Boniato y batata son exactamente lo mismo. No hay dos especies, ni dos cultivos, ni dos formas distintas de plantarlos: los dos nombres se refieren a Ipomoea batatas, una convolvulácea trepadora y rastrera emparentada con la corregüela y con las campanillas de jardín. Lo que cambia de un nombre a otro es la costumbre de cada zona y, como mucho, el color de la carne de la variedad que se vende bajo cada etiqueta.

Conviene aclararlo pronto porque la duda genera compras equivocadas y recetas que no salen. Y porque, en cambio, sí existen dos plantas realmente distintas con las que se confunde a menudo: la patata y el ñame. Esas diferencias sí son de verdad.

Una sola planta, dos etiquetas

Ipomoea batatas es originaria de la América tropical, probablemente de la zona entre el sur de México y Centroamérica, y llegó a Europa con los primeros viajes transatlánticos, antes que la patata. Ese desfase explica buena parte del lío de nombres: cuando llegó la patata desde los Andes, en varias lenguas europeas se le aplicó el nombre que ya se usaba para la batata, o se construyó uno por comparación.

En castellano peninsular convivimos con boniato, batata y, en menor medida, patata dulce o moniato. En Canarias y en gran parte de Hispanoamérica se dice camote, del náhuatl camohtli. En Cuba y otras zonas del Caribe, boniato. Todas son la misma raíz.

Un detalle que despista a quien viaja o lee recetas extranjeras: en portugués, batata es la patata a secas, y a esta planta se la llama batata-doce. Y en inglés estadounidense se le dice con frecuencia yam, un nombre que en rigor pertenece al ñame. Una lata etiquetada como yams en un supermercado americano contiene, casi siempre, boniato.

Cuando el nombre indica el color

En algunos mercados españoles, sobre todo en el Levante y en Andalucía, se ha ido asentando una distinción comercial que no tiene ninguna base botánica pero que es útil saber que existe: se llama boniato al de piel clara o rojiza y carne blanca o amarillenta, más seco y harinoso, el clásico del boniato asado de otoño; y batata al de piel anaranjada o cobriza y carne naranja intensa, más húmedo, más dulce y con textura casi cremosa al horno.

Es una convención de puesto de mercado, no una regla. En Cataluña se dice moniato a los dos, en Madrid se oye más boniato, y en muchas fruterías el mismo género aparece con una etiqueta u otra según quién la escriba. Si lo que se busca es una textura concreta, hay que fijarse en el color de la carne, no en el rótulo.

Ese color, además, informa. La carne naranja lo es por su contenido en betacarotenos, precursores de la vitamina A; las variedades moradas deben su tono a antocianos. Las de carne blanca tienen más almidón y menos azúcares libres, y por eso se deshacen mejor en purés y rellenos tradicionales.

Raíces tuberosas de Ipomoea batatas de piel rojiza

Ni patata ni ñame: qué se come exactamente

Aquí está la diferencia que sí merece la pena aprender. La patata, Solanum tuberosum, es una solanácea y lo que comemos de ella es un tubérculo, es decir, un tallo subterráneo engrosado. Por eso tiene yemas —los famosos ojos— y por eso se planta troceándola: cada trozo con ojo produce una planta nueva. Y por eso, también, verdea y acumula solanina cuando le da la luz.

El boniato no es un tubérculo. Es una raíz tuberosa: una raíz que ha engordado acumulando reservas. No tiene ojos ni yemas verdaderas repartidas por la superficie, no verdea al sol de la misma manera y no se planta a trozos como la patata. Se propaga por esquejes de tallo, llamados en el argot hortícola brotes o plantones, que se obtienen haciendo brotar una raíz en agua o en un semillero caliente y cortando después los tallos que emite.

El ñame es otra cosa distinta todavía: pertenece al género Dioscorea, es monocotiledónea, y sus tubérculos son mucho más grandes, de piel áspera y carne casi siempre blanca y neutra. Varias especies de ñame contienen compuestos que obligan a cocinarlo bien antes de consumirlo, algo que no ocurre con el boniato.

Cómo se cultiva en un huerto español

Es un cultivo de verano, exigente en calor y absolutamente intolerante a la helada. Necesita una estación libre de heladas de unos cuatro a cinco meses y temperaturas medias por encima de los 20 °C para engordar bien. En la mitad sur peninsular, el Levante y el litoral no hay problema; en zonas de interior frío hay que ajustar mucho el calendario o renunciar.

