El calendario del tomate no lo marca el mes: lo marca la temperatura. Mientras el suelo esté por debajo de 12 °C y las noches bajen de 10 °C, la tomatera no crece aunque esté plantada, y quien se adelanta dos semanas suele terminar cosechando más tarde que el vecino que esperó.

El tomate (Solanum lycopersicum) es originario de la vertiente andina, de clima cálido y sin heladas. Con 0 °C muere, por debajo de 10 °C se para y por encima de 35 °C deja de cuajar. Todo el arte de decidir cuándo plantarlo consiste en meter su ciclo entero dentro de esa franja, y en la península esa franja cambia mucho de Lugo a Almería.

Plantas de tomate creciendo en el huerto

Dos fechas distintas: siembra y plantación

Conviene separar bien los dos momentos, porque mezclarlos es el origen de la mitad de las dudas.

La siembra se hace en semillero protegido y ocurre entre seis y ocho semanas antes de la fecha prevista de plantación. La plantación o trasplante es cuando el plantón sale al huerto definitivo, y esa sí depende directamente del riesgo de heladas de cada zona.

La forma correcta de fijar el calendario es al revés de como suele hacerse: primero se averigua la fecha media de última helada en la zona, se le suma un margen de una semana, y de ahí se resta mes y medio o dos meses para saber cuándo hay que sembrar.

La siembra en semillero

La semilla de tomate germina bien entre 20 y 25 °C, y en esas condiciones tarda de seis a diez días. A 15 °C puede tardar tres semanas o pudrirse antes de emerger, así que el semillero necesita calor: interior de la casa, invernadero, túnel o cama caliente. Una ventana orientada al sur no basta como fuente de calor en febrero, pero sí como fuente de luz una vez nacida la planta.

Por zonas de la península:

Litoral mediterráneo, Andalucía occidental y zonas costeras suaves: siembra de enero a mediados de febrero.

Interior peninsular, meseta, valle del Ebro: siembra de mediados de febrero a mediados de marzo.

Cornisa cantábrica, zonas de montaña y comarcas frías: siembra de marzo a principios de abril.

En el sureste y en el litoral más cálido existe además una segunda siembra, de agosto a octubre, para el ciclo de otoño-invierno bajo plástico. Es el calendario con el que se producen, por ejemplo, los tomates de invierno de Almería y Murcia, y no tiene equivalente en el resto del país al aire libre.

Después de la nascencia, el problema deja de ser el calor y pasa a ser la luz. Un semillero cálido y oscuro produce plántulas ahiladas, larguiruchas y pálidas, que dan plantas débiles. En cuanto asoman los cotiledones hay que darles el sitio más luminoso disponible y bajar un poco la temperatura, en torno a los 18 °C.

Cuándo trasplantar al huerto

El plantón está listo cuando tiene entre 15 y 20 centímetros, cinco o seis hojas verdaderas y un tallo firme, no una caña fina. Pero que la planta esté lista no significa que el huerto lo esté.

Las tres condiciones que deben cumplirse a la vez son: que haya pasado el riesgo de heladas, que el suelo esté a 13-15 °C a diez centímetros de profundidad y que las mínimas nocturnas se mantengan por encima de 10 °C. Un termómetro de suelo barato resuelve la duda mejor que cualquier calendario.

En la práctica, en el litoral mediterráneo y en el sur se trasplanta de finales de marzo a abril; en el interior peninsular, de mediados de abril a mediados de mayo, y en la meseta norte, valles fríos y montaña, no antes de mediados de mayo. La referencia popular de esperar a mediados de mayo, a los llamados santos de hielo, sigue siendo razonablemente fiable en buena parte del interior.

Antes de sacarlas hay que endurecer las plantas: se sacan al exterior unas horas al día durante siete a diez días, aumentando la exposición poco a poco. Saltarse este paso y plantar directamente al sol y al viento produce quemaduras en la hoja y un parón de dos semanas.

Por qué adelantarse no sirve de nada

Es la creencia más extendida y la más fácil de desmontar. Una tomatera plantada tres semanas antes de tiempo pasa esas tres semanas a 8 o 10 °C nocturnos: no crece, la raíz absorbe mal el fósforo —de ahí los tallos y envés morados típicos del frío—, y queda expuesta a heladas tardías. La planta que se trasplanta con el suelo ya caliente arranca de inmediato y la alcanza en pocas semanas, con mejor sistema radicular.

