El riego del tomate no es una cuestión de cantidad sino de regularidad. La mayoría de los problemas que se atribuyen a plagas o a la tierra —el fondo negro de los frutos, los tomates que se abren, la planta que se marchita a mediodía— vienen de un riego irregular, y se corrigen cambiando el patrón sin gastar un euro.
La regla que resuelve casi todo
Riegos abundantes y espaciados, nunca cortos y diarios.
Un riego corto todos los días moja solo los primeros centímetros. La raíz se queda arriba porque no necesita bajar, y en cuanto llega una ola de calor o te vas un fin de semana, la planta colapsa. Un riego largo cada dos o tres días manda el agua a profundidad y la raíz baja a buscarla, con lo que la planta se vuelve mucho más autónoma.
Como referencia: en pleno verano, en tierra, unos 4 a 6 litros por planta dos o tres veces por semana. En maceta, según volumen, puede ser a diario, pero siempre empapando hasta que salga agua por abajo.
Cuándo regar
A primera hora de la mañana. El suelo absorbe con la tierra fresca, la planta llega hidratada a las horas de calor y la hoja que se haya mojado se seca con el sol.
Regar al atardecer es la segunda opción, y en verano muy caluroso a veces la única. Tiene un inconveniente serio: la humedad pasa toda la noche sobre la planta, y eso es lo que necesitan el mildiu y la Botrytis para instalarse.
A mediodía, nunca: se evapora buena parte y las gotas sobre la hoja al sol producen quemaduras.
Cómo regar
Siempre al pie, nunca por encima. Es la medida sanitaria más importante del cultivo del tomate. La hoja mojada de forma repetida es la vía de entrada del mildiu, la alternaria y el oídio; con riego por goteo o a manta, esas enfermedades bajan de forma muy visible.
Goteo si puedes. Dosifica, no moja la hoja y permite programar. Dos goteros por planta a caudal medio resuelven un huerto doméstico.
Acolcha el suelo con paja, restos de siega secos o corteza. Reduce mucho la evaporación, mantiene la humedad estable —que es justo lo que buscas— y evita que la lluvia salpique tierra sobre las hojas bajas, que es como llegan muchos hongos del suelo a la planta.
Cómo cambia el riego según la fase
Tras el trasplante: riego generoso el primer día y luego más bien escaso durante una o dos semanas. Pasar un poco de sed en esta fase obliga a la raíz a profundizar y da plantas mucho más resistentes después. Es contraintuitivo y funciona.
Crecimiento y floración: el momento de más exigencia. Aquí la regularidad es crítica, porque los altibajos hacen caer la flor.
Fruto cuajado y engordando: mantener constante. Es cuando aparecen los problemas si el riego baila.
Maduración: reducir algo. Un riego más justo en las últimas semanas concentra azúcares y da tomates con más sabor. Un tomate regado en exceso al final es grande y soso.
Los tres problemas que delatan un riego irregular
Fondo negro y hundido en el fruto (podredumbre apical). Es el más famoso y el peor entendido. No es un hongo ni una plaga: es falta de calcio en el fruto, y casi nunca porque falte calcio en el suelo, sino porque el riego irregular impide que la planta lo transporte. Se corrige regando de forma constante y acolchando, no echando calcio.
Frutos agrietados. La piel deja de crecer, y si tras unos días secos llega un riego abundante o una tormenta, el interior se hincha de golpe y revienta. Mismo remedio: constancia.
Hojas mustias a mediodía que se recuperan por la tarde. Esto normalmente no es sed. Es un mecanismo de defensa contra el calor: la planta cierra estomas y deja caer la hoja para transpirar menos. Si riegas cada vez que la ves así, acabarás encharcando. Comprueba el suelo antes.
Cómo saber si te estás pasando
Hojas amarillas empezando por abajo con el suelo húmedo, tallo blando en la base, olor a tierra cerrada, mosquitos alrededor. Eso es exceso, y el tomate lo lleva peor que la sequía: la raíz asfixiada deja de absorber y aparece la paradoja de una planta marchita en suelo mojado.
En la duda, mete el dedo o un palo de madera diez centímetros y mira. Es más fiable que cualquier regla.
En maceta
Necesita al menos 25 o 30 litros por planta. Con menos, el sustrato se seca y se moja en ciclos tan rápidos que la podredumbre apical es casi segura.
Riega hasta que drene, vacía el platillo y acolcha también la superficie. Y cuenta con abonar, porque cada riego lava nutrientes.
En resumen
Riegos largos y espaciados en vez de cortos y diarios, por la mañana, siempre al pie y nunca sobre la hoja, con el suelo acolchado. Reduce algo en la maduración para ganar sabor. Y si aparece el fondo negro o los frutos se agrietan, no busques un producto: el problema es que el riego no es constante.