Una alfalfa bien implantada permanece en el terreno entre cuatro y seis años, da de cuatro a siete cortes por campaña y deja el suelo mejor de lo que lo encontró. Pocas siembras devuelven tanto por una sola operación de establecimiento. A cambio, es un cultivo que perdona muy poco en el momento de la siembra: los errores del primer mes se arrastran durante todo el ciclo de la plantación, y ahí se decide si la parcela será rentable o mediocre.

La alfalfa (Medicago sativa L.) es una leguminosa forrajera perenne de la familia de las fabáceas, originaria de Asia Menor y del sur del Cáucaso. Llegó a la península ibérica de la mano de los árabes, y de ahí viene su nombre: al-fasfasa, "el mejor forraje". Los romanos ya la conocían como herba medica, la hierba de los medos, de donde procede el género Medicago.

Cultivo de alfalfa en floración

Descripción de la planta

Lo que más define a la alfalfa está bajo tierra. Desarrolla una raíz pivotante muy potente que en suelos profundos y sin obstáculos alcanza con facilidad los 2 o 3 metros, y de la que se han descrito exploraciones de hasta 5 metros. Esa raíz es la que explica su resistencia a la sequía estival, su capacidad para extraer nutrientes de horizontes que otros cultivos no alcanzan y su efecto descompactante sobre suelos pesados.

En la unión entre la raíz y los tallos se forma la corona, un engrosamiento leñoso con yemas del que rebrota la planta después de cada corte. Toda la técnica de manejo gira en torno a proteger esa corona: si se daña por pisoteo, por cortes demasiado bajos o por encharcamiento, la planta pierde vigor y desaparece del pratense.

Los tallos son erectos, ramificados, de 40 a 90 cm según la variedad y el corte. La hoja es trifoliada, con foliolos dentados en el tercio superior, y ese detalle sirve para distinguirla del trébol. La flor es una mariposa típica de leguminosa, agrupada en racimos axilares, de color azul violáceo, aunque hay variedades con flor amarillenta o abigarrada procedentes de cruces con Medicago falcata. El fruto es una legumbre enrollada en espiral con dos o tres vueltas, que contiene de 2 a 6 semillas reniformes y amarillentas, muy pequeñas: en un kilo entran alrededor de 450.000.

La polinización es entomófila y depende de que un insecto suficientemente robusto active el mecanismo de disparo de la flor. Es un dato que solo importa si se busca producir semilla, pero explica por qué la producción de semilla certificada se concentra en zonas con manejo apícola específico.

Por qué se cultiva: importancia económica

La alfalfa es el forraje de referencia para vacuno de leche, ovino y equino por una razón nutricional concreta: combina una proteína bruta alta, que en heno de buena calidad se mueve entre el 17 y el 22 % sobre materia seca, con un contenido de fibra digestible y minerales, especialmente calcio, que pocos forrajes igualan. Aporta además carotenos y vitaminas del grupo B.

España es uno de los grandes productores europeos y el principal exportador comunitario de alfalfa deshidratada, con destinos en Oriente Medio, el norte de África y Asia. La producción se concentra en el valle del Ebro (Aragón, Lleida, Navarra y La Rioja), donde la combinación de regadío, alta radiación y baja humedad relativa en verano permite deshidratar y henificar con calidad. Hay también superficie relevante en Castilla y León, Castilla-La Mancha y Andalucía.

Su segundo valor es agronómico. Al fijar nitrógeno atmosférico mediante la simbiosis con Sinorhizobium meliloti, una alfalfa establecida puede aportar del orden de 200 a 300 kg de nitrógeno por hectárea y año al sistema, y deja un remanente que el cultivo siguiente aprovecha: un cereal sembrado tras alfalfa suele necesitar bastante menos abonado nitrogenado. A eso se suma la mejora estructural del suelo, la reducción de la erosión por la cobertura permanente y el corte del ciclo de las malas hierbas propias del monocultivo cerealista. Como cabeza de rotación, es difícil de superar.

