Entre cincuenta y sesenta y cinco días separan la siembra de la primera recolección en una judía de mata baja. Es de las hortalizas más rápidas que se pueden meter en un huerto, y esa velocidad explica buena parte de sus virtudes y también de sus problemas: cuando algo se tuerce, hay poco margen para corregirlo antes de que la planta haya terminado su ciclo.

La judía verde es Phaseolus vulgaris, la misma especie que da las alubias secas. La diferencia está en la variedad y en el momento de la cosecha: se recoge la vaina entera, tierna, antes de que el grano se desarrolle. Las variedades de consumo en verde han sido seleccionadas para tener vainas carnosas, sin hilo y sin el pergamino interior duro que hace incomestible la vaina de una alubia de grano. Junto a ella conviven en el huerto español otras dos especies próximas: Phaseolus coccineus, la judía de España o judía escarlata, de flor roja y vaina más ancha y rugosa, y las judías de metro o judías espárrago (Vigna unguiculata subsp. sesquipedalis), que agradecen más calor y se ven sobre todo en la costa mediterránea.

Mata baja o enrame: la decisión que condiciona todo lo demás

Antes de comprar semilla hay que tener claro qué tipo se quiere, porque de eso dependen el marco, la estructura, el riego y hasta el calendario.

Las de mata baja (o enanas) crecen hasta unos 40-50 cm y no trepan. Tienen crecimiento determinado: florecen casi todas a la vez, concentran la producción en tres o cuatro semanas y luego se agotan. No necesitan tutores, son las más rápidas y son la opción sensata si se quiere una cantidad concreta para congelar o conservar. Variedades habituales: 'Contender', 'Strike', 'Maxidor', 'Cropper Teepee'.

Las de enrame (o de mata alta) trepan entre 2 y 3 metros y tienen crecimiento indeterminado: siguen emitiendo flores mientras se les recoja la vaina y el clima acompañe. Tardan más en entrar en producción, unos 70-90 días, pero producen bastante más por metro cuadrado y durante mucho más tiempo, con frecuencia dos meses y medio o tres. Necesitan estructura desde el principio. Variedades: 'Helda', 'Perona', 'Emerite', 'Buenos Aires'.

Una fórmula que funciona en huertos pequeños es sembrar las dos: mata baja para tener judías pronto y enrame para el grueso de la temporada.

Judías verdes de mata baja creciendo en el huerto

Suelo, clima y el error del abonado nitrogenado

La judía quiere un suelo suelto, profundo, con materia orgánica bien descompuesta y buen drenaje. El pH ideal está entre 6 y 7. Es sensible a la salinidad —más que el tomate o el pimiento—, así que en zonas de agua dura o suelos salinos conviene lavar bien el perfil antes de sembrar y no escatimar en el volumen de riego. También le sienta mal el suelo compactado: la raíz es relativamente superficial y una suela de labor la deja renqueando.

En cuanto a temperatura, el rango cómodo va de 18 a 27 ºC. Por debajo de 12-14 ºC el suelo no permite una germinación decente y la semilla se pudre antes de nacer; por encima de 30-32 ºC, sobre todo si coincide con aire seco, la planta aborta flores y se queda con racimos vacíos. Cualquier helada la mata. Esto delimita el calendario peninsular: siembra desde abril en el litoral mediterráneo y el sur, desde mayo en el interior, y hasta finales de junio o principios de julio para una cosecha de otoño en zonas de invierno suave. En el interior de la meseta, sembrar en julio suele ser tirar la semilla: la planta llega a floración justo con el frío.

Aquí está el error más extendido. La judía es una leguminosa y establece simbiosis con Rhizobium, de modo que fija parte del nitrógeno que necesita. Si se le echa estiércol fresco o un abono rico en nitrógeno, ocurren dos cosas malas a la vez: la planta deja de nodular —le sale más barato tomar el nitrógeno del suelo que alimentar a la bacteria— y se dispara en hoja. El resultado es una mata enorme, verde oscura, exuberante y con muy pocas vainas, además de más blanda frente a pulgón y hongos. La judía se abona antes con fósforo y potasio que con nitrógeno. Con el estiércol del cultivo anterior bien hecho suele bastar; si el suelo es muy pobre, un aporte moderado de compost maduro antes de sembrar y ya está. Como cabeza de rotación, va detrás de un cultivo exigente, no delante.

