajo de unos 10 °C para que se induzca la formación de nuevos dientes. Es lo que se llama vernalización, y en la Península ocurre sola si el ajo está plantado durante el invierno. La segunda señal es el alargamiento del día: la bulbificación arranca cuando el fotoperiodo supera aproximadamente las trece horas, es decir, a partir de abril o mayo según la latitud, y se acelera con la subida de temperaturas.

Ese encadenamiento explica el problema más frecuente del ajo casero: la cabeza que no se divide y sale entera, redonda, como una cebollita. No es una enfermedad ni mala tierra. Casi siempre significa que se plantó tarde y la planta no acumuló frío suficiente antes de que el día se alargara, o que el diente de partida era demasiado pequeño para sostener la división. La solución no es abonar más, es plantar antes.

Ajo blanco, morado y las variedades de aquí

El ajo blanco (Allium sativum var. sativum) tiene el tallo blando, no emite escapo floral, produce cabezas grandes y aguanta almacenado más tiempo. El ajo morado o de cuello duro (var. ophioscorodon) forma un escapo floral rígido en el centro, tiene menos dientes pero más gruesos, sabor más marcado y se conserva peor.

En España hay material adaptado y muy contrastado: el Ajo Morado de Las Pedroñeras, con Indicación Geográfica Protegida, el Blanco de Chinchón o los ajos rosados de ciclo corto que se recolectan antes. Merece la pena buscar variedad local antes que exótica, porque el ajo responde mucho al fotoperiodo y una variedad traída de otra latitud puede bulbificar a destiempo.

Conviene desconfiar del ajo de supermercado como semilla. Buena parte del que se vende para consumo está tratado con antibrotante para que no germine en la estantería, y bastante procede de importación con variedades no adaptadas a nuestro ciclo. Puede funcionar, pero es una lotería innecesaria: el ajo del mercado local o de un vecino que lo cultive rinde mucho mejor.

Suelo, rotación y preparación

El ajo pide suelo suelto y bien drenado, con pH entre 6 y 7,5. Tolera mal la asfixia radicular: en terreno pesado y encharcadizo la cosecha se pudre en primavera, justo cuando más está engordando el bulbo. Si el suelo es arcilloso, la solución práctica es plantar sobre caballón o mesa elevada de 15 o 20 cm para que el agua escurra.

Nunca estiércol fresco. El ajo es especialmente sensible a la materia orgánica sin descomponer, que le provoca podredumbres y bulbos deformes. Si se aporta compost, que esté bien hecho y se incorpore con antelación; lo ideal es plantar el ajo detrás de un cultivo que se abonó bien, aprovechando el fondo de fertilidad.

La rotación no es opcional. Entre dos cultivos de ajo, cebolla o puerro en la misma parcela deberían pasar al menos tres o cuatro años. Los hongos de suelo y los nematodos que atacan a las liliáceas se acumulan y son prácticamente imposibles de erradicar una vez instalados.

Qué diente plantar

La cabeza se descompone en dientes justo antes de plantar, no semanas antes, porque el diente pelado se deshidrata. Se seleccionan los dientes exteriores, gruesos y sanos, con su túnica intacta. Los pequeños del interior se reservan para la cocina o para plantar espeso y cosechar ajos tiernos.

La relación es directa y bien conocida: diente grande, cabeza grande. Un diente de 5 a 8 gramos da resultados muy superiores a uno de 2 gramos plantado en las mismas condiciones. Se descarta todo lo que tenga manchas, zonas blandas o base mohosa; un solo diente enfermo puede sembrar un foco de podredumbre en la parcela.

Cuándo y cómo plantar

En la mayor parte de la Península la plantación va de octubre a diciembre, con el ajo morado más temprano y el blanco algo después. En zonas de montaña o del interior norte, con inviernos muy duros, se puede retrasar a finales de invierno, pero se pierde tamaño. El dicho tradicional de plantar por San Martín, el 11 de noviembre, sigue siendo una referencia razonable para media España.

El diente se entierra con la punta hacia arriba y la base plana hacia abajo, cubierto por unos 3 o 4 cm de tierra. Plantado del revés, el ajo sale igualmente pero el tallo tiene que dar la vuelta bajo tierra y la cabeza queda torcida y más pequeña.

Marco habitual: 10 a 12 cm entre dientes dentro de la línea y 25 a 30 cm entre líneas, lo que da del orden de 30 a 40 plantas por metro cuadrado. Apretar más no aumenta la cosecha total, solo produce cabezas pequeñas. Para ajos tiernos sí se planta denso, a 3 o 4 cm, y se corta en verde a las pocas semanas.

Riego: bastante menos del que se cree

El ajo tiene raíces poco profundas y agradece humedad constante durante el crecimiento de la hoja, entre febrero y mayo, que es cuando se decide el tamaño del futuro bulbo. En un invierno normal peninsular la lluvia cubre buena parte de esa necesidad; el riego se vuelve necesario sobre todo en primavera seca y en el sur.

