Catorce grados a cinco centímetros de profundidad, sostenidos durante varios días y con previsión de que sigan subiendo: ese es el permiso para sembrar soja. No lo da el calendario, lo da el termómetro clavado en la tierra, y saltárselo es la causa número uno de nascencias ralas y siembras que hay que repetir.

La soja (Glycine max) es una leguminosa anual de origen asiático, de ciclo estival, que en España se cultiva sobre todo en regadío en el valle del Ebro, Extremadura, la vega del Guadalquivir y algunas zonas de Castilla. En el huerto familiar funciona bien siempre que se le den dos cosas que no negocia: calor y agua en el momento justo.

Semillas de soja preparadas para la siembra

Una aclaración previa: los brotes del supermercado no son soja

Antes de comprar semilla conviene deshacer una confusión que en España está por todas partes. Lo que se vende como "brotes de soja" en bandejas refrigeradas es, en la práctica totalidad de los casos, judía mungo (Vigna radiata), una especie distinta que se conoce también como soja verde. Si alguien compra ese producto o esas semillas pensando que va a cultivar soja, va a acabar con otra planta, con otro porte y con otro manejo.

La soja de verdad da unas vainas cortas, peludas, con dos o tres granos redondeados de color crema, amarillo pálido o negro según la variedad. Si lo que se busca son brotes para ensalada, la judía mungo es más rápida y más agradecida. Si lo que se quiere es el grano, o edamame, entonces sí hace falta Glycine max.

Cuándo sembrar soja

La ventana de siembra en la Península va, a grandes rasgos, de mediados de abril a mediados de junio, y dentro de esa horquilla la fecha concreta la marcan tres factores.

La temperatura del suelo. La semilla necesita al menos 10-12 °C para germinar y 14-15 °C para hacerlo con rapidez y uniformidad. Por debajo de esos valores la germinación se alarga tanto que la semilla se pudre antes de emerger, sobre todo si el suelo está húmedo. En Andalucía y en el litoral mediterráneo esa temperatura se alcanza a mediados o finales de abril; en el valle del Ebro y en Extremadura, a lo largo de mayo; en la meseta norte, no antes de la última semana de mayo.

El riesgo de helada tardía. La soja emerge con los cotiledones fuera del suelo (germinación epigea) y una helada los mata. La plántula recién nacida no rebrota. Hay que estar razonablemente seguros de que ya no van a caer heladas cuando el cultivo lleve una semana fuera.

El fotoperiodo. Aquí está el punto que menos se explica y que más cosecha cuesta. La soja es una planta de día corto: florece cuando las noches empiezan a alargarse, a partir del solsticio de junio, y lo hace prácticamente en la misma fecha se haya sembrado en abril o en junio. Retrasar la siembra no retrasa la floración; lo único que hace es dejar a la planta menos tiempo para construir estructura antes de empezar a llenar vainas. Por eso una siembra de mediados de junio da plantas bajas, con pocos nudos y con una fracción de la producción de una siembra de mayo. Sembrar tarde no es sembrar más despacio: es sembrar peor.

La otra consecuencia práctica del fotoperiodo es que la variedad no es intercambiable entre latitudes. Las variedades se clasifican en grupos de madurez, del 000 al X. En el norte peninsular se manejan grupos II y III; en el centro y sur, del III al V. Una variedad de grupo alto sembrada en Burgos florecerá tardísimo y no llegará a granar antes del frío; una de grupo bajo sembrada en Sevilla florecerá enseguida, apenas levantará medio metro y desperdiciará el verano. Comprar semilla de un grupo adecuado a la zona pesa más que casi cualquier otra decisión de manejo.

El suelo que le conviene

La soja prefiere suelos francos o franco-arcillosos, profundos y bien drenados, con pH entre 6 y 7. Tolera mal tres cosas: el encharcamiento, que asfixia las raíces y arruina la nodulación; la salinidad, ante la que es bastante sensible; y la costra superficial, esa capa dura que forman algunos suelos arcillosos cuando llueve o se riega y luego se secan al sol. Como la plántula tiene que sacar los cotiledones enteros a la superficie, una costra de dos milímetros puede impedir la nascencia de media parcela.

En cuanto a la rotación, va muy bien detrás de un cereal. Lo que hay que evitar es repetirla año tras año en el mismo sitio o ponerla justo detrás de otras leguminosas, porque comparte con ellas enfermedades del suelo como la esclerotinia.

La preparación no exige nada exótico: una labor de mullido, un pase para desmenuzar los terrones y una superficie razonablemente fina, sin tampoco pulverizarla, que eso es precisamente lo que favorece la costra. Un aporte de compost maduro el otoño anterior mejora la estructura y basta.

Abonado: menos nitrógeno del que se piensa

La soja bien nodulada fija su propio nitrógeno atmosférico y cubre con ello la mayor parte de sus necesidades. Echarle abono nitrogenado es contraproducente: en presencia de nitrógeno mineral abundante la planta deja de invertir en los nódulos —le sale más barato tomarlo del suelo— y acaba dependiendo de un aporte que se lava con los riegos. El resultado es mucha hoja, poca vaina y ninguna nodulación.

Lo que sí agradece es fósforo y potasio, y en suelos calizos puede mostrar clorosis férrica. Si el análisis del suelo o la experiencia previa indican carencia, se corrige antes de sembrar.

La inoculación, el paso que no se puede saltar

Esta es la particularidad más importante del cultivo en Europa. La bacteria que forma los nódulos de la soja, Bradyrhizobium japonicum (y la emparentada Bradyrhizobium diazoefficiens), no está presente de forma natural en los suelos españoles, porque la planta no es de aquí y su simbionte tampoco. Un suelo que nunca ha llevado soja no tiene esa bacteria, y la soja no puede tomarla prestada de las que ya viven allí y nodulan habas o guisantes: la relación es específica.

