En el huerto tradicional se ata "porque se ata": la práctica pasa de una generación a otra y la explicación se queda por el camino. De ahí sale el malentendido más repetido, el de que atar la lechuga es lo que hace que se forme el cogollo. No es así. El acogollado es un carácter genético de la variedad; una lechuga de hoja suelta no formará cogollo por mucho que la ates, y una romana bien cultivada lo forma sola. Atar persigue en realidad otra cosa, y merece la pena entenderla antes de coger la rafia.

Qué consigue realmente el atado

Atar la lechuga (Lactuca sativa) es una técnica de blanqueo. Al recoger las hojas exteriores y sujetarlas alrededor del corazón, se impide que llegue la luz al interior de la mata. Sin luz no hay fotosíntesis, y sin fotosíntesis las hojas internas no producen clorofila: quedan de un amarillo pálido, casi blanco.

Ese cambio de color viene acompañado de tres efectos que sí interesan al hortelano. El primero, las hojas blanqueadas son más tiernas, porque desarrollan menos tejido de sostén y menos fibra. El segundo, resultan menos amargas: la lechuga contiene lactucina y lactucopicrina, compuestos amargos del látex blanco que se acumulan más en tejidos expuestos al sol. Y el tercero, el corazón se vuelve más compacto y crujiente, con esa textura de cogollo que se busca en las romanas.

Hay un cuarto efecto, menos comentado pero práctico en invierno: las hojas exteriores recogidas protegen el corazón de las heladas y del granizo. En cultivos de otoño-invierno en el interior peninsular, atar puede salvar la parte aprovechable de una mata que de otro modo quedaría escaldada por el frío.

Qué lechugas se atan y cuáles no

No todas lo necesitan. Las candidatas naturales son las romanas —tipo Oreja de Mulo, Inverna, Romana larga— y las variedades de cogollo alargado, cuyas hojas exteriores son lo bastante largas y erguidas para envolver el corazón.

Las escarolas (Cichorium endivia), tanto la rizada como la lisa, son en realidad las que más lo agradecen: son marcadamente amargas y el blanqueo transforma su sabor. Se atan casi por norma.

En cambio, las lechugas tipo Batavia, Iceberg o Trocadero ya cierran su cogollo por sí solas y suelen blanquear sin ayuda: atarlas aporta poco y aumenta el riesgo de podredumbre. Y las lechugas de hoja suelta —Lollo Rosso, Hoja de Roble, Maravilla de Verano— no se atan nunca; no tienen forma de hacerlo y su gracia está precisamente en el color de la hoja, que el blanqueo destruiría.

Lechuga romana desarrollada en el huerto

Cuándo se atan

El momento se decide mirando la planta, no el calendario. Se ata cuando la lechuga está prácticamente desarrollada, con el corazón ya iniciado y las hojas exteriores bien formadas y largas. En ese punto le faltan entre dos y tres semanas para la recolección, y ese es exactamente el tiempo que necesita el blanqueo.

Atar demasiado pronto es contraproducente: la planta todavía necesita superficie foliar iluminada para crecer, y encerrarla detiene su desarrollo. Acabas con una mata pequeña y un corazón raquítico. Atar demasiado tarde, en cambio, simplemente no da tiempo a que el interior blanquee.

Como referencia, en cultivo de primavera el blanqueo tarda unos 10-15 días; en otoño e invierno, con menos luz y temperaturas más bajas, puede irse a 20-25 días. Conviene atar por tandas, unas cuantas matas cada semana, para escalonar la recolección: una vez atada, la lechuga tiene una ventana de consumo corta.

Cómo se atan, y las precauciones que evitan perderlas

La operación es sencilla. Recoge con una mano todas las hojas exteriores hacia arriba, envolviendo el corazón sin apretar, y con la otra pasa la atadura alrededor del tercio superior de la mata. Da la vuelta y anuda sin forzar: debe quedar sujeto pero no comprimido. Si aprietas, magullas las hojas y esas heridas son la puerta de entrada de los hongos.

Atando una lechuga romana para blanquear su cogollo

Como material sirve la rafia, una goma elástica ancha, una cuerda blanda o incluso una tira de tela. Evita el alambre y el cordel fino, que cortan la hoja. La goma elástica tiene la ventaja de ceder mientras la planta sigue engrosando.

Ahora las precauciones, que son la parte importante:

Ata siempre con las hojas completamente secas. Nada de hacerlo después de regar, con rocío o tras la lluvia. La humedad atrapada entre las hojas cerradas y sin ventilación es el escenario perfecto para la botritis (Botrytis cinerea) y la esclerotinia (Sclerotinia sclerotiorum), que pudren el corazón en pocos días. El mejor momento es media mañana, con el cultivo ya oreado.

Limpia la mata antes de atar. Retira las hojas basales amarillas, dañadas o en contacto con el suelo. Encerrar una hoja podrida dentro del atado es sembrar el foco de infección.

Cambia el riego. A partir del atado, riega solo al pie, por goteo o a surco, nunca por aspersión. Y reduce la frecuencia: la planta ya no crece igual y el exceso de agua solo favorece la podredumbre.

Revisa cada pocos días. Si al palpar notas una mata blanda o hueles a podrido, desátala y recógela de inmediato; con suerte salvarás una parte.

Alternativas al atado

Si el tiempo viene húmedo, hay opciones menos arriesgadas. Se puede colocar sobre cada mata un plato, una teja o una maceta oscura invertida apoyada de forma que deje pasar aire por los lados: blanquea igual y ventila mucho mejor. También existen capuchones de blanqueo comerciales.

Y siempre queda la opción de no atar. Muchas variedades modernas de romana están seleccionadas para autoblanquearse y dan cogollos aceptables sin intervención. Si tu prioridad es la seguridad de la cosecha y no la textura perfecta, saltarse el atado es una decisión perfectamente defendible.

En resumen

Atar la lechuga no forma el cogollo: lo blanquea. Sin luz, las hojas interiores pierden clorofila y se vuelven más tiernas, menos amargas y más crujientes, además de quedar protegidas del frío. Se hace en romanas y escarolas, no en lechugas de hoja suelta, y solo cuando la planta ya está casi desarrollada, entre dos y tres semanas antes de recolectar. Ata sin apretar, con rafia o goma, siempre con el follaje seco y tras retirar las hojas dañadas, riega al pie a partir de ese momento y vigila la mata cada pocos días. Si el tiempo está húmedo, un capuchón ventilado da el mismo resultado con menos riesgo.


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