Lo que hay que tener claro es la salida: se corta el riego dos o tres semanas antes de la recolección, en cuanto las hojas bajas empiezan a amarillear. Regar un ajo que está madurando es el camino directo a bulbos que se pudren en el almacén, con las túnicas manchadas y los dientes rebrotados. Si se riega por goteo, mejor que por aspersión: mojar el follaje favorece la roya.

Abonado, escardas y el escapo floral

El ajo no es un cultivo exigente. Un exceso de nitrógeno produce una mata verde y espectacular, retrasa la maduración, ablanda los tejidos y arruina la conservación. Si hace falta un apoyo, se da al final del invierno, cuando la planta está en pleno crecimiento foliar, y nunca a partir de que empieza a bulbificar.

Las escardas sí importan. Con su porte estrecho y erguido, el ajo compite fatal con las hierbas, y una parcela invadida en marzo puede reducir el calibre a la mitad. Se escarda superficialmente para no dañar las raíces, y un acolchado ligero de paja ayuda mucho en primavera.

En las variedades de cuello duro aparece en abril o mayo un escapo floral, un tallo rígido que se enrosca en el extremo. Conviene cortarlo en cuanto se riza: la planta deja de invertir en él y engorda el bulbo. Además esos escapos tiernos son comestibles y muy buenos salteados, así que no hay motivo para dejarlos.

Problemas sanitarios que conviene conocer

El más serio en ajo es el nematodo del tallo y del bulbo (Ditylenchus dipsaci), que provoca hojas deformadas, bulbos blandos y agrietados y contamina el suelo durante años. Entra casi siempre con la semilla, y por eso es tan importante plantar dientes sanos de procedencia conocida y respetar la rotación.

La podredumbre blanca (Sclerotium cepivorum) se reconoce por un micelio algodonoso blanco en la base del bulbo con puntitos negros; sus esclerocios persisten más de una década en el suelo, de modo que la única defensa real es no introducirla. La roya (Puccinia allii) llena las hojas de pústulas anaranjadas en primaveras húmedas y templadas y reduce la cosecha si aparece pronto. También pueden dar guerra la mosca de la cebolla (Delia antiqua) y los trips.

Un detalle propio de un cultivo que se multiplica por dientes: los virus se acumulan generación tras generación. Si cada año se replanta la propia cosecha, al cabo de unos ciclos se nota la degeneración, con plantas más débiles y cabezas más pequeñas. Renovar la semilla cada tres o cuatro años a partir de material sano corrige ese declive.

Recolección y curado

La cosecha llega entre junio y julio, con el sur por delante del norte y del interior de altura. La señal es el follaje: se arranca cuando entre un tercio y la mitad de las hojas están secas o amarillas y el cuello empieza a ablandarse. Esperar a que se seque toda la planta es un error habitual: las túnicas exteriores se deshacen, los dientes se separan y el ajo se conserva mucho peor.

Se arranca con el suelo seco, tirando con cuidado o ayudándose de una horca, y sin golpear los bulbos: cualquier magulladura es una puerta de entrada para los hongos. No se lavan.

Cabezas de ajo recolectadas y curadas

Después viene el curado, que es lo que decide si el ajo dura dos meses o nueve. Se dejan las plantas enteras, con hojas y raíces, dos o tres semanas en un lugar ventilado y a la sombra, colgadas en manojos o extendidas en capa fina. El sol directo quema los bulbos. El ajo está curado cuando el cuello está completamente seco y las raíces quebradizas; entonces se recortan raíces y tallo, o se trenzan las ristras con las hojas todavía flexibles.

Conservación: por qué la nevera es mala idea

El ajo curado se guarda en un sitio seco, oscuro y ventilado, a temperatura ambiente, con humedad relativa baja. Así el blanco aguanta buena parte del año y el morado algo menos.

Meterlo en la nevera es precisamente lo peor que se puede hacer, y es una creencia muy extendida. El rango de temperaturas de unos pocos grados sobre cero, el del frigorífico doméstico, es justo el que estimula la brotación: el ajo interpreta que ha pasado el invierno y saca el germen verde en pocas semanas, además de reblandecerse por la humedad del interior. Lo mismo ocurre con la bolsa de plástico cerrada. Una malla, una cesta o una ristra colgada en la despensa funcionan mucho mejor.

En resumen

Se planta de octubre a diciembre, dientes gruesos con la punta hacia arriba a 3 o 4 cm de profundidad, a 10-12 cm en la línea y 25-30 entre líneas, en suelo suelto, drenado y sin estiércol fresco. El invierno aporta el frío que la planta necesita para dividirse en dientes, y el alargamiento del día en primavera dispara el engorde del bulbo; plantar tarde es la causa habitual de las cabezas redondas sin dividir.

Durante el cultivo, poco nitrógeno, escardas a tiempo, corte del escapo floral en las variedades de cuello duro y corte del riego dos o tres semanas antes de arrancar. Se recolecta con un tercio o la mitad del follaje seco, se cura a la sombra y ventilado durante dos o tres semanas, y se guarda a temperatura ambiente, nunca en la nevera. Rotación de tres o cuatro años sin liliáceas y renovación periódica de la semilla completan el cuadro de un cultivo largo, barato y muy agradecido.


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