Una planta de calabaza rastrera ocupa entre tres y cuatro metros cuadrados de suelo, y hay variedades que pasan de seis. Ese número decide casi todo lo demás: dónde se puede plantar, cuántas plantas caben y si el proyecto tiene sentido en un huerto urbano de dos bancales. El resto del cultivo es sencillo, porque la calabaza es una planta agradecida que crece rápido y no pide demasiadas atenciones, siempre que se le dé sitio, sol y agua.

Calabaza madura de piel naranja en la planta

Antes de la variedad, elige la especie

Lo que llamamos calabaza son en realidad tres especies distintas, y cada una se comporta de forma diferente en el huerto.

Cucurbita pepo agrupa el calabacín, la calabaza de Halloween, la espagueti y muchas ornamentales. Es la de ciclo más corto, entre 90 y 110 días, y la que mejor tolera un verano corto. Su corteza es fina, así que se conserva menos meses.

Cucurbita maxima incluye la totanera, la potimarrón o hokkaido y las gigantes de concurso. Frutos grandes, carne dulce y densa, pedúnculo blando y cilíndrico. Necesita más tiempo y más agua.

Cucurbita moschata es la de la calabaza cacahuete o butternut y la violín o de trompeta. Ciclo largo, entre 110 y 130 días, pero es la mejor conservadora: aguanta seis u ocho meses en despensa y de hecho mejora de sabor tras el primer mes. También es la más resistente al oídio y al calor, lo que la hace muy adecuada para el centro y el sur peninsular.

Un apunte sobre semillas guardadas de una calabaza de la compra: germinan perfectamente, pero si venía de un híbrido o se cruzó con otra variedad de su misma especie, la descendencia sale imprevisible. Las tres especies no se cruzan entre sí con facilidad, así que un calabacín no "estropea" a una butternut; pero un calabacín sí puede cruzarse con una calabaza de Halloween, porque ambos son C. pepo. Si quieres semilla estable, parte de variedades de polinización abierta y sepáralas.

Cuándo sembrar en España

La calabaza es exigente con la temperatura del suelo. Germina bien entre 20 y 30 °C, tarda unos cinco días con calor y se pudre sin brotar si el suelo está por debajo de 15 °C. Sembrar pronto en tierra fría no adelanta nada, solo gasta semilla.

En semillero protegido se siembra durante abril, en macetas individuales de al menos 10 centímetros, porque la calabaza no lleva bien el trasplante a raíz desnuda. Se pasa al huerto con dos o tres hojas verdaderas y siempre después de la última helada: en el litoral mediterráneo y el sur, a finales de abril; en la meseta, en la primera quincena de mayo; en el norte y las zonas de montaña, a mediados o finales de mayo.

La siembra directa funciona igual de bien y evita el susto del trasplante. Se hacen hoyos con dos o tres semillas a dos o tres centímetros de profundidad y luego se aclara dejando la plántula más vigorosa. El momento es cuando el suelo se estabiliza por encima de 15 °C, normalmente de finales de abril a finales de mayo según zona.

Cuenta hacia atrás desde la cosecha: si tu variedad necesita 120 días y quieres calabazas en octubre, la siembra tiene que estar hecha en mayo. Sembrar en junio en la meseta norte es garantía de recoger frutos inmaduros.

El espacio, que es la restricción de verdad

Las variedades rastreras piden entre 1,5 y 2 metros entre plantas y 2 o 3 metros entre líneas. En huerto familiar, tres plantas bien colocadas dan más calabazas que ocho apiñadas, porque cuando las guías se solapan se sombrean, se ventilan mal y el oídio entra antes.

Existen variedades de mata o semimata, más compactas, del estilo de las bush de C. pepo, que se manejan en un metro cuadrado escaso. Son la opción sensata en bancales pequeños.

La otra salida es cultivar en vertical. Una guía atada a una malla o a un enrejado ocupa una fracción del suelo, y funciona bien con frutos de hasta dos o tres kilos. Por encima de ese peso hay que sostener cada calabaza con una red, una bolsa de malla o una media vieja atada a la estructura, porque el pedúnculo no aguanta el peso colgando.

