Miden tres centímetros, están rayados como sandías salidas de una casa de muñecas y saben a pepino con un remate ácido. Esa es toda la carta de presentación del cucamelón, y basta para explicar por qué se ha colado en tantos huertos urbanos de los últimos años.
Detrás del nombre comercial hay una especie perfectamente definida: Melothria scabra, cucurbitácea originaria de México y Centroamérica, donde se conoce desde hace siglos como sandiita o pepinillo. En inglés circula como mouse melon, y de ahí ha llegado a España como sandía ratón, sandía de ratón o pepino mexicano.
No es un híbrido de nada
Conviene despejar esto antes de seguir, porque se repite en muchísimos sitios: el cucamelón no es un cruce entre pepino y sandía, ni entre pepino y melón, ni el resultado de ninguna manipulación moderna. Es una especie propia, con su propio género, que ni siquiera pertenece al mismo grupo que Cucumis o Citrullus. Su parecido con una sandía en miniatura es pura coincidencia de pigmentación en la epidermis del fruto.
Tampoco es una novedad. Se consumía en Mesoamérica mucho antes de la llegada de los europeos y sigue vendiéndose en mercados mexicanos. Lo nuevo es su circulación como semilla de catálogo en Europa.
Cómo es la planta
Es una trepadora herbácea de zarcillos, mucho más fina y ligera que un pepino. Los tallos son delgados, casi filiformes, y las hojas pequeñas, ásperas al tacto —de ahí el epíteto scabra— y de contorno triangular o palmeado. Sube sin ayuda por cualquier malla, alambre o rama que encuentre, y en una temporada buena alcanza 2,5 o 3 metros.
Es monoica: produce flores masculinas y femeninas separadas en la misma planta, amarillas y de apenas 5 milímetros. Las femeninas se distinguen porque llevan detrás un ovario ya con forma de sandía diminuta. No es partenocárpica, así que necesita polinizadores. En un balcón cerrado o bajo malla tupida hay que polinizar a mano con un pincel, tocando primero una flor masculina y luego el estigma de la femenina.
El detalle más interesante está bajo tierra: la planta forma una raíz tuberosa, parecida a la de una dalia pequeña, que le permite sobrevivir al invierno en climas suaves y rebrotar en primavera. En la mayor parte de la Península se cultiva como anual porque la primera helada acaba con la parte aérea, pero el tubérculo puede guardarse.
Siembra y trasplante
La semilla es diminuta y germina despacio: entre 10 y 21 días, bastante más que un pepino. Muchos cultivos fracasados no lo son en realidad, simplemente se tiró la maceta antes de tiempo.
Se siembra en semillero protegido de marzo a abril, a medio centímetro de profundidad, con el sustrato a 22-25 °C de forma sostenida. Por debajo de 18 °C la germinación se vuelve errática. Un semillero en el alféizar interior o sobre un cable calefactor resuelve la fase crítica.
El trasplante va cuando ha pasado el riesgo de heladas y las noches se mantienen por encima de 12 °C: finales de abril en el litoral mediterráneo y en Andalucía, mediados de mayo en el interior, principios de junio en zonas de montaña o en la cornisa cantábrica más fría. Se planta a 40-50 cm entre plantas, con el tutor ya colocado.
En maceta necesita como mínimo 20-25 litros. Con menos volumen la planta se queda pequeña y la producción cae de forma evidente. Sustrato suelto, con buena proporción de material drenante y algo de compost maduro.
Cuidados durante la temporada
Exposición: sol directo, cuantas más horas mejor. En el sur peninsular agradece algo de sombra en las horas centrales de julio y agosto, pero no la necesita.
Riego: regular y sin encharcamiento. Aquí está una de sus ventajas reales sobre el pepino: tolera bastante mejor la sequía puntual gracias a esa raíz engrosada. Un olvido de dos días no la mata, mientras que a un pepino le cuesta la cosecha. Aun así, el riego irregular se paga con frutos pequeños y caída de flores. Goteo diario en verano y acolchado de paja o restos vegetales en la base.
Tutorado: imprescindible. Es planta de zarcillo, no de guía atada; con una malla de nailon o un enrejado de 2 metros se agarra sola. Dejarla arrastrar por el suelo funciona, pero los frutos se ensucian, se pudren con el suelo húmedo y las babosas los encuentran antes que tú.
Abonado: moderado. Con exceso de nitrógeno hace una masa de hoja espectacular y muy poco fruto. Compost al plantar y, a partir de la primera floración, un abono con predominio de potasio cada 15 días.
