Diez metros cuadrados de huerto dan, en un año normal y de secano, entre uno y un kilo y medio de garbanzo seco. Conviene saberlo antes de sembrar, porque el garbanzo (Cicer arietinum) ocupa la parcela cinco meses y produce poco por superficie comparado con casi cualquier hortaliza. A cambio, no se riega, no se abona, mejora el suelo para el cultivo siguiente y la cosecha se guarda años en un tarro. Quien lo siembra buscando kilos se decepciona; quien lo siembra por el sabor de un garbanzo pedrosillano recién trillado y por lo que deja en la tierra, repite.
Qué tipo de garbanzo sembrar
La especie se divide en dos grandes grupos. Los kabuli son los de grano grande, redondeado y de piel clara: es lo que se cultiva y se come en España. Dentro de ellos, el castellano y el blanco lechoso dan granos gruesos y de piel fina, el pedrosillano es pequeño, esférico y de piel más dura pero con mucho sabor, y variedades locales como el de Fuentesaúco tienen su propia fama. Los desi, de grano pequeño, anguloso y oscuro, son los habituales en la India; se cultivan bien aquí y son más rústicos frente a la sequía y la rabia, pero el grano se destina más a harina que a puchero.
Para huerto conviene partir de semilla de una variedad comercial certificada la primera vez. El garbanzo de la bolsa del supermercado germina a veces, pero muchas partidas están tratadas o proceden de importación, y es la vía más habitual de meter la rabia en una parcela limpia. Una vez tienes cosecha propia sana, guardas tu semilla y el problema desaparece.
Necesidades del garbanzo
El garbanzo pide suelo suelto, profundo y sobre todo bien drenado. Tolera bien los suelos calizos y los pH básicos, hasta 8 o algo más, que es exactamente el terreno que abunda en media Península; lo que no soporta es el suelo ácido por debajo de 6 ni, en absoluto, el encharcamiento. Un par de días con agua estancada sobre las raíces bastan para perder la planta por asfixia o por hongos del cuello. Si tu huerto es de arcilla pesada, siémbralo en caballones altos o no lo siembres.
Es una leguminosa y fija su propio nitrógeno en simbiosis con Mesorhizobium ciceri, una bacteria específica de esta especie. Eso tiene dos consecuencias prácticas. La primera: no abones con nitrógeno. Un aporte generoso de estiércol fresco o de cualquier fertilizante nitrogenado produce plantas enormes, verdísimas, que se vuelcan con el primer viento y apenas cuajan vaina, y además inhibe la nodulación. Si el suelo tiene un fondo razonable de materia orgánica del cultivo anterior, con eso basta; un aporte moderado de potasio y fósforo antes de la siembra sí es útil en suelos pobres. La segunda: si nunca se ha cultivado garbanzo en esa tierra, la bacteria puede no estar presente y las plantas se quedarán amarillentas y raquíticas. Se resuelve con un inoculante específico de garbanzo, no con uno genérico de judía o guisante.
Sol directo todo el día, sin excepciones. Y frío moderado: el garbanzo es un cultivo de invierno-primavera, no de verano. Germina a partir de 8-10 ºC, vegeta a gusto entre 15 y 25 ºC y, en estado de roseta, aguanta heladas de varios grados bajo cero sin daño apreciable. Por encima de 35 ºC durante la floración aborta flores, que es la razón de que los años de golpe de calor en junio la cosecha se venga abajo.
Cuándo y cómo sembrar
Hay dos calendarios posibles y elegir bien uno u otro cambia el resultado.
La siembra de primavera, de finales de febrero a finales de marzo según altitud, es la tradicional y la más segura. La planta crece con las lluvias de primavera, florece en mayo y se cosecha entre finales de junio y julio. Es la opción por defecto en el interior peninsular y la que recomiendo a quien lo siembra por primera vez.
La siembra de invierno, en noviembre o diciembre, se practica en el sur y en el litoral. Aprovecha toda el agua del invierno y puede duplicar el rendimiento, pero solo funciona con variedades resistentes a la rabia: el ciclo largo y húmedo es una invitación a esa enfermedad, y con una variedad sensible se pierde la parcela entera.
Se siembra a golpes, a 4-6 cm de profundidad, con dos o tres semillas por golpe que luego se aclaran a una planta. Deja 40-50 cm entre líneas y 8-12 cm entre plantas dentro de la línea: unas 20 a 30 plantas por metro cuadrado. Enterrarlo más superficial lo deja a merced de los pájaros y de la costra del suelo; más hondo retrasa la nascencia y favorece las podredumbres. No lo pongas en semillero para trasplantar después: el garbanzo hace una raíz pivotante profunda y el trasplante la mutila, con lo que pierdes justamente lo que le permite terminar el ciclo sin riego.
No hace falta remojar la semilla. Es una costumbre muy repetida y aquí es contraproducente: la semilla hinchada se pudre con facilidad en un suelo frío y húmedo de marzo.
Riego y cuidados durante el ciclo
Aquí está el error más común de quien lleva el garbanzo al huerto: tratarlo como a una judía. El garbanzo es un cultivo de secano. Con la lluvia de un invierno y una primavera normales termina su ciclo sin un solo riego, y el exceso de agua le provoca crecimiento vegetativo desmedido, vuelco, retraso en la maduración y, sobre todo, rabia.
Solo tiene sentido un riego de apoyo, y como mucho dos, en dos momentos concretos: al inicio de la floración y durante el llenado del grano, si la primavera viene seca de verdad. Riego abundante y espaciado, mejor por surco o por goteo, nunca por aspersión: mojar el follaje es la manera más eficaz de extender la rabia por la parcela.