Hay un efecto añadido menos conocido. Si el primer ramillete floral cuaja con noches por debajo de 12 °C, es habitual que salgan frutos deformes, acostillados o con cicatrices en la base, lo que se conoce como catfacing. Es decir, adelantar no solo no gana tiempo: estropea los primeros tomates, precisamente los que más ilusión hacen.

Y por qué retrasarse tampoco

El otro extremo también tiene coste. El polen del tomate se vuelve estéril por encima de unos 34-35 °C de máxima o cuando las mínimas nocturnas superan los 24 °C. Por eso en el interior y en el sur suele haber un bache de cuajado en julio y agosto: la planta florece y las flores caen sin formar fruto.

Una plantación tardía coloca la floración principal justo en ese bache. Como desde el trasplante hasta el primer tomate maduro pasan entre 60 y 85 días según la variedad, trasplantar en el interior peninsular más allá de finales de junio deja la producción atrapada entre el calor de agosto y las primeras noches frías de octubre.

Cómo se planta

El tomate se planta enterrando parte del tallo, algo que en otros cultivos sería un error grave. El tallo del tomate emite raíces adventicias en el tramo que queda bajo tierra, así que enterrar hasta las primeras hojas verdaderas multiplica el sistema radicular y da plantas mucho más resistentes a la sequía. Si el plantón ha salido ahilado, se planta tumbado en una zanja poco profunda, dejando fuera solo la punta: se endereza solo en dos o tres días.

Marcos habituales: de 40 a 50 centímetros entre plantas y de 80 a 100 entre líneas en variedades indeterminadas conducidas a uno o dos tallos. Las de mata baja o determinadas admiten algo menos de separación entre líneas, pero conviene no apretar: la ventilación entre plantas es la primera defensa contra el mildiu (Phytophthora infestans) y la alternariosis.

Se planta a última hora de la tarde, se riega abundantemente para asentar la tierra alrededor del cepellón, y se coloca el tutor en ese mismo momento. Clavarlo semanas después significa atravesar raíces ya formadas.

Tomateras cultivadas en macetas

En maceta y en terraza

Las fechas son las mismas, con un matiz a favor: una maceta en una terraza resguardada se calienta antes que el suelo del huerto y permite adelantar el trasplante una o dos semanas, siempre que se pueda cubrir la planta si entra una helada tardía.

El volumen manda. Menos de 20 litros por planta condena a riegos diarios y a plantas raquíticas; con 30 o 40 litros se cultiva bien una variedad indeterminada. Los tomates cherry y las variedades de mata baja se conforman con 15 o 20 litros. El drenaje debe ser generoso y el sustrato, una mezcla con compost que retenga humedad sin encharcar.

En maceta, la regularidad del riego es todavía más importante, porque las oscilaciones bruscas entre sequedad y encharcamiento provocan la podredumbre apical, esa mancha negra hundida en la base del fruto. Suele culparse a la falta de calcio en el sustrato, pero el origen casi siempre es un riego irregular que impide a la planta transportar el calcio que ya tiene disponible.

Rotación y sitio

Pleno sol, mínimo seis horas directas, y suelo profundo y bien abonado con compost maduro incorporado unas semanas antes de plantar. El tomate no debe volver al mismo bancal hasta pasados tres o cuatro años, y tampoco debe ir detrás de patata, pimiento o berenjena, que comparten con él enfermedades del suelo y el mismo mildiu. Detrás de una leguminosa, en cambio, encuentra el nitrógeno que necesita.

En resumen

Siembra en semillero protegido de enero a febrero en el litoral cálido, de febrero a marzo en el interior y de marzo a abril en el norte y la montaña. Trasplanta seis u ocho semanas después, cuando hayan pasado las heladas, el suelo alcance 13-15 °C y las noches se mantengan sobre 10 °C: de marzo a abril en el sur y el Mediterráneo, de abril a mayo en el interior y a partir de mediados de mayo en las zonas frías. Endurece las plantas antes de sacarlas, entierra parte del tallo al plantar y coloca el tutor el mismo día. Ni adelantarse ni retrasarse compensa: el frío frena la planta y deforma los primeros frutos, y el calor de agosto impide que cuajen las flores de las plantaciones tardías.


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