Poda: no la necesita. Despuntar la guía principal al llegar arriba estimula ramificaciones laterales, que son las que más flor femenina dan.
Plagas y enfermedades
Es una planta notablemente rústica, y esa es su mejor baza frente a otras cucurbitáceas. Sufre mucho menos oídio y mildiu que el pepino o el calabacín, hasta el punto de que en muchos huertos llega a octubre con la hoja limpia mientras los calabacines de al lado están blancos desde agosto.
Lo que sí puede aparecer: araña roja (Tetranychus urticae) en veranos secos y calurosos, que se combate subiendo la humedad ambiental y mojando el envés de las hojas al atardecer; pulgón en los brotes tiernos de primavera; y babosas y caracoles, que son el enemigo serio en la fase de plántula recién trasplantada. Los primeros quince días son los únicos realmente delicados.
Cuándo y cómo se recolecta
Los primeros frutos llegan entre 70 y 80 días desde la siembra, lo que en la práctica sitúa la cosecha de julio a octubre en la mayoría de la Península, hasta que llega el primer frío serio.
El punto de recolección es el detalle que más gente falla. Se cogen cuando tienen el tamaño de una uva grande, entre 2 y 3 centímetros, y están firmes al tacto. Si se dejan crecer más, el fruto se ablanda, la pulpa se vuelve harinosa, la acidez se dispara y las semillas empiezan a endurecerse. Un cucamelón pasado no es incomestible, simplemente deja de valer la pena.
La planta produce de forma continua: recolectar cada dos o tres días estimula la formación de nuevas flores. Dejar frutos madurando en la mata frena la producción, exactamente igual que ocurre con los pepinillos o las judías.
Se comen crudos enteros, con piel y todo, en ensaladas o como aperitivo. El uso más agradecido, sin embargo, es el encurtido en vinagre, donde se comportan como un pepinillo pero conservan mucho mejor la textura crujiente.
Una precaución sensata sobre el sabor
El cucamelón no es tóxico ni tiene ninguna restricción de consumo. Dicho esto, hay una regla general de las cucurbitáceas que conviene aplicar también aquí: si un fruto sabe intensamente amargo, se escupe y se tira. Ese amargor delata cucurbitacinas, compuestos que aparecen ocasionalmente por reversión genética o cruce con parientes silvestres y que provocan trastornos digestivos serios. Vale para calabacines, calabazas, pepinos y también para esto.
Segunda precaución, aplicable solo a quien recolecte planta silvestre fuera de España: Melothria scabra tiene parientes americanos de aspecto parecido, como Melothria pendula, cuyos frutos maduros no tienen el mismo uso alimentario. Con semilla de catálogo y planta cultivada esto no es un problema, pero no está de más saber que el género no es homogéneo.
Guardar el tubérculo y la semilla
Cuando la primera helada seque la parte aérea, se puede desenterrar la raíz tuberosa con cuidado, dejarla orear un par de días a la sombra y guardarla en una caja con turba o serrín ligeramente humedecido, en un lugar oscuro y fresco, entre 5 y 10 °C. En primavera se replanta cuando pasen las heladas.
La ventaja es tangible: una planta procedente de tubérculo arranca varias semanas antes que una de semilla y produce claramente más, porque no pierde tiempo en la fase de germinación lenta. En zonas de invierno suave, sobre todo en el litoral mediterráneo, basta con acolchar bien la base y dejar el tubérculo en el suelo.
Para semilla, se deja madurar del todo un par de frutos en la planta hasta que se ablandan, se extrae la pulpa, se deja fermentar en agua dos o tres días, se lava y se seca a la sombra. Conserva la germinación varios años.
En resumen
Melothria scabra es una especie mexicana propia, no un híbrido de pepino y sandía, y se cultiva como una trepadora anual de ciclo estival. Siembra en semillero de marzo a abril con calor de fondo, paciencia con una germinación que puede tardar tres semanas, trasplante pasadas las heladas a marco de 40-50 cm o maceta de 20 litros como mínimo, y malla de dos metros para que trepe.
Es más resistente a la sequía y bastante menos sensible al oídio que el pepino, lo que la convierte en un cultivo fácil una vez superada la fase de plántula. La clave de la cosecha está en recoger los frutos pequeños y firmes, del tamaño de una uva, y hacerlo cada pocos días para que la planta no deje de florecer. Y si se guarda el tubérculo en invierno, la temporada siguiente empieza con ventaja.