Preparar el suelo

Es una planta muy voraz. Agradece un suelo profundo, suelto y con mucha materia orgánica, con pH entre 5,8 y 7. Lo habitual es incorporar cuatro o cinco kilos por metro cuadrado de estiércol bien compostado o compost maduro, al menos dos o tres semanas antes de plantar. El estiércol fresco no vale: quema raíces y aporta demasiado nitrógeno soluble.

El truco clásico de plantar la calabaza directamente sobre el montón de compost del año anterior funciona por algo. Tiene alimento, drenaje y calor de fondo, que es exactamente lo que la planta busca.

Elige sitio a pleno sol, seis horas directas como mínimo, y con algo de reparo del viento fuerte, que desgarra las hojas grandes.

Riego: mucho, pero nunca por encima

La calabaza tiene una superficie foliar enorme y transpira en consecuencia. En pleno verano peninsular necesita riegos frecuentes y abundantes, sobre todo durante la floración y el engorde del fruto, que es cuando un estrés hídrico se traduce directamente en frutos abortados.

Dos reglas prácticas. La primera: riega al suelo, con goteo o a manta, nunca aspersión sobre las hojas. El follaje mojado por la noche es la puerta de entrada del mildiu de las cucurbitáceas y favorece el oídio. La segunda: evita mojar el cuello de la planta, porque las podredumbres de cuello por hongos de suelo se ceban ahí; conviene plantar sobre un pequeño caballón para que el agua no se remanse.

Acolchar con paja o restos vegetales alrededor de la planta ahorra riegos, mantiene el suelo fresco y evita que los frutos toquen tierra húmeda.

Al final del ciclo se hace lo contrario: se reduce el riego dos o tres semanas antes de la cosecha y se retira casi del todo. Así la corteza endurece, la carne concentra azúcares y la calabaza se conserva mucho mejor. Una calabaza recogida de una planta regada hasta el último día es más acuosa y se pudre antes.

Abonado sin pasarse de nitrógeno

Con un suelo bien enmendado antes de plantar, la calabaza casi se apaña sola. Si hay que apoyarla, lo lógico es un aporte moderado de nitrógeno durante el crecimiento de las guías y cambiar a potasio en cuanto empiecen a cuajar los frutos: humus de lombriz, un abono de fondo rico en potasa o una aportación ligera de cenizas de madera bien repartida.

El error frecuente es el contrario, machacar a nitrógeno todo el verano pensando que así crece más. Lo que se consigue es una planta espectacular, con hojas enormes y guías de cinco metros, que da cuatro flores y ninguna calabaza. El exceso de nitrógeno también ablanda los tejidos y atrae al pulgón.

Flores que caen: casi siempre es polinización

La calabaza es monoica: cada planta produce flores masculinas y femeninas por separado. Las primeras en abrir suelen ser todas masculinas, de pedúnculo largo y fino, y durante una o dos semanas parece que la planta no cuaja nada. Después empiezan a salir las femeninas, reconocibles al instante porque llevan bajo los pétalos un fruto en miniatura.

Cuando esos frutitos amarillean, se arrugan y se caen a los pocos días, la explicación habitual que se oye es "le falta abono". Rara vez es eso. Lo normal es que la flor femenina no se haya polinizado: falta de abejas, lluvia o humedad alta durante la apertura, o calor extremo que reduce la viabilidad del polen.

La solución es polinizar a mano, y se hace en cinco segundos. La flor abre solo unas horas, así que hay que actuar a primera hora de la mañana. Se corta una flor masculina recién abierta, se le retiran los pétalos y se frota el estambre contra el estigma de la femenina; o se pasa el polen con un pincel. Una flor masculina sirve para dos o tres femeninas.

Y conviene no aplicar insecticidas durante la floración, ni siquiera los autorizados en ecológico: sin polinizadores no hay calabazas.

Guiar la planta y limitar el número de frutos

Una planta que se deja a su aire reparte energía entre docenas de flores y madura pocos frutos bien. Cuando la guía principal tenga cuatro o cinco calabazas cuajadas y creciendo, despunta el extremo dejando dos o tres hojas por detrás del último fruto. La planta deja de invertir en alargarse y se dedica a engordar lo que ya tiene.

Si buscas ejemplares grandes, aclara todavía más: deja dos frutos por planta, o uno solo en las variedades de C. maxima destinadas a tamaño. Retira los frutos deformes o los que hayan cuajado mal en cuanto los veas.

