El kiwi (Actinidia deliciosa) es una liana vigorosa originaria del sur de China que se popularizó comercialmente en Nueva Zelanda, de donde le viene el nombre. En España se cultiva sobre todo en Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco, y esa distribución no es casual: el kiwi tiene exigencias muy concretas de agua, viento y frío invernal que lo hacen fácil en el norte húmedo y bastante ingrato en el interior seco.

Se le describe a menudo como una planta sencilla. Lo es en cuanto a crecimiento —es una trepadora que puede echar cuatro metros de sarmiento en una temporada—, pero no lo es en cuanto a fructificación. La mayoría de la gente que planta un kiwi y no recoge fruta ha fallado en la misma cosa: no ha entendido que es una planta dioica.

Lo primero: necesitas macho y hembra

El kiwi es dioico: hay plantas macho y plantas hembra, y solo las hembras dan fruto. Una hembra sola, por muy bien cuidada que esté, florecerá cada primavera y no cuajará un solo kiwi. Es la causa número uno de fracaso en el cultivo doméstico, y suele descubrirse tres o cuatro años tarde.

La proporción habitual es un macho por cada cinco o seis hembras. En un jardín particular con dos o tres hembras basta con un macho plantado a menos de diez metros, idealmente en el lado desde el que sopla el viento dominante, porque parte de la polinización es anemófila aunque las abejas hacen la mayor parte del trabajo.

Es esencial que macho y hembra coincidan en floración. Los viveros venden parejas compatibles: 'Hayward' es la variedad hembra dominante en España y se poliniza con machos como 'Matua' o 'Tomuri' —este último florece algo más tarde y encaja mejor con 'Hayward'—. En kiwi de piel amarilla y en Actinidia arguta (el kiwiño o baby kiwi, de piel lisa y comestible, más rústico y resistente al frío) hay que buscar polinizadores propios de cada grupo.

Distinguir el sexo solo es posible con la planta en flor. Las flores macho tienen muchos estambres cargados de polen amarillo y carecen de ovario visible en el centro. Las flores hembra muestran un ovario blanco y peludo coronado por estigmas radiales, como un pequeño sol blanco, y sus estambres producen polen estéril. Si compras plantas de semilla no sabrás qué tienes hasta el cuarto o quinto año, y la mitad saldrán macho: compra siempre planta injertada o de vivero con la variedad identificada.

Existe además la opción de las llamadas variedades autofértiles, como 'Jenny' o 'Solissimo'. Funcionan, pero su producción es claramente inferior a la de una hembra bien polinizada, y muchas agradecen igualmente un macho cerca.

Planta de kiwi Actinidia deliciosa en cultivo

Clima y ubicación

El kiwi es de hoja caduca y necesita frío invernal para brotar en condiciones: en torno a 600-800 horas por debajo de 7 °C, según variedad. En zonas de invierno suave, como el litoral mediterráneo cálido o el sur, la brotación resulta irregular, desigual y la cosecha, pobre. Ese es el primer filtro.

El segundo es la helada tardía. La planta adulta en reposo aguanta perfectamente -10 °C o algo más, pero los brotes tiernos de primavera se destruyen a -1 o -2 °C. En zonas donde marzo y abril traen heladas, se pierde la cosecha entera con frecuencia. Un kiwi recién plantado, además, es sensible al frío en sus primeros dos inviernos y conviene proteger su base con un acolchado grueso y envolver el tronco.

El tercer factor, y el más subestimado, es el viento. Las hojas del kiwi son grandes, tiernas y se desgarran con facilidad; los brotes jóvenes se quiebran por la base. Un emplazamiento expuesto a viento seco arruina la planta aunque el riego sea correcto. Busca un sitio resguardado o planta un seto cortavientos.

En cuanto a exposición, quiere sol para madurar la fruta, pero en el interior peninsular y en el sur agradece sombra durante las horas centrales del verano: el sol directo intenso quema hojas y frutos. En Galicia o Asturias, a pleno sol sin problema.