La limpieza de hierbas sí importa, y mucho, durante las primeras seis u ocho semanas, porque el garbanzo tiene un porte bajo y cubre mal el suelo al principio. Una escarda manual o un par de pases de azada antes de que cierre el cultivo resuelven el año. Después ya se defiende solo.
Un detalle curioso y práctico: las hojas y vainas del garbanzo exudan gotitas de ácido málico y oxálico, lo que la gente del campo llama el rocío del garbanzo. Es lo que mantiene alejados a bastantes insectos, pero también irrita la piel y estropea la ropa. Recolecta con manga larga y evita tocarte los ojos después de manipular las plantas mojadas.
Plagas y enfermedades
Rabia del garbanzo (Ascochyta rabiei). Es la enfermedad que decide si hay cosecha. Aparece como manchas circulares pardas con anillos concéntricos y puntitos negros en hojas, tallos y vainas; los tallos se estrangulan y la planta se troncha. Se dispara con humedad prolongada y temperaturas suaves, típicamente tras las tormentas de mayo. No hay cura una vez instalada: se previene con variedad resistente, semilla sana, siembra de primavera en zonas húmedas, marcos no demasiado densos para que aireen y rotación larga. Los restos de cultivo infectados se retiran y se queman, no van al compost.
Fusariosis vascular (Fusarium oxysporum f. sp. ciceris). Marchitez brusca de plantas aisladas, con el tallo verde pero la planta muerta; al cortar el cuello se ve el anillo vascular oscurecido. Vive años en el suelo. La única defensa real es la rotación y no repetir garbanzo en la misma parcela antes de cuatro o cinco años, ni tras otras leguminosas.
Jopo (Orobanche crenata). Una planta parásita sin clorofila que emerge junto al garbanzo, se engancha a su raíz y lo vacía. Es un problema serio en el sur peninsular. Se arranca en cuanto asoma, antes de que semille, porque cada tallo produce decenas de miles de semillas que duran más de una década en el suelo.
Heliotis (Helicoverpa armigera). La oruga que perfora las vainas y se come el grano en formación. En huerto pequeño se controla con revisión manual y, si hace falta, con Bacillus thuringiensis aplicado al atardecer cuando las orugas son pequeñas; una vez dentro de la vaina ya no hay nada que hacer.
Gorgojo del garbanzo (Callosobruchus chinensis). No ataca en el campo sino en el granero: el grano aparece con agujeros redondos limpios al cabo de unos meses. La infestación empieza en la parcela, con la hembra poniendo sobre la vaina. Se resuelve metiendo la cosecha ya seca 72 horas en el congelador antes de guardarla en tarro hermético. Es el paso que más gente se salta y el que más cosechas arruina en la despensa.
Pulgón negro (Aphis craccivora). Aparece en las puntas tiernas en primavera. Salvo ataques fuertes no compensa tratar; la fauna auxiliar suele bastar.
Cosecha, secado y conservación
El garbanzo se recolecta seco, todo de una vez. La señal es la planta entera amarillenta o parda, con las hojas caídas y las vainas que suenan al agitarlas. En huerto se arranca la mata completa —sale fácil— y se deja secar unos días bajo cubierto, en un sitio aireado y a la sombra, con las plantas boca abajo sobre una tela o dentro de sacos de malla. Luego se desgrana frotando o golpeando dentro de un saco y se aventa para separar la paja.
El grano debe entrar en el tarro completamente seco, en torno al 12-13 % de humedad: al morderlo debe partirse, no hundirse. Si guardas garbanzo húmedo, se enmohece. Bien seco, congelado 72 horas contra el gorgojo y en tarro de cristal cerrado, en oscuridad y fresco, se conserva perfectamente tres o cuatro años, aunque a partir del segundo tarda algo más en ablandarse al cocer.
Existe también la opción de recolectar garbanzo verde, la vaina llena todavía tierna, en mayo. Se desgrana y se come como un guisante, crudo o salteado un minuto. Es un producto excelente que casi no se ve en el mercado y una buena razón para sembrar un par de líneas de más.
El garbanzo dentro de la rotación
La rentabilidad del garbanzo en un huerto pequeño no está tanto en el grano como en lo que hace por la parcela. Deja el suelo enriquecido en nitrógeno, con la estructura mejorada por la raíz pivotante y limpio de las plagas específicas de las hortalizas de hoja y de fruto. Se cosecha en julio, con tiempo de sobra para meter después un cultivo de otoño.
La secuencia que mejor funciona es garbanzo seguido de una exigente en nitrógeno —coles, acelgas, puerros, más adelante calabacín o tomate— y no volver a poner leguminosa ahí en cuatro o cinco años. Si tienes espacio justo, siembra el garbanzo en la zona menos fértil y peor regada del huerto: es donde más rendirá en términos relativos y donde ninguna otra cosa te daría gran cosa.
En resumen
Siembra variedad de kabuli adaptada, en febrero-marzo en el interior o en noviembre en el sur con variedad resistente a la rabia, a 4-6 cm de hondo, en líneas a 45 cm y plantas a 10 cm. Suelo suelto, calizo si toca, y sobre todo drenado. Sin nitrógeno, sin riego salvo un apoyo en floración si el año viene seco, y sin mojar la hoja. Escarda temprana. Vigila la rabia, respeta rotaciones de cuatro o cinco años y arranca el jopo en cuanto asome. Cosecha la mata entera cuando amarillee, seca bien el grano, congélalo 72 horas contra el gorgojo y guárdalo en tarro hermético. Y ajusta las expectativas: sacarás poco peso por metro cuadrado, pero sacarás garbanzos que no se parecen en nada a los de bolsa y una tierra mejor de la que tenías.