Siembra: directa, y sin remojar la semilla

La judía se siembra directamente en su sitio. Trasplantarla es posible en cepellón si se busca adelantar dos semanas, pero la raíz pivotante sufre y el adelanto real acaba siendo menor de lo esperado. Con suelo a 14 ºC o más, la siembra directa nace en 6-10 días.

Profundidad: 3-4 cm. Más superficial se seca; más profunda y la plántula gasta reservas en salir. Marcos orientativos:

Mata baja: líneas separadas 40-50 cm, con golpes de 2-3 semillas cada 25-30 cm, o siembra a chorrillo aclarando después a una planta cada 8-10 cm.

Enrame: líneas a 70-80 cm (o pares de líneas a 60 cm que comparten estructura en A), con golpes de 3-4 semillas cada 35-40 cm, uno por tutor.

Sobre el remojo previo, muy repetido en manuales de huerto: en judía es contraproducente. La semilla tiene la cubierta fina y sufre daño por imbibición si absorbe agua demasiado rápido, especialmente en agua fría; se agrieta el embrión y salen plántulas deformes o no salen. Si se quiere acelerar, como mucho un remojo corto de dos o tres horas en agua templada, nunca una noche entera. Lo correcto es sembrar en suelo con tempero, regar bien antes de sembrar y no volver a regar hasta que la planta asome, para no apelmazar la costra superficial.

La estructura para las de enrame se monta antes de sembrar, no después. Cañas de 2,5 m en tipi o en caballete cruzado, malla vertical de cuadrícula ancha o cuerdas verticales fijadas arriba y abajo, todo bien anclado: una mata de judía en pleno agosto hace de vela y un vendaval se lleva el conjunto. Las guías se enroscan solas, en sentido antihorario, y basta con acompañar la primera a la caña; si se enroscan a mano en sentido contrario, se sueltan.

Riego y manejo del cultivo

La judía tiene raíz superficial y hoja grande: se estresa antes que otras hortalizas y lo nota justo donde duele. El momento crítico es la floración y el cuajado. Un golpe de sequía en esos días hace caer flores y provoca vainas cortas, con granos marcados de forma irregular y curvaturas. Un exceso de agua en suelo pesado, en cambio, asfixia la raíz y abre la puerta a Rhizoctonia y Fusarium.

El objetivo es un suelo constantemente fresco, sin encharcar. En verano, riego por goteo cada uno o dos días con caudales pequeños funciona mejor que un riego copioso semanal. Si se riega a manta, mejor por surco que a pie de planta. Y no se moja el follaje por aspersión, menos aún a última hora: la judía tiene varias enfermedades foliares que necesitan agua libre sobre la hoja para infectar.

Un acolchado de paja o restos vegetales de 4-5 cm mantiene la humedad, evita la costra y reduce el salpiqueo de tierra sobre las hojas bajas, que es como llegan muchas esporas y bacterias a la planta. En mata baja se puede recalzar ligeramente la base cuando la planta tiene tres o cuatro hojas verdaderas: sujeta mejor la mata cargada y favorece raíces adventicias.

En las de enrame se puede despuntar la guía principal al llegar al final del tutor, para forzar la ramificación lateral y evitar la maraña que se forma cuando todo cae por su propio peso. En mata baja no se poda nada.

Judías verdes en invernadero

Bajo plástico el cultivo se adelanta o se retrasa según convenga, pero cambian dos parámetros que hay que vigilar. El primero es la temperatura nocturna: por debajo de 15 ºC el polen pierde viabilidad y hay corrimiento de la flor, así que en ciclos de invierno hace falta invernadero cerrado o calefacción de apoyo. El segundo es la humedad relativa. La judía va bien entre el 60 y el 75 %, y por encima del 80 % —muy fácil de alcanzar en un invernadero cerrado de noviembre— aparecen la botritis y el mildiu casi de forma automática. Ventilar a media mañana, aunque haga frío fuera, resuelve más problemas que cualquier tratamiento.

El otro punto es la polinización. La judía es autógama y no necesita insectos, pero con aire quieto y humedad alta el polen se apelmaza y el cuajado empeora. Un poco de movimiento de aire ayuda.

Plagas y enfermedades

Las plagas más frecuentes en España:

Araña roja (Tetranychus urticae): la primera de la lista en verano seco. Puntea la hoja de amarillo, teje telilla fina en el envés y en dos semanas puede secar la mata. Se dispara con calor y aire seco; humedecer el ambiente y evitar el exceso de nitrógeno la frenan mucho. Se controla bien con Phytoseiulus persimilis en invernadero.