Suelo: el punto donde falla el cultivo en media España

El kiwi exige un suelo profundo, suelto, rico en materia orgánica, muy bien drenado y ácido o ligeramente ácido, con un pH entre 5,5 y 6,5. En suelos calizos, con pH por encima de 7,5 —lo habitual en el este, el centro y el sur peninsular—, el hierro queda bloqueado y la planta desarrolla clorosis férrica crónica: hojas amarillas con los nervios verdes, crecimiento raquítico y ninguna cosecha. Se puede paliar con quelatos de hierro y acidificando el suelo con materia orgánica ácida, azufre elemental o turba rubia, pero es una lucha permanente. Si tu suelo es muy calizo, el kiwi no es tu frutal.

Al mismo tiempo, y esto es una contradicción aparente que confunde a mucha gente, el kiwi no soporta el encharcamiento. Sus raíces son carnosas y superficiales, y en suelo asfixiado se pudren en semanas por Phytophthora. Necesita mucha agua pero un drenaje perfecto: agua que pasa, no agua que se queda. En terrenos arcillosos o pesados, plántalo sobre un caballón elevado de 30-40 cm.

Plantación y estructura de soporte

La mejor época de plantación es el otoño —de octubre a diciembre— en zonas de invierno suave, o el final del invierno —febrero-marzo— donde hiela con fuerza. Abre un hoyo amplio, de unos 60 x 60 cm, mezcla la tierra extraída con compost maduro y planta sin enterrar el punto de injerto. Riega generosamente y acolcha.

Separa las plantas 3-4 metros entre sí y unos 4 metros entre líneas. Parece exagerado con una planta de vivero de un metro; no lo es. Un kiwi adulto ocupa fácilmente 8-10 metros cuadrados de emparrado.

Y necesita estructura desde el primer año. Un kiwi adulto cargado de fruta pesa muchísimo, y una pérgola endeble acaba en el suelo. Los sistemas habituales son la espaldera en T, con postes de 1,8-2 m rematados en un travesaño de 1,5 m del que cuelgan tres o cuatro alambres, y la pérgola o parral, más cara pero más productiva y muy agradecida en un jardín porque da una sombra excelente en verano. En cualquier caso, postes robustos, bien anclados y alambre grueso.

Riego y abonado

El kiwi es de las plantas más exigentes en agua del huerto. Su enorme superficie foliar transpira muchísimo y, con raíz superficial, no tiene reservas: una planta que pasa sed en agosto deja caer los frutos o los da pequeños y duros. En verano, en clima peninsular, un kiwi adulto puede pedir el equivalente a 50-70 litros por semana, repartidos en varios riegos. El goteo con varios emisores por planta es el sistema adecuado, mejor que un único punto de riego. La microaspersión funciona bien también y ayuda a bajar la temperatura ambiente.

El acolchado es casi obligatorio: 8-10 cm de paja, corteza de pino (que además acidifica) o restos vegetales sobre todo el área de raíces, dejando libres los diez centímetros pegados al tronco. Reduce la evaporación, mantiene la raíz fresca y evita la competencia de las hierbas, que en un cultivo de raíz superficial es real.

Sobre el abonado, el kiwi es muy exigente en nitrógeno y potasio. Un aporte anual de 4-6 kg de compost o estiércol maduro por planta en invierno, más un abonado nitrogenado en primavera al inicio de la brotación y otro rico en potasio durante el engorde del fruto en verano, cubre las necesidades. Un detalle importante: suspende el nitrógeno a partir de agosto; si sigues, la planta produce brotes tiernos que no lignifican a tiempo y se hielan en el primer frío. Es también sensible a la carencia de magnesio, que se manifiesta como amarilleo entre los nervios de las hojas más viejas y se corrige con sulfato de magnesio.

Poda: dos podas al año y una regla que lo explica todo

La clave de la poda del kiwi es entender dónde fructifica: solo en madera del año, brotada a partir de sarmientos del año anterior. Es decir, una rama que ya ha dado fruto no volverá a darlo en ese mismo tramo. De ahí que haya que renovar continuamente la madera, igual que en la vid.

La poda de invierno se hace con la planta en reposo, entre diciembre y enero, y nunca más tarde de mediados de febrero: si se poda con la savia en movimiento, el kiwi "llora" abundantemente por los cortes y se debilita. Consiste en eliminar la madera que ya fructificó, dejar los sarmientos del año pasado bien situados y despuntarlos a unas ocho o diez yemas, y suprimir todo lo enmarañado, cruzado, débil o seco. Es una poda drástica: se retira más de la mitad de la vegetación. Los machos se podan justo después de la floración, no en invierno, cortando severamente lo que ya ha florecido.