Requerimientos: clima, suelo y agua

Temperatura. La alfalfa germina a partir de unos 5 ºC, pero lo hace con soltura entre 15 y 25 ºC, que es también su rango óptimo de crecimiento. Es notablemente rústica al frío: las variedades de alto reposo invernal soportan temperaturas de varios grados bajo cero sin morir, aunque paralizan el crecimiento. Por encima de 35 ºC el crecimiento se frena y la calidad del forraje cae.

Aquí entra un concepto que conviene manejar bien, el grado de reposo invernal o dormancia, que se clasifica en una escala de 1 a 11. Las variedades de baja dormancia (grados 8 a 10) siguen creciendo en invierno, dan más cortes al año y se emplean en el sur y en el litoral mediterráneo, pero son menos persistentes y más sensibles al frío. Las de dormancia media (grados 4 a 7) se paran en invierno, aguantan mejor las heladas y duran más años; son las adecuadas para el valle del Ebro y el interior peninsular. Sembrar una variedad no adaptada a la zona es uno de los errores caros de este cultivo, y no se manifiesta hasta el segundo invierno.

Suelo. Exige profundidad, y eso no es negociable. Un suelo con suela de labor, capa freática alta o roca a 40 cm no permitirá que la raíz pivotante se desarrolle y la plantación durará dos años en lugar de cinco. El drenaje es el otro factor crítico: la alfalfa no tolera el encharcamiento. Basta con unos pocos días de agua estancada, sobre todo con temperatura alta, para que la corona y la raíz se asfixien y aparezcan podredumbres por Phytophthora. Prefiere texturas francas y francoarcillosas con buena estructura.

Agua. Es un cultivo de alto consumo, no porque sea delicado sino porque produce mucha biomasa durante muchos meses. En regadío del valle del Ebro, las necesidades de una campaña completa se sitúan en torno a los 900-1.200 mm, con puntas muy fuertes en julio y agosto. En secano se cultiva en zonas con más de 450-500 mm bien repartidos, con menos cortes y producciones muy inferiores, aunque su raíz profunda le permite salir adelante donde otras forrajeras no lo harían. Una regla de manejo útil: regar después del corte, no justo antes, para no complicar la henificación ni pisar el suelo empapado.

pH y salinidad

El pH óptimo va de 6,5 a 7,5, es decir, suelo neutro o ligeramente básico. Esta es una preferencia poco habitual entre los cultivos herbáceos y tiene una explicación: la bacteria simbionte, Sinorhizobium meliloti, es sensible a la acidez. Por debajo de pH 6 la nodulación se resiente, y por debajo de 5,5 el cultivo fracasa, no tanto por la planta como por la bacteria y por la toxicidad del aluminio soluble. En suelos ácidos del noroeste peninsular la alfalfa exige encalado previo, aplicado con antelación suficiente para que la enmienda actúe, y aun así suele preferirse el trébol violeta.

En cuanto a la salinidad, la alfalfa se considera moderadamente sensible. Su umbral se sitúa en torno a 2 dS/m de conductividad eléctrica en el extracto de saturación, y a partir de ahí la producción cae de forma apreciable por cada unidad adicional. La fase más vulnerable es, con diferencia, la germinación y la nascencia: una parcela que mantiene una alfalfa adulta razonable puede ser incapaz de establecerla de nuevo. En suelos con problemas conviene sembrar en la época de menor evaporación, cuidar el lavado con el riego y no confiar en que la planta adulta tolere lo mismo que la plántula.

Detalle de la planta de alfalfa, Medicago sativa

Siembra y establecimiento

Preparación del terreno. Se busca una cama de siembra fina en superficie y firme por debajo. La semilla es diminuta y necesita contacto estrecho con la tierra; un suelo mullido y esponjoso la traga y la nascencia queda irregular. Un pase de rulo antes de sembrar, o después, es una de las operaciones más rentables del cultivo. Conviene además nivelar bien la parcela, porque cualquier depresión será un punto de encharcamiento y de baja permanente.