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci): además del daño directo y la melaza con negrilla, Bemisia transmite virus. Trampas cromáticas amarillas para detectar y mallas en las bandas del invernadero.

Pulgón negro (Aphis fabae) y otros áfidos: se apelotonan en los brotes tiernos y transmiten el virus del mosaico. Los auxiliares suelen encargarse si no se han hecho tratamientos de amplio espectro.

Trips (Frankliniella occidentalis): deforman las vainas jóvenes con cicatrices plateadas y son vectores de virosis.

Minador (Liriomyza spp.): las galerías serpenteantes son llamativas, pero salvo ataques muy fuertes no justifican tratamiento.

Entre las enfermedades, tres merecen atención especial:

Antracnosis (Colletotrichum lindemuthianum): manchas hundidas, oscuras, de borde rojizo sobre la vaina y en los nervios del envés. Es la enfermedad clásica de la judía en primaveras húmedas y frescas del norte. Se transmite por la semilla, así que guardar semilla de una parcela afectada es perpetuar el problema. No manipular las plantas mojadas: se propaga a mano.

Roya (Uromyces appendiculatus): pústulas polvorientas de color canela en el envés, típicas del final de ciclo con noches frescas y rocío. Retrasa mucho la senescencia si se detecta pronto; el azufre da resultado en fases iniciales.

Grasa de la judía (Pseudomonas savastanoi pv. phaseolicola y Xanthomonas): manchas aceitosas, traslúcidas al trasluz, que luego se necrosan con halo amarillo. Es bacteriana, no se cura con fungicidas y también viaja en la semilla.

Añádase el oídio (Erysiphe polygoni) en veranos secos y la botritis en ambiente cerrado y húmedo, que suele entrar por los pétalos marchitos pegados a la vaina joven.

La medida preventiva que más rinde no es un producto: es rotar. Tres años sin leguminosa en la misma tabla, semilla certificada o de origen sano, marco de plantación amplio para que corra el aire, riego que no moje la hoja y retirada de los restos al final del ciclo. Con eso, la mayor parte de estos problemas no llegan a plantearse.

Hojas de judía verde con síntomas de plagas y enfermedades

Recolección: pronto y a menudo

La vaina se recoge antes de que el grano se marque en el exterior. La prueba de campo es sencilla: si al doblar la vaina se parte limpia con un chasquido y rezuma humedad, está en punto; si se dobla como cuero, ya tiene hilo. Esperar unos días de más para que "engorde" es el fallo más común del huerto doméstico y arruina la textura sin ganar apenas peso.

Recolectar cada dos o tres días no es una recomendación estética: es lo que mantiene la planta produciendo. En cuanto una vaina empieza a formar semilla madura, la planta interpreta que ha cumplido su función reproductiva y frena la emisión de flores nuevas. En las variedades de enrame, dejarse vainas olvidadas puede recortar semanas de cosecha. Se cortan con tijera o se sujeta el tallo con una mano mientras se tira con la otra; arrancar de un tirón parte ramillas enteras que aún tenían flores.

Se recoge a primera hora de la mañana, con la planta turgente y fresca. En nevera, dentro de una bolsa perforada, aguantan unos cinco días; para congelar, escaldado de tres minutos en agua hirviendo, corte térmico en agua con hielo y a la bolsa, que si se congelan crudas quedan correosas y pierden color.

Producciones razonables en huerto bien llevado: 1-1,5 kg por metro cuadrado en mata baja, y 3-4 kg por metro cuadrado en enrame a lo largo de todo el ciclo.

En resumen

La judía verde da mucho a cambio de poco si se respetan cuatro cosas: sembrarla directamente cuando el suelo pasa de 14 ºC y sin remojo previo, no abonarla con nitrógeno porque ella se lo fabrica y el exceso solo produce hoja, mantener el suelo fresco sin mojar el follaje —sobre todo durante la floración— y recoger cada dos o tres días con la vaina aún tierna. Elegir entre mata baja y enrame según se quiera cosecha concentrada o prolongada, montar los tutores antes de sembrar y rotar tres años para dejar fuera antracnosis, roya y grasa. Es un cultivo agradecido y rápido, y esa rapidez significa que las decisiones de las dos primeras semanas pesan más que todo lo que se haga después.


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