La poda en verde, en junio y julio, consiste en despuntar los brotes vigorosos por encima de la última fruta —dejando cinco o seis hojas por delante— y retirar los chupones y los brotes zarcillosos que se enrollan sobre la propia planta. Sirve para que entre luz, para que la fruta engorde y para que la vegetación no se convierta en una selva impenetrable.

Durante los dos o tres primeros años la poda es distinta: se trata de formar. Se guía un solo tallo recto hasta la altura del alambre principal, eliminando todos los brotes laterales por debajo, y allí se despunta para que emita dos brazos permanentes en direcciones opuestas. De esos brazos saldrán después los sarmientos productivos.

Frutos de kiwi maduros

Cosecha y maduración

El kiwi se recoge duro, entre finales de octubre y noviembre en la mayor parte de España, antes de las primeras heladas fuertes. Nunca madura del todo en la planta y no se ablanda en la mata: es un fruto climatérico que completa la maduración una vez recolectado.

El indicador fiable de que ha llegado el momento no es el tamaño ni el color de la piel, sino el contenido en azúcar, que debe superar los 6,5 grados Brix. Sin refractómetro, hay dos señales prácticas: las semillas del interior han pasado de blancas a negras —corta un fruto para comprobarlo— y los frutos se desprenden con un giro suave sin arrancar la rama.

Recolectados duros y guardados en un lugar fresco, seco y oscuro, se conservan meses; en frigorífico, entre cuatro y seis. Para acelerar la maduración de unos pocos, mételos en una bolsa con una manzana o un plátano: el etileno que desprenden los ablanda en pocos días. Y al revés: si quieres conservarlos, mantenlos lejos de manzanas y plátanos.

Un aviso realista sobre plazos: un kiwi plantado de vivero tarda entre tres y cinco años en dar su primera cosecha, y no alcanza plena producción hasta el séptimo u octavo. A cambio, una planta bien llevada puede vivir décadas y producir entre 30 y 60 kg al año.

Problemas frecuentes

Florece y no cuaja: falta polinizador macho, floraciones no coincidentes o falta de abejas por tiempo frío y lluvioso durante los pocos días que dura la floración.

Hojas amarillas con nervios verdes: clorosis férrica por suelo o agua de riego calizos. Quelato de hierro como parche, materia orgánica ácida como estrategia.

Bordes de las hojas secos y quemados: típico de golpe de calor con viento seco, o de exceso de sales. Suele indicar riego insuficiente para la demanda.

Marchitez repentina de toda la planta en verano: casi siempre podredumbre de raíz por Phytophthora en suelo mal drenado. Es difícil de recuperar; la prevención es el drenaje.

Cancros con exudado rojizo en el tronco y ramas: puede tratarse de PSA (Pseudomonas syringae pv. actinidiae), la bacteriosis que ha causado estragos en el kiwi europeo. Retira y destruye el material afectado, desinfecta las herramientas de poda entre plantas y no podes con tiempo húmedo.

Sobre plagas, el kiwi tiene pocas. Las más habituales son cochinillas y, en zonas concretas, la avispilla y algún ácaro. Los gatos, curiosamente, se sienten atraídos por el olor de las raíces y ramas jóvenes de Actinidia —el mismo principio que la hierba gatera— y pueden destrozar una planta joven: conviene protegerla con una malla los primeros años.

En resumen

El kiwi es una trepadora vigorosa y longeva que da mucha fruta si se cumplen cuatro condiciones: plantar macho y hembra compatibles, suelo ácido y bien drenado, agua abundante en verano y una estructura sólida donde trepar. Requiere frío invernal y odia el viento y la cal, lo que lo hace un cultivo natural para el norte húmedo y complicado en el interior calizo. Se poda fuerte en invierno, renovando la madera que ya fructificó, y se despunta en verde en verano. Se recoge duro en otoño, cuando las semillas están negras, y madura fuera de la planta. Ten paciencia: la primera cosecha seria llega al cuarto o quinto año.


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