Época. En regadío del interior y del valle del Ebro se siembra a finales de verano o en septiembre, para que la planta se establezca con el otoño y afronte el invierno con raíz hecha; también funciona la siembra de primavera, en febrero o marzo, con más riesgo de competencia de malas hierbas. En el sur y en litoral se prefiere el otoño. Lo que no da resultado es sembrar en pleno verano ni tan tarde que la planta llegue a las primeras heladas con dos hojas.

Dosis y profundidad. En regadío se emplean del orden de 25 a 35 kg de semilla por hectárea; en secano, entre 15 y 25. Más semilla no da más plantas adultas: la alfalfa se autorregula por competencia y el exceso solo encarece la siembra. La profundidad correcta es de 1 a 2 cm, y este es el error clásico. Sembrada a 4 o 5 cm, buena parte de la semilla no tiene reservas para emerger. Si hay duda, mejor quedarse corto y rular.

Inoculación. Si la parcela no ha llevado alfalfa ni otras especies de Medicago en los últimos años, hay que inocular la semilla con Sinorhizobium meliloti. Sin nódulos activos no hay fijación de nitrógeno y el cultivo se comporta como una gramínea hambrienta. La mayor parte de la semilla comercial ya viene tratada; conviene verificarlo, respetar la fecha de caducidad del inoculante y no exponer la semilla inoculada al sol.

Un dato que se ignora a menudo: la alfalfa es autotóxica. Las plantas adultas liberan al suelo compuestos, entre ellos medicarpina, que inhiben la germinación y el desarrollo radicular de las plántulas de su propia especie. Por eso resembrar alfalfa sobre una alfalfa vieja que ha clareado casi nunca funciona, y por eso, al levantar una plantación, hay que dejar pasar al menos un año con otro cultivo antes de volver a sembrarla en esa parcela. Intentar rejuvenecer un alfalfar con semilla nueva es tirar el dinero: lo que procede es levantarlo, meter un cereal o un maíz, y volver después.

Abonado

La idea de que la alfalfa no necesita abonado porque fija su propio nitrógeno es cierta a medias y provoca plantaciones que se agotan antes de tiempo. Es verdad que no se abona con nitrógeno, salvo una dosis mínima de arranque en suelos muy pobres, porque el nitrógeno mineral inhibe la nodulación y favorece a las malas hierbas. Pero la alfalfa es un cultivo que extrae muchísimo, sencillamente porque se lleva del campo entre 12 y 20 toneladas de materia seca por hectárea y año.

Lo determinante es el fósforo, imprescindible para el desarrollo radicular y para la propia fijación de nitrógeno, y sobre todo el potasio, que la alfalfa extrae en cantidades muy altas y que está directamente ligado a la persistencia de la plantación y a su resistencia al frío y a las enfermedades. Un alfalfar que clarea a partir del tercer año suele estar diciendo que le falta potasio. Lo razonable es abonar con P y K en el establecimiento, según análisis de suelo, y hacer aportaciones de mantenimiento cada otoño durante la parada vegetativa. En suelos calizos conviene vigilar además el boro y el azufre.

Cortes, henificado y aprovechamiento

El momento del corte es donde se juega la calidad. Existe una relación inversa constante: cuanto más tarde se corta, más kilos y peor forraje, porque el tallo se lignifica y baja la proporción de hoja, que es donde está la proteína. El punto de corte recomendado es el inicio de la floración, con en torno al 10 % de las plantas en flor, o cuando se aprecian los rebrotes basales en la corona, que es el indicador práctico más fiable. Esperar a plena floración para "cosechar más" es un mal negocio: se pierde valor nutritivo y se retrasa el corte siguiente.

La altura de corte debe dejar unos 5-7 cm de rastrojo. Cortar a ras daña la corona y las yemas de rebrote, y en verano expone la planta al sol directo. En el valle del Ebro se obtienen habitualmente entre 5 y 7 cortes al año, el primero en abril y el último en octubre o noviembre; en zonas frías o en secano, tres o cuatro. Conviene no dar el último corte demasiado tarde: la planta necesita acumular reservas en la raíz antes del invierno, y un corte a finales de otoño la deja descapitalizada para la primavera siguiente.