Coloca bajo cada calabaza una teja, una tabla, un ladrillo o un puñado de paja. El contacto directo con el suelo húmedo durante semanas es la causa más común de manchas y podredumbres en la cara de apoyo. Girar el fruto un poco de vez en cuando ayuda a que la corteza madure uniforme, sin forzar el pedúnculo.

Plagas y enfermedades

Oídio (Podosphaera xanthii): el problema seguro de agosto. Manchas de polvo blanco en el haz que acaban secando la hoja. Prevención con marcos amplios y riego al suelo; corrección con azufre mojable o bicarbonato potásico, aplicando siempre al atardecer y nunca con más de 30 °C, porque el azufre en pleno calor quema la hoja. Retirar las hojas más afectadas frena el avance.

Mildiu de las cucurbitáceas (Pseudoperonospora cubensis): manchas angulosas amarillas limitadas por los nervios, con moho grisáceo en el envés. Aparece con humedad y noches templadas, y es más grave en la cornisa cantábrica y en zonas de niebla.

Pulgón: coloniza los brotes tiernos y, sobre todo, transmite virus del mosaico que deforman hoja y fruto. Jabón potásico al atardecer y control de las hormigas que lo protegen.

Araña roja: en veranos secos y calurosos, punteado fino y decoloración. Mejora con humedad ambiental.

Caracoles y babosas: peligrosos solo en las dos primeras semanas de vida de la plántula, cuando pueden segarla de raíz en una noche.

Cuándo cosechar y cómo curar la calabaza

La prisa por tener calabaza en octubre hace que muchas se recojan verdes. Las señales de madurez son cuatro y hay que verlas juntas: el pedúnculo se lignifica y se agrieta, las hojas y la guía próxima al fruto se secan, la corteza ha tomado el color definitivo de la variedad y no se marca al presionar con la uña, y al golpearla con los nudillos suena hueca.

Se corta con tijera de podar o navaja dejando entre 5 y 10 centímetros de pedúnculo. Esto no es estético: una calabaza sin pedúnculo, o arrancada de forma que se desgarra por ahí, se pudre por la inserción en pocas semanas. Y nunca hay que levantar ni transportar la calabaza agarrándola por el rabo.

Después viene el curado, que es el paso que se salta todo el mundo y el que decide si la calabaza dura dos meses o siete. Se dejan las piezas sanas de diez a catorce días a 25-30 °C, ventiladas y al sol suave, para que la corteza endurezca y cicatricen los cortes. Luego se guardan en un sitio oscuro, seco y aireado, entre 10 y 15 °C, sin apilarlas y sin que se toquen entre sí. Con eso, una C. moschata llega tranquilamente a la primavera siguiente.

Cosecha de calabazas recogidas con su pedúnculo

Calabazas en maceta y en terraza

Se puede, con condiciones. El recipiente no baja de 40 o 50 litros por planta, con buenos agujeros de drenaje, y el sustrato debe llevar una parte generosa de compost. Elige variedades pequeñas o de mata, del tipo hokkaido o calabazas de ración de uno o dos kilos, y guía la planta hacia arriba en una malla.

El punto crítico es el agua: una maceta al sol en agosto puede necesitar riego diario o incluso dos, y un solo día de olvido en plena floración tira los frutos cuajados. El acolchado sobre la superficie de la maceta ayuda bastante. Con dos frutos por planta se obtiene un resultado decente; pretender cinco en un contenedor solo da calabazas del tamaño de una naranja.

En resumen

Elige la especie según lo que quieras hacer con la calabaza y cuánto tiempo tengas de verano: C. pepo para ciclo corto, C. moschata si buscas conservación. Siembra con el suelo por encima de 15 °C, entre abril y mayo según zona, y da a cada planta un par de metros o cultívala en vertical. Suelo rico en materia orgánica, riego abundante siempre al pie y nunca sobre la hoja, nitrógeno moderado y potasio al cuajar. Si las flores femeninas se caen, poliniza a mano por la mañana antes de tocar el abono. Despunta la guía con cuatro o cinco frutos cuajados, pon una tabla debajo de cada uno, corta el riego dos semanas antes de recoger y no coseches hasta que el pedúnculo esté leñoso y la corteza no se marque con la uña. Cura las calabazas dos semanas al calor y guárdalas separadas en fresco y oscuro.


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