El calendario habitual en la Península es este: los esquejes se plantan cuando el suelo ya está caliente, de mediados de mayo a mediados de junio, con marcos amplios —unos 30-40 cm entre plantas y 80-100 cm entre líneas—, muy a menudo sobre caballón o lomo. El caballón no es un capricho: airea, calienta antes el suelo y facilita el arranque sin partir las raíces.

Prefiere suelos sueltos, arenosos o francoarenosos y bien drenados. En terrenos pesados y compactos las raíces salen deformes, ahorquilladas y difíciles de arrancar enteras. En cuanto a abonado, conviene la mano contraria a la intuición: poco nitrógeno. Un exceso da una planta espectacular, con metros de guías verdes cubriendo el bancal, y raíces ridículas. Interesa más el potasio y el fósforo.

El riego debe ser regular durante el crecimiento y hay que reducirlo o suspenderlo dos o tres semanas antes de la cosecha. Regar hasta el último día favorece que las raíces revienten y se agrieten, y empeora mucho la conservación posterior.

La recolección llega en octubre o principios de noviembre, siempre antes de la primera helada. La señal más fiable no es la parte aérea, que sigue verde hasta que la quema el frío, sino el calendario y una cata: se levanta una planta con horca y se mira el calibre. Hay que arrancar con cuidado, porque la piel del boniato recién sacado es finísima y cualquier rozadura es una puerta de entrada para hongos.

Planta de boniato con sus tallos rastreros y hojas acorazonadas

El curado, el paso que se suele saltar

Un boniato recién arrancado no está en su mejor momento: está soso y se estropea con facilidad. El curado corrige las dos cosas. Consiste en mantener las raíces durante unos cinco a siete días a 28-30 °C y con humedad alta, cerca del 85-90 %, antes de guardarlas. Durante ese tiempo la planta cicatriza las heridas de la cosecha formando una capa suberosa y parte del almidón se convierte en azúcares.

En casa, sin cámara, se puede aproximar dejándolos en cajas dentro de un invernadero pequeño, un porche cerrado y soleado o cualquier local caliente, tapados con un saco o un plástico perforado que retenga humedad sin condensar. Después se pasan al almacén.

Y aquí viene el error más extendido con esta hortaliza: el boniato no se guarda en la nevera. Por debajo de unos 10-12 °C sufre daño por frío, se endurece el corazón, aparecen manchas internas y el sabor se estropea de forma irreversible. Tampoco conviene guardarlo junto a las patatas, porque el etileno que desprenden estas acelera su deterioro. Lo suyo es un lugar oscuro, ventilado y entre 12 y 15 °C. Bien curado y bien guardado aguanta varios meses.

Hojas, flores y otras confusiones útiles

Las flores del boniato delatan de inmediato su parentesco: embudos de color lila pálido con el centro más oscuro, calcados a los de la corregüela y a los de las Ipomoea ornamentales. Muchas plantaciones de la Península apenas florecen, porque el fotoperiodo peninsular no favorece la floración; verla es más habitual en Canarias y en el sur.

Las hojas y los tallos tiernos son comestibles y se consumen habitualmente en Asia y África salteados o hervidos, con un sabor parecido al de las espinacas. Es un dato útil para el huerto: se puede ir cortando puntas de guía durante el verano sin perjudicar seriamente la producción de raíces.

Una advertencia concreta y real: los boniatos con podredumbre, especialmente los atacados por Ceratocystis fimbriata, generan compuestos tóxicos como la ipomeamarona, que han causado intoxicaciones graves en ganado alimentado con raíces estropeadas. Un boniato con zonas blandas, oscuras y de sabor amargo se tira entero; no basta con recortar la parte dañada, ni para las personas ni para los animales.

En resumen

Boniato, batata, moniato y camote son nombres regionales de la misma especie, Ipomoea batatas, y elegir uno u otro es cuestión geográfica, no botánica. Si en una frutería se distinguen, la diferencia práctica está en el color de la carne: blanca y harinosa frente a naranja, dulce y húmeda. Las diferencias verdaderas son otras: no es una patata —es una raíz tuberosa de la familia de las convolvuláceas, no un tallo de solanácea— y no es un ñame. En el huerto es un cultivo de verano, de suelo suelto, poco nitrógeno y riego cortado antes de la cosecha, que se planta con esquejes en mayo o junio y se arranca en octubre. Y después de arrancarlo quedan dos gestos que marcan la diferencia entre un boniato mediocre y uno bueno: curarlo unos días en calor y humedad, y no meterlo jamás en la nevera.


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