En el henificado, el objetivo es secar rápido perdiendo la menor cantidad de hoja posible. Las hojas se desprenden con facilidad cuando el forraje está muy seco, y con ellas se va la proteína. Por eso se acondiciona el forraje al segar, se voltea con cuidado y se empaca con la humedad en torno al 15 %, preferiblemente a primera hora de la mañana, cuando el rocío da algo de flexibilidad a la hoja. Empacar por encima del 20 % de humedad conduce a fermentaciones, enmohecimiento y, en casos extremos, a combustión espontánea en el almacén.

Si se aprovecha a diente, hay que tener presente el meteorismo espumoso o timpanismo: la alfalfa verde en pleno crecimiento, sobre todo con rocío y consumida por animales hambrientos, produce espuma estable en el rumen que el animal no puede eructar, y puede matar en poco tiempo. Se previene sacando el ganado ya comido, evitando pastar con rocío o tras heladas, y asociando la alfalfa con gramíneas.

Problemas sanitarios frecuentes

Cuquillo o gorgojo negro (Colaspidema atrum). Escarabajo pequeño y negro cuyas larvas devoran el primer corte en primavera y pueden dejar la parcela esquilmada. A veces el corte anticipado es la mejor respuesta.

Apion (Apion pisi y afines) y Hypera postica, curculiónidos que atacan tallos y brotes en primavera.

Pulgones (Acyrthosiphon pisum, Therioaphis trifolii). Debilitan la planta y transmiten virosis; existen variedades con resistencia genética, que es la vía más eficaz.

Cuscuta (Cuscuta campestris). La peor mala hierba del cultivo, una parásita sin clorofila que se enrolla sobre los tallos formando una maraña amarillenta y anaranjada. Entra casi siempre con semilla no certificada, y esa es la razón principal para no sembrar semilla de procedencia dudosa. Los rodales se siegan y se destruyen antes de que fructifiquen.

Verticilosis (Verticillium albo-atrum) y podredumbres radiculares (Phytophthora medicaginis, Fusarium). Se combaten con variedades resistentes, buen drenaje y rotaciones largas; no hay tratamiento curativo en campo.

Roya, mildiu y manchas foliares. Suelen ser más un problema de calidad que de supervivencia, y el corte a tiempo actúa como medida de control.

La alfalfa a pequeña escala

Fuera del ámbito forrajero, la alfalfa tiene dos usos que interesan al huerto doméstico. El primero es como abono verde y descompactante: sembrada en una parcela que se va a dejar en reposo un par de años, rompe suelas de labor, aporta nitrógeno y produce material de siega excelente para acolchar los bancales o para acelerar la pila de compost, ya que su relación carbono/nitrógeno es baja.

El segundo son los germinados. La semilla de alfalfa germina en frasco en tres o cuatro días, con enjuagues dos veces al día y agua bien escurrida, y da brotes de sabor suave para ensalada. Debe usarse semilla destinada expresamente a germinación y no la de siembra, que puede llevar tratamientos fitosanitarios o inoculantes. La higiene del proceso es importante: el ambiente templado y húmedo del germinador también favorece a las bacterias.

En resumen

La alfalfa es un cultivo perenne exigente en profundidad de suelo, drenaje y agua, que a cambio produce el forraje más completo del sistema agrícola español y mejora la parcela para los cultivos que vengan después. Su rendimiento se decide en dos momentos: en la siembra, con una cama firme, semilla a 1-2 cm, inoculante vivo y variedad de dormancia adecuada a la zona; y en el manejo del corte, dando cada siega al 10 % de floración o al ver los rebrotes basales, dejando 5-7 cm de rastrojo y respetando la parada de otoño. Conviene desterrar dos ideas: que no necesita abonado porque fija nitrógeno, cuando su extracción de potasio y fósforo es enorme y determina cuántos años durará; y que un alfalfar clareado se recupera resembrando encima, cosa que la autotoxicidad de la propia especie impide. Con suelo profundo, riego suficiente y estas reglas, una plantación bien hecha rinde cinco años sin discusión.


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