Sin inoculante, la planta nace, crece un palmo, amarillea desde las hojas viejas y se queda parada. Con inoculante, a las tres o cuatro semanas se pueden arrancar unas plantas y ver los nódulos en la raíz. La comprobación es sencilla: un nódulo activo, partido con la uña, tiene el interior rosado o rojizo por la leghemoglobina. Si por dentro es blanco o verdoso, está ahí pero no está fijando nada.

El inoculante se vende como un polvo o pasta de turba cargada de bacterias vivas, y se aplica el mismo día de la siembra. La forma habitual de hacerlo en pequeña escala es esta: se humedece la semilla con muy poca agua azucarada (una cucharada de azúcar en medio vaso de agua sirve de adherente), se espolvorea el inoculante en la dosis que indique el envase, se remueve suavemente en un cubo hasta que todos los granos queden teñidos y se siembra en las horas siguientes.

Tres errores arruinan la operación. Dejar la semilla inoculada al sol, porque la radiación ultravioleta mata las bacterias en minutos. Mezclarla con fungicidas o con microelementos no compatibles, que hacen lo propio. Y guardarla inoculada de un día para otro, o guardar el propio inoculante fuera de la nevera y más allá de su fecha de caducidad, porque es un producto vivo. En zonas donde ya se ha cultivado soja recientemente la bacteria puede persistir en el suelo unos años, pero incluso allí la reinoculación anual sale barata y compensa.

Cómo sembrar: directa, no de semillero

Conviene decirlo claro porque circula lo contrario: la soja se siembra directamente en el suelo definitivo. No se hace semillero ni se trasplanta. Tiene una raíz pivotante que se resiente muchísimo del trasplante, y el retraso y la pérdida de plantas que provoca no lo compensa ningún adelanto. Además es un cultivo de siembra densa: nadie va a criar cien cepellones para dos filas de huerto.

Profundidad. Entre 3 y 4 cm en suelo con buen tempero. Si la capa superficial está seca se puede bajar hasta 5 cm para buscar humedad, pero no más: la semilla tiene reservas limitadas para empujar los cotiledones hasta la superficie y una siembra a 8 cm sencillamente no emerge. Sembrar demasiado profundo es, junto con no inocular, el fallo más repetido.

Marco. En el huerto, líneas separadas 40-50 cm y semillas cada 4-5 cm dentro de la línea, para dejar después una planta cada 8-10 cm tras aclarar los fallos. Eso equivale a unas diez plantas por metro lineal. La soja es una planta de porte estrecho que compensa poco los huecos, así que más vale pecar de densa que de rala; una plantación cerrada además cubre el suelo antes y ahorra escardas.

Riego de nascencia. Si el suelo está a tempero, no se riega hasta que emerja. Si hay que dar un riego previo, se da unos días antes de sembrar y no justo después, para no provocar costra. Una vez nacida, la soja necesita humedad constante pero no encharcamiento.

La emergencia llega en 5 a 10 días con suelo a 20 °C, y puede irse a dos semanas o más si viene fresco. Ese periodo es el más delicado del ciclo: babosas y caracoles siegan las plántulas a ras, y las palomas y los gorriones arrancan los cotiledones recién asomados, que les resultan carnosos y llamativos. Una malla o un hilo tendido sobre la línea durante los primeros diez días resuelve buena parte del problema.

Plantas jóvenes de soja creciendo en el huerto

El cultivo hasta la cosecha

Los momentos en los que el agua decide la cosecha son la floración y, sobre todo, el llenado de la vaina. Un estrés hídrico en floración provoca aborto de flores; en llenado, granos pequeños y arrugados. Una soja de verano en la Península puede necesitar del orden de 500-700 mm entre lluvia y riego, y de esos, la mayor parte se concentra entre julio y septiembre. En cambio, un exceso de agua en las primeras semanas es más perjudicial que un ligero déficit.

La escarda importa al principio, cuando la planta aún no cierra el suelo; a partir de que las líneas se tocan, la propia soja ahoga a las adventicias. Entre las plagas, en el huerto español dan guerra la oruga verde de Helicoverpa armigera sobre las vainas, la araña roja en veranos secos y calurosos, y los pulgones en las puntas tiernas.

Para edamame, es decir, para consumir la vaina verde, se recolecta a los 80-95 días desde la siembra, cuando las vainas están rellenas y todavía de un verde intenso, antes de que empiecen a virar a amarillo. Para grano seco, hay que esperar a que la planta pierda todas las hojas y las vainas suenen al agitarlas; el ciclo completo va de 120 a 150 días según el grupo de madurez, lo que sitúa la recolección entre septiembre y octubre. Conviene no apurar demasiado, porque en algunas variedades las vainas muy secas se abren solas y desgranan en el suelo.

En resumen

La soja se siembra cuando el suelo alcanza 14-15 °C a cinco centímetros y ha pasado el riesgo de helada, lo que en España cae entre mediados de abril en el sur y finales de mayo en el norte; retrasarla no retrasa la floración, solo reduce la cosecha. Se siembra directamente, a 3-4 cm de profundidad, en líneas de 40-50 cm con una planta cada 8-10 cm, y con la semilla inoculada el mismo día con Bradyrhizobium japonicum, porque esa bacteria no existe en nuestros suelos y sin ella la planta se queda amarilla y raquítica. Poco nitrógeno, variedad del grupo de madurez adecuado a la latitud y agua asegurada en floración y llenado. Y no confundir el cultivo con la judía mungo de los brotes de supermercado, que es otra especie.


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